Tu risa me hace libre 53
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Manolillo duerme en su cama. Josefina lo mira asomada a la puerta.

Han llegado a Cox pasadas las diez de la noche.

Al bajarlo del autocar, en el apeadero, Josefina tuvo que cargarlo en brazos como cuando era un niño y lo llevaba a la cárcel de Alicante a ver a su papá.

Ahora le duele la espalda. No puede dejar de darle vueltas a la proposición de esta mañana; el despacho de Martínez Arenas, el claustro del Santo Domingo, el director.

¿Cómo ha sido capaz de decir que no?, piensa ahora.

La noche es siempre para las preguntas, lo sabe desde que vivía Miguel.

Da media vuelta y se dirige a tientas hacia el salón.

En noches como esta a Josefina el tiempo se le pliega en la duermevela.

A veces no responde al orden cronológico.

Merodea por la casa. No necesita palpar para evitar darse de bruces con algún estante o con la Cuqui, tal es su dominio del espacio.

Su hogar es su reino, y es un reino anarcomunista-liberal-monárquico-republicano, aunque también tenga algo de teocrático.

Ay, vaya ocurrencia, Josefinica, hija.

Al venírsele a la mente esa imposible conjunción rompe a reír.

Si Miguel hubiera podido oírlo, ese pensamiento, también habría soltado una carcajada, ancha, desvergonzada.

Quizá la guerra para los perdedores fue eso, una imposible amalgama de ismos.

Da algunos pasos por el pasillo central de la casa hasta asomar a su taller de costura.

Lleva en la mano derecha una taza de infusión —hierbaluisa y un chorrito de miel— que ya se le quedó fría a la última vuelta del reloj.

Ha visto en el minutero las tres, las cuatro, las cinco de la mañana.

Se acostó a las once tras llegar de Orihuela en el último autocar y a las doce tuvo que tomarse un sedante, cuyos efectos le han durado apenas unas horas.

Alguien le dijo una vez que en el insomnio caminara, que no se quedara en la cama dándole cabezadas a la almohada.

Ahí es donde entonces vienen ellos, papá, mamá, sus abuelas, Miguel.

Por eso se puso en pie y salió al pasillo una vez que se dio cuenta de que no volvería el sueño.

Si me hubieras visto, Miguel, le dice al dibujo de Buero Vallejo.

La mujer lo mira. Lo ha visto miles de veces y cada vez le descubre algo nuevo.

Un trazo, una expresión, una incógnita. ¡Haberme visto, Miguelico!

, insiste. Sí, yo en el despacho de Arenas, ¡que vaya tiparraco es!

Como para fiarse de los viejos amigos. En fin, yo en su despacho, te decía, y Arenas que me lo suelta.

Que sacrificara Viento del pueblo para que tu hijo fuera al Santo Domingo.

Sí, lo que oyes. ¡Con lo contento que estabas cuando volviste del frente con veinticinco ejemplares y tres mil pesetas!

Era tu libro más tuyo. A su lado, Perito en lunas era un laberinto de octavas reales que no lo leyó nadie, Miguelico.

No te ofendas. ¿Cuánta gente llegó a entenderlo?

Seguro que ni tan siquiera Lorca. Mucho menos Almarcha, que, de haberlo comprendido, te habría mandado a paseo cuando le pediste dinero para publicarlo.

El rayo que no cesa es precioso, no te lo voy a negar, pero por mucho que me lo dedicaras no deja de recordarme aquellos meses en que estuvimos disgustados.

No suelo releerlo demasiado, por no decir nada.

En el baúl lo tengo en la parte inferior, bajo la correspondencia.

Viento del pueblo es tu gran libro, del que estuviste siempre más satisfecho.

Entonces ganabais la guerra todavía y en la guerra hallaba su sentido.

La guerra fue un estado de ánimo en ti, Miguelico.

Luego fueron tristes, las guerras. Y entonces murió Miguel Ramón.

Ahí ya eras un vencido. Lástima que nunca llegáramos a ver publicado El hombre acecha o el Cancionero .

Y te voy a ser sincera, Miguel. Me pensé la proposición de Arenas durante algunos segundos.

A Manolillo le habría hecho mucho bien, es muy posible.

¿Sabes que no es del todo feliz en Elche?

¿Sabes que todavía recuerda algunas cosas que pasaron en Cox por mucho que yo lo matriculara en la escuela como Manuel Miguel Manresa?

El dibujo de Buero Vallejo sigue sin hablarle.

Josefina da un sorbo a la infusión ya fría y unos pasos de camino a su habitación.

Esa suele ser la ronda, de la habitación al salón, de ahí a la cocina y luego al taller, para volver desde el taller a la cama.

Pero esta noche es distinta; abre el armario y saca el baúl para ojear algunas poesías.

Ha sentido esa necesidad. Leerlo es traerlo consigo.

—Te prometo que estuve a punto de decirle que sí, Miguel.

Esto lo ha dicho en voz alta con algunos papeles en la mano.

Oírse en la nocturnidad la sorprende. Aguarda algunos segundos hasta comprobar que Manolillo sigue dormido, y vuelve a sacar algunos documentos del baúl al azar.

¿Me has oído, Miguel? Que estuve a punto de decirle que sí.

¿Y sabes qué? Que una parte de mí, quizá una millonésima, o como se diga, ansiaba hacerlo solo para saber qué dirías.

Qué me dirías cuando me visitaras. Quizá por esa razón no puedo dormir esta noche, Miguelico.

Te estoy esperando. Oírte decir, Pero nena, ¿por qué no dijiste que sí?

O bien, ¿Cómo se te ha ocurrido pensar algo así, Josefina?

Yo no entiendo de palabras y no hay cosica que haga pensando en qué habrías de decirme.

Y entonces te vi. Sí, a ti, al Miguel buerovallejiano.

Me hablaste en aquel despacho, Ay, nena, haz lo que tú quieras.

Te lo has ganado. Y entonces supe que tenía que decirle que no a ese Arenas.

Porque le dejaste poco a nuestro hijo, ¿sabes, nene?

, aparte de tu dignidad: Mi hijo heredará de su padre no dinero, sino honra, me escribiste.

Josefina da otro sorbo a la infusión. Solo entonces se da cuenta de que se le ha quedado fría. ¿Ves, Miguelico? De tanto hablar contigo se me ha enfriado la hierbaluisa. Se levanta y da algunos pasos hasta asomar de nuevo al retrato en carboncillo.

—¿Me oyes, Miguel? —lo reta—. ¿Ya no me quieres decir nada?

Su voz vuelve a retumbar en la noche.

No te me pongas tontico que te doy la vuelta a la pared, ¿eh?

Sí, ya sé que no me habrías reclamado nada de haberle dicho que sí.

Qué ibas a decirme, ocho años que llevas en el cementerio de Alicante.

Y, eh, ojo, que no se diga, con la lápida más lustrosa y más limpia de toda la comarca, que no se quieren morir ni las flores que te pongo cada mes que voy a visitarte.

Pero es difícil, Miguel, te lo voy a confesar.

Sé que con tus versicos puedo ganar un pequeño jornal.

En eso me está ayudando tu amigo Aleixandre, Dios lo guarde muchos años a pesar de la salud.

Pero, qué sé yo, a veces pienso si no podrías haberte dedicado a la madera.

O al hierro. O seguir con las cabras. Lo pienso a veces, no te voy a mentir.

Es de noche y tiendo a fiarme poco de los pensamientos que barrunto en el insomnio.

Tú te dedicabas a las ideas, Miguel. Hiciste tuyas las del comunismo, aquellas que al principio de la guerra encontraste idóneas para defender lo que tú entendías como justicia y libertad.

A las ideas se dedican la mayor parte de los hombres, fascismo, anarquismo, capitalismo.

A la libertad, a la igualdad, a la justicia.

De nosotras es, en cambio, lo que se puede tocar.

Es el pañal de tu hijo, es un puchero alicantino.

Son las sábanas bajeras. Es pelar una manzana, es restregar una mancha.

Es curar unas paperas y es el luto. Te fuiste a la guerra y me dejaste ahí, Miguel, con todo eso.

Nos legaste la dignidad, sí, pero yo me quedé todo lo demás.

Y ojo, sé que luchabas por algo justo, no te lo voy a negar.

Pero quizá os faltó escucharnos un poco más.

Escucharme. Te maldije una y mil veces en aquellas noches en que volví a dormir sola en Cox, te lo juro, Dios y la Virgen, que para mí a veces tienen el rostro de papá y de mamá, lo saben bien.

¿Cómo pudiste ser tan incauto? ¿O tan tozudo?

¿O tan idealista? O todo eso a la vez, ¿cómo pudiste volver a Orihuela?

Ay, la guerra. Maldita guerra. No sé yo si las mujeres habríamos hecho la misma guerra que los hombres, con vuestra dignidad de banderas y patrias, de imperios y repúblicas.

—¿Qué pasa? —Se le han escapado algunas lágrimas—. No me mires así, ¿eh?

Sacude la taza y casi derrama el resto de la infusión. No se mueven los posos.

Además, Miguel, hay algo que no es justo.

Mírate. Siempre tienes veinticinco años.

Siempre ríes. Pelito corto, ojos abiertos, en las mejillas el color de la primavera.

¿Acaso será siempre así? Porque yo me estoy haciendo vieja, Miguelico.

Ya tengo canas en la raíz del cabello. Y no veo tres en un burro.

Y a veces me tiemblan las manos. ¿Siempre tendrás veinticinco años?

¿Siempre parecerá que acabas de llegar a Cox en bicicleta desde Orihuela?

Ay, nene. ¿No podría yo ser la Josefinica aquella?