57
A Manuel Miguel lo esperaba un regalo en la prisión; es el más especial que mi niño ha recibido nunca.
¿Miguel?, alcé la voz entre el gentío para buscarlo porque no lo veía al otro lado de la alambrada entre las decenas de presos que en aquel turno se empujaban para encontrar el lugar más cercano a su visitante.
Entonces lo vi. Lo sacaban entre dos al locutorio, a Miguel, y arrastraba la suela de las alpargatas.
Él, que tan fuerte había pisado la vida —tan fuerte, pum, con la suela derecha de su espartera, pum, con la izquierda—, ahora casi no podía caminar.
¡Aquí, Miguel!, grité, y le hice un gesto a Manolillo para que encontrara entre el bosque de cabezas la cabeza gacha de su padre.
¡Aquí!, llamé la atención de los presos que lo acompañaban, Antonio Fuentes y Ramón Pérez, este último oriolano.
Miguel buscó nuestras miradas a través del enrejado y esbozó una sonrisa. ¡Jo-josefina!, balbuceó, ¡Ma-manolillo!
Tal vez había empeorado desde la última vez que nos vimos, o quizá era que verlo así, aupado por dos compañeros, me dio muy mala impresión.
No sé. Tragué saliva y le devolví la sonrisa e hice acopio de energía para coger a su hijo y acercarlo aún más a la alambrada.
Y decirle, animosa, optimista, ¡Mira, Manolillo, ahí está papá!
La reja dibujaba claroscuros sobre su rostro.
Cruces. Miguel también se esforzaba en sonreír.
Contagiado por la visión de su hijo, rio y ello le provocó un espasmo de tos.
Luego le pidió a Rafael y a Antonio que lo dejaran plantar del todo las suelas de sus alpargatas en el suelo, que no se iba a caer.
Yo puedo, entendí que les dijo. Entonces vi qué era lo que llevaba en la mano: un cuaderno.
—¡Mira! —Nos lo enseñó.
Me había hablado de ese libro por carta algunas semanas antes: Estoy deseando ver a mi niño por su cumpleaños y darle un librillo con dos cuentos que le estoy traduciendo del inglés.
Eugenio Oca me está ayudando con las ilustraciones.
Cuando recibí esa misiva, a mediados de diciembre, yo había vuelto a retomar las visitas al Reformatorio movida no sé si por caridad cristiana, o por Manolillo, o porque, a fin de cuentas, no había dejado de quererlo.
O un poco de todo a la vez, quién sabe. No quiero pensar que ninguna de esas razones pudo sobre las demás. Es mi decisión.
—¿Qué e , parre? —le gritó el niño.
Puso una voz melosa que fue apenas audible entre el gentío del locutorio:
—¡Un libro de cuentos, Manolillo!
Introdujo el cuaderno entre la alambrada y le hizo un gesto a uno de los guardias que hacían la ronda entre las dos rejas para que nos lo diera.
El guardia se negó y amenazó con darle un golpe, ¡Que no, recluso!
, pero Miguel insistió, ¡Es por su cumpleaños!
, hasta que ese tipo de uniforme pardo y gorrilla lo cogió, Tráelo, a ver, dijo, chasqueando la lengua, lo hojeó durante unos segundos y, al escucharte decir, Son dos cuentos que he traducido del inglés, finalmente accedió a entregárnoslo al otro lado de la tierra de nadie.
Se lo di a Manolillo, que, ilusionado, me pidió que lo dejara en el suelo para abrirlo por una página al azar, reír, ¡Mira, mamá!
, parándose en el gracioso dibujo de un perro, ¡Un perrito!
y luego, en otra página, en el de un caballito con un niño en brazos —que tal vez era él, o eso le dije—, y levanté la vista para comprobar cómo a su padre se le inundaba de ilusión la mirada contemplando al niño con el librito.
—¡Le encanta, Miguel! —le grité.
Lo he pensado muchas veces: si hay alguna imagen del último Miguel con la que quiero quedarme es precisamente esa; el verde de sus ojos humedecidos al preguntarle, ¿Te gusta, campeón?
, y sintiéndose sano y libre a través de aquellos cuentos que le regalaba a su hijo.
Algún tiempo después, cuando me entrevisté con aquel maestro cojo que lo había ayudado a confeccionarlo, Eusebio Oca, pude comprender cómo había logrado Miguel componer aquella pequeña obra de arte editorial.
—¿Sabes, Josefina? Eso de que los tradujo del inglés fue una mentira piadosa que Miguel te contó —me reveló cuando fue a visitarme tras salir de prisión.
Estaba sentado en el sofá de mi casa de Cox.
Era 1943, tal vez 1944—. Son de su autoría, cómo no iban a serlo.
Lo que pasa es que al decir que los cuentos eran traducciones de otro idioma, pensó que ni el censor de la correspondencia ni aquel guardia del locutorio sospecharían del libro.
Pues te funcionó la mentirijilla, Miguelico. Como casi siempre.
Asentí ante Eusebio con aquel cuaderno en la mano.
El mismo que sostengo ahora. Tal vez nada de todo lo que me legó Miguel, nada, ni las poesías famosas ni las cartas, lo he guardado con el mismo celo que este librillo.
Lo miro, le doy vueltas. En la portada reza el rótulo 2 cuentos , con el dibujo de un pájaro de papel en la esquina inferior derecha, y en la primera página, «Dos cuentos para Manolillo.
Para cuando sepa leer». El mismo pájaro está en la contraportada, en el centro.
En su interior, en apenas una quincena de páginas —y acompañados de dibujos infantiles y una preciosa caligrafía—, podían leerse dos pequeñas narraciones, «El potro oscuro» y «El conejito».
Los he leído, no sé, cientos de veces. Durante un tiempo Manolillo no quiso otra cosa que se los contara antes de dormir.
Lo abro ahora, «Una vez había un potro obscuro»...
—Lo que sí que tengo que confesarte, Josefina, es que esa caligrafía no es suya, sino mía —continuó Oca mientras yo pasaba el dedo por alguna de las hojas, palpando el relieve apenas perceptible que la tinta había dejado sobre el papel—.
Él estaba ya algo débil para mantener una letra uniforme como la que requería el librito.
Y las fiebres le afectaban al pulso. Por eso me pidió no solo que acompañara el cuaderno con mis dibujos, sino que fuera yo mismo el que lo dejara por escrito.
Me los dictó, una, dos, tres veces, hasta que al fin quedó conforme con el resultado.
Yo mismo lo encuaderné hilando aquellas páginas frágiles.
No pude más que darle las gracias a aquel joven de pelo atolondrado.
Le doy las gracias ahora, tantos años después.
Le leí aquellos cuentos a mi niño hasta que fue consciente de que su padre no estaba.
Entonces lloraba. A sus cinco años ya no podía terminar «El potro obscuro».
En las páginas ocho y nueve hay dos borrones por las lágrimas que le caían.
El potro obscuro
Una vez había un potro obscuro. Su nombre era Potro-Obscuro. Siempre se llevaba a los niños y las niñas a la Gran Ciudad del Sueño.
Se los llevaba todas las noches. Todos los niños y las niñas querían montar sobre el Potro-Obscuro.
Una noche encontró a un niño. El niño dijo:
¡Llévame, caballopequeño,
a la Gran-Ciudad-del-Sueño!
—¡Monta! —dijo el Potro-Obscuro.
Montó el niño, y fueron galopando, galopando, galopando.
Pronto encontraron en el camino a una niña. La niña dijo:
¡Llévame, caballopequeño,
a la Gran-Ciudad-del-Sueño!
—Monta a mi lado —dijo el niño.
Montó la niña, y fueron galopando, galopando, galopando.
Pronto encontraron en el camino un perro blanco. El perro blanco dijo:
¡Guado, guado, guaguado!
A la Gran-Ciudad-del-Sueño
quiero ir montado!
—¡Monta! —dijeron los niños.
Montó el perro blanco, y fueron galopando, galopando, galopando.
Pronto encontraron en el camino una gatita negra. La gatita negra dijo:
¡Miaumido, miaumido,miaumido!
A la gran-Ciudad-del-Sueño
quiero ir,que ya ha obscurecido!
—¡Monta! —dijeron los niños y el perro blanco.
Montó la gatita negra, y fueron galopando, galopando, galopando.
Pronto encontraron en el camino una ardilla gris. La ardilla gris dijo:
¡Llévenme ustedes,por favor,
a la Gran-Ciudad-del-Sueño,
donde no hay penani dolor!
—¡Monta! —dijeron los niños, el perro blanco y la gatita negra.
Montó la ardilla gris, y fueron galopando, galopando, galopando.
Galopando y galopando, hicieron leguas y leguas de camino. Todos eran muy felices. Todos cantaban, y cantaban, y cantaban. El niño dijo:
—¡Deprisa, deprisa!, Potro-Obscuro, ve más deprisa.
Pero el Potro-Obscuro no podía ir deprisa. El Potro-Obscuro iba despacio, despacio, despacio.
Había llegado a la Gran-Ciudad-del-Sueño. Los niños, el perro blanco, la gatita negra y la ardilla gris estaban dormidos.
Todos estaban dormidos al llegar el Potro-Obscuro a la Gran-Ciudad-del-Sueño.
—¿Y sabe de qué me di cuenta también, Josefina?
—prosiguió Oca mientras acomodaba el trasero en el sofá—.
A fuerza de oírselos recitar entre tosidos, y de pasarlos a limpio en ese cuaderno, supe que con aquellas fábulas Miguel no solo le dejaba a su hijo cuentos para que usted se los leyera antes de dormir.
Que eran también un testamento. Tanto «El potro obscuro» como «El conejito» hablan de encierro y libertad.
Asentí. Me levanté y le anuncié que iría a preparar té a la cocina. No quería que me viera emocionada. Algunos minutos después, volví al salón con la tetera echando humo. Entonces me preguntó:
—Y del cirujano que lo operó, Josefina, ¿qué opinión tiene? A mí me parecía un buen hombre.
Asentí. El médico que operó a Miguel se llamaba Antonio Barbero. Eso mismo le dije. Que era un hombre bueno que no nos quiso cobrar cuando se enteró de las penurias que pasaba alguien tan ilustrado como mi marido.
—Solo tuvimos que sufragar, y lo hicimos gracias a la ayuda del preso Miguel Abad Miró, el alquiler de la máquina de rayos X con la que Barbero exploró el pecho de Miguel.
Tras aquel examen médico, el cirujano nos explicó a mi cuñado Vicente y a mí que Miguel tenía tuberculosis pulmonar y que era urgente que se le abriera una vía para drenar el líquido pleural.
Que no se podía esperar más, y así se hizo.
Le sacó litro y medio de pus de un pulmón, y varios días después, lo mismo del otro.
En principio hubo mejoría, e incluso le remitió la fiebre, aunque yo no podía comunicarme con él porque ya no me dejaban visitarlo.
Que no era su esposa, me decía el funcionario tras haber hecho la cola del locutorio, y se negaba por mucho que les dijera que tenía un hijo suyo, y que si eso no era válido para demostrar nuestra relación, que bajara Dios y me lo demostrara.
—Sí, dije eso, que baje Dios y lo demuestre —le puntualicé a Oca.
Fue al propio Eusebio al que se le ocurrió una idea para que al menos Manolillo pudiera ver a su padre cuando a mí ya no me dejaban.
Me lo dejó Miguel por escrito bajo la tapa de la lechera vacía de sustancia, a salvo de los ojos de los censores.
Esa idea, que haga pasar al niño por el hijo de Eusebio Oca, que se llama Julito y tiene la misma edad que Manuel Miguel.
El lunes siguiente, día de comunicación, es lo que hicimos.
Manolillo entró de la mano de la esposa de Eusebio, una joven llamada Isabel, tan bondadosa, o más, que su marido, y ninguno de los guardias del Reformatorio advirtió que, al entrar en la enfermería, Julito no corría hacia su padre, sino que se abalanzaba sobre el enfermo de la camilla contigua.
Aquella estratagema nos duró un par de semanas, hasta finales de febrero.
Hasta entonces, mi única comunicación con Miguel consistía en las cartas que me enviaba, en las que generalmente me pedía, o comida, o material sanitario —y que a veces no las escribía él, sino que se las dictaba a algún compañero—, y en los mensajes que me dejaba de incógnito bajo la tapa de la lechera.
El 19 de febrero: Josefina, las hemorragias se cortaron. Pero has de decirle a Barbero que el pus no destila por el conducto que se le impuso, sino que, dilatado el agujero, se acumula y se vierte sobre la cama con un golpe de tos a veces.
El 21 de febrero: Mi querida esposa, me encuentro un poco mejor. Espero estar más fuerte el lunes. Te quiero.
El 28 de febrero: Josefina, manda inmediatamente tres o cuatro kilos de algodón o gasa, que no podré curarme hoy si no me lo mandas. Se ha acabado todo en esta enfermería. Ayer se me hizo la cura con trapos viejos.
¿Dónde habían quedado aquellas largas cartas tuyas, Miguel?, me pregunto, con todos esos papeles en la mano. ¿Dónde tus lunas, tu revista Cinegramas , tus te quiero?
Hasta que un día a finales de febrero, o tal vez ya a primeros de marzo, el doctor Barbero fue a visitar a Miguel y preguntó por mí al jefe de médicos del penal:
—¿Quién? —le preguntaría ese tal Pérez Miralles.
—Josefina Manresa —ratificaría quizá el cirujano—. Su mujer.
Supongo que Pérez Miralles le haría ver cuál era mi situación, que, al no estar casada con el recluso, no tenía permiso para visitarlo en la enfermería.
Entonces me consta que Barbero se echó las manos a la cabeza, que le buscó la mirada a Miguel, inclinándose hacia la cama, y que le acarició la mejilla huesuda, diciendo:
—¿Me está diciendo que este pobre hombre no ha recibido la visita de su mujer desde que lo operé?
Eusebio Oca estaba en la camilla de al lado. Él mismo me lo confirmó en persona, cuando vino a verme a Cox. Que fue eso lo que vio y lo que oyó aquel día.
—Son órdenes, señor —respondió Pérez Miralles.
Entonces Barbero se plantó frente al jefe de médicos del Reformatorio.
No me es difícil imaginármelo, el rostro cetrino, poco pelo, facciones anchas, corpulento.
Al describirme la escena, Oca se puso de pie y dio algunos pasos con su cojera imitando el gesto del cirujano alicantino.
¡Que usted es médico!, gritó Eusebio en mi salón, remedando la voz honda de Barbero, y luego alzó el brazo y reprodujo la acción de cogerle por el cuello de la bata blanca para pedirle que mirara al recluso de la camilla.
—¿Acaso le parece que es humano privar a este hombre del calor de su esposa?
En lugar de una camilla, de la que yo carecía en casa, Eusebio señaló el mismo sofá del que se había levantado. Luego continuó:
—Y ahí fue cuando Barbero dijo que movería sus hilos para conseguirle un permiso.
—Asentí. Al día siguiente me dejaron retomar las visitas—.
Pero ¿sabe? Eso no fue lo último que le dijo Barbero a Pérez Miralles —prosiguió Eusebio Oca aquel día de 1943, o quizá 1944, en que me visitó en mi casa de Cox.
Yo le servía una taza de té.
—¿Y qué más dijo?
—Preguntó por qué no se había trasladado a Miguel todavía al sanatorio de Porta Coeli, en Valencia, como había recomendado en su informe médico.
Que lo que su marido necesitaba con extrema urgencia era que lo trataran específicamente de la tuberculosis, cosa que no podían hacer con los precarios medios con los que contaba Pérez Miralles en aquella enfermería.
Sin querer llené la taza casi hasta el borde. Estuvo a punto de derramarse.
—¿Y qué respondió Pérez Miralles?
Eusebio me miró, sus gafas, el pelo atolondrado, la cojera. Todavía nos latía Miguel en el recuerdo.
—No dijo nada.
—Es lo que yo suponía —aseveré.
Nada.