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Por un ventanuco sobre el muro de piedra arcillosa del sótano abuhardillado del seminario apenas se dejaba ver el cielo.
El edificio coronaba un cerro desde el que se veía todo el pueblo.
El mundo es como aparece / ante mis cinco sentidos .
Mirar hacia allí era lo único que me podía permitir.
Al cielo de Orihuela, que había contemplado un millón de veces desde la ventana en la que me hice perito en lunas.
A veces pienso que ser poeta no es más que ser un astrónomo.
A ese cielo le grité una de mis primeras metáforas.
Entonces, preso en el seminario, la recordé.
Yo tendría apenas quince, tal vez dieciséis, y con algunos amigos de la calle de Arriba solía hacer excursiones a la cueva Canto Forat, a Las Puntas —una encrucijada entre la huerta y el ascenso a la sierra—, a la Cruz del río o al San Miguel, aquel por cuyos ventanucos miro catorce años después, privado de libertad.
Íbamos a veces el Meno, Carlujo, el Mella y Gavira, también en ocasiones los Fenoll, cuando su padre los dejaba salir de la tahona.
Aquel día del que hablo estaban los dos, Carlos y Efrén.
A mí entonces me decían el Pelao, porque aquel verano me rapé tras haber marcado en uno de los partidos de La Repartiora.
Me lo aposté con el delantero titular, Rosendo, a quien le birlé aquel gol.
Íbamos a la Cruz de la Muela y, tras dejar atrás el enorme edificio rectangular en el que estudiaban los seminaristas, me giré y les pedí a mis amigos que se detuvieran, ¿Queréis ver vuestra voz en un espejo?
Los demás me miraron, jadeando. ¿Qué dices, Pelao?
, era la voz de Efrén. Carlos se apoyaba en una piedra enorme.
El Meno aprovechó para apretarse el nudo de las alpargatas.
Venga ya, me recriminó también Carlujo. Yo miraba hacia abajo.
Ahí estaba Orihuela, ahí los montes y más allá el resto de España, y el mar, y tal vez América, y quizá esas islas a las que decían Hawái.
Por aquel entonces el mundo cabía en la sierra del Segura.
Que sí, que tiene espejo la voz, les insistí, y Efrén emitió un chasquido, ¡Venga y sigue subiendo!
, hasta que ahuequé las manos en torno a mi boca y grité: ¡Soy libre!
Y el monte repitió libre, libre, libre...
Aquellos días en el seminario fueron de calor sofocante, de olor a sudor y a orín, sin apenas luz ni tampoco aire.
El aire tiene el tamaño / del corazón que respiro , escribiría en papel higiénico que enrollaba en un canutillo para guardármelo en el zapato .
Durante la mayor parte del día, el millar de presos que nos hacinábamos en aquellos sótanos éramos apenas un rumor de pasos, un murmullo de voces, algún lamento.
Hablábamos poco, no había mucho ánimo. Nadie nos ha visto.
A nadie / ciegos de ver, hemos visto. Allí estábamos los fusilables, aquellos sobre los que pendía una más que probable pena de muerte, todos, o la mayoría, de la Vega Baja, aunque también había andaluces y valencianos, e incluso algún que otro extranjero que había luchado por la República después de que se marcharan las Brigadas Internacionales.
El rubio se llamaba Pierre y era belga, lo recuerdo ahora.
Una vez, estando en formación, soltó una ventosidad.
Enseguida el guardia preguntó quién había sido, pero nadie contestó, ¡Se ha oído, eh!
, gritó, hasta que yo solté un chascarrillo, Y eso que ha sido en belga, que provocó la risa de los presos.
¿Y papá, se acordaba de que tenía un hijo preso en el San Miguel cuando desrabotaba la cola de algún cordero y le limpiaba los cascos con la navaja?
¿Pensaba en mí cuando raspaba el suelo del corral con la azada y amontonaba el fiemo para sacarlo luego al estercolero?
El Visenterre no fue a verme ni una sola vez, ni una sola, en los dos meses que pasé encerrado en aquella prisión habilitada tras el final de la guerra.
Estaría muy ocupado, papá. Sí lo hicieron Concheta, mis hermanos y Josefina, aunque de esta no tuve noticia alguna durante mis dos primeras semanas de encierro.
Nada, ni una carta, por mucho que yo te insistiera, Josefinica, y decirte, Querida Josefina: no me has enviado ni una nota tuya, y mira que me hacen falta noticias vuestras con las que pasar el tiempo, aquí más largo que en ninguna otra parte; y de reclamarte, A ver si es posible tener noticias tuyas.
Quince días llevo aquí y aún no se te ha ocurrido mandarme como sea unas letras.
Sabía que estabas enfadada, nena, y triste.
Sé que estás muy débil y de esa debilidad nace el dolor en el corazón que cada día te aflige, te escribiría.
Cómo no suponerlo, que adentro te ardía el rencor, que detrás del error de los hombres suele estar la advertencia de una mujer.
Ay, nena, lo sé. Pero ¿qué mal iba a esperar yo en el pueblo?
Piénsalo: yo, que ya había salido de prisión, ¿por qué iba a pasarme nada malo?
Por eso fui a Orihuela; era un hombre libre, sobre España se cernía la paz —con aquella cacareada reconciliación nacional que no fue más que un engaño—, y yo necesitaba ver a los míos.
Sí, sé que me pasó lo mismo que a Lorca, que pensó que en su Granada, Que fue en Granada el crimen sabed —¡pobre Granada!
—, en su Granada , escribiría Antonio Machado, habría de estar seguro cuando España se cayó por el abismo.
En las cartas que escribí desde el seminario, Orihuela también era mi Orihuela .
Me siento aquí mucho peor que en Madrid.
Allí nadie, ni los que no recibían nada, pasaban esta hambre que se pasa aquí, y no se veían por tanto las caras y las cosas y las enfermedades en este edificio.
A nuestros paisanos les interesa mucho hacerme notar el mal corazón que tienen, y lo estoy experimentando desde que caí en manos de ellos.
No me perdonarán nunca los señoritos que haya puesto mi poca, o mi mucha inteligencia, mi poco mi mucho corazón al servicio del pueblo de una manera franca y noble.
Se han empeñado en amargarnos la existencia, y aunque el mundo entero se afane por hacernos desgraciados, seremos felices por encima de todo.
Mi hijo heredará de su padre, no dinero, sino honra. Ánimo, nena. A mí no me falta nunca.
Hasta que al fin llegó tu respuesta, No ha habido un solo día que no pensara en ti, Miguel, y luego tu ansiada visita.
Recuerdo el día, 12 de octubre, el primero tras la Victoria.
Que habría comunicación especial con las familias por el Día del Pilar y de la Raza; eso nos anunciaron los carceleros.
Y que solo tendríamos quince minutos, y que no estaba permitido tocar ni por supuesto decir nada improcedente.
Entonces abrieron la puerta. Segundos antes yo me alisaba la camisa y me pellizcaba las mejillas, en las que poca carne había delante del hueso.
Pesaba entonces menos de sesenta kilos. Y te vi.
Habíamos salido por turnos. Era ensordecedor el griterío.
Estabas en uno de los extremos de aquella enorme sala que quedaba dividida en dos espacios por un par de alambradas.
Me di de codazos hasta llegar a ponerme frente a ti.
¡Josefina! Entre reclusos y familiares un par de guardias hacían la ronda para evitar que ninguno de los presos ni tampoco sus familiares pudieran desobedecer las normas.
Eran tal vez metro y medio, no más de dos, el espacio que separaba ambas alambradas, ¡Josefina, aquí!
, pero para mí era un océano. Yo en Estaca de Bares, ¡Aquí, nena!
, y tú en la península de Florida. ¡Miguel!
Al verme el niño apenas se inquietó. ¡Es papá, mira, Manolillo!
, le decías. Yo le hacía señas a través de las rejas, ¡Manolillo, cariño!
, pero en sus ojillos había recelo, que quién era ese tipo que tras la verja le sonreía con rostro cadavérico, pensaría tal vez su cerebrito.
¿Cómo se le explica a un niño que ahí está su papá?
Yo, que me he dedicado a las palabras toda la vida, jamás habría podido encontrarlas.
Decirle que hay algo que se llama cárcel.
¿Cómo hacerlo? Tal vez pudiera Góngora, o Quevedo, o Lope. Pero no pudo hacerlo Hernández.
Entonces, Josefina, el niño bien, ¿no? Le habías puesto el traje de los domingos, aun siendo jueves, una camisa, bermuditas, calcetines hasta casi las rodillas, zapatos, ¡Que si el niño está bien!
, me gritaba Josefina, pero tú me oías a duras penas.
¡Sí, mejor de sus granitos!, te leía en los labios mientras me señalabas las marcas que un reciente sarpullido le había dejado en las mejillas.
Apenas pudimos decirnos nada. Entonces el niño se te removió.
Lo sacudiste un poco, como al galope, luego alguien se apretó contra ti, el padre o tal vez el tío de algún preso.
Y Manolo y las Marianas, ¿cómo están?, quise preguntarte, pero no hubo tiempo para más, y veros ahí fue desolador, ¡Adiós!
, fue desandar lo andado, ¡Dile adiós a papá, Manolín! , fue un aguacero.
Aquella noche escribí, en el papel higiénico: ¿Quién llenará este vacío / de cielo desalentado / que deja tu cuerpo al mío?
Y por eso le pedí a Josefina en la siguiente carta que no volviera a visitarme mientras no se resolviera mi situación en el seminario:
Te pido que no vuelvas a aparecer por esas rejas, porque cada vez que me acuerdo, y no puedo olvidarme de tu visita, me pongo de mal humor.
Parecíamos dos perros ladrándonos el uno al otro, pero sin entendernos ninguno de los dos.
No es que no quiera verte. Tú lo sabes. Es que me dan más ganas de ser libre viéndote y viendo a nuestro hijo, y después no hago más que pensar en mis cadenas.
Alimenta bien al niño. Lo encontré algo más delgado, aunque tenía mejor color que cuando yo estuve ahí.
Yo, mientras se aclare mi situación, sigo trabajando algo; guarda bien esos originales que os envío donde están los otros.
No se pierdan, que no tengo copia. Si tengo cinco o seis libros escritos cuando salga de aquí, tenemos pan seguro cuando se publique, si antes no hemos muerto de hambre.
Pero no morí de hambre, no. El 1 de diciembre me anunciaron que en un par de días me trasladarían a Madrid, de donde había sido reclamado por el juez Martínez Gargallo debido a que, decían, todavía seguía pendiente de celebrarse mi juicio.
Tardé mucho en comprender qué había ocurrido aquel 15 de septiembre de 1939 cuando me dejaron en libertad; que si me habían soltado antes de tiempo, había sido un accidente burocrático.
Así que Madrid me aguardaba otra vez. Me costó varios cigarrillos —que, aunque yo no fumaba, me servían de moneda en aquella prisión— hacerle llegar un mensaje urgente a Josefina a través de uno de los reclusos de los que se decía que sacaba correspondencia , Nena, traslado 3 de diciembre a primera hora, estación de Orihuela.
Y allí estabais esperando, puntuales, Vicente, Concheta, Encarnación, tú y Manolillo, trasiego de pasajeros, el vapor de la locomotora, maletas. No vi a papá.
¡Miguel!, oí. Habías vuelto a ponerle el traje de los domingos. Quise correr hacia vosotros, pero uno de los guardias que me agarraban del brazo me frenó. Fue un impulso, a veces no sabe el perro que tiene collar.
—Ahí está mi familia —le dije al tal Pepe, que me sujetaba.
Se llamaba Pepe Fuentes, no olvidaría su nombre. Fue el que me puso los grilletes al salir del seminario, esos que yo intentaba disimular bajo la camisa al encuentro con los míos en el andén. Los miré a los ojos, a los dos, a Pepe y al otro guardia responsable de mi traslado. Les supliqué:
—Dejadme unos minutos, por el amor de Dios.
El tal Pepe vio a Josefina. De pronto le hizo un gesto a su compañero, y este se rascó la cabellera por debajo del tricornio.
Está bien, asintió, echando mano al bolsillo de su guerrera, y luego me pidió que descubriera las muñecas, a lo que yo accedí sin comprender del todo qué es lo que pretendía.
—Que sepas que esto lo hago porque fui compañero de su padre, que en paz descanse —me dijo Fuentes, introduciendo la llave en el ojal de mis esposas—. Tienes un minuto. Y no intentes nada, Hernández.
Asentí e hice un esfuerzo vano por controlar el temblor de las manos, ya liberadas, también el de la mandíbula, un ¡A-aquí!
, y un ¡M-mamá, Jo-josefina!, ante la inminencia del abrazo, y duró veintinueve años ese minuto que me regaló el tal Fuentes, porque ahí dentro fui un niño de cuna y hacía la comunión y pastoreaba cabras y pasaba bajo el taller de costura de Josefina, todo ello, veintinueve años, en un abrazo, veintinueve como los que yo había cumplido en prisión el pasado 30 de octubre, solo, hambriento, desvalido, Cuerpos, soles, alboradas / cárceles y cementerios, / donde siempre hay un pedazo / de sombra para mi cuerpo .
—Me trasladan a Madrid —le dije a Josefina mientras besaba a Manolillo y le hacía carantoñas—. Me reclaman para celebrar mi juicio, que estaba pendiente. Me dicen que no tardará mucho en resolverse y tengo esperanzas, nena.
Volví a abrazarles, a juguetear con el niño, ¡Ay, mi campeón!
, y él reía, sin imaginar que habría de ser un espejismo aquel encuentro, que yo era como el gato ese de Schrödinger, libre y preso al mismo tiempo, y así fue como el tal Fuentes se me acercó para anunciarme que había concluido el minuto, Se acabó, Hernández, y Manolillo se removió, gimoteando, hasta que lo cobijó su madre, Ya, cariño, ya, y a mí volvían a ponerme los grilletes.
Minutos después, desde el andén, sus manos me decían adiós, y el tal Fuentes me dejó asomarme a la ventanilla para devolvérselo, ese ¡adiós!
mientras la sacudida de mis muñecas esposadas y la cadencia del tren me alejaban de ellos, ¡Hasta pronto!
, de ellos y de mi pueblo, y tal vez Josefina lo sabía, porque ella era de tener presentimientos, ya lo he dicho muchas veces, de saber las cosas antes de que ocurrieran, ¡Cuidaos todos!
, de saber, por ejemplo, que yo no volvería a pisar Orihuela.