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—¡Josefina, ven! —me gritó mi hermano Manolo desde el huerto.
Yo me afanaba en fregar el suelo de la cocina dejándome las rodillas en aquel pavimento rústico.
Afuera Manolo jugaba con Manolillo, su sobrino.
El niño no dejaba de crecer. A veces ni yo misma sabía cómo había ocurrido; de repente ya sabía sostener la cuchara él solito, juguetear con las gallinas del corral, sorprenderse de las sombras.
Algunas veces no estuve ahí para verlo, decía.
Es lo que tiene la vida, que pasa mientras muchos quehaceres nos impiden apreciar los detalles.
Sobre todo la nuestra, la de las madres.
La limpieza, la cocina, la colada, la compra.
Todas nuestras cosas van con el artículo la .
Yo lo había aprendido viendo a mamá desde pequeña.
Estas son las cosas de nosotras, me diría.
Y también lo escuchaba en las misas cada domingo, y lo pregonaban aquellas muchachas preciosas de la Sección Femenina, ellas, con su uniforme azul y su boina roja, Si para algo hemos venido al mundo es para que todo esté sano y limpio.
La guerra o el arte eran para ellos, para los Migueles, los Federicos, los Rafaeles.
Quizá por eso mismo no fui yo, sino mi hermano Manolo, el que se dio cuenta de algo una mañana de mediados de septiembre.
—¡Que el niño se pone de pie!
Manolo era barbero e iba de casa en casa ofreciendo sus tijeras y sus manos. Aquel día había venido a hacernos una visita. Al oírlo, me apresuré a salir a la huerta.
—¡Míralo!
Y ahí estaba mi niño, amenazando al mundo con su verticalidad.
—¡Se está levantando! —Le sujetó las manitas—. ¡Él solito!
Fueron solo dos, tres segundos, hasta que comenzaron a temblar sus piernecillas y volvió a su estado natural de gateo. Al verme avanzó sonriente hacia mis brazos. Lo aupé y le pregunté si llevaba intentando ponerse de pie desde hacía mucho.
—¿Desde cuándo, eh, granuja?
A lo que mi hermano dijo:
—Todo el tiempo que llevo con él no hacía otra cosa que intentar levantarse.
No supe qué decir. Zarandeé a mi hijo hasta que él mismo me pidió, gimoteando, que lo ayudara a caminar.
Tal vez llevaba preparado para hacerlo desde hacía días.
Pero yo no había podido verlo. Manolillo volvió a hacer equilibrios sobre la planta de sus pies desnudos y al intentar dar un pasito se derrumbó otra vez. Manolo lo celebró.
—No tardará en andar —dijo.
Comenzó a borbotear la olla sobre el hogar de la cocina. Mi hermano se quedaría a comer, había traído algo de tocino y con varias patatas y un puñado de garbanzos hice un puchero. Sentándose a la mesa, me preguntó por Miguel:
—Y tu marido ¿cómo está en prisión?
La última carta que había recibido era la de aquellas coplillas que años más tarde conocería todo el mundo como «Nanas de la cebolla».
Es algo curioso, y al principio me dio mucho reparo, pero hube de acostumbrarme.
Que gente que no conocía de nada leyera e incluso hicieran suyas algunas de las cosas que Miguel me escribía en la más absoluta intimidad de nuestra familia.
Escribirme cosas como He poblado tu vientre de amor y sementera, y a mi hijo, Alondra de mi casa , que habrían de publicarse en libros y cantarse con la voz de cantautores.
Quizá por eso me he aferrado con tanto ahínco a todo lo material que Miguel nos dejó.
A su legado, es decir, a poemas, borradores y cartas.
Todo el mundo puede leer a Miguel pero yo solo puedo leer a Miguel ; abrir mi baúl y repasar con el dedo la hendidura que la mina o la estilográfica o el tipo de la máquina de escribir dejaron sobre el papel.
Leer de su puño y letra «Después del amor» o «Vals de los enamorados».
—Me dice que está pendiente de que se celebre su juicio —le respondí a Manolo mientras me sentaba junto a él con Manolillo en brazos—. Y que confía en que pronto pueda salir porque no tienen nada contra él. Eso me dice.
Mi hermano asintió. Luego me preguntó si yo no comía, a lo que le respondí que ya lo haría cuando el niño durmiera la siesta. Conforme, volvió a hundir la cuchara en el plato. Cazó un trocico de tocino y se lo llevó a la boca con un mohín de satisfacción. Entonces levantó la vista:
—Me recuerda mucho al de mamá, ¿sabes? Has cogido su toque.
Y yo sonreí; era la primera vez que me lo decía. No hablábamos mucho de papá y mamá, tal vez por no desatarnos las costuras, que cada uno siguiera haciendo su vida como buenamente pudiera.
—Gracias, Manolo —le respondí.
Y tras apurar el plato se apresuró a marcharse porque iba a pelar a un señor a la otra punta de Cox. Ay, Josefina, hija, que se me hace tarde. Luego iría a casa de otro.
Eran algo menos de las cuatro cuando se marchó.
No he podido olvidar aquella hora. Manolillo desatendió la ausencia de su tío jugueteando con un muñeco de trapo.
Puse atención en mirarlo, y al poco salí al huerto con el niño y lo dejé sobre la tierra.
Tenía ropa tendida y lo avisé de que no intentara ponerse de pie al menos hasta que yo terminara de recogerla.
El niño asintió con un gesto. Qué espabilado era mi granujilla.
Una suave brisa ondeaba aquellas sábanas bajeras, las enaguas, las toallas remendadas y los paños menstruales.
Había viento de poniente. Era poniente y no levante porque me empezó a molestar el pelo en la cara y traía la sequedad terrosa de la sierra.
Comencé a canturrear una copla, no recuerdo cuál.
En casa de la tía había una radio y yo solía ir a escucharla los fines de semana.
Esa era mi distracción, porque en Cox no había ni cines ni teatros ni se celebraban guateques más allá de las verbenas del Carmen en verano o los eventos religiosos, a los que me sumaba siempre que podía, las misas, los funerales, las fiestas de guardar. Fue entonces cuando lo oí.
—¿Josefina?
La voz venía del cercado de madera que delimitaba la huerta de la casa con la de los vecinos.
En aquella valla había un agujero porque se le habían podrido un par de listones.
Me acerqué. Seguía removiéndoseme el pelo.
A veces el cartero me dejaba el correo a través de ese hueco.
Debería tapar esto, me decía siempre. Yo asentía, Sí, tiene usted razón.
Tal vez lo que falta en esta casa es un hombre, me habría faltado decirle.
La guerra, el arte y la madera son las cosas de los hombres.
—¿Sí?
Manolillo se acercó gateando hacia mí, curioso por ver con quién hablaba al otro lado de la valla. A veces él también saludaba al cartero.
—¿Josefina? —volví a oír. Y ya no me quedó ninguna duda.
—¿Miguel?
Lo oí reír y a mí me recorrió una punzada, un ay, Dios mío, y un millón de peros, pero, pero, pero ¿cómo?
, que se me acallaron de pronto cuando lo vi saltar el cercado con su porte majestuoso —lo había visto brincar cientos de veces, desde lo alto de una palmera o desde un puente del Segura—, con un zurrón al hombro que casi salió despedido, saltar para poner los pies en aquella casa que también era suya, y gritar, ¡Aquí estoy, nena!
, y fundirse en un abrazo con nosotros, con Manolillo, al que alzó desde el suelo, y conmigo, y fue tan afanoso, tan intenso, tan vivo aquel abrazo que no hay día en que no lo recuerde. No he salido jamás de ese vergel.
—¡Ay, mi niño, pero qué grande está!
Si dejan cicatrices los abrazos, como las heridas, ese sin duda me las dejó.
—Pero ¿qué haces aquí? —te pregunté, todavía apretándote contra mí, todavía con el arreón de peros, con su atropello en mi garganta, pero, pero, porque no podías ser tú, no podías, ¿cómo, Dios mío, si hace solo unos días me escribías desde prisión?
¿Cómo, si la cebolla era escarcha cerrada y pobre, escarcha de tus días y de mis noches?
Y no dejé de olerte y tú no dejabas de besarme, y yo no dejaba de mirarte las manos, por si la línea de tu palma no fuera la tuya, por si aquellas manos no fueran verdad sino un engaño, una aparición fruto del cansancio y del deseo.
Te las tomé despacio, una y otra, las volví del revés, pasé el pulgar por las hendiduras conocidas, por las cicatrices pequeñas, por la aspereza de siempre.
Y sí, eran tus manos, Miguel, las mismas que habían escrito mi nombre, que habían acariciado mi vientre y habían sostenido a nuestros hijos, al que era flor y al que ya se ponía en pie.
Las manos del hombre por quien yo estaba dando la vida.
—¡Ay, Manolillo! —Volviste a arrullarlo—. ¡Ay, mi niño! —decías, y se te quebró la voz como si al pronunciarlo se te hubiera abierto de pronto una grieta en el pecho.
Lo tenías alzado en vilo, mirándolo de cerca, tan cerca que casi os rozabais la frente, le besaste las mejillas una y otra vez, despacio, sin prisa, aspirando hondo, con esa manera tuya de oler la vida, como si el mundo entero te cupiera en la nariz.
—Hueles a sol y a tierra, Manolillo —le dijiste—. Hueles a casa.
El niño rio, sorprendido tal vez por aquella atención repentina, y te manoseó la cara con sus dedos aún torpes.
Tú le hablaste bajito palabras que solo eran vuestras, murmullos casi, y él te respondió con un balbuceo, agu, gaga, ajé, tras lo que volviste a apretarlo contra tu pecho, todavía con el polvo del camino.
Te vi entonces la emoción, Miguel, esa que siempre tratabas de esconderme.
Se te humedecieron los ojos y respiraste hondo.
Yo entendí que no solo abrazabas a tu hijo; abrazabas el tiempo perdido, el miedo, la cárcel, las cartas censuradas, la cebolla y el hambre.
Todo eso lo estabas dejando allí, en la huerta, quién sabía por qué.
—¿Vamos adentro, Miguel?