46 #2
Asentiste. Dejaste al niño en el suelo y me preguntaste si ya andaba.
Te agachaste a su altura, con las rodillas hundidas en la tierra de la huerta, y le ofreciste las manos abiertas, diciéndole, A ver, valiente, ¡ven con tu padre!
Yo no quise decirte nada, advertirte de que apenas había comenzado a tenerse en pie en algún momento que no llegué a vislumbrar, y preferí contemplaros, curiosa, secándome las lágrimas con el envés de la mano.
Manolillo se sostuvo con las piernas temblonas y dio un pasito inseguro hacia ti.
Tú no te moviste. Solo abriste más los brazos, con los ojos brillantes, mordiéndote el labio como cuando escribías.
Una vez cayó, lo recogiste y rompiste a reír, una risa limpia, casi infantil, que hacía tiempo que no te oía. Tu risa, Miguel.
—¡No pasa nada, campeón! —le susurraste—. Caerse también es aprender.
Manolillo empezaría a andar algunas semanas después.
Nos metimos en casa y nos sentamos en un par de sillas a la mesa de la cocina. Miguel dio un rodeo con la mirada hasta cogerme de la mano. Entonces le pregunté:
—¿Te han dejado libre o te has escapado?
—¿Escaparme? —Rio mientras le hacía carantoñas al niño—. ¡Sí, claro, como si fuera tan fácil! Lo que ha ocurrido es que me han dejado libre, Josefina.
Lo miré, escrudiñando su gesto. Estaba más delgado y llevaba el pelo rapado y se le marcaban los pómulos y la sombra de los ojos, honda, oscura en torno a los párpados.
—¡Créeme, Josefina! —Me apretó la mano—. ¡Estoy libre!
Y volvió a reír, mientras decía, ¡Libre!
, y yo empecé a contagiarme de su risa como siempre me ocurría, y los dos entramos en la espiral de la carcajada de la que solo nos sacó el rugir de sus tripas.
Había quedado algo de puchero del mediodía en la olla, y me levanté para calentárselo mientras él montó al niño en su regazo para imitar con el taconeo de sus zapatos el trote de un caballito, ¡Epa! ¡Yiju! ¡Arre!
Removiendo la olla le insistí:
—Ahora en serio, cuéntame. ¿Cómo es que te han soltado?
Me miró. Nadie miraba como él. A veces me parecía que tenía los ojos verdes y otras azules. Aquella tarde del 18 de septiembre de 1939, debido a que el sol entraba por el ventanuco que daba al huerto, me pareció que sus pupilas eran de color pardo, tirando al tono de la miel.
—Hace unos días se celebró la vista de mi juicio y presenté los avales que había podido reunir —me explicó—, y no tenían nada contra mí, nena.
Nada que no pudieran reclamarle a decenas de miles de soldados que habíamos hecho la guerra a favor de la República, porque eso había sido yo, uno más de aquellos. Por eso me han soltado, ¿sabes?
Asentí. No me lo creía todavía, que estuviera libre. Había pasado 148 días fuera de casa. Los he contado ahora.
—Ah, tengo algo para ti, nenica. —Echó mano a su zurrón y sacó un cuaderno de espiral, una libreta escolar con tapas grisáceas, en cuya cubierta podía leerse un título escrito a mano.
Me lo ofreció, todavía con su sonrisa.
— ¿Cancionero y romancero de ausencias? —le pregunté.
—Es todo lo que he escrito desde el final de la guerra hasta ahora.
Abrí la primera página y leí:
—«Para uso del niño Miguel Hernández». ¿Y esto?
Y él volvió a reír, explicándome.
—Escribir en aquella celda, de noche y a escondidas, me devolvió a cuando lo hacía en Orihuela a la luz de una vela, Vicente durmiendo a mi lado, o bajo la Cruz de la Muela, apoyado en algún risco, o en un tocón rodeado de cabras, ¿sabes?
Barrió con las manos el aire, como si llenara aquella pequeña cocina de nuestra casa de Cox con su rebaño de la niñez.
Yo asentí y pasé la página para ojear algunas de las composiciones, que eran más de setenta, a mano y con algunos tachones, Ropas con su olor, / paños con su aroma , muchas de ellas escritas después de la partida de Manuel Ramón, El cementerio está cerca / de donde tú y yo dormimos , que hablaban de la pérdida, El sol, la rosa y el niño / flores de un día nacieron , y por eso me apresuré a cerrar el libro, porque todavía no estaba preparada para leer sobre mi pobre niño.
No lo haría hasta algunas semanas después, reunir fuerzas para abrir el Cancionero y comprobar que concluía con la última poesía que había escrito hasta aquel momento, La cebolla es escarcha, / cerrada y pobre.
Nunca había leído a un Miguel como aquel, tan puro, tan íntimo, tan humano, tan lejos de los artificios de un lenguaje que desde hacía años venía retorciendo con su poesía, y me di cuenta de que aquellos versos habían sido su forma de sobrellevar el dolor; él, que había sido un poeta primero ambicioso, luego enamorado y después combativo, en aquel libro era tan solo un padre y un marido echando de menos.
Quise devolverle el cuaderno pero él se negó. Que debía tenerlo yo, dijo.
—Guárdalo, Josefina. No quiero perderlo. Es el trabajo de dos años y será nuestro pan para mañana, así como el mejor recuerdo de nuestro hijo primero. Como ves, la mayor parte de las poesías lo tienen a él como motivo.
Guardamos silencio, recordándolo. Entonces balbuceó Manolillo y yo imaginé que hablaba su hermano mayor a través de él.
Siempre he pensado que Manuel Ramón no se fue del todo.
Es una forma de agarrarme a mi niño, lo sé.
Si podemos creer en que el Mesías resucitó al tercer día, ¿por qué no en que algo de los que han fallecido se queda entre nosotros?
Si Miguel quiso que se quedara escribiéndole su Cancionero , yo lo hice pensando que él estaba en su hermanito.
Agu-gu, dijo el niño, en brazos de su papá. Y asentimos riendo.
Terminé de calentar la comida mientras Miguel intentaba conversar con Manolillo.
Así pasó la tarde. Tomamos una infusión y volvimos a salir a la huerta.
Que dónde estaba Fina, me preguntó, al advertir su ausencia en el corralito.
Le dije que había tenido que venderla, y él me tomó la mano para decirme que pronto dejaríamos atrás el hambre.
Te señalaste las manos, Miguelico. Y volvimos a dibujar quimeras.
Que nos retiraríamos a trabajar la tierra, decías, como si estuvieras ya hastiado de aquel mundo de la literatura que había acabado contigo en prisión.
De tus ideales. Al norte iremos, decías.
Que si una masía en Cataluña o una casona en Santander.
O a América, Chile, México, Bolivia. En tus labios había épica y esperanza y era como si sonara el mar, y si soy sincera, a veces me pregunto si todo aquello —la repentina salida de prisión, la llegada a casa, el calor de su abrazo, Manolillo a horcajadas sobre él— no fue más que un sueño.
Es mezquina la memoria en ocasiones. Suerte que de aquellos abrazos todavía me quedan las cicatrices, como decía.
El olor de su piel. Sus manos. El arrullo de su voz.
Aquel día no quisimos decirle a nadie que había vuelto.
Quisimos ser solo tres. Hacía ocho meses que no éramos tres.
Ocultárselo durante días, no sé, a los vecinos o a la familia, a la abuela Gertrudis, a los primos, a mis hermanos.
Ojalá lo hubiéramos encubierto para siempre.
Una vez oí que había hombres que pasaron años en el doble fondo de un armario.
Los llamaban los topos del franquismo. A veces río pensando que tal vez Miguel siga detrás del ropero, donde se habría escondido tras haber reparado el agujero de la valla.
—¡Ay, Miguel, por el amor de Dios! —Lo besaba, algunos días después, la abuela Gertrudis—. ¡Estás aquí!
Sus besos restallaban en sus mejillas, uno, otro, luego los de la tía y los de mis hermanas, que vivían con ella.
Miguel se moría de ganas de verlas, a sus Marianas, como se refería a Carmen, Gertrudis y Conchita en sus cartas.
A ninguna les daría muchos detalles sobre su liberación.
Tampoco a Manolo cuando se vieron. Que ya era un hombre libre y que ya había pagado su adhesión al bando republicano, decía.
Y le creímos todos. También yo, o quizá me empeñaba en querer creerlo.
—Lo importante es que estoy aquí —le decía a todo el mundo, evitando las preguntas que pudieran surgir sobre su más que inexplicable puesta en libertad—. Y que por fin podré cuidar a mi familia después de todo este tiempo separados.