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La luz entra en el despacho de Almarcha tamizada por los visillos.
Es una luz gruesa, arcillosa, típica de Orihuela.
Don Luis abre un sobre con su abrecartas de plata.
Parece un puñal. Encima de la mesa hay una pila con la correspondencia, aquella que Julio llevó a primera hora, cuando se personó el cartero en la sede de la vicaría.
Responder a todo habrá de llevarle la mitad de la mañana, abrir, leer, decidir, abrir, leer, redactar, eso si no surge ninguna urgencia, como suele ocurrirle cada jornada desde que el pasado mes de abril volviera a su puesto como canónigo de la catedral y vicario general de la diócesis.
Dicen que no durará mucho ahí. Almarcha ya lo sabe porque lo ha oído.
Y cuando el río suena, ya se sabe el resto: que el Caudillo ya ha pensado en él para la primera legislatura de las Cortes españolas y que incluso su heroica resistencia durante la guerra ya le ha llegado a Pío XII, que, recién nombrado santo padre hace tan solo unos meses, anda buscando nuevos rostros con los que renovar algunos obispados de España, Barcelona, Oviedo, Granada, tal vez Burgos.
Dicen muchas cosas, pero don Luis ahora está donde debe, o al menos donde Dios quiere.
Abre otra carta. En sus manos tiene, en su mayoría, peticiones de ayuda, Don Luis, si usted pudiera revisar el caso de mi padre, preso desde hace dos meses de forma injusta en Alicante...
, sobres manoseados, caligrafías que delatan prisa, miedo o desesperación, viudas, madres, hermanos que suplican clemencia.
Almarcha lee despacio, no hay en su gesto ni prisa ni desasosiego, sino método.
Abrir, leer, decidir. Franco ha podido ganar la guerra con los regulares de África y los aviones de Hitler y las tropas italianas, pero si quiere ganar el futuro necesitará a hombres como él.
Las cartas siguen pasando por sus manos.
Ganar el futuro es asegurarse de que la depuración sea eficaz, y todo el aparato legislativo y judicial del Estado ha de ser consciente de esto.
Una depuración sistemática, orgánica, casi quirúrgica, en la que no basta con castigar los hechos sino también las ideas.
Es por ello por lo que responde a la mayor parte de esas cartas con el mismo concepto.
Decir: Las autoridades legítimamente constituidas tras la barbarie roja trabajan por restablecer el orden moral y social.
Decir: Las decisiones adoptadas no deben interpretarse como castigos arbitrarios, sino como medidas necesarias orientadas a la salvación de España.
Decir: Le exhorto a que anime a su cuñado a perseverar en el camino de la obediencia, el trabajo y la oración para alcanzar la anhelada redención.
Pero no todo el mundo es redimible, don Luis lo sabe bien.
Ha sido testigo de los desmanes, testigo de la crueldad en nombre del pueblo, de la revolución proletaria.
¿Cómo olvidar el miedo a que lo encontraran en Barcelona, el miedo a que lo delataran en Murcia?
«No hay paz, dice el Señor, para los malvados».
Es una cita de Isaías, capítulo 48, versículo 22.
La repite a menudo en las homilías. Por ello, el Estado, bajo el auspicio de la Iglesia, no ha tardado en distinguir entre dos tipos de presos, toda vez que ha abarrotado las cárceles con sospechosos o confesos al término de la guerra: los redimibles y los irredimibles.
Los primeros pueden expiar su culpa mediante el trabajo, el sacrificio y la obediencia, mientras que los segundos han sido la cabeza enferma de la masa desviada.
¿Cabría con ellos la pedagogía? La respuesta no está en otro lugar que en las Sagradas Escrituras.
Leerlas, interpretarlas, es lo único que necesita el Caudillo.
«Expulsad de entre vosotros al malvado», Corintios, capítulo 5, versículo 13.
Tras terminar de redactar la enésima carta de respuesta con su máquina de escribir, Almarcha humedece el borde del sobre con la lengua y lo coloca a un lado para pasar a la siguiente.
Vuelve a resoplar. Levanta la vista y mira hacia su biblioteca, a los miles de volúmenes que la componen.
Entonces llaman a la puerta, él da su permiso y Julio se adentra en el despacho. Lleva urgencia en la voz.
—Es sobre Miguel Hernández, don Luis.
El canónigo frunce el ceño y se acomoda las gafas redondas sobre la nariz. ¿Y?, pregunta. Cómo iba a saberlo. Cómo. Ni siquiera él estaba al tanto.
—Lo han visto en Orihuela, y... —El secretario duda—. Y algo ha pasado.
Don Luis enmudece.
Algunos días después, Vicente Hernández, hermano del poeta, comentará con el canónigo los últimos pasos de Miguel en el pueblo.
Los últimos pasos: que llegó a Orihuela pasadas las diez de la mañana en el autocar de la línea Albaterense, que caminó por el centro sin ocultarle la mirada a los viandantes y que se dirigió a la calle de Arriba con esa alegría suya, el mentón arriba, la cadencia en sus pasos de un claquetista, porque Miguel era Miguel, daba igual que hubiera habido una guerra y la hubiera perdido, daba igual que ni él mismo tuviera muy claro por qué demonios lo habían dejado en libertad en Madrid, qué más daba: lo primero que hizo fue ir a su casa a visitar a su familia, ¿Madre? ¿Está? ¡Soy Miguel!
—No lo esperábamos, en absoluto, don Luis —le explicaría Vicente, ese muchacho tan parecido, pero tan diferente a su hermano—.
Cómo íbamos a hacerlo, cuando lo último que sabíamos de él era que habría de celebrarse pronto su juicio.
Entró en casa y abrazó a nuestra madre y le secó las lágrimas diciéndole que ya no habría de llorar más por él, que todo se había acabado.
Estaba radiante, con ese humor suyo. ¿Estás seguro?
, le pregunté yo antes de que se abalanzara sobre mí para estrecharme entre sus brazos.
¡Claro, hermano!, asintió. Hicimos llamar enseguida a nuestro padre, que estaba en la taberna, y al llegar lo recibió con frialdad, ya sabe cómo es...
Don Miguel Hernández ha plantado los pies en el suelo.
Ahí, en el pequeño zaguán de su casa, frente al convento de Santo Domingo, aguarda el encuentro con su hijo como si esa sonrisa atolondrada no fuera la de Miguel.
Este, con los brazos abiertos, lo mira, su rostro anguloso y ya endurecido por los años, el pelo cano peinado hacia atrás, disciplinado, sin una hebra fuera de sitio, ese bigote fino.
¡Padre! Sus ojos, pequeños, hundidos, miran al hijo con recelo.
No sonríe. No pregunta cómo está. Huele a vino y a calle, a taberna de media mañana, a conversación de hombres que hablan de cosechas, de deudas, de lo que toca y de lo que no.
Es un hombre hecho de límites: los del rebaño, los del jornal, los del orden natural de las cosas.
Para él el mundo se mide en cabezas de ganado, en días de trabajo, en bocas que alimentar.
Todo lo demás, los versos, los libros, las metáforas, es humo de picadura. ¿Qué haces aquí?
Frente a Vicente Hernández, don Luis Almarcha se revuelve en su asiento.
—Mi hermano quiso explicarle que lo habían soltado después de la vista de su juicio. Que no tenían nada contra él y que después de cuatro meses ya no tenía cuentas pendientes con el régimen.
—¿Eso fue lo que os dijo, solo? —inquiere el canónigo.
Almarcha conoce bien los entresijos de la maquinaria judicial franquista como para no darse cuenta de que el relato de Vicente no cuadraba en absoluto. Pero ¿quién y por qué lo habían dejado en libertad?
No sería hasta varios años después cuando Almarcha empiece a desentrañar ese misterio.
Saber que no hubo una sola mano, ni una sola firma ni una decisión clara.
Que hubo, más bien, una cadena de infortunios.
Podrá leerlo en el expediente judicial número 21001 contra Miguel Hernández: que a mediados de septiembre de 1939 y mientras el juez militar Martínez Gargallo preparaba el juicio sumarísimo del oriolano —ya le había tomado declaración algunos días antes—, una orden proveniente directamente del gobernador civil de la ciudad y, a su vez, del coronel de Orden Público, instaba a los directores de las prisiones madrileñas, como Torrijos, Yeserías o Ventas, a aligerar la población reclusa, que por aquel entonces colapsaba los centros penitenciarios.
Así que se ordenó poner en libertad a aquellos presos sobre los que no pesaba condena en firme ni hubiera contra ellos pruebas concluyentes.
¿Qué pruebas tenía el director de la prisión de Torrijos contra Miguel?
En primer lugar, solo pesaba sobre él un hecho probado: que había pasado a Portugal sin la debida documentación.
Y en segundo lugar, estaba el testimonio que un agente de la policía judicial, un tal Del Paso, había recabado sobre Miguel cuando llegó a la prisión.
Era el testimonio de José María de Cossío.
Almarcha logrará leer ese documento. El tal Del Paso se había presentado en la editorial Espasa-Calpe, en la que Miguel decía haber trabajado, a preguntar por el recluso.
El agente se reunió con Cossío y este afirmó que sí, que Hernández había trabajado para él y que lo había hecho con una conducta moral intachable.
Que era una persona de orden, inofensivo, y que eso mismo ya lo testificó cuando le pidieron los avales para preparar ese juicio que quedó interrumpido.
Inofensivo; la palabra estará subrayada en el expediente.
O lo que es lo mismo, que la repentina puesta en libertad de Miguel respondió a una descoordinación entre la dirección de la atestada prisión de Torrijos y los juzgados militares en los que se amontonaban los casos sin fecha como el del poeta.