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Empecé a intuir que algo estabas ocultándome.
Ya sabes que yo a veces siento cosas, lo heredé de la abuela Josefa.
Los meses fueron pasando y tu situación en Madrid no se resolvía.
Según decías, el juicio seguía postergándose, quién sabe hasta cuándo.
Por mucho que intentaras bromear en las cartas, La otra noche me desperté y tenía una rata al lado de la boca.
Ya tengo conmigo, en el rincón en el que duermo, ratas, piojos, pulgas y chinches.
¿Cuánto crees que habría de cobrarles de alquiler?
, yo sabía que algo no iba bien. A veces era mucho más evidente ese tono tuyo, más melancólico, como menos esperanzado, tal vez en las cartas que escribías de noche cuando todos dormían menos tú:
Verdaderamente no puedo echarte en cara nada.
No hemos tenido ni tú ni yo mucho tiempo para ello.
Mañana se cumplen los cuatro años de nuestro matrimonio, y hemos estado tan poco tiempo juntos que en realidad somos casados hace un año apenas.
Tú me decías en una ocasión que no has visto palabras que viajen más que las nuestras.
Ésa es la verdad, Josefina. Pero toda mi confianza la tengo en ti y en nuestro hijo.
Es por vosotros por quienes estoy dispuesto a hacer frente a todos los contratiempos, y el ánimo más grande lo tengo pensando en vosotros.
Y aquí me tienes, cabezón siempre, como mi hijo dispuesto a ser más cabezón cada día, más obstinado en querer lo que quiero, que es estar con vosotros. Que es amarnos.
He vuelto a releer esas cartas, hacía mucho que no volvía a ellas.
En algunas hay marcas que deben ser de lágrimas mías, no de la primera lectura, sino de la segunda o tal vez de la decimoquinta.
Ahora ha estado a punto de precipitarse una sobre «Que es amarnos», escrito al final del papel higiénico. Sí, Miguel. Algo te ocurría.
Ahora lo sé: te habían condenado a muerte y quisiste ocultárnoslo.
Y en cuanto lo supe fui capaz de atisbar qué era lo que decían las puertas giratorias de tus palabras. Por ejemplo, entender por qué te afanaste tanto en asegurarte de que no malcriara al niño, de que lo educara, porque, por primera vez en tu vida, temiste de verdad.
Sí, tenía miedo Miguel, y por eso quizá en aquellas cartas no se limitó a levantarme el ánimo, como solía hacer, sino más bien a dejarme una fórmula, a asegurarse de que celebrase rabiosamente la vida aunque él ya no estuviera. Y la alegría como una forma de resistencia:
Se debe vivir con alegría siempre, cuando no se ha perdido la esperanza de recobrar la felicidad pasada, y ni tú ni yo la hemos perdido.
Hacer lo contrario, entristecerse por todo lo que le recuerda a uno algo mejor, es perder fuerzas hasta agotarse en una lucha estéril con uno mismo, con el aire, con nada.
La vida ha sido muy dura contigo en poco tiempo.
¿Lo has perdido todo? Yo creo que no, nena.
Y mientras le quede a uno un hilo al que agarrarse para vivir, hay que agarrarlo con toda la fuerza del mundo.
Tienes madera de mártir, y es muy posible que algún día vengas en el santoral del almanaque: Santa Josefina, casada, tonta y mártir.
Vas a ganar el cielo martirizándote, con zapaticos y todo.
Por eso decidiste ocultármelo, ¿no, Miguel?
, que se había celebrado tu juicio y que sobre ti pesaba la pena capital, y lo hiciste unas veces alimentando una falsa esperanza, Confío en que la semana que viene se resuelva mi procedimiento con el esperado juicio, ten paciencia, nena, y otras volviendo a enumerar aquellos nombres recurrentes, Cossío, el ministro Sánchez Mazas —antiguo amigo tuyo, decías— o Vicente Aleixandre, que empezó a hacerme llegar un giro de cien pesetas mensuales mientras esperabas a que se ejecutara tu condena a muerte.
No se te ocurra decirle a Vicente que deje de enviarte dinero, me dijiste.
Eso faltaba, Josefina, que ya ni tan siquiera pudiéramos aceptar la ayuda de los amigos, con los malos ratos que te está dando la miseria.
El 23 de julio me escribió, al fin, con lo que parecían ser buenas noticias :
¡Alégrate, Josefina! Me han juzgado y he firmado doce años y un día de prisión menor. No te miento. El fiscal pedía treinta. Confía en que no serán esos doce, porque a casi todos los condenados a esta pena los suelen poner pronto en libertad. ¡Ve a Orihuela a decírselo a mi madre!
Era otra mentira tuya, Miguelico, piadosa.
Me ocultaste primero que te condenaron a muerte y luego que te conmutaron la pena por treinta años y un día.
Y me ocultaste también que tu amigo Cossío te había propuesto colaborar con el régimen para así rebajarte la pena.
Imagino que hiciste tus cálculos: treinta años y un día —a los que había que restar el tiempo que ya llevabas en prisión— arrojaban un saldo a favor del Estado de veintinueve años, tres meses y tres días.
Eso es lo que te quedaría entre rejas, y preferiste esperar todo ese tiempo en lugar de humillarte.
Te imagino: en el albero del patio de la prisión habrías hecho la suma dejando el surco de tu dedo, como el del arado.
Si no se te rebajaba la pena, saldrías de prisión el 8 de enero de 1970 con cincuenta y nueve años.
Yo también he hecho las cuentas, las suyas y las nuestras: cincuenta y cuatro años tendría yo, treintaiuno Manolillo.
Se nos habrían ido dos tercios de la vida.
Pero no quisiste decírmelo, tal vez porque seguías confiando.
Y ya no te guardo rencor por ocultármelo, créeme.
Alguien me dijo una vez que la única mentira que podíamos permitirnos era aquella con la que se ahorrara sufrimiento a una madre. Tú se lo ahorrabas a dos.
Pasó el verano. La mañana del 22 de septiembre lo trasladaron a Palencia.
Luis Rodríguez Isern, uno de sus amigos en la prisión de Torrijos, pudo ir a despedirlo, pues llevaba varios meses en libertad.
Él mismo me dijo años después que lo vio de buen ánimo, que no dejó de agitar los brazos diciéndole adiós cuando aquel tren de ganado lo alejaba de Madrid.
Yo supe de ese traslado varios días después, cuando Miguel me lo anunció en una carta:
Mi querida Josefina: buen lugar este en el que he venido a parar, y el viaje no ha sido malo.
Unos cuantos kilómetros más distante de ti, pero la distancia aumenta el cariño.
Mi situación mejora un poco con este traslado, pues aquí esperaremos a la Comisión de Revisión de Penas.
Si quieres saber a ciencia cierta en qué punto de España me encuentro, mira el mapa y busca Palencia.
Aquella tarde, tras recibir esa carta y escribirle una respuesta, Cuídate de aquel frío, Miguel, por Dios bendito, fui con Manolillo a la escuela de Cox, donde algunas semanas atrás —lo sabía por los hijos de los vecinos de la calle— ya habían comenzado las clases del curso 40-41.
Mi niño ya andaba solito. Asomé al aula y le pedí al maestro, don Eladio, que limpiaba la clase después de la jornada colegial, que me dejara consultar el mapa de España que colgaba de una de las paredes, junto a la pizarra.
Aquella habría de ser el aula a la que iría el niño hasta que nos mudáramos a Elche.
Claro, señora, me respondió don Eladio. Sobre la pizarra estaba el Caudillo.
Lo miré. Entonces busqué Palencia en el mapa.
—Mira, aquí está tu padre, Manolillo. —Lo aupé y le señalé en el mapa aquella provincia de Castilla la Vieja, entre Burgos y León, y luego puse el dedo sobre Alicante, junto al mar—. Y mira, aquí estamos nosotros.
El niño entornó los ojos ante la piel de toro y trazó con la mirada la distancia entre los dos puntos que le había señalado mi dedo. Luego levantó la vista, curioso.
—¿Y puqué?
Eso preguntó, eso preguntó tu hijo, Miguel, que por qué estabas en un lugar como Palencia, tan lejos del mar, y yo no supe qué decir, qué responderle, porque ojalá hubiera sabido razonárselo como tú me pedías, que su cabecilla morena pudiera comprender ese porqué. Ese porqué que ni yo misma entendía.