Tu risa me hace libre 51 #2
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—¿Le dijiste a mi secretario que queríais tratar conmigo algo urgente, no, Enrique?

Al otro lado del escritorio y de la montaña de papeles, Varela y Sánchez Mazas asienten.

Es el ministro sin cartera el que responde, acomodándose en el asiento, haciendo acopio de toda aquella prosopopeya que junto a la de Primo de Rivera lograba levantar los aplausos de los primeros mítines de la Falange cuando solo los oían varias decenas.

—Mi general, quiero pedirle la gracia para un poeta.

El Caudillo resopla, tal vez queriendo hacer ver que ya sabe de quién le hablan.

Guarda silencio, moja otra vez la porra hasta el fondo de la taza y aguarda a que la masa frita le baje por el gaznate.

Luego vuelve a sorber. Los ministros lo miran, a su bigotillo, a la frente larga, a la barbilla carnosa bajo el cuello cerrado de la guerrera, con las dos insignias de grado en cada punta.

Sí, Franco sabe que se refieren a Miguel Hernández. Ya le han hablado de esa condena a muerte que tendrá que ratificar.

—Si está condenado a muerte es porque lo merece —responde con esa voz suya, aguda, nasal, monótona, de la que tanto se ríe Sánchez Mazas hasta llegar a la burla en la comandita selecta de los camisas viejas.

Varela y Sánchez Mazas se miran.

—Mi general, si me lo permite... —interviene el primero, que esgrime frente al Caudillo el argumento de Dionisio Ridruejo—.

Creo que los hechos por los que se ha condenado a Miguel Hernández son de escasa trascendencia.

Y no podemos permitirnos un nuevo García Lorca.

Ya sabe el revuelo que se armó en las embajadas de todo el mundo.

No nos convendría ahora, terminada la guerra.

Además, ¿sabe usted que el poeta está desposado con una mujer cuyo padre perteneció a la Guardia Civil y fue asesinado en zona roja?

Franco asiente, lenta, parsimoniosamente.

Quienes tratan a diario con él suelen decir que no es un hombre de acción.

Que, contrario a la imagen que desde el Movimiento se quiere reflejar de él, suele postergar las decisiones —prueba de ello es la montaña de papeleo pendiente que hay en su despacho— y que habla poco y decide aún menos de inmediato.

Vuelve a sorber de la taza. Frente al escritorio chisporrotea la chimenea donde varios troncos se retuercen.

Mira hacia el fuego. Solo entonces habla, chasqueando la lengua:

—Bah, si al menos fuera un gran poeta...

Varela no sabe qué responder. Mira a Sánchez Mazas, que vuelve a incomodarse en su asiento.

Enrique Varela una vez leyó a Miguel Hernández sin saberlo.

Tras el inicio de la sublevación, tomó el mando desde Cádiz de las tropas marroquíes que, gracias a la intervención de la Legión Condor nazi, lograron cruzar el Estrecho.

Desde tierras gaditanas hizo la guerra en Andalucía, Sevilla, Córdoba, Granada.

La Columna Varela se hizo especialmente famosa no solo por su avance implacable, sino también por la feroz represión que ejercía en cada localidad que conquistaba, Ronda, Antequera, Loja.

Fue en uno de aquellos frentes en los que llegaron a sus oídos unos versos que los soldados de su regimiento recitaban.

¿Qué leen?, le preguntó a su alférez. Y este le quitó a un marroquí una de aquellas octavillas de las manos.

Es un poema de un tal Miguel Hernández, le respondió aquel soldado a sus superiores, «Canción del esposo soldado», se titula.

Habla de nuestras mujeres. Del embarazo, de los hijos.

De todo eso que los soldados dejamos al partir al frente, ¿sabe, mi general?

Tras el silencio es Rafael Sánchez Mazas el que vuelve a tomar la palabra.

—Sí, es un gran poeta, mi general. —Se incorpora en la silla, pone los codos encima del tablero del escritorio y mira al Caudillo—.

Y me va a permitir que le diga una cosa: usted me puede hablar de estrategias militares, de las que sin duda es un maestro, pero no me puede hablar de si un poeta es bueno o no.

Y ese Miguel Hernández lo es. Un buen poeta, se lo aseguro.

Ahora es el Caudillo el que no tiene qué responder.

Se muerde el labio. Titubea. Ya se ha acabado el chocolate, pero escapa de la mirada de sus ministros hundiendo la nariz en la taza.

No será hasta algún tiempo después, tras una larga espera, cuando al despacho de Cossío, en Espasa, llegue una comunicación con membrete del Ministerio del Ejército:

Mi querido amigo y compañero:

Tengo el gusto de participarle que la pena capital que pesaba sobre Don Miguel Hernández Gilabert, por quien se interesaba, ha sido conmutada por la inmediata inferior, esperando que este acto de generosidad del Caudillo obligará al agraciado a seguir una conducta que sea rectificación del pasado.

Le saluda afectuosamente,

J . E . V ARELA

Al día siguiente, Cossío irá a Conde de Toreno a decírselo a Miguel.

Aunque no es horario de visitas, logra verse con su amigo a solas en una de las salas que en la galería de la prisión se disponen para el encuentro entre los presos y sus abogados.

Solo ha tenido que mover uno de sus hilos. Todo funciona así ahora.

—¿José María?

Tras una larga espera en esa habitación angosta, los carceleros sueltan el brazo de Miguel para empujarlo hacia el respaldar de la silla.

—¡Miguel!

Ha podido reconocerlo aunque el muchacho que tiene frente a sí es casi la mitad del que conocía. Pálido, huesudo, rapado. Lleva una camisola remendada, pantalón de pana, alpargatas. Hace ya tiempo que dejó en su petate ese jersey de cuello vuelto que no se quitó en todo el invierno.

—Tienen diez minutos —le anuncia aquel al que los reclusos llaman el Zapatones.

Miguel toma asiento y, ya a solas, los dos se encuentran en un cálido abrazo solo interrumpido por la urgencia del visitante. Está expectante por decírselo:

—Te ha conmutado la pena, Miguel. El Caudillo. Treinta años y un día. Te lo notificarán oficialmente en breve.

Vuelven a abrazarse. Cossío rodea con sus brazos gruesos el contorno del poeta.

A este no le salen las palabras de agradecimiento, él, tan elocuente siempre.

Se le atropellan en la garganta. Se le arrejuntan.

Yo, yo, yo. Algunos días más tarde, henchido de alegría, habrá de contarle a Josefina una mentira piadosa, ¡Alégrate, Josefina!

Me han juzgado y he firmado doce años y un día de prisión menor.

No te miento. El fiscal pedía treinta. José María le pellizca las mejillas huesudas.

Se sientan otra vez, ya más repuestos. Entonces le dice:

—Ahora en lo que tienes que trabajar, Miguel, es en tu retracción.