Tu risa me hace libre 55 #3
83%

55 #3

Ahora es de noche. Eusebio duerme hecho un ovillo bajo una manta.

Solo veo su cabellera rizada sobre la almohada.

Más allá dormitan los demás enfermos. De madrugada se me calman las toses y puedo pensar con mayor claridad.

No sé qué prefiero, si soy sincero. Apenas duermo.

Hace mucho que no escribo poesía. Ay, Josefina.

Tal vez debiera volver a decírtelo en francés, Je t’aime, je t’aime plus que le monde entier .

Vuelvo a mirar a mi compañero. Supongo que él saldrá pronto, por mucho que su condena sea de diez años de cárcel.

No pueden sostenernos a todos, no con el hambre que hay fuera y que hay dentro, le oí a un preso.

Lo peor para el régimen es mantenernos, por eso, o nos pegan un tiro, o nos dan un revólver para que nos lo peguemos nosotros.

El recluso que me lo dijo era Ramón Pérez Álvarez, un viejo amigo de Orihuela.

Asentí. Me di cuenta: yo tenía en la mano ese revólver.

Me lo habían dado en el seminario. Lo empuño aún, de hecho.

El revólver es la carestía, son los piojos y la falta de gasas en las enfermerías.

El revólver es la dispersión de presos de Máximo Cuervo, son los centenares de kilómetros que recorren los familiares para visitarnos diez minutos a la semana.

El revólver es el chantaje, es la remisión.

Puede volver loco a cualquiera, empujarlo al vacío desde una ventana, tirarlo a los pies de un capellán y pedir el perdón de sus pecados, aunque no haya nada que perdonar.

Levanto la mano y lo veo. Tiene la empuñadura de madera, este revólver.

O tal vez de acero. Cañón corto o quizá medio.

Es Orbea, Astra o Eibar. Podría ponérmelo en la sien y disparar, Josefina.

Y fantaseo con hacerlo, disparar y que del tiro de gracia surjan palomas y se oiga In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti .

Eso es lo que quieren todos, Concheta, Vicente, Elvira, Almarcha, tú.

El disparo es arrepentirme, acortar la pena y volver en unos años a Cox con treinta y tres, tal vez treinta y cinco, no con cincuenta y nueve.

Toso. Pero quizá no comprendes todavía que no soy un preso común.

Que no soy un tal Oca, un tal Pérez, un tal Castelló.

La mayor parte de ellos volverá algún día a sus casas y habrán de cambiar sus aulas, sus despachos o sus clínicas por las zanjas de una carretera o los arados, o las obras del Valle de los Caídos.

Pero yo no soy yo, soy lo que he escrito.

Y eso me temo que no me lo van a perdonar nunca.

Creo que me está subiendo la fiebre. Deliro.

Je te jure que je veux me repentir , Josefina, mais je ne peuxpas .

Te juro que quiero arrepentirme. I swear it to you, my love .

Lo veo en las noches, me caso por la Iglesia, beso la bandera rojigualda y me enrolo en la División Azul.

Al volver a España no soy un héroe, pero tampoco un villano, habito los márgenes en los que supongo habrán de encontrarse Vicente Aleixandre o José Bergamín o ese tal Sánchez Mazas que, me contó Cossío, tuvo la valentía de plantarse ante el Caudillo a pedirle que me conmutara la pena.

¿Sería capaz de habitar esos márgenes? ¿Tener una vida apacible, llevar a Manolillo a la escuela y arar el huerto y hacerle el amor a Josefina sabiendo que un día renegué de haber sido el viento del pueblo? ¿Puedo ser mi propia sombra?

Creo que va a amanecer. Toso. Me sube la fiebre.

Ayer vino a verme el padre Vendrell. Tampoco pude dejar de mirar sus dientes amarillos.

El alba entrará en unos minutos, no lo veo pero lo huelo, lo oigo.

Es un gallo que cacarea el alba. Entonces vuelve a mí la palabra.

Yo que creí que la luz era mía . La frase trepida en mis labios.

Me incorporo a duras penas y tiento el suelo junto al cabecero de la cama en busca de un poco de papel.

Sí, creo que dejé unos treinta centímetros por si al día siguiente decidía escribirle a Josefina.

Yo que creí que la luz era mía / precipitado en la sombra me veo.

Hacía mucho que no escribía. Suena otro gallo, tal vez en la calle de Arriba.

Los versos se precipitan en cascada, Fuera, la luz en la luz sepultada.

/ Siento que sólo la sombra me alumbra. Habré de ordenarlos mientras las dudas se me acrecientan, como la fiebre.

Carne sin norte que va en oleada / hacia la noche siniestra, baldía.

/ ¿Quién es el rayo de sol que la invada?

/ Busco. No encuentro ni rastro del día.

Ay, Miguel, solo es decir sí a escribir en el periódico Redención y a casarte, ¿tanto te cuesta?

Decirle sí a mamá, sí a Josefina, sí a tu hijo.

Sólo el fulgor de los puños cerrados, / el resplandor de los dientes que acechan.

/ Dientes y puños de todos los lados. / Más que las manos, los montes se estrechan.

Amanece. El toque de diana habrá de levantar a los presos de las celdas.

Para entonces apenas puedo escribir. Respiro hondo e intento controlar el pulso.

Creo que empiezo a delirar. Turbia es la lucha sin sed de mañana.

/ ¡Qué lejanía de opacos latidos! / Soy una cárcel con una ventana / ante una gran soledad de rugidos.

Es 23 de diciembre de 1923 y el Santo Domingo me ha concedido la dignidad de Emperador de Gramática.

Don Ignacio sonríe. Toso. A Carlos Fenoll se le ha quemado la remesa de pan mientras declamamos versos.

Pepito Marín ríe. Toso. Meto un gol con La Repartiora.

Toso. Papá me descubre leyendo a la luz de un candil y me da una cachetada.

Toso. Hay una muchacha que cose en esa ventana.

Miro hacia arriba y su sonrisa me lleva hacia esta prisión.

Toso. ¿Quiere usted una barca para pasar?

Sólo la sombra. Sin astro. Sin cielo. / Seres.

Volúmenes. Cuerpos tangibles / dentro del aire que no tiene vuelo, / dentro del árbol de los imposibles.

Los cadáveres de los guardias civiles del santuario de la Virgen de la Cabeza tienen el rostro de mi suegro.

Nunca he podido olvidarme de ellos como tampoco me han abandonado las dudas.

No sé si son remordimientos. Toso. Se me emborrona la vista y me cuesta mirar.

Tal vez me vaya de este mundo sin poder responder a la pregunta de por qué escribo.

O quizá sí que pueda ahora: escribo para ver.

Quizá el poeta es el que ha aprendido a mirarse mientras está mirando.

Mirarse mirar, pedir explicaciones a nuestras miradas.

El corazón y las razones pasan por los ojos, y los ojos nos preguntan quién eres tú mientras nos vemos.

Entonces pienso en Manolillo. ¿Cómo habrá de verme él?

Todo empieza y todo termina en él. Vuelvo a respirar hondo, a contener la tos.

¿Qué historias querrás contarle a tu hijo en el futuro, Miguel?

, me pregunto. ¿Serás capaz de sentarte con él a la lumbre y decirle que todo aquel sacrificio que hiciste terminó contigo hincando la rodilla?

¿Podrás mirarlo a la cara de mozalbete y pedirle que sea íntegro y que sea digno y que sea un hombre de bien?

¿Es eso lo que quieres, Miguel? Ha llegado el amanecer.

El toque de diana habrá de levantar a los presos de las celdas.

A los de la enfermería nos sigue esperando la letanía.

Escribo. Entra la brisa por la ventana. Las monjitas nos dan los buenos días. Escribo. Lo presiento.

Tal vez sea mi último poema.

Soy una abierta ventana que escucha, / por donde va tenebrosa la vida. / Pero hay un rayo de sol en la lucha / que siempre deja la sombra vencida.