Tu risa me hace libre 49
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Puesto que ya andas, ven aquí conmigo y aprenderás a ser hombre en la cárcel, donde tantos hombres desaprenden. Me dice tu madre que no te gusta mucho el juguete que te he mandado y que te gusta más el biberón. Mejor. A mí me pasaría lo mismo.

Reí con aquella ocurrencia de Miguel. Se refería a un caballo de madera que le envió algunos días atrás como regalo de Navidad.

Lo había hecho él mismo. En aquella prisión, me decía, estaba aprendiendo inglés con un profesor de literatura, Dear Josefine!

, me escribió alguna vez, matemáticas con un ingeniero y carpintería con un ebanista, que, contaba, había montado en el patio un taller improvisado de juguetitos, muñecos y cachivaches para todos los presos que querían regalar algo a sus hijos en aquellas fiestas.

¡En cuántas cartas nos hablaba de esos juguetes, del carro con el caballo de serrín, del perro!

Las estoy mirando ahora, sus cartas, sentada en la cama con el baúl abierto.

Hoy he acabado el carro y el caballo: un juguete muy bonito para mi Manolillo, me diría, algunos días antes del cumpleaños.

¿Y tú, qué dices, hijo? Me dirás si te gusta ese caballo, pero te gustará muchísimo más cuando te envíe el carro que terminaré dentro de poco.

Déjalo que los rompa y los remate, mujer, que para eso han sido fabricados por su padre.

Por cierto, al caballo le metí en la barriga una sorpresa que saldrá en cuanto lo rompa.

Recuerdo que cuando leí aquello de la sorpresa en la barriga del caballo de serrín estaba junto a mis hermanas, que por aquel entonces pasaban ya la mayor parte del tiempo en mi casa de Cox en lugar de en la de la tía Gertrudis.

Fue Conchita la que, al oír aquello de la sorpresa en la barriga, cogió unas tijeras y le quitó el caballo a Manolillo, que jugueteaba con él con la ilusión de la novedad. Yo la frené.

—¿Qué haces?

El niño había empezado a llorar, desprovisto de su juguetito. No tenía mucho tacto mi hermana Conchi, que se excusó.

—¡Abrirle la barriga para ver qué le ha metido Miguel!

Pero yo le quité el caballo de las manos para devolvérselo a su legítimo dueño.

—Anda ya, ¡eso es otra broma de Miguel! —Reí, viendo a Manolillo haciendo trotar al caballo sobre el suelo e imitando su relincho—. ¿Acaso no conoces ya a tu cuñado?

Semanas después nos enviaría un perro, que en origen había comenzado siendo un gato, o eso me dijo, Estoy haciendo otro juguete para Manolillo, es un gato, pero que luego, en la siguiente carta, había cambiado de especie, Estoy haciendo un perro a nuestro hijo, ya no es gato, quién sabe por qué razón.

Tal vez le había mirado a sus ojos inertes tras darle forma y le había preguntado qué era, si perro o gato, y el juguete se lo habría hecho saber. O algo así.

Ay, Josefina, pero qué tonterías piensas a veces.

Lo cierto es que a medida que se deshojaban los meses del calendario de 1940 y Miguel veía llegar el verano en aquella prisión madrileña de Conde de Toreno, en la que había empezado a fumar, por mucho que yo se lo reclamara en mis cartas, Ay, Miguelico, ¿ahora, a tu edad?

, su interés pasó casi en exclusiva a que su hijo notara lo menos posible su ausencia, Educa a Manolillo, que tú también tienes ese deber y no quiero que se lo consientas todo.

Por aquel entonces dejó de enviarme poesías, aquellas como las que no hacía mucho me insistía en que guardara a conciencia, y en sus cartas los versos dieron lugar a juguetes y dibujos, así como también a una atención insistente en la crianza del niño, No desaprovecho el tiempo, Josefina, no.

Estoy dispuesto a servir a mi hijo cuanto pueda, a defenderle de toda clase de miserias.

Así pasaron los meses, decía. Manolillo empezó a hablar muy pronto y muy claro.

Solo tenía dificultad al pronunciar tres palabras, que no se parecían en nada a las auténticas.

En lugar de música, chutata , quién sabe por qué; en lugar de máquina, canganga , y a la sémola la llamaba sendanda .

A Miguel le hizo mucha gracia saberlo, y tras ponerle al corriente de cómo las palabras empezaban a colarse en la boquita de su hijo, me respondió: Me da risa saber que no pronuncia bien esas palabras esdrújulas.

Se le hará la lengua un nudo al hijo mío al pronunciarlas.

Me acuerdo de que yo tampoco podía tragar palabras de ese tamaño y aún hoy me cuesta trabajo tragarlas.

Volví a reír al leerlo. En otra carta le conté que Manolillo había comenzado a preguntar ¿y eto?

, cuando no sabía qué era algo. Era maravilloso verlo comenzar a hablar, que hubiera palabras en su boca más allá de mamá o papá, aunque he de reconocer que a veces me dio algo de miedo, porque si por algo estaba su padre en prisión era, precisamente, por las palabras.

¿No podrías quedarte así, Manolillo, con tus quince meses?

Mientras, tú seguías preocupándote por su crianza:

No lo mimes, que los mimos no valen si no es para hacer de él un niño caprichoso, lo que le impedirá más adelante andar con soltura por el mundo entre los hombres.

Quiérelo como tú sabes querer, pero cuando se merezca una reprimenda no le des una caricia.

Has de ser cariñosa y seria al mismo tiempo, que aprenda a respetarte y no a burlarse de ti.

No lo amenaces a gritos ni le metas miedos.

Razónale todas las cosas y no lo dejes sin satisfacer su curiosidad y su fantasía recién despiertas a la vida.

Y bien que te hacía caso, Miguelico, porque, por muy difícil que fuera, pues estaba sola, me esforcé a conciencia por hacerlo como me decías: no mimarlo, ser cariñosa y seria al mismo tiempo y ganarme su respeto sin miedos mientras, por otro lado, alimentaba aquella curiosidad insaciable que iba creciendo en él y que de seguro le venía de su papá.

Cuántas preguntas. Cuántas se atropellaban en esa boquita.

Un día el niño miró al cielo y preguntó que por qué llovía.

—¿Y  eto, marre ?

Caía una suave llovizna. Él abrió las manos y se sorprendió al advertir el goteo sobre sus palmas. ¡Hala! Yo no supe qué decirle, Pues..., y me apresuré a cobijarlo de la lluvia mientras cambiaba de tema, no fuera a suponer Manolillo la verdad: que su madre no tenía todas las respuestas.

Tampoco las tenía mi tía Gertrudis, las respuestas. ¿Que por qué llueve? Ay, Josefina, hija. Porque así lo quiere Dios. Eso me dijo. Así que aquella tarde le pedí que se quedara con el niño mientras yo iba a la botica. Sabía que el boticario era un hombre leído. Ilustrado. Lo saludé:

—Buenas tardes, don Justino.

Él me sonrió y me preguntó qué quería. Yo entonces balbuceé.

Puse alguna excusa, Deme un jarabe para la tos, y comencé a toser como si de veras tuviera carraspera.

Se giró y rebuscó entre sus anaqueles. Entonces los vi, sí, ahí estaban, al fondo de la botica.

Ya me parecía que no lo había imaginado: los volúmenes de la Enciclopedia Sopena, con sus lomos oscuros.

Me armé de valor, y para cuando el boticario volvió al mostrador con el jarabe, le pedí:

—¿Podría dejarme consultar su enciclopedia un momento, don Justino?

Él puso una mueca de sorpresa, pero no preguntó.

Cogió aquellos pesados volúmenes y los dejó sobre el mostrador.

Aquí tienes, Josefina, hija, dijo. Era la primera vez que consultaba una enciclopedia, por lo que, al verme abrir el primer volumen sin demasiada idea de cómo buscar en él, don Justino me indicó dónde estaba el índice y cómo encontrar un artículo determinado.

Así comencé a ojearlos mientras él atendía a otros clientes, hasta que al fin di con la página que buscaba:

La lluvia es una precipitación atmosférica originada por la condensación del vapor de agua contenido en el aire.

Este vapor procede de la evaporación de las aguas terrestres por efecto del calor solar y, al enfriarse en la atmósfera, se transforma en gotas que, al aumentar de peso, caen sobre la superficie de la tierra.