Tu risa me hace libre 50
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Nos ordenaron a los presos que nos pusiéramos en pie cuando entró en la sala.

Luego nos sentamos. Luego otra vez de pie.

Después se pronunció el relator, que nos dio la bienvenida y pronunció los nombres de quienes íbamos a ser juzgados, seguido del delito.

Entonces dijeron mi nombre. Eran algo más de las diez de la mañana.

—Miguel Hernández Gilabert, acusado de haber sido comisario comunista, de escribir versos injuriosos contra las fuerzas nacionales, de hacer propaganda, de excitar con palabras y hechos la resistencia criminal en la zona roja.

Vi que alguno hacía ademán de girarse para mirarme.

Tal vez habían reconocido mi nombre. O ese jersey de lana con cuello de cisne que no me quitaba desde hacía semanas.

Quizá me habían escuchado recitarlos en el frente, algunos de mis versos.

Cuando terminaron de leer los cargos, llegó el turno de los interrogatorios.

Nos advirtieron que debíamos responder con la máxima brevedad, sin disquisiciones, sin hablar de nada que no fuera lo preguntado.

Todo lo demás, dijeron, ya constaba en el sumario.

Así, fueron llamando a los procesados uno a uno para preguntarles:

—¿Era usted comunista?

O bien:

—¿Fue capitán de milicias?

O quizá:

—¿Dirigía el comité?

Comprendí pronto que daba igual responder sí o no. Nada cambiaría. Al llegar mi turno, no me preguntaron más que lo justo para que el secretario apuntara algunas cosas a vuelapluma en el pliego de acusación:

—¿Fue usted comisario político?

Asentí. Había comenzado a llover afuera y las gotas repiqueteaban en los cristales.

—¿Participó en el asalto al santuario de la Virgen de la Cabeza?

Asentí de nuevo. Vi de pronto los cadáveres de aquellos guardias civiles que resistieron el asalto del ejército republicano. Todos tenían el rostro de mi suegro. ¿Y si yo también era culpable de aquellas muertes?

—¿Escribió versos y realizó propaganda izquierdista?

Hice una pausa. Me mordí el labio. Asentí otra vez.

—Está bien. Siéntese.

Luego, reanudado el consejo, era el turno del fiscal, un tal Leopoldo, o Leonardo Huidobro, no recuerdo bien su nombre.

Era un hombre flacucho que escupía al hablar.

Suerte que yo ocupaba la segunda fila. En su discurso —que duró casi una hora— parecía que todos los males de España se concentraban en la veintena de pobres diablos que temíamos nos llenara de babas.

Todo: el devenir de la República, el oro de Moscú, la muerte del hijo de Moscardó.

Chusma, criminales, horda, salvajes, asesinos, más adjetivos que sustantivos, canallas, chacales, analfabetos, cobardes.

Yo era uno de esos. Nuestra mayor responsabilidad, decía, era que no habíamos sido ignorantes, que no nos habíamos dejado engañar, sino que habíamos elegido mal a propósito.

Treinta monedas como Judas. Eso era lo que había valido España para nosotros, explicaba.

—Para ellos pido la pena de muerte, su excelencia —concluyó el fiscal tras su larga disertación.

Tragué saliva. Hice un esfuerzo por controlar la respiración.

Ladeé la cabeza por si podía vislumbrar el rostro de algunos de los presos para los que el tal Leopoldo, o Leonardo Huidobro, también pedía la pena máxima.

Por si podían reconfortarme sus miradas.

Un guardia me hizo un gesto, Eh, tú, mira al frente.

Éramos maestros, ingenieros, políticos, doctores, gentes de la cultura.

También había campesinos, tal vez mineros, lo supe porque los delataban sus manos.

Aquel juicio sumarísimo condenaría a morir a más de la mitad de los acusados.

Si cada día se celebraban varios como ese, al cabo, no sé, de tres o cuatro o cinco meses, ¿qué España quedaría? Suspiré.

¿Quién volvería a encender la luz?

¿Serías tú, Manolillo?

—¡Orden en la sala! —gritó desde el estrado el juez tras el murmullo que se comenzó a oír detrás de nosotros, tal vez unas madres, o unas esposas, y que los guardias se apresuraron a acallar con la amenaza de las culatas de sus fusiles.

Luego le llegó el turno al abogado defensor, un joven a quien habían puesto ahí en aras de la aparente garantía judicial de aquel circo.

Tampoco recuerdo demasiado bien su nombre.

Por supuesto que no lo conocíamos. Apenas había tenido tiempo de leer los expedientes la noche anterior e hizo lo que pudo.

Defendió que la incultura no era agravante, sino atenuante, que la enfermedad pedía clemencia, no castigo, y sobre mí dijo que era un buen poeta, de temperamento exaltado, pero buena persona a tenor de los avales que presentaba, firmados por personas cuya adhesión al Movimiento nadie podía poner en duda.

Contra mí, concluyó, solo estaban mis versos políticos, mi labor cultural, mi adscripción al comunismo. Nada de sangre en las manos.

Me las miré, las manos. Tenía un surco enrojecido, casi una herida, bajo las esposas.

—Pido, por tanto... —terminó el abogado—, que al reo no se le aplique la pena capital, sino la reclusión máxima: treinta años y un día.

Nos miramos brevemente. Tal vez el muchacho había leído mi poesía.

A lo mejor había recitado algunos versos para enamorar a esa chica que habría de portar un anillo como el que él llevaba en el anular de su mano derecha.

Nunca he vuelto a verlo, a aquel chico. Dudo que él me recuerde.

Luego el juez nos concedió la palabra, pero apenas nos dejó hablar.

Cada intento de defendernos era cortado con un, Eso ya consta en el sumario, por lo que, cuando llegó mi turno, me limité a quedarme en silencio, aunque no me faltaron las ganas de gritar que ya era hora de parar aquella pantomima, que no hacía falta que fingieran de cara a la galería, o a la prensa internacional, que nos pegaran un tiro ahí mismo.

Lo imaginé durante una fracción de segundo, ¡Parad este circo ya!, y los cachiporrazos y los culatazos de los guardias, la saliva del fiscal, el rostro del Caudillo ahí arriba no con gesto magnánimo y paternal, sino colérico. Lo imaginé.

—¿Tiene algo que declarar el acusado?

Sobre la mesa del estrado vi una pequeña gota de saliva de aquel tal Martín o Martínez. Brillaba el gargajo bajo la luz de la lámpara de araña, una luz tenue y anaranjada. Pensé brevemente en Josefina, también en Manolillo. Entonces alcé el mentón y respondí:

—Nada.

Eso constará en mi expediente, de apenas un folio: «Oído el procesado, manifestó lo siguiente.

Nada». No había nada que añadir. Yo lo sabía.

La sentencia ya estaba escrita antes de que abriera la boca.

Al día siguiente, el presidente del Consejo de Guerra, tres vocales y el vocal ponente firmaron la sentencia.

Cuatro hombres. Cuatro firmas. El secretario que escribía a mano durante el juicio, lo había pasado luego a máquina.

En la ficha puso primero escultor al referirse a mi profesión, y luego lo corrigió por encima: escritor .

Si por mí hubiera sido, lo habría dejado. No me desagradaba, por aquel entonces ya había comenzado a hacerle a Manolillo juguetes de madera, un caballo con su carro, un perro.

CONSIDERANDO que el responsable criminalmente de un delito lo es también civilmente.

VISTOS los artículos citados y demás de general aplicación.

FALLAMOS que debemos condenar y condenamos al procesado MIGUEL HERNÁNDEZ GILABERT , como autor de un delito de ADHESIÓN a la rebelión militar a la pena de MUERTE , accesorias legales para caso de indulto, y en cuanto a responsabilidad civil, se estará a la Ley de 9 de Febrero de 1939.

Así por esta nuestra sentencia lo pronunciamos y firmamos, quedando en suspenso la ejecución de la condena hasta tanto se reciba el enterado de Su Excelencia el Jefe del Estado.

En la plaza de Madrid, a 18 de enero de 1939. Año de la Victoria

Ahí quedé yo, vivo y muerto al mismo tiempo.

Era otra vez el gato de Schrödinger, suspendido de una frase, aguardando entonces a que el Caudillo, en su despacho que entonces era ya el del palacio del Pardo, decidiera si aquel poeta alicantino al que habían condenado a muerte merecía seguir con vida.

Volví a Conde de Toreno, pasé los siguientes meses suponiendo que cada vez que me acostaba iba a ser la última noche.

Cada amanecer se llevaban a un puñado de presos al pelotón de fusilamiento tras anunciar su nombre.

Al vocero, que era un sádico, le gustaba jugar con el suspense, ponerse en medio de la galería y gritar, ¡Que salga Miguel!

, y después de unos segundos, los tres o cuatro Migueles rezando, puntualizar de quién se trataba: ¡Miguel Manzano!

Y a la mañana siguiente: ¡Miguel... Ramírez!

Siempre eran unos diez los que sacaban, tal vez doce, siempre al amanecer, y luego, tras alejarse la camioneta, oíamos el eco del cielo de Madrid devolviendo una descarga, como si también gritara «Soy libre», y a los fusiles solía seguir la desbandada de los pájaros que en los árboles cercanos apuraban el sueño, como si también fueran republicanas las aves.

Para entonces, los cigarrillos esporádicos que fumaba en Torrijos ya formaban parte de un hábito que compartía con Antonio Buero Vallejo, también en espera de la muerte y mi mejor amigo en aquella cárcel.

Era escritor y también dibujante y, como yo, había pertenecido al Partido Comunista, aunque nunca lo reconociéramos abiertamente, cosa que, por norma, cumplíamos a rajatabla todos los que habíamos tenido alguna afiliación política.

Llevaba un bigotito fino y tenía cara de galán.

Y reía mucho. Un día me hizo un retrato a carboncillo que luego le envié a Josefina.

A cambio le di unos cigarrillos, aunque él insistiera en que no quería que le recompensara con nada, que era un regalo.

En Conde de Toreno también se usaba el tabaco como moneda; lo comprobé poco tiempo después de haber recibido la condena, porque, en cuanto pude, volví a ofrecer tabaco para que quienes afuera tenían contactos pertinentes pudieran llevar un mensaje de la prisión.

Así fue como lie varios canutillos de papel de fumar y los mandé a Cossío, a la Embajada de Chile y a Vicente Aleixandre.

Ninguno iba, por supuesto, para Cox ni para Orihuela; a Josefina y a la familia los mantendría ajenos a lo que les había escrito, desesperado, a los pocos amigos que me quedaban:

Me han condenado a muerte. Haced lo que podáis.