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—Sí, que lo habían puesto en libertad porque no tenían nada contra él.
Eso es lo que nos dijo mi hermano, se lo prometo, don Luis.
—En el despacho de la vicaría de Orihuela, y frente al canónigo, Vicente se encoge de hombros—.
¿Y sabe qué? Miguel y mi padre terminaron por sentarse a la mesa.
Fue una especie de..., ¿cómo decirlo? De tregua.
Que ya no le tenía rencor, eso le dijo Miguel.
Y que todo lo que había hecho durante la guerra era para proveer el bien a su familia...
Don Miguel titubea. Tal vez no esperaba de su hijo esas palabras.
De él, de ese Miguel indócil, luminoso, una cabra montesa saltarina con la que habría discutido en innumerables ocasiones que siempre solían terminar con la intermediación de Concheta, con su respiración agitada, Ay, que me vais a matar algún día, ay, con esa asma.
—¿Y todos estos años en los que he pasado vergüenza? —le pregunta con los puños apretados sobre la mesa del comedor—. ¿Quién me los paga, eh? Tú, mi hijo, comunista. ¡Y haciendo la guerra en favor de una República de asesinos! ¿No era eso lo que dijo Azaña? República de asesinos.
Vicente hijo acalla su relato ante el canónigo. Baja la mirada y se queda un instante en silencio, como si aún oyera el eco de aquella escena rebotando en las paredes de su casa. Carraspea antes de seguir.
—¿Y qué fue lo que le dijo Miguel a su padre? —le pregunta Almarcha.
—Que él no era ningún asesino, y mi padre lo acalló, porque ya lo había oído muchas veces. Sus alegatos. Sus proclamas. Hasta que Miguel le dijo que no venía a convencerlo de nada, que si venía era porque...
—Porque lo que quiero es verlos. A usted y a mamá y a mis hermanos. Me he pasado más de cuatro meses en prisión y no sabe el frío que uno puede pasar ahí. Frío aunque el calor te ahogue, ya me entiende. Y quiero verlo, le digo. Verlo, aunque usted no quiera verme a mí.
Don Miguel no replica. Ha dejado de rechinar los dientes. Miguel da un par de pasos hacia él, que, finalmente, cede. El padre echa mano al respaldo de la silla vacía y arrastra las patas para dejar hueco. Lo invita:
—Venga, siéntate. —Y no hay demasiadas palabras más entre ellos—. Quédate a comer y luego vuélvete a tu casa, con tu mujer y tu hijo.
Vicente se ha emocionado al contarlo. Se permite unos segundos.
De cara a Orihuela siempre ha sido el hermano duro mientras Miguel era el sensible.
Con el paso del tiempo se ha dado cuenta de que quizá sea más bien al contrario.
Bajo la mesa de Almarcha entrelaza los dedos, se los aprieta.
Luego mira brevemente hacia las cartas que se le apilan al canónigo junto a la máquina de escribir.
—Y después ¿qué fue lo que hizo tu hermano?
—Mamá preparó el almuerzo y comimos. Para entonces ya había llegado Encarni.
Solo quedaba Elvira, que está en Madrid, para reunir a toda la familia.
Miguel bromeó más que nunca. Nos habló de Josefina y por supuesto de Manolillo, al que conocíamos muy poco porque su mujer apenas salía de Cox.
Que iba a traérnoslo cada domingo a partir de ahora.
Que quería que comiera el arroz con costra de mamá y llevarlo de la mano por el paseo de los puentes.
Luego dijo que tomaría café en casa de los Marín.
Y que luego se pasaría por la tahona de los Fenoll.
Pero no llegó nunca a verlos, a Carlos y a Efrén.
Por eso estoy aquí, don Luis, para que usted lo sepa de primera mano.
Y pedirle ayuda, como cuando se prestó a escribir un aval en su favor...
Almarcha asiente con los ojos entornados detrás de sus lentes.
Resopla. En aquel testimonio consignó que Miguel Hernández era aún capaz de regeneración.
El hijo mayor del Visenterre permanece callado.
Por mucho que le pregunte por lo que ocurrió a la salida de la casa de los Marín, alude no conocer los detalles.
Y Almarcha necesita detalles. Los detalles son las cosas de Dios.
Por eso se personará esa misma tarde en el Juzgado Municipal de Orihuela en busca de aquel secretario judicial que, dicen, fue el primero en ver a Miguel tras visitar este a los padres de Ramón Sijé...
—Don Luis, Miguel Hernández salió de casa de don José Marín y doña Pura sobre las cinco de la tarde de aquel día —le explica el secretario—.
Iba en compañía de Justino, hermano del fallecido José.
Decía dirigirse a la estación de autobuses para volver a Cox con su mujer y su hijo.
Fue entonces cuando enfiló la calle San Pablo y, frente al bar La Peña, lo vi...
Afuera del local tienden a congregarse a los que les gusta ver pasar a las muchachas.
Para entonces es posible que los parroquianos lleven algunos chatos de vino de más.
Decirles, Eh, tú, guapa, mientras la chica en cuestión aprieta el paso, con sus tobillitos o sus tacones, las manos prietas y, atrás, las risas de los asiduos de La Peña.
El bar no queda lejos del juzgado, y por ello los trabajadores —oficiales, agentes y secretario— suelen congregarse ahí al término de la jornada.
Uno de los parroquianos sale a la calle para tomar el aire.
Es el secretario judicial. No deja dentro su vaso de vino, sino que lo lleva consigo junto al cigarrillo que le cuelga de la comisura, bajo el bigotillo.
En la puerta fuma Manuel Morell, inspector de la Guardia Municipal de Orihuela.
El agente lleva aún su uniforme, gorrilla, al cinturón su revólver.
El otro lo saluda. Chocan los vasos y entonan una conversación recurrente cuando alguien aparece delante de ellos.
—Pero ¡bueno!
Todo ocurre muy rápido. El secretario golpea con el codo a Morell para llamar su atención.
Los dos se giran hacia esos dos muchachos que recorren San Pablo con una conversación distendida.
Entonces las miradas se encuentran. Hay un saludo, un hola, un buenas tardes, que va de una acera a otra. Y se desata.
—No me puedo creer que esté en la calle ese hijo de puta —ruge el secretario, tirando al suelo la colilla.
Al secretario judicial lo conocen en el pueblo como el Patagorda.
—¿Quién?
El Patagorda aprieta los labios, señalándolo.
—¡Ese rojo de mierda!
El policía mira a Miguel, que, junto a Justino Marín, se dirige, tras dejar atrás la fachada del bar, hacia la plaza de la Soledad. Hay un sol justo, bravo, de finales de septiembre. Morell le pide al Patagorda que le sujete el vaso de vino y, echando mano de su arma reglamentaria, exclama:
—Eso lo arreglo yo enseguida.
Almarcha, al oír el relato, enmudece. Eso lo arreglo yo enseguida, le repite el Patagorda, a quien el canónigo nunca llama así sino por su nombre de pila, José Manuel. Don Luis sabe que se la tenía jurada a Miguel por alguna razón, porque no hay nada que ocurra en Orihuela que se le escape.
—Y así fue, don Luis. Morell lo cogió en la calle Mayor, frente a la vivienda de don Eusebio Escolano, y se lo llevó esposado al calabozo a pesar de que esa rata pataleara y dijera que estábamos cometiendo un error.
¿Un error?, le decíamos. Que él había salido ya de la cárcel y había pagado su deuda con el Caudillo.
¿Y toda esa infamia roja que escribiste durante la guerra?
, le preguntamos. ¿Y el desagravio que has causado a tus vecinos con tus versicos?
Eso le recriminábamos. Que el error era que estuviera en la calle.
Y del calabozo fue directo a los sótanos del seminario, recorriendo todo el pueblo hasta subir al cerro.
Ya se imagina usted la cara de ese rojo con toda Orihuela mirando.
Y yo me pregunto, ¿cómo ha podido ser tan estúpido de pretender volver como si nada?
Almarcha asiente, serio.
—¿Y eso fue todo?
—Todo.
Se despide y sale del juzgado para dirigirse a la vicaría. Al encontrarse en la calle busca con la mirada el edificio religioso que corona el cerro. El seminario lleva ahí arriba desde el siglo XVIII , siendo testigo de todo. Ahora es prisión.
Algunos días después, Julio vuelve a entrar en su despacho. Otra vez se cuela una luz arcillosa.
—Aquí tiene, don Luis, lo que me solicitó.
Le ofrece un papel. Almarcha le había pedido que le consiguiera una copia del expediente judicial de Miguel tras su detención y traslado al seminario, donde lleva varios días preso. Le agradece la gestión con un gesto áspero, se recoloca las gafas y se dispone a leerlo.
En la ciudad de Orihuela, a 28 de septiembre de 1939, Año de la Victoria, comparece el detenido Miguel Hernández Gilabert, mayor de edad, casado, vecino de esta ciudad, de profesión escritor, quien interrogado convenientemente manifiesta...
—¿Y qué es lo que dice? —le pregunta Julio, asomado al papel.
Alistamiento voluntario. Quinto Regimiento comunista. Propaganda antifascista.
Almarcha reconoce bien esas acusaciones.
Toma asiento en su mesa. No contesta. Mira por la ventana de su despacho buscando el cerro que corona el seminario.
Aunque desde ahí no se advierte el enorme edificio, es como si lo sintiera encima del tejado a dos aguas de la vicaría, como si lo viera ahí, en el sótano.
—Que vuelve a haber acusación contra él... —responde, con los rasgos inmóviles y la mirada perdida más allá del ventanal.
Le ofrece el documento a Julio, que sabe qué significa eso.
El secretario lee. Comunismo. Propaganda.
Antifascismo. Don Luis también lo sabe, por supuesto, porque él mismo es uno de los paladines de esta nueva España, de esta España gloriosa en la que Miguel Hernández ya no tiene cabida porque el que fuera pastor poeta, él, el lector de fray Luis y de Teresa, de Garcilaso y de Petrarca, es ahora un irredimible.