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Estoy hablando pero hago una pausa. Toso.
No se oye nada más en la enfermería de la prisión.
Cof cof cof. Le he contado a Eusebio Oca, que yace en la cama de mi izquierda, casi todo lo que he vivido en los últimos meses.
Rosal, Torrijos, Cox, vuelta a Madrid, Palencia, Ocaña.
Tenemos todo el tiempo del mundo. Advertí el brillo de sus ojillos cuando le relaté cómo fue abrazar a Manolillo aquel día de la Merced, ya en el presidio que compartimos aquí, en Alicante.
Toso de nuevo. Los espasmos hacen eco en el silencio de la sala.
Han pasado algo más de dos meses desde aquel día de septiembre y estoy internado en la unidad de cuidados de los presos enfermos.
—¿Estás bien, Miguel? —me pregunta Eusebio.
La bronquitis ha derivado en neumonía, me dijo el médico de la prisión. Reposo, Ceregumil, paños húmedos. Toso de nuevo. Eusebio Oca está postrado en la cama junto a la que yo me encuentro desde hace varias semanas. Me sonríe.
—¿Sabes qué le escribí a Josefina tras aquel día? —vuelvo al recuerdo.
Él quiere saber. Entonces le recito, casi de memoria:
—Mi queridísima esposa: ¡ya sé lo que es volver a tener a mi hijo en brazos!
Teniéndole he podido comprobar que está muy alto y robusto y que no le ha faltado qué comer aunque tú hayas pasado muchas hambres.
Es curioso verle juguetear, tan pillo que es mi grandullón.
Tiene toda tu cara y tu manera de ser, serio, serio hasta que se ríe, y lo hace con toda el alma, reírse, decirme, ¡Papá!
Qué alegría comprobar al fin que es cierto aquello que decías, que habla con la soltura de un colegial de segundo grado, que es vivaz y listo y que incluso, a fuerza de haberle leído mis poemas, ya sabe reconocer algunas palabras escritas.
Josefina, te he encontrado bien. Tú procura por nuestro hijo y por ti primero, y no te consideres obligada al sacrificio conmigo, nena.
Te tengo clavada en la memoria y pienso el enorme esfuerzo que haces cada día.
Por cierto, no te extrañe que la próxima vez que nos veamos te salude en inglés.
Ya sé decir hello y all right . Pronto estará todo all right , nena mía.
Y te hablaré en varios idiomas para volver a enamorarte, que el te quiero castellano lo tengo ya muy usado. Besos a mi hijo. I love you , Miguel.
—¡Qué bonito! —exclama Eusebio tras oírme pronunciar en inglés.
Eusebio Oca tiene una malformación en la columna que le hace renquear y sufrir dolores espantosos, aunque él a veces cante en lugar de dar alaridos, recite el abecedario, los ríos de España, los reyes godos.
Por eso suele pasar gran parte del internamiento en la enfermería.
Tiene veinticinco años y es maestro. Durante la guerra fue secretario de un sindicato estudiantil y por ello sería condenado a una larga pena de prisión.
Está casado con Isabelita y tiene un hijo, Julito, de la misma edad que mi Manuel Miguel.
Ahora no es maestro ni perito ni secretario ni tan siquiera padre.
Ahora es uno más en esta prisión. Aquí es un vencido.
—Espero que pronto puedan venirse Josefina y el niño aquí, a Alicante —sigo diciéndole a Eusebio, tras una tos—.
Aunque ya te he contado alguna vez que es muy reacia a moverse de casa.
Y que está algo escamada conmigo. Pero aquí vive mi hermana Elvira, sí, Elvira, la que estaba en Madrid, esa que a veces me trae huevos y fruta y carne salada.
Se lo he dicho a mi mujer, que se vaya a vivir con ella y su marido y sus hijos para que no tengan que pasar el calvario de venir desde Cox.
Salir del pueblo mucho antes del amanecer, las seis, a veces las cinco de la mañana.
Imagínatelo, ay, mi niño. ¿Cómo va a querer a su padre si tiene que darse esos madrugones?
El maestro asiente. Entonces me vuelve otro espasmo.
Toso y me retuerzo en la cama. Eusebio y el resto de los enfermos ya se han acostumbrado a oírme.
Hoy es algún día de principios de diciembre.
El otoño me ha agravado la bronquitis que arrastro de Palencia.
La bronquitis es fría en el pecho, y es sombra hasta que se desatan las toses, como si se me arrejuntaran los demonios en la garganta, Belcebú, Asmodeo, Belfegor, como los nombraba Almarcha.
A Eusebio no he podido ocultarle nada porque me está viendo, al igual que al resto de los presos de la celda, Ricardo Fuentes, Luis Jiménez o José Valero, y a los demás.
Somos nueve mil en total cuando solo cabe un millar.
Los de mi camarilla saben que he tenido graves picos de fiebre, preso de los delirios con una manta húmeda liada en la cabeza, ¡Soy Charles Chaplin!
, me contaron que decía, y que a veces, cuando el sol salía, mejoraba, como aquel día de la Virgen de la Merced —de la que ahora soy curiosamente devoto—, en el que pude al fin abrazar a mi niño.
Recuerdo el clamor de los compañeros cuando volvimos a apretujarnos en la celda y cada uno contaba cómo le había ido en la visita.
Pues a mí, Pues yo, Pues mi hijo, y así.
No he sentido en ninguna otra prisión la cercanía de una pandilla de presos como con los que convivo aquí.
Tal vez se deba a que todos somos alicantinos, todos, José Ramón, Rigoberto, Antonio, Luis, todos con la cabeza rapada y con la familia fuera, a la que entre unos y otros dibujamos, escribimos o componemos música.
Por ejemplo, el 18 de octubre fue el cumpleaños del hijo de Eusebio, Julito, y muchos de los presos le hicimos llegar regalos, un libro de cuentos, una partitura, un juego infantil.
También a Carmen, la hija de Luis Jiménez.
Y a Ricardito, el mayor de Ricardo Fuentes.
Cada uno de nuestros hijos es un poco el hijo ausente de todos.
Llevo en la enfermería del Reformatorio un par de semanas, decía.
Hace tres que no veo a Josefina y al niño.
Hay un centenar de enfermos aquí. A veces me incorporo para mirarme los pies porque he dejado de sentirlos, y entonces muevo un dedillo y respiro.
El médico pasa cada ocho o nueve días. No son pocas las veces en que los propios presos tenemos que hacernos las curas entre nosotros.
Al menos nos asisten unas monjas que se desviven en el cuidado, a pesar de lo poco que tienen para su labor.
De hecho, son las familias de los enfermos las que las proveen de algodón y gasas y medicamentos.
Las monjas pertenecen a las hijas de la caridad, reconozco sus cofias.
Una pequeñita, de Alcoy, nos habla como si fuéramos sus hijos.
El trato de las monjas nada tiene que ver con el que nos dan los religiosos, como ese jesuita al que todo el mundo teme en la prisión, el padre Vendrell, uno de los capellanes.
En cuanto llegué, los presos de la habitación cuarta me dijeron que tuviera cuidado con él.
Le gusta manosear a los reclusos, me dijo Antonio.
Sobre todo a los jóvenes, a los que se dice que hace regalos a cambio de favores.
Antonio imitó con la mano un gesto amanerado.
Y que le dicen, en lugar de padre, madre y la Pava, añadió.
El padre Vendrell se encarga del auxilio espiritual de los presos, máxime de los condenados a muerte.
Quizá por eso, de primeras, no le interesé demasiado.
La primera vez que se dirigió a mí fue varios meses después de mi llegada.
Yo charlaba con los presos en el patio de la prisión cuando de pronto lo vimos llegar, porte alto, larga sotana, crucifijo enorme cruzado en el fajín.
¡Hernández!, me llamó. Y luego me apartó del grupo.
—Hijo mío, ¿es cierto que tu mujer y tú no estáis casados por la Iglesia? —Me pellizcó las mejillas. Yo no podía dejar de mirar sus dientes amarillos—. Eso no puede ser, ¿eh, Hernández?
Reí.
—No me llevo muy bien con Dios, ¿sabe, padre? No sé si le haría mucha gracia verme en un altar. Además, ya estoy casado.
Vendrell refunfuñó y, tras unos segundos, dio media vuelta sin insistir.
Al verlo marchar, Rigoberto remedó sus andares y todos tuvimos que contener la risa.
Poco tiempo después me contarían que si de algo disfrutaba el padre Vendrell era viendo cómo fusilaban a los condenados a muerte.
La compasión cristiana de la que siempre hablan los curas no lleva sotana sino cofia y hábito, no tengo duda.
A veces me pregunto qué habría sido de la Iglesia con ellas en el trono de san Pedro.
Esa monja diminuta como papisa. Pensándolo, me ha dado la risa.
—¿Qué te hace gracia, Miguel? —me pregunta Eusebio, que dibuja sobre su cama con la lengua fuera.
—No, nada —le respondo, imaginando a aquella papisa con su andar pizpireto.
Entonces me enseña el dibujo en el que trabajaba.
—¿Qué te parece, Miguel?
Es una preciosa ilustración para su hijo Julito, que habrá de formar parte de un cuento que le ha escrito, titulado «Petete pintor».
A mi hijo le decimos Petete, ¿sabes?, me explica.
El niño acaricia un burrito en el dibujo.
Parece Platero. Precioso, le digo. Algunas semanas después le pediré que me ilustre unos cuentos que habré de escribir para el cumpleaños de Manolillo, Claro, cómo no, cuenta con ello, pero no se me ocurrirá hacerlo hasta que logre aclarar un poco mi situación con Josefina.
Vuelvo a pensar en ella. Después de su visita del 24 de septiembre, con Manolillo, tal vez pensó o quiso creer algo que nunca le dije. Se hizo ilusiones, quizá, aunque nunca saliera tal cosa de mi letra manuscrita, tampoco de mi voz tras las rejas a través de las que nos comunicábamos cada lunes.
Pensó que iba a ceder.