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No pude dormir ninguna de aquellas noches.
No porque no me alegrara que dijera estar mejor ahí que en Conde de Toreno, sino porque —de veras, Miguel, créeme— le di muchas vueltas a todas las maneras en que podía satisfacer aquel deseo tuyo.
Y ninguna era viable, o al menos, no para mí.
Porque yo no era como él. No me sentía capaz de coger un tren y dejarlo todo atrás como hizo él con Madrid una y otra y otra vez.
Y estaba el niño. Dicen que uno deja de ser audaz cuando es padre.
Que la temeridad es para quienes no corren el riesgo de dejar en el mundo huérfanos.
¿Cómo iba a abandonar a la familia por diez minutos a la semana con él?
En Cox nos sosteníamos entre todos: la tía Gertrudis, las primas, la cuchilla de afeitar de Manolo, Conchita, que había empezado a limpiar en la casa del cabrero —ese que me compró a Fina por una miseria—, Carmen, que me ayudaba con la costura.
¿Cómo dejarlo todo cuando casi no teníamos nada?
Apenas unas gallinas estresadas, un huerto pobre, mis manos para zurcir y la caridad de los amigos.
Y estaba el asunto del turismo carcelario.
En noviembre lo trasladaron de vuelta a Madrid —prisión de Yeserías, distrito de Arganzuela—, pero no se quedaría allí, y él mismo uso aquel término, Mi querida Josefina, como ves, sigo haciendo turismo.
Ahora voy a Ocaña, no sé si por mucho tiempo.
Salí ayer de Palencia y en Madrid estoy de paso, porque de Yeserías lo llevaron al penal de Ocaña.
¿Cómo iba a seguirlo por toda España? Eso sí, al menos en aquella prisión madrileña pudo ver por última vez a los amigos, a Cossío, a Aleixandre.
El sevillano me lo recordaría en el salón de mi casa con sus ojillos vidriosos, vuestro último encuentro. Tenía unos ojos pequeños don Vicente.
A través de la verja era ya como un animal mitológico, Josefina, me dijo.
Y yo asentí suponiendo que aquella metáfora respondía al lenguaje extraño de los poetas.
No lo vi mal, añadió, pero no dejaba de toser.
En Ocaña, tras veinticinco días de aislamiento, los presos le dieron una alegría, y lo sé por la prisa con que ligaba las vocales, el remate de las eles o de las emes de aquella carta:
Mi querida esposa, si tú has pasado bien las Navidades, me llevaré una alegría muy grande.
Yo las voy pasando bien. Hoy he celebrado con los amigos mi llegada a la galería, después del aislamiento reglamentario, y me han preparado una comida digna de hotel.
No ha faltado ni turrón ni pasteles, tampoco queso, jamón, frutas, cigarrillos y café moka.
En unos días recibirás el menú completo y verás los nombres de todos esos amigos.
Amigos. Pocas palabras le servían de asidero en esa época.
Esa lo era, amigo . La historia de aquel banquete me la confirmó Fernando Fernández Revuelta, con quien volvió a coincidir en Ocaña.
Fernando fue uno de tantos amigos suyos que a lo largo de los años han ido pasando por mi casa, como si fueras un santo laico y yo, un lugar de peregrinaje.
Como si después de Fátima, de Lourdes o del Rocío onubense, estuviera también Josefina Manresa.
—En cuanto supimos que Miguel iba a salir de la cuarentena a la que sometían a todos los presos recién llegados, pensamos en organizarle algo —me explicaría Fernando Fernández en mi casa de Cox—.
Juntamos nuestros petates, formamos una mesa con varias maletas y confeccionamos un menú con todo lo que pudimos encontrar.
Incluso preparamos entre todos ese tríptico que Miguel te envió, un menú ilustrado en el que, como habrás comprobado, no faltan las buenas dosis de humor.
Asentí. Fui al dormitorio a buscarlo y volví sin evitar soltar una carcajada.
Al cedérselo a Fernando, los ojos se le llenaron de nostalgia.
¡Ay, míralo! En él habían dibujado una caricatura de Miguel y por detrás se consignaba aquel curioso menú, que constaba de platos como sopa sala once, intercambio fraterno-microscópico o cigarrillos plenipotenciarios.
En la siguiente carilla habían escrito las dedicatorias.
Yo las había leído todas, pero era la primera vez que delante tenía a uno de los firmantes, que leyó en voz alta lo que había escrito:
—«¿No preguntabais por él? Ya está aquí, como siempre, en la brecha. Más poeta, más hermano y más humano que nunca».
Levantó la vista y le di las gracias por aquellas atenciones para con mi marido. Todavía estaba muy reciente. Reciente en todos. La lluvia se huele aún en el asfalto cuando ha dejado de llover. Lo llaman petricor.
Aquella escena del banquete es de lo poco que recuerdo que Miguel me contara en aquellos meses en que recorrió España de cárcel en cárcel.
Para Año Nuevo le mandé unas mantecadas de anís y limón que, me contó, fueron todo un acontecimiento en la sección segunda.
Había vuelto a esa afición por la carpintería que comenzó a cultivar en Conde de Toreno.
A Manolillo le envió otro juguete, y mientras me daba cuenta de él, de su factura y de las capas de pintura que le había dado, no dejó de insistir en que fuéramos a acompañarlo, y sí, pasaron los meses, él insistiendo, yo dándole largas.
Ya veré. Quizá. Esperamos. Y mientras tanto, iba agarrándome a cuanto pudiera, que solían ser las cartas y Manuel Miguel.
El niño ya no solo decía mamá o papá, sino pelota y perrillo, y no entendía bien qué eran los verbos irregulares, porque abierto era abrido en su boquita, y puesto, ponido .
Qué bien se lo habrías explicado tú, Miguel.
Yo me limitaba a contártelo en mis cartas, y tú empezaste a suponer que si querías vernos, que si querías enseñarle cómo se conjugaba el verbo abrir , tenías que pedir el traslado a Alicante, o al menos, a la prisión más cercana a Cox que hubiera, aunque ello te alejara de tus amigos que desde Madrid pudieran ejercer influencia en tu situación carcelaria.
Empezaste a hacer tus gestiones, cartas a Aleixandre y sobre todo a la Embajada de Chile.
Vuelvo a pensar en esos meses y otra vez se me nubla la memoria.
Ahora no sé si fue antes o después del banquete de Ocaña cuando me habló por primera vez de sus dolencias, Yo estoy de primera, nena: un poquillo me duele la cabeza de cuando en cuando, pero eso no es nada; con quien sí fue sincero del todo fue con el poeta sevillano, Querido Vicente: ya lo sabes, he pasado un tiempo con una bronquitis que me ha dejado mucha flojera. Eso le escribió, él me lo dijo.
En aquella época Miguel dejó en manos del embajador chileno, Vergara Donoso, las gestiones para su traslado a Alicante.
No le quedaban demasiados amigos. La correspondencia con el diplomático fue profusa, hoy lo sé.
Lo que sí supongo es que en aquella gestión no hubo de intervenir Cossío.
Creo que Miguel desistió de pedirle ayuda a su antiguo jefe después de que este insistiera, como lo hiciera don Luis Almarcha, en que diera algunos pasos de acercamiento al franquismo.
El traslado fue aceptado por las autoridades penitenciarias el 11 de mayo tras las peticiones de Donoso y, a través de él, de las autoridades chilenas.
Eso mismo me contaste en una carta preciosa, la primera en semanas.
Tu letra volvía a decir alegría, las aes, las eses.
Querida esposa mía, he pedido el traslado a Alicante y, por lo que me cuenta Vergara Donoso, es más que probable que me lo concedan.
Sólo has de saber que te quiero como siempre te he querido, y que cada día aprecio más lo mucho que vales para mí.
Si no te parezco el mismo, Josefina, es porque no lo soy: es decir, que la cárcel me está haciendo otro hombre, y que saldré de aquí para ser quien debo ser.
Esta es una experiencia dura, pero buena para mí.
He aprendido mucho aquí, y todo me será provechoso para educar a nuestro hijo y para satisfacer y alegrar todas las necesidades que sienta en su vida.
Esta vida no es tan sosa y tan mala como tú dices: la sal de ella está en las muchas cosas que nos pasan, y con la historia que nuestros dos cuerpos están viviendo enseñaremos a nuestro hijo a vivir.
Hasta pronto. Ahí va mi cariño y fuertes abrazos y besos más fuertes de vuestro
M IGUEL
Ay, ¿cómo no quererlo con todos mis huesos?
Yo no sé escribir como los poetas, yo sé que soy algo fría, o eso dicen de mí, pero lo que siento aquí dentro cuando vuelvo a leerlo, cuando rescato algún recuerdo de la neblina de aquellos meses, es fuego y arde y se me desboca en el pecho como una yegua.
El traslado no se consumó hasta el mes de junio, cuando lo llevaron a Atocha y lo custodiaron en un tren que hizo parada en La Mancha.
Tal vez recordara viendo los molinos de Alcázar de San Juan las aventuras del Quijote que tanto leyera.
Desde allí escribió otra vez a Aleixandre, Por fin conseguiré ver a mi hijo y a Josefina, Vicente, y aguardó algunos días hasta que el 29 de junio llegó al Reformatorio de Adultos de Alicante.
Ahí se encontraría con algunos oriolanos, como Ramón Pérez Álvarez, y esperaría lleno de la impaciencia hasta que pudiéramos al fin visitarlo.
Iría a verlo cada lunes, quince minutos, una reja entre nosotros.
Pero apenas me acuerdo de aquellas visitas, porque en la memoria sobresale una sola que eclipsa todas las demás, Josefina, el 24 de septiembre es día de la Virgen de la Merced, patrona de los reclusos, y podremos vernos en el patio sin que entre nosotros medie ninguna alambrada.
He vuelto a hacer cuentas: 661 días desde la última vez que nos tocamos.
Ahora el recuerdo vuelve a ser firme. Aquella mañana la cola de visitantes daba la vuelta al penal.
Había risas y nervios. Brillaba un sol radiante aun cuando había amanecido con una llovizna ligera.
No entramos hasta el cuarto o quinto turno, ya al mediodía.
Manuel Miguel iba de mi mano, zapatitos, traje de los domingos.
Tenía algo más de dos años y medio. Yo me había arreglado un traje de lazos negros y la prima Gertrudis me había prestado unos tacones que me rozaban los talones.
Volví a Cox con los pies ensangrentados.
Seiscientos sesenta y un días, tarda en decirse.
Tú todavía no habías ingresado en la enfermería, pero ya arrastrabas el frío en el pecho que te trajiste de Palencia.
Llevaba semanas preparando al niño para el encuentro con su papá.
Manolillo tenía la lección bien aprendida, que sonriera, que no se pusiera a llorar, que jugueteara con su padre todo el tiempo que pudiera.
Entonces te oímos, Miguel, ¡Eh!, tras la señal del guardia, y yo achiné los ojos para buscarte entre los reclusos que se dirigían hacia los familiares de aquel turno, hasta que creí encontrarte en aquel cuerpo escuchimizado que se parecía al tuyo.
—¡Josefina! —Sí, eras tú—. ¡Manolillo!
Corrías como loco, atolondrado, un color de cara sofocante, todos los dientes tras la sonrisa, y cómo no guardar ese recuerdo, decía, mi grito, ¡Miguel!
, y al fin el abrazo, 661 días después, el niño trepando por tus perneras, ¡Mi niño, es mi niño!
, el sol arriba, el albero del patio que es hierba, los demás presos y sus mujeres e hijos que son árboles, los carceleros, flores.
Me apretabas. Lo apretabas. Te hicimos libre. No reparé en tus toses.
—Pero, ¡Manolillo, hijo, qué grande estás!
Y comenzaste a besarle hasta que Manuel Miguel se revolvió, riendo, ¡Ay!
, yo lo conocía bien, a veces se angustiaba cuando se le atosigaba demasiado, y más besos, y entonces supiste que ya no era un bebé, y yo recordé aquellos versos, Frontera de los besos / serán mañana, / cuando en la dentadura / sientas un arma , porque su arma te habló, entre carcajadas, por primera vez:
—¡Ay, déhame ya, parre!