55 #2
Por eso fue a Orihuela a buscar a mi madre y a hablar con don Luis Almarcha a la salida de misa, donde el canónigo volvió a decirle lo de siempre.
Me lo imagino, el porte enhiesto, la mirada tras de las gafas, serio, minucioso, y ellas dos agarradas la una a la otra, Ay, don Luis, besándole la mano.
Este soltaría algo así como: Queridas feligresas, el destino de Miguel Hernández está ahora en el tejado de Miguel Hernández.
Eso podría haber dicho, y ella, Josefina, pensaría que si las palabras habían sido las que habían dado con mis huesos en prisión, revolución, pueblo, comunismo , las palabras podrían salvarme ahora de ella, una, grande, libre .
Que si yo había tenido la valentía de pedir pan y justicia y tierra para los desamparados, ahora debía tenerla para decir perdón, y decir me arrepiento, y viva Cristo Rey, y arriba España.
Por eso aquel día de mediados de octubre, nena, viniste a comunicarte conmigo sin el niño, porque Manolillo ya se enteraba de todo y querías decirme algo importante .
—¡Josefina, aquí!
Te vi entrar con las manos a la espalda, de negro, la palidez del hambre, pelo recogido, y te hice un gesto desde aquel lado de la alambrada en el que siempre nos veíamos. Quise que no me vieras toser ni doblar el torso a cada espasmo.
Cof, cof, cof.
—¡Hemos ido a ver a Almarcha!
El locutorio sonaba como un gallinero.
—¿Qué?
—¡Que hemos ido a ver a Almarcha!
Contuve otro espasmo.
—Pero ¿no os dije que no lo hicierais?
Pensé en aquella tarde en que, terminada la guerra, fui a verlo a su despacho de Orihuela.
Ahí fue la primera vez que me lo dijo, aquello mismo que Josefina ahora venía a comunicarme, como si pensara que tal vez las penurias de la guerra y la bronquitis que ya no le podía ocultar me hubieran hecho cambiar de opinión.
—Me ha dicho que lo que tienes que hacer es arrepentirte, Miguel.
Cof, cof, cof.
—¿Qué?
—¡Arrepentirte! —gritaste.
Teníamos que hablar a chillidos, Josefina, los dedos entrelazados con el enrejado de la alambrada, que parecía macramé, o un encaje de bolillos, de esos que te gustaban hacer, tal era la cantidad de familiares a un lado que abarrotaban el locutorio, tal era la cantidad de presos al otro.
—¿Arrepentirme? —Y vi en tu rostro la decepción cuando, conteniendo el espasmo de otra tos, añadí—: ¿De qué?
Pensé de pronto en las presiones del padre Vendrell, que había ido a visitarme algunos días atrás para preguntarme por Josefina y nuestra boda.
Guardaste silencio, y en ese silencio, nena, lo dijiste todo, porque no eres mujer de muchas palabras, porque son tus miradas, las aletas de tu nariz y tus labios al apretarse los que vienen a decir lo que no dice tu boca, Eres un egoísta; lo que no escupe, Un terco inmisericorde; lo que no pregunta, ¿Por qué no piensas en tu hijo?
Dijiste todo eso con tus ojos y tu nariz y tus labios y te fuiste, y el siguiente lunes ya no quisiste venir: No me encuentro con ganas, Miguel, de ir a verte mañana.
Te mando unas naranjas y un poco de cocido.
Aquel lunes comprobé que era desolador el silencio del patio cuando la mayor parte de los reclusos se apretaban en el locutorio para ver a sus familiares.
Los que no recibían visita eran siempre varias decenas.
Hombres tristes muchos de ellos, que andaban, leían, dormitaban a la espera de sus compañeros.
Yo aproveché para escribirte. Lo habría hecho largo y tendido, razonar, abrirte mi corazón, decirte, Josefina, nena, entiéndeme, pero solo tenía un rectángulo de papel higiénico, solo uno aquel día —lo había compartido con Melchor Aracil, que quería escribirle a su padre en su onomástica—, y tampoco podía hacer uso de mucho más, no si pensaba hacértela llegar por otros cauces, no los de la prisión, sino mediante la tartera o la lechera de algún preso, en caso de que no pudiera usar mi propio y escaso material.
Me asomé al bolsillo interior de la chaqueta. Había tres cigarrillos. Sacar la carta de prisión me costaría al menos dos.
Mi querida esposa: he aguardado toda la mañana tu visita, aunque me escribiste que no te veías con ánimos de venir.
Josefina, siempre pienso lo que hago razonando el beneficio que puede ocasionar a mi hijo y a ti.
Sé que por el momento, esta actitud mía sólo ocasiona perjuicios.
Lo sé bien, nena. Tú sabes que siempre he vivido para ti y para nuestro hijo y en cuanto salga te lo demostraré durante el resto de nuestras vidas.
Pero hay cosas que no puedo ni debo hacer porque sería no respetarme ni respetarte.
Mientras tanto, Almarcha y demás personas de su especie que se guarden muy bien de intervenir para nada en mis asuntos.
No necesito nada de él. Ya te contaré por qué no me es posible aceptar nada que venga de la mano de tantos Almarchas como hay en el mundo.
Sería para mí una auténtica vergüenza, nena.