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Ha usado esa palabra, retracción , tras descartar otras que tal vez le sonaran peor al poeta: rectificación, corrección, perdón. Pero no evita lo que esperaba de él, que le cambiara el gesto. Miguel arquea las cejas.
—¿En qué? —pregunta.
Cossío echa mano de su maletín para sacar el ejemplar de un periódico que deja sobre la mesa.
—No será nada difícil —dice.
Miguel lo reconoce al instante: es el último número del semanario Redención , que desde que terminó la guerra publica el Patronato de Redención de Penas del régimen con el apoyo de presos colaboracionistas. Lo dirige un tal Máximo Cuervo como director general de Prisiones.
—¿Sabes en qué consiste este semanario? —le pregunta Cossío.
Claro que lo sabe, es el único periódico que les permiten leer en prisión, y en su mayoría está compuesto por cartas, escritos o incluso poemas redactados por reclusos que buscan aliviar su condena.
Ahí vio Cossío una oportunidad para que Miguel empezara a dar pasos hacia su salvación, y desde su despacho de la Espasa incluso empezó a jugar sus cartas antes incluso de hablar con él.
—Podrías colaborar con el periódico, Miguel.
Ya lo he hablado con uno de los redactores jefes del patronato.
No tienen por qué ser textos elogiosos del nuevo régimen, ojo.
Tan solo poemas. Poemas de amor apolíticos, Miguel.
Tú has escrito decenas de ellos, cientos tal vez.
Eso será visto con buenos ojos por el director de Prisiones, Máximo Cuervo.
Ahora tu condena depende no ya del Caudillo, sino de él, ¿sabes?
Miguel se calla. Zapatea en el suelo con el pie derecho, de nuevo con alpargatas.
Le pidió a su hermana Elvira que le enviara unas, tal vez para sentirse cerca de casa.
Se levanta. Da un rodeo a la sala mientras masculla algo entre dientes bajo la atenta mirada de Cossío.
Otra vez no le salen las palabras. Habrá de estar pensando en su madre, en su esposa, en su hijo.
La última vez que los vio fue a finales del año pasado y los pudo abrazar gracias a la intervención de un hombre bueno.
De un hombre bueno, como el que ahora tiene enfrente.
—Yo, José María. Yo...
Los pasos perdidos lo llevan de nuevo ante su amigo.
Ya debe estar acabándose el tiempo de la visita, de esos diez minutos que les dio el Zapatones.
Cossío aguarda, el dedo índice señalando el ejemplar de Redención .
Está listo para explicarle, para rebatirle, para discutir incluso.
Le insiste que solo tiene que mostrar voluntad de colaboración, que no tiene que arrepentirse del todo, no al menos ahora.
Que únicamente se trata de manifestar alguna simpatía por el nuevo régimen, y que luego, una vez en libertad, ya Dios diría, y que si no lo hace, no solo le aguarda la cárcel, sino algo mucho peor: el turismo carcelario con el que Máximo Cuervo ha empezado a desperdigar a los presos políticos por toda España, y lo ve titubear, sí, sentir en su lengua el peso de lo que está a punto de decir, las puertas cerradas, las ausencias.
—Yo, amigo, yo...
A José María le acompañará toda la vida este Miguel más que ningún otro.
Más que el Miguel que conoció en su despacho y que apretaba fuerte la mano al saludar, más que el Miguel que escribió para su enciclopedia taurina las biografías de Lagartijillo Chico o de Vicente Pastor, más que el Miguel que se sumó esperanzado al bando equivocado de la guerra.
Todos esos Migueles habrán de desaparecer para Cossío a lo largo de su vida, todos menos uno, este, el de Conde de Toreno, y este Miguel habrá de venírsele a menudo a la cabeza cuando el éxito le llegue con la enciclopedia Los Toros , cuando se siente en la silla G de la Real Academia Española o cuando decida retirarse a su casona de Tudanca, en Cantabria, donde pasará sus últimos años de vida.
—Ojalá pudiera decirle que sí, José María —contesta Miguel, que lleva en el rostro la indefensión, la duda, pero también la certeza; es un oxímoron su ceño fruncido, sus ojos humedecidos, el labio sucumbiendo a las mordeduras.
Nunca lo ha visto así. Nunca habrá de olvidarlo así.
Ese ojalá hace eco en su boca.
—No, escúchame, Miguel, claro que puedes, solo tienes que...
Miguel pasará por Palencia, Yeserías en Madrid, Ocaña en Toledo, por Alicante. José María de Cossío morirá el 24 de octubre de 1977. Los dos habrán de verse solo una vez más, a la vuelta de Palencia, donde el poeta enfermaría.
—No seas tonto, Miguel —insiste el editor taurino—, por el amor de Dios.
Pero él lo acalla, la mano en el hombro y en el rostro una repentina primavera:
—Cuánto me gustaría poder decirle sí, José María.
Pero no puedo. Es una cuestión de principios.
Eso me lo enseñó mi padre, ¿sabe? Que la honra sea lo último que uno pierda.
Si me quitan la dignidad, ¿qué Miguel iba a quedar?
No sé, uno con el que yo no querría estar, se lo aseguro.
Porque no podría convivir conmigo mismo.
Mirarme al espejo y luego a mi hijo y preguntarme quién soy y preguntarle quién es su padre. Lo siento. Pero ya no podría hacerlo.