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—«La actuación de Miguel Hernández Gilabert en Orihuela desde la proclamación de la República ha sido francamente izquierdista, no de acción directa pero sí de activísima propaganda comunistoide.
Se sabe que durante la revolución ha publicado numerosos trabajos en toda clase de periódicos y publicaciones y que estuvo agregado al Estado Mayor de la brigada del Campesino como comisario político.
Hace bastantes años se le conocía como el pastor poeta y últimamente como el poeta de la revolución.
El oficial a su derecha, el del bigotito, esbozó una media sonrisa.
—Ahora sabemos mucho más sobre usted, ¿ve?
Yo seguía apretando los puños.
—¿Es cierto que en el frente rojo ejerció como comisario político? —me preguntó el juez.
El secretario escribía a máquina.
—No, solo de propaganda.
Martínez Gargallo volvió a jugar con la sorpresa: hizo un silencio y me miró mientras sacaba de la carpeta de mi expediente un ejemplar de mi librito Teatro en la guerra .
—Mire lo que hemos conseguido, ¿lo reconoce?
Asentí. Durante el conflicto había organizado la representación de esos textos dramáticos en multitud de frentes, Belchite, Andújar e incluso Teruel, con aquel frío terrible que atenazaba a los actores.
—¿Es usted el autor de estas obritas? —Me lo enseñó.
Volví a asentir. Lo de obritas lo dijo con retintín.
—¿Y está de acuerdo con lo que dice la introducción del libro?
Porque puedo leérsela, si quiere... —No esperó a que le dijera que no era necesario, que lo recordaba bien—.
«Miguel Hernández, como tantos jóvenes escritores, es un combatiente activo de la causa de nuestro pueblo.
En los primeros días de la guerra se incorporó al Quinto Regimiento, y estuvo combatiendo, hasta enero, al lado del Campesino.
Más tarde, fue comisario político de la 1.
ª Brigada de choque, y desde febrero trabaja con el comandante Carlos, habiendo tomado parte en la acción del santuario de la Cabeza.
Levantó la vista y me miró por encima de las gafas. Respondí con aplomo:
—La introducción es obra de la editorial valenciana Nuestro Pueblo. Ahí fue donde editaron el libro. Vayan a preguntarles a ellos.
Gargallo rio para sí. Hojeó de nuevo los documentos de mi expediente y sacó una fotografía que le enseñó a los otros dos miembros del tribunal.
—¿Y no es cierto que participó, como dice esa introducción, en el asalto al santuario de la Virgen de la Cabeza? —Me enseñó la imagen—. ¿No es usted este que se ve aquí junto al dirigente italiano conocido como comandante Carlos?
Sí, ahí estaba yo, 1 de mayo de 1937, tras una trinchera, en aquel risco desde el que los oficiales y yo, como periodista, asistíamos a los primeros compases de la operación.
Carlos miraba a través de unos prismáticos.
Yo, tras él, tomaba notas a vuelapluma, aquellas con las que luego escribiría mis crónicas sobre el asalto.
—Solo hice labores de propaganda —respondí, parco.
Entonces los miré. Había terminado la vista y el secretario dejó de teclear. El juez instructor cerró la carpeta y dio orden de que me sacaran de la sala. No dijeron adiós ni tampoco hasta luego porque, según decían, el juicio habría de celebrarse pronto.
Pronto: eso es lo único que me respondían. ¿Qué medida de tiempo es esa?
En el trayecto de vuelta a la prisión me fijé en una pareja de jóvenes que reían por la Gran Vía.
Él jugueteaba con sus manos. Llevaba sombrero y corbata.
Ella un dos piezas y un gracioso recogido.
Sí, reían. La vida seguía para muchos y yo, por primera vez, pensé en la muerte.
¿Acaso había sido un ingenuo, como habría de decirme Josefina?
Entonces, algunos días después, sucedió.
Hay cosas que no responden a la lógica, ni siquiera en aquella España que se acostumbraba poco a poco a la sinrazón.
Era el 15 de septiembre y nadie habría podido esperarlo.
Nadie: ni Diego Romero ni Juan Bellod ni Luis Almarcha ni Pablo Neruda ni Alberti ni María Teresa ni Josefina ni por supuesto yo. Nadie.
Era un día soleado. Bueno, miento, en realidad amaneció con una neblina que al principio cubría buena parte del penal, pero que fue abriendo luego. Recuerdo mirar a la ventana enrejada y ver desplazarse las nubes.
¿No decía algo así el dicho? Mañanita de niebla, tarde de paseo.
—¿Miguel Hernández Gilabert? —oí tras los barrotes.
Atardecía. Ya estábamos en la celda, pero yo no dormía como el resto de los presos, sino que aprovechaba el silencio para leer. Tenía en mis manos una edición ajada de El Quijote que había cogido de la biblioteca. Era la tercera vez que lo leía.
Levanté la vista del libro. Poco después nos harían llamar para la cena.
—¿Sí?
Sé que mucha gente ha querido colgarse la medalla. Decir que fueron ellos quienes salvaron a Miguel Hernández. Pero no tardé en saber que aquello no se gestó ni en el despacho de la vicaría de Orihuela ni en el de ningún cardenal francés ni en la justicia irredenta del Caudillo.
—Fuera.
Que fue un golpe de suerte: que lo sepan aquellos que quieran escribir mi biografía.
—¿Por qué? —le pregunté a aquel molino de viento.
Era el Palomo, que abría la cancela de la celda con el tintineo de sus llaves.
—Que salgas. —El oficial dio un par de golpes a los barrotes mientras giraba la cerradura con una de las llaves del manojo que llevaba siempre colgado de la cintura—. Con todo lo que tengas. Vamos.
Algunos presos se incorporaron al escuchar el alboroto.
Aquellos días había ocurrido lo mismo con algún que otro recluso, aquella misma mañana incluso.
Ese Teófilo al que ayudé con su poesía. Un tal Gila.
¿De verdad? Fidel me miró. También Luis.
Me pregunto si habría en mi rostro el mismo gesto de sorpresa que en el de ellos, si decía lo mismo mi espejo, si también era mi padre el del reflejo.
—¿Cómo? —Me puse de pie—. No le entiendo.
El guarda chasqueó la lengua. A veces intento recrear todos los detalles de aquella celda, hasta que siempre caigo en la cuenta de lo mismo. El pajarillo. Me dejé allí el pajarillo de papel que colgué del techo abuhardillado.
—¡Que salgas, vamos! —El Palomo me apremió con un par de palmadas—. ¡Que estás libre!