58
Almarcha no ha podido quitarse de la cabeza durante todo el día al hijo del Visenterre, tampoco durante las horas de insomnio.
Antes del alba, como es costumbre, reza maitines.
Por la mañana, y tras atender asuntos de la vicaría, hace un alto para refugiarse en la lectura de Séneca, hasta que al mediodía vuelve a llamarlo Vendrell, del que espera noticias.
—Lo ha operado Barbero, señor —le anuncia el capellán—. De urgencia.
Asiente. Se acaricia el mentón. Apremiará a su secretario para que cancele toda su agenda de la tarde para ir a visitar al recluso, como deseaba.
Apenas conversan en dirección al penal. Almarcha no es muy hablador, su secretario lo sabe bien.
Al llegar al Reformatorio, en el barrio de Benalúa, se dirige a encontrarse con el padre Vendrell.
—¿Cómo está Miguel Hernández? —le pregunta al capellán, que lo esperaba en la sala de capellanía—. ¿Ha salido todo bien?
De esa ventana que da al patio exterior llega el rumor de los presos. Vendrell, sentado ante un escritorio austero, pela una naranja con una navaja. Separa un gajo y se lo lleva a la boca.
—Hernández es un hombre fuerte, don Luis —le informa, con el jugo resbalándole por las comisuras—.
El doctor Barbero lo operó a primera hora tras explorarlo ayer.
Por lo visto ha sido un expresidiario de este mismo Reformatorio, Miguel Abad Miró, quien ha sufragado los costes de la intervención.
Aún le quedan amigos, por lo que se ve. Tras haber conseguido el permiso de Manuel Guerrero, el director de esta institución, el recluso fue conducido en un taxi al dispensario de Benalúa.
Será el médico jefe del Reformatorio, el doctor Pérez Miralles, quien le dé los detalles de la intervención de Miguel mientras se dirigen a la enfermería.
—Nada más llegar al dispensario, Barbero lo exploró con rayos X y decidió intervenir para aliviar la presión en el pulmón derecho, del que extrajo más de litro y medio de pus en un chorro continuo que duró varios minutos.
—Recorren un largo pasillo, donde algunos presos, al ver llegar al canónigo desde sus celdas, le hacen una reverencia—.
Miguel volvió animado a la enfermería, incluso optimista.
Su esposa estuvo con él durante la intervención. Así lo dispuso Barbero, ¿sabe?
—No es su esposa —puntualiza don Luis—. No están casados ante el altar.
Pérez Miralles hace una pausa breve antes de continuar, midiendo las palabras. A veces, lo sabe, las palabras son otra guerra.
—Entiendo, quiero decir que su compañera sentimental lo acompañó.
Según me contaron, no dejó de cogerle las manos hasta que cruzó la entrada del Reformatorio.
Ya aquí se le aplicaron las curas que el cirujano recomendó y se fue vigilado por si volvía a presentar un cuadro febril, pero por suerte se ha librado de la fiebre.
Ahora se encuentra más aliviado, de mejor humor, aunque aún muy débil.
El médico se detiene frente a la puerta de la enfermería.
Mira al canónigo y luego a Vendrell. Debe rondar los cuarenta, este doctor.
Gesto diligente, gafas, patillas. Tiene carnet de la Falange, lo ha investigado Vendrell a petición de don Luis.
Y en la guerra trabajó atendiendo a los heridos en la batalla del Ebro.
Los heridos del llamado Ejército nacional, por supuesto.
—Señor, el doctor Barbero considera imprescindible su traslado al Sanatorio Antituberculoso de Porta Coeli, en Valencia.
Don Luis guarda silencio. Busca los ojos al capellán y comparte con él el miso gesto.
Aprieta los labios. Los tres hombres aguardan.
Julio se quedó en la capellanía pelando una de esas naranjas.
Sigue viniendo del patio el rumor de los presos, pero nada, ni un susurro de la enfermería detrás de la puerta ante la que se han parado.
De pronto levanta el índice y golpea con él el hombro del médico, una, dos veces.
—Eso estará ya en manos de la diócesis, doctor —asiente con una serenidad marmórea, los ojos quietos, sin parpadear, y antes de que el médico intente replicar las palabras del canónigo, concluye con lo que Pérez Miralles habrá de percibir como una amenaza velada—: Lo que sí que tengo que decirle es una cosa.
Habremos de poner en conocimiento del señor obispo que de este centro penitenciario salió el permiso para intervenir a un recluso sin que lo ratificara la autoridad eclesiástica.
—Lo golpea otra vez con el índice—. Así que yo que usted me cuidaría de proponer cosas que no son de su competencia. ¿Me ha oído?
El doctor agacha la cabeza.
—Claro, don Luis.
—Y otra cuestión... —De nuevo el dedo—. El director ya tiene conocimiento de nuestra queja formal. Si esta institución no cumple con las normas impuestas por la Dirección General de Prisiones, habremos de ponerlo en conocimiento de las altas esferas.
Pérez Miralles tuerce el gesto.
—¿Cómo que las normas, don Luis?
Almarcha responde tras unos segundos. La luz de la ventana que tiene frente a él bosqueja en sus lentes un reflejo difuso tras el que no se distinguen los ojos.
—El padre Vendrell me ha informado de que desde el 25 de noviembre en que fue internado en esta enfermería el recluso Miguel Hernández, Josefina Manresa lo ha visitado una vez por semana. Y la normativa es clara, doctor. Solo familiares directos.
El médico traga saliva. Asiente.
—Sí, claro, pero...
—¿Para qué cree que está usted aquí? —Almarcha le palmetea las mejillas.
—¿C-cómo?
—Porque si usted piensa que su labor en este Reformatorio es solo la de curar enfermos, le recomiendo que vaya a pedir trabajo a un hospital, doctor.
Si esta institución existe es para garantizar la remisión de las almas de quienes durante la guerra cometieron todas esas tropelías de las que yo fui testigo y víctima directa, ¿sabe?
Y para Hernández la urgencia no es su cuerpo sino su alma.
Salvársela. Por eso estoy aquí. —Vuelve a azotarle el hombro.
Entonces le da una palmada en la mejilla—, Así que abra —le ordena señalándole la puerta de la enfermería.
El médico jefe se apresura a dejar pasar a los religiosos.
Sale al encuentro del vicario el olor a sudor rancio, a pus, a orina vieja, un aire espeso que parece haberse quedado atrapado entre las paredes de esta enorme sala desde hace semanas.
Almarcha se detiene un segundo, se cubre la nariz con el dorso de la mano, contiene el aliento.
Un centenar de camas de hierro se alinean a un lado y a otro de un largo pasillo central, en el que también hay presos sentados en el suelo, sobre colchonetas, sobre petates, vendados o tullidos, en duermevela o en trance, tosiendo o gimoteando.
Un par de monjas, con sus hábitos blancos, asisten al fondo a unos enfermos.
Pérez Miralles los conduce a lo largo del pasillo; algunos reclusos, al ver a los religiosos, hacen una reverencia o la señal de la cruz.
Otros les vuelven la cara. Entonces lo ve ahí, recostado bajo una ventana enrejada. Pérez Miralles se inclina hacia él:
—Miguel. —Lo zarandea—. Tienes visita.
Almarcha no puede disimular el estupor. Se ha quedado clavado, la mano en el crucifijo que le cuelga del pecho, el rostro espantado.
Fue a finales de abril de 1939 cuando se vieron por última vez.
Lo recuerda, el chico entraba en su despacho, mohín asustadizo, la nostalgia en la mirada al pasar la mano por los anaqueles, por la máquina Adler.
Sí, llevaba el miedo en el rostro. Almarcha supo leerlo, pero aquel Miguel seguía siendo Miguel; ahora, dando un par de pasos hacia la cama, la mano todavía en el crucifijo, la otra atravesando el espacio vacío para tocar el brazo huesudo de su viejo amigo, no sabe muy bien a quién tiene enfrente.
El rostro pálido, cadavérico, los ojos hundidos, los labios, aun rasgados por la aridez, intentando esbozar una sonrisa.
—¿Don Luis?
Almarcha le pone la mano en el hombro.
—Hola, Miguel.
Siente su frialdad. Se fija entonces en la cánula que sale bajo la manta y que lleva el pus drenado a un bote.
—Me han dicho que estás mejorando, ¿no, Miguel?
Entonces el poeta vuelve a sonreír, y en ese gesto escaso el canónigo halla trazas del chico que conoció.
—A-así es. Li-litro y medio de pus, m-me han sacado.
Tose. Pérez Miralles le pide que no haga esfuerzos, que es pronto. Vendrell aguarda tras el canónigo, que da otro paso hacia la cama para inclinarse hacia él.
—Te he tenido presente desde Orihuela, Miguel. Tenlo por seguro.
Otra tos.
—¿A-a qué ha venido, d-don Luis?
Tampoco se le ven los ojos por el reflejo que se cuela por la ventana enrejada, de donde vienen las voces de los presos y un sol espléndido. El mismo sol que lo invitó a salir al patio de la vicaría a leer a Virgilio antes de que llamara el capellán de la prisión alicantina. El canónigo responde:
—He venido para ver cómo estabas y para rezar por tu alma junto al padre Vendrell, aquí presente. —Le señala al capellán, pero el enfermo apenas puede incorporarse para advertir su larga presencia ahí detrás.
Ve una sombra.
Luego tal vez hace el intento de reír, o eso aprecia Almarcha.
—E-estoy enfermo de tuber-tuberculosis, don Luis. —Sí, es una mueca su sonrisa irónica, fingida, que el canónigo conoce bien—. Yo l-lo que necesito es que me-me saquen de a-aquí para curarme, llevarme a una clínica antitu-tuberculosa, y-y viene a hablarme de fe...
Al oírlo, Almarcha retira la mano y cruza las dos palmas por delante del crucifijo. Respira hondo.
—Miguel, ya sabes que el primero que debe actuar eres tú.
Estás sufriendo mucho, hijo mío. Y créeme que te acompaño en el sentimiento más que nadie.
Tú, con tu pasado cabrero, sabrás de qué te hablo cuando te digo que siento que eres para mí como la oveja que al pastor se le descarrió de su rebaño.
—Se calla un momento, respira hondo, traza otra vez con la mano el camino que lo separa del enfermo para tocarle el brazo frío y descarnado—.
Debes comenzar por casarte por la Iglesia con la madre de tu hijo.
Con eso procurarás la salvación de tu alma.
Y luego, cuando te recuperes, puedes publicar unos poemas a la Virgen de la Merced en el periódico de la prisión.
Es solo un gesto hacia el nuevo régimen lo que te pido.
Con eso comenzarás a demostrar tu intención de redimirte.
Pero la boda es lo primero, Miguel. Porque una vez tengas el alma acogida por el Señor, ya procuraremos la salvación de tu cuerpo.
Se miran. Don Luis dirá siempre que si había un color dominante en los ojos de Miguel era el azul. Josefina reparará en que eran verdes. El expediente militar con el que se enroló en el Quinto Regimiento los registraba como pardos.
No habrá nunca fotos en color de Miguel.
Ahora son más azules que nunca, sus ojos, o eso le parece al canónigo, que ha vuelto a verlo en su biblioteca, escribiendo unas rimas a la Virgen de Monserrate o leyendo su ejemplar del Quijote , aquel que adquirió en Salamanca, con la mirada curiosa de ávido lectorcillo, sus dedos de cabrero sosteniendo la encuadernación en piel.
Tiene dieciséis años. Le pregunta, Entonces, don Luis, ¿qué es la libertad para Sancho?
Miguel ha vuelto a reír. Tose. El padre Vendrell —esa sombra detrás del vicario de Orihuela— se impacienta.
—¿Qué te hace tanta gracia, eh?
El enfermo responde:
—P-pues que más que pa-pa-para sacarme de aquí, a lo q-que habéis venido es a comprobar que e-ef-efectivamente no voy a salir nunca.
Almarcha tensa la mandíbula y aprieta los labios hasta hacerlos palidecer.
No responde, solo retira de golpe la mano que sostenía el brazo de Miguel y cruza las palmas de nuevo ante el crucifijo, pero ya no es un gesto piadoso, sino una forma de contenerse.
Inspira hondo. El aire le entra áspero, terroso, es el poniente de Orihuela.
—Padre Vendrell —dice al fin sin mirar a Miguel—. Vámonos.
No hay bendición. No hay despedida. Se gira bruscamente y emprende el camino de vuelta por el pasillo con pasos fuertes, tenso, rígido como un ciprés.
Una monja se aparta sin que el canónigo repare en su presencia.
Vendrell duda un segundo, mira a Miguel, luego al doctor Pérez Miralles, que no ha reaccionado aún, y entonces, contraviniendo al vicario, se acerca al enfermo y se inclina para hablarle al oído.
—Nosotros no vamos a conseguir de usted lo que queremos... —Se aparta, lo mira, los ojos de Miguel se le clavan en sus dientes largos y amarillos—. Pero tampoco usted conseguirá lo que pretende.