Tu risa me hace libre 46 #3
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Lo cierto es que a mí tampoco me contó demasiado sobre cómo llegó a Cox.

No pude reconstruir el relato de sus pasos hasta mucho tiempo después y gracias a la correspondencia con personas como Vicente Aleixandre, su gran amigo.

Que después de que te liberaran deambulaste por Madrid como quien aterriza en la luna, solo, desamparado, y que fuiste primero a ver a tu abogado Diego Romero, a comunicarle que estabas ahí, tú, de cuerpo presente, y que él se llevó un susto de muerte, Ay, Miguel, ¿te has escapado?

Le mostraste el oficio del director de la prisión de Torrijos, con la orden judicial por la que se te ponía en libertad de buenas a primeras, y el tal Diego se quedó de una pieza al leerlo.

Eso mismo me confesaría él mismo, años después, en una visita que me hizo a Elche:

—Porque era consciente de los cargos tan graves que por aquel entonces pesaban contra él, señora —me diría, sentado en el sofá de mi salón—.

Mi reacción fue pedirle que se marchara de España, que la causa por la que había quedado en libertad era la de haber entrado en Portugal sin documentación, no la de adhesión a la rebelión ni la pertenencia al Partido Comunista.

Y se lo exigí, señora, que se fuera, porque temía que la policía y los jueces se dieran cuenta de que sobre él seguía otro enjuiciamiento de mayor entidad.

¿Y sabe qué le ofrecí? Vestirme de alférez y acompañarlo hasta Algeciras para que pudiera alcanzar Gibraltar.

Por supuesto que lo rechazaste, Miguel. Y por supuesto que preferiste no contarme que Diego Romero te insistió, Por Dios, Miguel, recapacita, no seas terco, como también me ocultaste tu negativa al ofrecimiento que te hizo José María de Cossío, a quien apuesto que tu repentina visita también sorprendió.

—En Tudanca, Santander, tengo una casona familiar, Miguel —te dijo, ¿a que sí?—. Está deshabitada desde que terminó la guerra. Hay tierras y ganado. Puedes refugiarte allí con tu familia hasta que obtengas un salvoconducto que te permita salir del país, ¿de acuerdo?

También te procuraron protección en la Embajada de Chile, pero volviste a rechazarla.

El diplomático Germán Vergara Donoso —que había sustituido a tu amigo Pablo Neruda— te ofreció asilo hasta que pudiera producirse la expatriación de todos los refugiados que tenía en el edificio bajo bandera chilena.

Pero no lo viste claro porque no te garantizaba que pudieran cursar con éxito la petición al Ministerio de Asuntos Exteriores.

O eso supe luego. Entonces le dijiste a ese tal Vergara lo mismo que a Cossío y al abogado Diego Romero, lo mismo que a Carmen Conde tras aquella carta que la escritora murciana te escribiría, y que yo leería años después.

¿Por qué te has ido a tu tierra, para que te crucifiquen, Miguel? Vamos, Miguel; si a los que regresan a sus hogares, vencidos, les esperan cárceles y muerte.

¡NO VAYAS, MIGUEL!

Pero no, ¿para qué ibas a hacerles caso?

A todos ellos les respondiste, obstinado y esperanzado, con el sabor en la boca del arroz de Concheta y en la nariz el perfume que yo solía usar cuando llegabas del frente y en los oídos la risa de Manolillo, Yo me vuelvo a Cox.

Que qué iba a pasar en tu pueblo, aludías, que estaba apartado detrás de la sierra de Callosa, que aquí te queríamos, añadías, recordando cómo la calle Santa Teresa salía a recibirte cuando volvías, el abrazo de las primas, las loas, las risas.

Fue el martes 26, aunque a veces no estoy segura si el miércoles 27.

Manolillo dormía en su cuna después de la última toma de la noche.

Ya casi había empezado a andar. Teníamos abierta la ventana y se movían las cortinas.

Era el viento otra vez de poniente, terroso, seco. Me desvestías y entonces dijiste:

—Mañana o pasado querría ir a Orihuela, nena.

Llevabas tiempo pensándolo, ahora lo sé. Recuerdo que tus manos recorrían mi espalda hasta desabrochar el sostén, que lo hacías tierno, sereno, que estábamos recostados sobre la cama. Eran un árbol, tus manos, pero yo me aparté de sus ramas.

—¿Cómo que a Orihuela?

Me acariciaste la mejilla.

—Pronto será San Miguel Arcángel y me gustaría celebrarlo con los míos. Y también querría ir a visitar a los padres de Pepillo y saludar a los Fenoll. No tengo nada que esconder, Josefina.

Se te había iluminado el rostro al poner en tus labios aquellos nombres, el de Ramón Sijé, el de Carlos, el de Efrén. Pero yo no podía permitirlo.

—No confío en Orihuela, Miguel.

Y tú reíste, jactándote:

—Ay, nena, ¿qué va a ocurrirme? —Con tus manos buscabas recorrer mi espalda—.

Ahí están mis amigos y está la familia, recuerda.

—Y yo supe que por mucho que me negase acabarías yendo, tan cabezonico eras, y me besaste el cuello—.

No pasará nada, de verdad. —Y luego trazaste un sendero hasta mis labios.

He intentado retener los detalles de aquella noche, todos: cómo me sentaste a horcajadas, el camisón deslizándose sobre mis muslos, tu boca retozando con mis pezones, y, tras ese jugueteo, la urgencia apoderándose de ambos, sobre todo de ti, porque te ardía en el cuerpo el amor: la desnudez, los jadeos, el rechinar del colchón, la brisa, el vaivén, tú dentro de mí, la muerte lenta. He intentado retener todo eso, decía.