Tu risa me hace libre 53 #2
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Imaginarse con veinte le hace sonreír. Más aún con diecisiete.

Ser onda, oficio, niña, es de tu pelo . A Miguel lo ve llegar por la calle Mayor, o más bien lo oye, con su taconeo.

Se pliega el tiempo y se expande, ella lo sabe bien.

Sobre todo durante la noche. Finalmente, le hace un gesto al retrato de su marido y va al dormitorio.

Amanecerá en unas horas, se recuesta sobre su cama desierta a intentar que el sueño la atrape.

Es entonces cuando lo oye. Abre los ojos y está en la casona de Jaén.

Primer piso, habitación conyugal, los ladrillos del pavimento, los muebles rústicos.

La ventana está en el mismo sitio. De pronto advierte que no está en la cama, sino cosiendo a mano junto a su máquina.

Vuelve a oír unos pasos y ahí está él, en el umbral. Entra, le dice.

Aprieta los ojos para no despertar. Miguel tiene veinticinco y lleva el mismo traje —con las solapas muy finas, muy planchadas— que estrenó cuando se descubrió la lápida a Ramón Sijé en la calle que llevaría su nombre.

Amortajado llevaba ese mismo traje. No te despiertes, Josefina.

Miguel entra con su risa. Se abrazan. Entonces, en el sueño, Miguel recita, No salieron jamás / del vergel del abrazo.

/ Y ante el rojo rosal / de los besos rodaron.

Es su poema favorito, «Vals de los enamorados».

Termina con unos versos que suelen venírsele a menudo a la boca, como el sabor del azúcar.

Bailan. Él recita al vaivén, Perseguidos, hundidos / por un gran desamparo / de recuerdos y lunas, / de noviembres y marzos, / aventados se vieron / como polvo liviano: / aventados se vieron, / pero siempre abrazados.

Se miran. Ahora están en Cox y él le exige que coma, Si no comes, y tampoco duermes, ¿de qué te mantienes?

Vuelve a apretar los ojos.

Ay, Miguelico, pues de qué me voy a mantener. De la costura, de tu hijo y de recordarte. De eso me mantengo.

Y luego Miguel le dice, entre claroscuros:

—Madre, que llego tarde a la escuela.

Manolillo la zarandea. No suele ser él sino su madre quien lo despierta para ir al colegio. Ella sigue oyéndole, Come, nena, durante el par de segundos en que el sueño se desvanece. Su hijo se ha vestido él solito. Lo mira. La rodean los papeles de Miguel, el baúl abierto.

—Lo siento, cariño. No he dormido nada esta noche.

Josefina se incorpora despacio. Da un beso a su hijo y se dirige a la cocina.

Enciende el fogón, corta pan, calienta la leche, unta un poco de manteca con azúcar.

Manolillo desayuna deprisa, con la cartera ya colgada, y ella le alisa el pelo con los dedos humedecidos, le ajusta el cuello de la camisa, le da un beso breve, exacto, como si no quisiera que se le notara el temblor.

Lo acompaña hasta la puerta. El niño echa a andar calle abajo sin volver la cabeza y su madre aguarda algunos segundos hasta verlo doblar la esquina.

Vuelve a pensar en su padre. Entonces regresa a la cocina y se hace un té.

Esta mañana debe rematar el traje de pedida de aquella chica, de Angelita, que habrá de venir para la última prueba.

Se sienta ante la máquina de coser y deja que el pedal marque el compás de la mañana.

El sol entra aún bajo, oblicuo, iluminando motas de polvo que flotan sobre la mesa de corte.

No tiene por qué echar la persiana, hoy no hay ninguna tela de París en el taller.

Cose. Deja el pensamiento en las manos. Puntada, remate, nudo.

Y así la encuentra el timbre de la puerta.

—Buenos días, señora.

Son Angelita y su madre, doña Pilar, que entra en su casa con el mismo gesto de la primera vez, altanera, un poco desconfiada.

—Hola, ¿cómo están? —Josefina las hace pasar al taller—. Yo bien, por aquí. Hasiendo los últimos remates.

Ahí está Cuqui con el vestido puesto. Madre e hija dan un brinco. ¡Está perfecto!, exclama Angelita, que se apresura a desvestirse para probarse la creación de Josefina, con esa preciosa tela azul de crepé de seda, el talle alto y la elegante caída.

La chica se lo pone y frente al espejo Josefina le sube la cremallera trasera.

—¡Estás preciosa, hija! —exclama doña Pilar, llevándose la mano al pecho.

La madre no deja de elogiarlo. Que si la caída, que si el corte, que si el buen hacer.

Josefina escucha y asiente mientras Angelita le sonríe todavía al espejo.

Se gira un poco, se mira de perfil. No sabe muy bien qué hacer con las manos.

Josefina hace un ajuste que en realidad no hace falta.

Es el gesto. El traje está terminado y las tres lo saben. Entonces la costurera propone:

—¿Una horchata para celebrarlo?

—No, no hace falta, mujer. —Doña Pilar titubea y Josefina insiste.

—La compré ayer en el mercado y está riquísima. Es la mejor de Elche.

No será la madre sino la hija quien acceda, ¡Ay, sí, yo quiero!

, Angelita, con su fervor juvenil. Bueno, venga.

Josefina va a la cocina y vuelve con una jarra y varios vasos que deja con cuidado sobre la mesa de costura.

Le sirve primero a doña Pilar. Un culín nada más.

Luego brindan por la futura novia. Le servirá una segunda ronda primero a doña Pilar.

Pues sí que está rica. La anfitriona bromea con descorchar un cava —por si es cierto aquello de que no se debe brindar sin alcohol— que por supuesto no tiene.

Luego servirá una tercera, otra vez en primer lugar a la señora.

Venga, para acabar la jarra. Mientras, entre sorbo y sorbo, la conversación es distendida, hablan de la costura, de los amores, de una boda delante del altar.

No hablarán de dinero, eso será después, ya sin la hija delante, cuando la señora le pague las trescientas cincuenta pesetas acordadas.

—Y treinta más para que se compre algo bonito, Josefina.

Entonces ocurre: doña Pilar da un último trago al vaso de horchata y, algunos segundos después, pregunta:

—¿Podría ir al baño?

Josefina se apresura a indicarle dónde está:

—Ese pasillo, segunda puerta a la izquierda.

La mujer asiente. La costurera aguarda a oír desde el taller el retumbar de la puerta del baño al cerrarse.

Tiene un margen pequeño, mínimo, y le entra la prisa.

Quizá no vuelva a verla nunca, a Angelita.

Solo necesita uno, tal vez dos minutos a solas con ella.

Por eso ofreció la horchata, aguardando a que tal vez hiciera su efecto.

—¿Angelita? —En voz baja, casi en un murmullo.

El agua del baño no se escucha correr todavía.

La chica sigue ante el espejo, ¿Sí?, con las manos apoyadas en la cintura.

Sus ojos brillan, expectantes, imaginando quizá la emoción del estreno, el vaivén de sus caderas, el baile, el dedo anular anillado.

Josefina se le acerca, arrastra sus babuchas hacia ella.

Al desvestirse no le ha visto ningún otro hematoma.

Se ha fijado bien. Y quizá sean imaginaciones suyas.

Sí, tal vez lo sean. Pero no puede quedarse callada. No ahora.

—Hay algo que me gustaría decirte...

Si no lo hace, si no se lo suelta, será como una puntada mal dada a la que nunca habrá puesto remedio.

Lo sabe bien, cuánto duelen esas puntadas.

Vuelve a mirar a Miguel en la pared mientras recuerda aquellas palabras suyas que bordeaban la frontera del sueño.

Pues ¿de qué me voy a mantener? De la costura, de tu hijo, y de recordarte.

El trazo de Buero Vallejo se retuerce, le dice que adelante. La chica y ella se miran.

—No siempre es suficiente el amor, querida. Hacen falta otras cosas. —Angelita frunce el ceño—. Respeto. Cariño. Dignidad...

Angelita no responde. El silencio se vuelve espeso, casi audible.

Josefina, a sus diecisiete, habría reaccionado igual.

Patidifusa, quizá pensando ¿qué dice esta vieja?

Mira de reojo al pasillo y la sujeta por los brazos.

Nota su fragilidad bajo la tela. Quién sabe si le habrá pegado otra vez.

Si no ha dejado de hacerlo. Si ha aprendido a que no se vea.

Y vuelve a tener delante a Tomás Santamaría, aspirante a torero, rostro de galán, en el umbral de su puerta diciéndole, Usted a su costura, no querrá que sea yo el que me entrometa en sus asuntos.

Cuántas amenazas ha oído Josefina. Cuántas a lo largo de su vida a las que respondió casi siempre apretando los puños y guardando silencio. Porque Josefina Manresa es una mujer de silencios.

Pero hoy ha decidido hablar.

—Créeme una cosa, Angelita —insiste, la mirada compasiva, titilante, las manos firmes en un brazo y en otro—. Esto te lo digo porque he sufrido mucho. Pero el amor no duele. Duelen las otras cosas, las injusticias, la mentira; duele el desengaño y duele el hambre. Pero no el amor.

Entonces se oye movimiento en el baño, segunda puerta a la izquierda del pasillo. La cisterna. La puerta. Un leve carraspeo.

—Dignidad. No lo olvides nunca.

Sí, Miguel Hernández le dejó pocas cosas, más allá de los papeles.

—¿Me has entendido, bonita?

Tal vez solo una.