Tu risa me hace libre 56
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—Don Luis, espere, ¿podemos hablar con usted?

Julio Gutiérrez no ha podido interceptar a Josefina, como hiciera años atrás.

En cuanto el sacerdote que ofició la misa, el padre Damián, pronunció la fórmula de despedida, Ite, missa est , y los feligreses respondieron, Deo gratias , la joven se puso en pie y agarró a su suegra del brazo para dirigirse al presbiterio, donde uno de los monaguillos ayudaba a don Luis Almarcha a afrontar las escalinatas.

Su secretario intentó interponerse, Esperen, señoras, pero ninguna de las dos quiso oírlo.

—Será solo un momento, don Luis —insisten.

Le han cortado el paso al vicario cuando iba ya camino de la sacristía. Las mira a ambas, tal vez evaluándolas, semblante serio, corpulento. Lleva la casulla verde correspondiente al tiempo litúrgico de octubre, el tiempo ordinario en espera del adviento.

—Tengo un poco de prisa. Pero, vale —accede el canónigo, inclinando la cabeza hacia la puerta lateral—. Seguidme, que aquí todo el mundo tiene oídos.

En la sacristía de la catedral huele a cera y a madera vieja. Josefina nunca había estado ahí. Mira en derredor con cautela, sin atreverse a tocar nada. Es la madre de Miguel la que vuelve a dirigirle la palabra:

—Queríamos hablarle de mi hijo, don Luis.

Usted lo conoce bien. Cómo voy a olvidarme de aquellas tardes en que volvía a casa ilusionado por todos esos libros que le había dado a leer en su biblioteca.

Incluso a pesar de que su padre le dijera que leer no le iba a valer de nada.

Ya sabe cómo es mi marido, don Luis. Es un buen hombre, pero no entiende a Miguel.

No lo ha entendido nunca, como sí lo ha hecho usted, ¿a que sí?

Y sabe que es un chico impulsivo. ¿Que se ha equivocado? Quién no. Pero...

—¿Y qué es lo que quieren? —se impacienta Almarcha, que en realidad ya sabe qué van a pedirle, que no es más que lo que vienen a pedirle todas esas madres como Concheta.

Josefina permanece un paso por detrás, rígida, el bolso sujeto con ambas manos. Baja los ojos, los alza apenas un segundo hacia don Luis y vuelve a bajarlos, como si temiera que una mirada de más pudiera estropearlo todo.

—Como sabrá, hace unos meses que a mi hijo lo trasladaron al Reformatorio de Adultos de Alicante.

Agradecemos que esté más cerca de nosotros, que su esposa pueda ir a verlo, también su hijo.

Pero sabemos que hay muchos presos a los que han empezado a remitirles la condena.

Y seguro que usted podrá ayudarlo, don Luis.

Almarcha no responde de inmediato. Permanece inmóvil, mirándolas a ambas, despacio, primero a Concheta, luego a Josefina, deteniéndose en esta apenas un instante, lo justo para registrar su juventud, su rigidez, esa manera de sostener el bolso como si aún fuera una muchacha a la que se ha permitido estar allí por cortesía, como si no fuera esposa.

De pronto recuerda cuando hace algunos años, antes de la guerra, la muchacha acudió al confesionario de la catedral a encontrarse con él para pedirle consejo.

Que Miguel se estaba viendo con otra en Madrid, eso le dijo.

¿Cómo hemos podido cambiar tanto en tan poco tiempo?, parece que se pregunta ahora el canónigo con su silencio. Finalmente, da un paso hacia la mesa de centro, apoya la mano en el borde, junto al misal, y sigue callado un segundo más, solo uno.

—Les aseguro que hago todo lo posible por que Miguel Hernández vuelva al redil de la Iglesia.

Pero el primero que tiene que dar pasos hacia el arrepentimiento debe ser él.

—Entonces se dirige a Josefina—: La Iglesia siempre está dispuesta a acoger, pero no puede hacerlo mientras persista la obstinación.

La fe exige renuncia. Humildad. Ayudaría mucho, señorita Manresa, que Miguel y usted se casen por la Iglesia.

Hace mucho que no se dirigen a ella como señorita .

De hecho, desde que se casó en 1937 y su estatus pasó de ser mocita a señora.

No ha sido un despiste, Almarcha no comete despistes.

Josefina asiente, cabeza gacha. La proposición del canónigo ha dejado en su rostro la indefensión de la duda. Lo reconoce bien, ese gesto.

—Entonces, don Luis, ¿va a ayudarnos? —insiste Concheta.

Almarcha juguetea con las páginas del misal. Sonríe.

—Veré qué puedo hacer. —Hace ademán de acompañarlas hacia la puerta de la sacristía—. Ahora, discúlpenme, pero tengo que atender otros asuntos.

Segundos después las ve marcharse desde el presbiterio, persignarse ante el altar y recorrer el pasillo central entre las bancadas. Pensará en ellas durante el resto del día mientras atiende los asuntos de la vicaría, y al caer la tarde se sienta en su escritorio a escribirle al padre Vendrell.

Vendrell es sus ojos y sus manos en el Reformatorio de Adultos de Alicante, donde hay cientos de reclusos pertenecientes a la diócesis de Orihuela, centenares de esposas y padres y madres que desde que terminó la guerra no han hecho otra cosa que escribirle a la vicaría o asaltarlo en el confesionario o después de las misas.

Coloca el papel en el carro de su Adler, alineándolo con dos golpes secos, y baja la palanca para que el rodillo muerda la hoja.

Hace ademán de empezar a escribir, pero se da cuenta de que sigue atascada la ese.

Golpea la tecla y el tipo impacta en el papel dejando impresa una ese apocada, fantasmal.

Insiste hasta que al fin vuelve a funcionar correctamente.

Mi querido amigo, ruego visite al recluso Miguel Hernández Gilabert, poeta, a la espera de que se decida a celebrar el Santo Matrimonio con la señorita con la que se casó a espaldas de la Iglesia. Vendrell, tengo interés en no abandonar a este joven.

A partir de esta carta, de la que habrá de tener respuesta al día siguiente, Enterado, don Luis, el capellán le pondrá cada semana al corriente de la situación de Miguel en la prisión alicantina.

Así, a mediados de octubre, le informa, El recluso presenta cuadro de bronquitis aguda según remite el doctor Pérez Miralles, y a finales de noviembre le hablará sobre el dictamen del jefe de médicos del Reformatorio, Don Luis, el recluso ha sido diagnosticado con el bacilo del tifus.

Las fiebres tifoideas lo tienen postrado en la cama de la enfermería desde hace días.

Decidido a estrechar la vigilancia sobre Miguel, tal y como el canónigo de Orihuela le ha pedido, Vendrell comienza a leer la correspondencia que el oriolano envía al exterior.

Por ejemplo: Josefina, manda enseguida las inyecciones que indica esta receta: Gluconato de calcio se llama, por si se te pierde la receta.

La fiebre que he cogido es de una gran debilidad al pecho.

Toser es como si me partiera en dos. Leche tampoco me mandes, no me está sentando bien.

Manda sustancia. Estas fiebres dan mucha sed y la sustancia la rebaja un poco.

—¿Sustancia? —le pregunta Almarcha a Vendrell.

Acordaron verse en el palacio episcopal de Orihuela a fin de que el capellán jesuita pusiera al corriente al canónigo del estado del recluso oriolano. Caminan por el claustro porticado. Vendrell se rasca la coronilla, apenas poblada.

—Esa es una de las peticiones más comunes que se repiten desde hace días en la correspondencia de Miguel.

Sustancia. Tal y como me explicó una de las monjas que asisten la cocina del Reformatorio, se trata de un caldo de arroz espeso que va muy bien para los enfermos.

A veces se lo envía su hermana Elvira y otras su mujer.

Esta se lo hace llegar cada semana a través de una lechera de níquel, ¿sabe?

Almarcha arquea una ceja. Sostiene las gafas por la patilla derecha y se dispone a frotar las lentes con el pañuelo de seda que se ha sacado del abrigo.

—¿Y nada más?

El pañuelo de seda blanco tiene bordadas sus iniciales, LA. Vendrell lo mira.

—Por el momento, don Luis, no ha hecho a su esposa ninguna alusión a la cuestión del casamiento.

Tal vez lo estén hablando su mujer y él cada lunes en el locutorio.

Antes de que enfermara pasaron algún tiempo sin verse, Dios sabrá el porqué, pero desde principios de año ella no ha dejado de visitarlo, aunque a Miguel tuvieran que ayudarlo entre dos, por la enfermedad que arrastra.

El canónigo asiente, parco, comedido en palabras.

Hasta que de pronto planta los pies y detiene su caminar por el claustro para mirar al jesuita con gesto perspicaz.

Sabe que el matrimonio religioso de Miguel Hernández es el primer paso para su regeneración.

Ya se lo dejó claro a Concheta y a Josefina cuando ambas lo abordaron a la salida de misa.

—Entonces, padre Vendrell, tendremos que exigirle al director del Reformatorio que sea inflexible con el reglamento de visitas, ¿no cree?

Vendrell no le ha comprendido:

—¿Cómo?

También ha detenido sus pasos junto a una de las columnas del claustro. Hay una planta enredadera que ya ha echado flores a pesar del invierno.

—Pues que Miguel y Josefina no están casados. Y, por norma general, a los reclusos solo pueden visitarles familiares directos, ¿no es así?

Vendrell asiente. No necesita mayores indicaciones que ese último interrogante del canónigo. Minutos después se despedirá de Almarcha para dirigirse al Reformatorio. Un coche lo está esperando afuera del palacio, donde una ventisca remueve las hojas dispersas de un árbol cercano.

Algunos días más tarde, el capellán volverá a informar a don Luis con novedades. En esta ocasión al teléfono.

—¿Don Luis?

Le ha pasado la llamada su sobrina María, que suele ser la primera en responder.

—¿Vendrell?

—Sí, soy yo, don Luis. —El capellán carraspea al otro lado de la línea—. Tengo novedades sobre el recluso Miguel Hernández. He hablado con el doctor Pérez Miralles y ha tenido a bien dejarme ojear el parte médico que ha emitido a propósito de la evolución del recluso.

—¿Y qué dice?

—Que no mejora, señor. Si hace un par de meses su cuadro clínico era de neumonía, y luego de tifus, lo cierto es que aquello fue solo el principio.

El doctor aclara ahora que se trató de un paratifus, una infección seria que logró superar a duras penas.

De hecho, hubo un momento en que parecía salir adelante.

Estaba en convalecencia, recuperándose lentamente.

Almarcha no interrumpe. Permanece inmóvil, con el auricular apoyado en la oreja, la mirada fija en la superficie del escritorio.

—Pero entonces —prosigue el capellán—, la situación dio un vuelco. De manera repentina. Lo que explica el doctor es que, al quedar tan debilitado, se le reactivó una tuberculosis que ya llevaba incubando desde antes, tal vez desde su reclusión en Palencia. Una tuberculosis pulmonar muy agresiva.

—¿Reactivarse? —pregunta don Luis—. ¿Cómo es eso?

—Un foco antiguo, dormido —aclara Vendrell—.

Algo que el cuerpo había mantenido a raya durante años.

Pero con las defensas agotadas, la enfermedad ha vuelto con fuerza.

Primero le ha invadido por completo el pulmón izquierdo.

No una parte, don Luis: todo el pulmón. —Al otro lado se hace un silencio espeso—.

El doctor habla del bacilo de Koch —añade—, de cómo ha aumentado su virulencia.

Empezó a tratarlo de inmediato, pero lejos de reducirse, los focos han ido a más.

Y lo más preocupante es que ahora... —hace una pausa— ahora la infección se ha extendido también al pulmón derecho.

Lo llama resiembra. Como si la enfermedad hubiera encontrado terreno libre para propagarse.

Almarcha deja escapar el aire lentamente por la nariz.

—Entonces no hay mejoría.

—No, señor. Ninguna. El estado general es grave. Cada día está más debilitado y el organismo apenas responde al tratamiento.

—¿Y el pronóstico?

—El doctor no emplea grandes palabras —responde Vendrell—, pero el informe es claro. Sin reposo absoluto, sin buena alimentación y sin unas condiciones adecuadas, la evolución será desfavorable, al menos mientras continúe en el Reformatorio.

Almarcha asiente para sí. Mira la Adler, los papeles alineados con pulcritud.

—Entiendo —dice al cabo de unos segundos—. ¿Alguna indicación más?

—Sí, hay algo más, señor. Por lo visto la familia le ha pedido permiso al doctor para buscar un especialista en pulmón. Y Pérez Miralles se lo ha dado.

Almarcha agría el gesto.

—¿Sin consultar a nadie? —No le gusta que algo se escape a su control.

—Así es, señor. Yo he venido a decirle lo mismo. Que las decisiones importantes tienen que pasar al menos por el director de la prisión, y que sea este el que lo trate con la diócesis.

—¿Y ya tienen doctor?

—Me han dicho que van a hablar con Antonio Barbero. Es el director del Dispensario Antituberculoso de Alicante.

Almarcha sabe quién es. Barbero, que tiene su propia clínica en el barrio de Benalúa, es un médico reputado, distinguido por Manuel Azaña durante la República.

—¿Y cómo van a pagarlo? —Sabe que no debe ser barato.

Vendrell vuelve a carraspear.

—Eso ya no lo sé, don Luis. De la correspondencia de Miguel apenas sale nada más que necesito Ceregumil o tráeme gasas. Pero ya sabe que aún tiene algunos amigos influyentes. No sé, ese tal Aleixandre al que tanto le escribía hace unos meses.

El canónigo guarda silencio. Se rasca la cabellera con la boquilla superior del auricular. Se mordisquea el labio.

—¿Don Luis?

—Sí, aquí estoy —responde—. Ha hecho bien en llamar, Vendrell. Manténgame informado de cualquier cambio.

—Así lo haré.

—Pero hay algo que debemos tener claro. —Se muerde el labio—. Es él quien debe mostrar voluntad de cambio. Sin esa voluntad, no habrá ayuda que valga. Y por lo que debe empezar es por el matrimonio. Así que siga insistiendo, Vendrell.

—Sí, claro, don Luis.

El auricular se posa sobre la horquilla con un leve chasquido. Tras la despedida, Adiós, Vendrell, Adiós, el silencio se instala de nuevo en el despacho. Entonces hace llamar a su secretario a través de su siempre atenta sobrina. Minutos después el seminarista aparece.

—¿Quería verme, don Luis?

Almarcha había vuelto a retomar la lectura que dejó a medias cuando su sobrina lo avisó de que tenía una llamada.

Su lectura es Virgilio. La semana pasada era Petrarca.

Almarcha no lee nada posterior al siglo pasado.

Su límite es Pedro Antonio de Alarcón, más allá de él —Galdós, por ejemplo— no le interesa.

—Busque un hueco en mi agenda. Iremos a hacerle una visita a Miguel Hernández.