Tu risa me hace libre 45
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—Ahora, si te das cuenta, todos los versos son endecasílabos. ¿Lo ves?

Una de mis ocupaciones durante aquellos meses de cautiverio en Torrijos fue ayudar a otros presos a escribir cartas o poemas de amor.

Aquel con el que me había sentado bajo la acacia del patio se llamaba Teófilo y era manchego.

Recuerdo que incluso le regalé varias metáforas que tiempo atrás había usado en alguna poesía del Cancionero , aquel cuaderno que confeccionaba por las noches para algún día hacérselo llegar a Josefina.

Eran unos versos en los que usaba las metáforas hachas tajantes y rígidos rayos.

Hala, te las regalo, ya no son mías, sino tuyas, le habría dicho.

Fue en una de aquellas tardes, ya principios de septiembre.

Le señalé con el dedo el último verso, el que más se nos había resistido.

Decía El calor de tus abrazos . Antes habíamos probado otras combinaciones, moviendo palabras de un lado a otro, sumando y restando sílabas como quien ajusta una pieza hasta que encaja.

El muchacho manchego, cabellera rubia, rostro redondeado, frunció el ceño:

—¿Endecaqué?

El sol caía en el patio de la prisión. El preso me había contado su historia, que aquella amada suya, llamada Aurora, era en realidad su madrina de guerra, que todavía no se conocían en persona y que tal vez nunca lo hicieran.

La suya era una relación epistolar. ¿Y la mía?

, me pregunté en aquel instante. ¿Volvería alguna vez a verte, Josefinica mía?

¿O lo nuestro nunca dejaría de ser una relación por carta como la de ese muchacho?

Con ella había vivido poco cuerpo a cuerpo y mucho papel a papel.

La guerra, los viajes, la cárcel habían hecho de nosotros una pareja sostenida por sobres, fechas y sellos, por esa espera que empieza cuando uno escribe el último renglón y termina cuando el otro abre la carta con cuidado.

Quizá por eso dolía tanto escribirle desde la prisión y, al mismo tiempo, me salvaba.

Porque sus cartas eran un mapa del tesoro hacia ella:

Mientras los colmillos crecen, / cada vez más cerca siento / la leve voz de tu carta / igual que un clamor inmenso.

/ La recibiré dormido, / si no es posible despierto.

/ Y mis heridas serán / los derramados tinteros, / las bocas estremecidas / de rememorar tus besos, / y con su inaudita voz / han de repetir: te quiero.

—Endecasílabo. Es decir, once sílabas —le expliqué al recluso, con el mismo tono didáctico que habría usado Luis Almarcha conmigo en su biblioteca—.

Así, al coincidir todos los versos en una misma métrica, al recitarlos duran lo mismo en la boca.

De ahí nace el ritmo, como el golpe de un bombo en una charanga.

Teófilo me sonrió y pasamos el resto de la tarde entre versos y recuerdos, cuando de pronto un grito nos sorprendió:

—¡Traidor! ¡Stalin es un traidor!

El manchego y yo miramos hacia aquel grupo de presos que se había congregado en torno a un dirigente socialista, un tal Medina. ¡Un traidor!, volvió a oírse. Nos acercamos a ver qué ocurría.

—¿Qué pasa? —les pregunté.

Medina nos enseñó con disimulo un papelillo que supuse le habrían hecho llegar a través de la comida o de la correspondencia. Habría de venir de los contactos que tenía en el exterior. Dijo:

—Que ha pactado con Hitler, el muy cerdo.

Ahí todos éramos presos y todos defensores del orden republicano, pero a veces las tiranteces dejaban ver nuestras diferencias.

No pocas veces vi a algunos darse de puñetazos.

La mayor discusión que tuve durante el internamiento en la cárcel de Torrijos vino a cuenta de ese papelillo y, sobre todo, de la inesperada noticia que traía.

—¿Cómo?

Fernando y Luis se acercaron a ver qué pasaba.

Yo, en un intento de darle una explicación a aquel extraño movimiento de ajedrez de la URSS, me puse en medio de los reclusos atisbando una justificación.

Todos sabían que yo pertenecía al Partido Comunista, por lo que de alguna forma tenía la necesidad de decirles:

—¿Acaso no lo veis? Stalin sabe que Hitler se lanzará tarde o temprano contra la Unión Soviética con el favor de las democracias liberales.

La URSS estaba obligada a escoger entre perder el tiempo intentando llegar a un acuerdo con Francia e Inglaterra o protegerse de un futuro ataque nazi con un pacto de no agresión.

—¡Claro, camarada! —me acompañó otro recluso.

Algunos de los que teníamos enfrente asintieron, titubeantes.

Otros, los socialistas, negaban con la cabeza.

Mi amigo Fernando estaba entre los segundos.

Como antiguo redactor de El Socialista , era fiel defensor de la doctrina obrera que entonces marcaba claras diferencias con el comunismo de la URSS, aquel que yo había conocido un par de años atrás en mi viaje a Rusia.

—¡Aquí lo que está claro es que nos han traicionado los comunistas! —gritó otro recluso, que, con un gesto repentino, me señaló a mí y a otro par de camaradas—. ¡Vosotros!

¡Sí, vosotros!, se oyó a continuación, y yo empecé a perder la paciencia.

Me fui hacia aquellos tipos, no sin antes mirar a los guardias que al otro lado del patio hacían la ronda aquella tarde sin percatarse de lo que ocurría junto a la acacia, y los apunté con el dedo para precipitarme, diciéndoles, ¡Retiradlo!

, mientras todos nos movíamos para conformar dos grupos en aquella turba improvisada que quedaba demasiado lejos del Palomo.

Hubo empujones y más gritos, reproches, un hervidero de brazos, de torsos tensos y de bocas abiertas, hasta que di un par de empujones y alcé la voz para intentar apaciguar los ánimos.

—¡Señores! Aquí no somos socialistas, ni comunistas, ni anarquistas ni republicanos. Aquí somos todos presos. Y hay cosas que nos separan, claro. Pero una más importante que nos une, ¡el antifascismo!

Lo dije así, fuerte, ¡antifascismo!, y de repente se hizo un silencio y vi esas caras que durante unos segundos me transportaron al frente de guerra, cuando aún la ganábamos y yo era un ruiseñor. Entonces fue cuando un par de carceleros irrumpieron para disolvernos a porrazos.

—¡Ya está bien, escoria! —gritó el Palomo, y luego el castigo, como un bramido—: ¡A desfilar!

—Volvimos a marchar al sol dándole vueltas al patio, tantas que en aquel centrifugado dejamos de ser efectivamente comunistas, socialistas, anarquistas o republicanos, solo reclusos—.

¡A marchar hasta el anochecer! —Reclusos tan solo—. ¡Uno, dos uno, dos...!

Unos días después, otro papelillo desde el exterior, que recibiría también uno de los presos socialistas, confirmaría lo que muchos veníamos sospechando desde que se anunciara ese pacto entre Alemania y la URSS, ese que nos obligó a la mayor parte de los presos comunistas a practicar un ya imposible contorsionismo dialéctico, el de apoyar al mismo tiempo la democracia y la libertad y la cada vez más errática actuación de Stalin.

—Dicen que Hitler ha atacado Polonia desde su frontera y que la URSS se prepara para invadir el país hasta el Vístula. Que se la han repartido, vaya.

La noticia corrió por el patio como una brisa.

Así empezaba otra guerra, con el reparto de un pastel polaco, y yo ya no supe qué más decir porque me había quedado sin argumentos.

¿Otra guerra más? ¿Acaso no había sido suficiente el sacrificio de España?

Tristes guerras / si no es amor la empresa. / Tristes, tristes.

Pensé en mi viaje a Rusia. En los niños españoles que permanecían allí. En los campesinos en alpargatas. En la Peribochi.

—Europa en guerra... —balbuceó Fernando mientras nos dirigíamos hacia la capilla de la cuarta galería para asistir a la misa—. Verás qué pronto se olvidan de nosotros. De los que estamos aquí.

Señaló a las decenas de reclusos que hacían fila detrás de nosotros. Yo extendí el brazo y volví a intentar insuflarle ánimos.

—La guerra precipitará el final del fascismo, Fernando. Y aquí en España hemos sido los primeros en combatirlo —le susurré—. ¿Cómo nos van a olvidar?

Sigo preguntándomelo aún: ¿cómo nos van a olvidar?

Algunos días después se celebraría al fin la vista en el Tribunal Especial de Prensa situado en la plaza de Callao, aquella por la que había pasado yo cientos de veces cuando buscaba ser alguien en Madrid.

Asomado a la camioneta, en el centro de la ciudad comprobé que los hombres habían vuelto a usar sombrero y corbata, en lugar de la gorra y la camisa proletaria de los años de la guerra.

Y el color era el de sus gorriones, ceniciento.

Y pasaban gasógenos. Y estraperlistas. Y todo tipo de uniformes.

—Que pase el recluso Miguel Hernández Gilabert —oí.

Entré en la sala de vistas. En el aire flotaba el humo del tabaco. Tal vez a eso olía la nueva España. A Diego Romero no lo dejaron representarme como letrado, eso sí, yo llevaba mis avales, aquellos que Martínez Gargallo tenía sobre la mesa y ojeaba con aparente desgana.

—Cuenta usted con avales de hombres reputados y afines al Movimiento, ¿no es así? —me preguntó el juez.

Franco, José Antonio detrás de él.

Asentí, añadiendo:

—Y de haber tenido más tiempo, habría podido presentar algunos más.

Entonces el magistrado rio.

—Nosotros también hemos hecho nuestro trabajo —dijo mientras esgrimía un documento en el que debido a la distancia solo pude vislumbrar el sello del Ayuntamiento de Orihuela—.

¿Sabe qué es esto? Una declaración jurada del alcalde de su pueblo.

De don Baldomero Giménez. —Sonrió—. ¿Quiere saber lo que dice?

Tragué saliva. Baldomero Giménez había escapado de la represión republicana como también José Antonio Martínez Arenas o Juan Bellod.

Estuvo, cuentan, en un doble fondo de una de las fincas de su familia.

Varios días después del final de la guerra fue nombrado alcalde.

Sabía bien qué podía decir sobre mí. Por eso, en cuanto el juez comenzó a leer, apreté los puños engrilletados a la espalda.