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El camarero le deja sobre la mesa su taza de café.
No le ha hecho falta pedirlo; Federico ya sabe que le gusta con una pizca de leche, azúcar, la misma taza de cristal de siempre.
Da el primer sorbo. Entonces llega Dionisio Ridruejo.
Lo saluda desde la mesa, esa junto a la escalera que lleva al sótano.
—Siéntate, Dionisio. Quiero hablarte de algo.
Cossío no le habla de usted, como sí hace con él el joven poeta autor de «Fábula de la doncella y el río».
Toman asiento en el lado largo de la mesa.
El editor vuelve a mirar el reloj. Había citado a esa hora también al ministro Sánchez Mazas, asiduo a la tertulia, pero ya sabe que Rafael suele ser de los últimos en llegar, a veces cuando ya están a punto de irse.
Dicen que incluso llega tarde a la reunión del Consejo de Ministros en el Pardo. Que hace esperar al Caudillo.
—¿Qué ocurre?
Dionisio Ridruejo —rostro afilado, perfil aguileño, frente amplia— apenas tiene veintiocho años y ya es uno de los grandes hombres del momento.
Natural de Soria, huérfano temprano, educado entre maristas y jesuitas, es un poco poeta y un poco romántico, esa mezcolanza que arrastró a una gran cantidad de jóvenes el verbo limpio y exaltado de José Antonio, cuando la Falange se definía, precisamente, en el sótano del Lion.
Ridruejo es uno de sus fundadores, o de sus padres primeros como Sánchez Mazas, y eso lo lleva a gala.
A él se deben dos versos del Cara al sol , los dos, tal vez, más marcadamente fascistas, por su heroísmo optimista, por su determinación, Volverán banderas victoriosas / al paso alegre de la paz.
Cada vez que lo canta, y no son pocas las veces, no puede evitar acordarse de aquel día de diciembre de 1935 en que José Antonio reunió a su camarilla no en los bajos del Lion, sino en La Cueva del Or-Kompon, número 4 de la calle Miguel Moya, para que de su escuadra de poetas, como él los llamaba, saliera el himno de la Falange.
—Quiero hablarte de Miguel Hernández.
Cossío mira a un lado y al otro del café.
Ha ido acallando la voz hasta que el apellido Hernández casi lo ha susurrado.
Tras la barra, y mientras canturrea alguna melodía, Federico prepara el café americano que Dionisio tampoco ha necesitado pedirle, el mozo ha aprendido qué toman cada uno de los integrantes de la tertulia literaria, el solo de Machado, el carajillo de Foxá, el avellanado de Rosales.
—¿Qué le pasa a Miguel?
Ridruejo coincidió alguna vez con él. Leyó El rayo que no cesa , como muchos otros tras las elogiosas críticas de Juan Ramón, así como también aquellas composiciones que el oriolano empezó a publicar en la revista de Neruda.
Durante la guerra, Miguel y Dionisio, sin saberlo, tomaron caminos opuestos pero a la vez paralelos; si Hernández viajó a la Unión Soviética, Ridruejo visitó la Italia fascista, de donde volvió como jefe nacional de la propaganda franquista.
Hay quien lo conoce como el Goebbels español.
—Mira esto. —Cossío echa mano al bolsillo de la americana y le ofrece un papelillo que desdobla con cuidado bajo la mirada de su contertulio.
Ridruejo lee:
—«Me han condenado a muerte. Haced lo que podáis».
—Me lo envió hace unos días desde Conde de Toreno. Tenemos que hacer algo.
Se miran. Dionisio, atónito, traga saliva. Cossío vuelve a asomar a la esfera de su reloj de oro para, a continuación, posar la vista en la entrada. Sánchez Mazas no aparece.
—¿Está seguro de que es de él?
José María asiente. En cuanto recibió el papelillo de fumar, esa llamada de auxilio desde la cárcel, supo que habría de movilizar toda su influencia de prohombre del régimen en favor de su viejo amigo.
Y mientras convocaba a Ridruejo y a Sánchez Mazas, y por otro lado intentaba contactar con Eusebio Oliver, médico de cabecera del general Varela, hoy ministro del Ejército, no ha dejado de pensar en aquel día de 1935 en que los presentó José Bergamín, el director de Cruz y Raya .
Solo han pasado cinco años, cinco, pero el tiempo a veces parece no seguir el orden de la cronología, se dilata, como explicó Einstein en aquella conferencia en la Residencia de Estudiantes a la que Cossío asistió junto a Lorca, Buñuel y Dalí, sin enterarse demasiado de qué era aquello de la relatividad.
Ahora la entiende, la relatividad.
—¿Y qué ha pensado, José María? —le pregunta Dionisio con el papelillo de fumar en el hueco de la mano.
Cossío le nombra al general Varela, por quien deben pasar todas las condenas a muerte antes de que el Caudillo las rubrique, y que ha pensado en dos vías para llegar a él, que una es Sánchez Mazas, también ministro, aunque sin cartera, y la otra es su médico, Eusebio Oliver, que conoció personalmente a Miguel.
Dionisio Ridruejo se acaricia el mentón. Piensa de pronto en otra posibilidad:
—Yo podría hablar con el ministro de Educación, José Ibáñez Martín. Como secretario del Consejo de Ministros, también tiene acceso directo a Franco. Hay que hacerle ver al Caudillo que Miguel Hernández no merece la pena capital.
Cossío asiente. Sí, es otra buena vía, se dice con gesto nervioso.
No sabe que, junto a la suya, Miguel también ha enviado otras dos peticiones de auxilio, que Vicente Aleixandre ya ha hablado con su padre, coronel de Ingenieros ya retirado, para que también mueva sus hilos por pocos que sean, y que en la Embajada de Chile —donde el papelillo del poeta oriolano causó gran estupor— también se estaban movilizando, pues el jefe de negocios, Germán Vergara Donoso, ya ha enviado varias cartas.
E incluso uno de los refugiados en el edificio diplomático, Antonio de Lezama, periodista y amigo de los Machado, se ha dirigido a Manuel:
Mi querido amigo, ¿qué importan diferencias políticas o ideas contrarias cuando entre dos personas existen antiguos afectos?
Estimulado por esta creencia no dudo un solo momento en pedirte, como poeta que eres y como hombre de corazón, que influyas cuanto puedas y salves así la vida de Miguel Hernández, que acaba de ser condenado a muerte.
El mayor de los Machado, que días antes había sido nombrado asesor de cultura de la Organización Juvenil de la Falange, no respondió.
Tampoco han fructificado las demás peticiones que salieron de aquella embajada ni las gestiones que desde París hiciera Pablo Neruda.
La única oportunidad de Miguel se dirime en el número 59 de la calle Alcalá esa tarde.
Sánchez Mazas llega al café Lion minutos después.
Todavía arrecido por el frío de la calle, se deshace del abrigo y se lo deja sobre la barra a Federico, Buenas tardes, mozo.
Son las cinco menos diez. Los demás contertulios suelen aparecer a partir de las cinco.
El camarero no tarda en prepararle lo que suele pedir cada tarde: una copita de coñac aderezado únicamente con un chorrito de limón.
Sánchez Mazas tiene cuarenta y seis años, alto, pelo engominado, gafas.
Tras la muerte de José Antonio no hay nadie que haya militado más tiempo en Falange, o eso dice él, que fue el primero en gritar ¡Arriba España!
, antes incluso que el Caudillo. Tal vez por eso lo nombró ministro sin cartera del primer Gobierno de la nueva España, para ganarse a la vieja guardia falangista.
Sánchez Mazas no tardaría en renunciar a su ministerio, también al sillón que la Real Academia Española le ofrecería.
Indolente, perezoso, fascinante orador, Sánchez Mazas, que sobreviviría a su fusilamiento por parte del ejército republicano, casi al término de la guerra, es un verso libre del franquismo.
Y José María de Cossío lo sabe. El todavía ministro, con su camisa azul, toma asiento en la mesa y tiende la mano a sus contertulios.
Varios minutos después hará su entrada Gerardo Diego, a las cinco en punto. Luego suele llegar Panero.
—¿Qué es eso tan urgente como para acortar mi siesta, eh, Cossío?
—Es sobre Miguel Hernández, Rafael...
Esa misma tarde, Dionisio Ridruejo y Rafael Sánchez Mazas comenzarán a operar entre bambalinas. El primero le escribirá al ministro Ibáñez, a quien conoce por mediación de Serrano Suñer, el cuñado de Franco, en los siguientes términos:
Querido Ibáñez Martín, el poeta —gran poeta— Miguel Hernández ha sido condenado a muerte por acusaciones graves.
La ejecución de la sentencia, aun siendo justa, sería peligrosa para nosotros porque podría ser la nueva versión del caso Lorca en orden a la propaganda.
Aparte de eso y por puras razones de humanidad siempre es bueno evitar la muerte de un hombre.
Sería una pena que por un descuido desapareciese un poeta importante y se diese un arma al enemigo.
Sánchez Mazas, en cambio, actuará de forma directa. Aquella tarde se personará en el despacho de Enrique Varela y no tardará en conseguir del ministro del Ejército una cita con el jefe del Estado para la mañana siguiente.
—Buenos días, pasen, el Caudillo los está esperando.
En el despacho principal del Pardo huele a chocolate caliente.
Es una estancia sobria, solo madera noble en el escritorio, muchos papeles, cenefas en la pared bajo el escudo de España, chimenea, un enorme crucifijo, la Virgen del Pilar y José Antonio a un lado.
Franco remoja una porra en la taza humeante. No le llegan al suelo los pies.
—Buenos días, mi general.
Varela y Sánchez Mazas toman asiento. Mientras el primero profesa fe ciega en este hombre que sorbe la porra para que no se derrame el chocolate, el segundo suele bromear en los mentideros sobre Paca la Culona, a quien en realidad no tiene en buena estima.
Pero es un experto en engaños, Sánchez Mazas.
Tal vez por ello hay quien dice que aquella escena del fusilamiento con la que volvió de Gerona como un resucitado no es más que una burda mentira.
Él responde que no hay mayor mentira que la realidad. Y que para algo se hizo escritor.