Tu risa me hace libre 44
64%

44

Un día llamaron a la puerta y, al abrir, me encontré con una de las buenaventuras.

—¿Es usté la señora de la casa?

Llamábamos así a las gitanas que iban puerta a puerta con sus ramitas de romero o su incienso o sus cartas de tarot ofreciendo sus saberes antiguos a los vecinos, sobre todo a las mujeres. Respondí recelosa:

—Sí, ¿qué quiere?

La mujer no era de Cox, o eso me parecía, tal vez de algún pueblo de alrededor, Albatera, Redován, Crevillente.

Tenía la tez morena y era flacucha, y llevaba un pañuelo negro anudado a la cabeza.

Yo ya suponía a qué venía; ellas sabían que, en aquellos días, con la guerra tan reciente, no podía faltar familia que tuviera a algún familiar preso, el padre, el tío, el primo o el marido, en una de las numerosas cárceles de todo el país.

—Tiene usté a su marido en la cárcel, ¿no? —me preguntó.

Habría hablado con alguien, eso seguro. Quién sabe si con el cabrero que tiempo atrás se había llevado a Fina por una miseria que apenas nos dio para comer durante algunas semanas. La dejé pasar por pura inercia. Entró mirando a un lado y a otro, deteniéndose en la puerta que daba al patio trasero:

—Ahí ha habío una cabra, ¿no? —Señaló hacia el corral, aspirando el aire—. Todavía huele.

No respondí. Manolillo mordisqueaba un trapito de algodón en su cuna. Los dientes traían a mi niño por la calle de la amargura. La gitana se acercó y le hizo una carantoña.

—¡Pero qué guapo e este niño, señora! —exclamó. Luego me miró y me buscó las manos para estrechármelas, pero yo las aparté—. A su marío se le pue sacá —dijo al fin—. No es difícil si se hace bien.

Reí para mí y le miré las alpargatas polvorientas.

—¿Sacarlo?

Miguel llevaba varios meses preso en la cárcel de Torrijos de Madrid y todavía no habían dado sus frutos ninguna de las gestiones de las que me ponía al corriente, a cuentagotas, en sus cartas.

Sabía que por aquel entonces acababa de celebrarse la vista de su causa y que estaba esperando a que le anunciaran la fecha definitiva del juicio.

Miguel confiaba en que la ayuda de Cossío y los avales que le habían hecho llegar desde Orihuela, los de Juan Bellod y don Luis Almarcha, pudieran acreditar que sobre él no pesaba ningún delito de gravedad más allá de haberse alistado voluntario para el Quinto Regimiento o escribir en favor de los vencidos.

—¿Sacarlo cómo? —le insistí a la gitana.

Yo habría querido ir a visitarlo, a Miguel, pero él me lo prohibía en sus cartas.

Que no iba a tardar en salir y que el viaje con el niño a cuestas sería largo e incluso temerario.

Mientras tanto, su hermana Elvira lo veía cada semana en las comunicaciones, también su cuñado Paco, que le llevaban noticias de Orihuela y de Vicente Aleixandre, que no podía ir a visitarlo por su enfermedad, aunque yo también creo que sobre él pesaba el desánimo de no querer verlo entre rejas cuando no hacía mucho había estado subido al cedro de su casa de Velintonia. La gitana me explicó:

—Es mu sencillo, señora. Solo tie que hacer lo que yo le diga.

Fruncí el ceño. Manolillo me reclamó tras cansarse de morder el paño y yo lo aupé desde la cuna. La gitana volvió a llamar mi atención, diciéndome:

—Mire, señora. No le va a costá mucho. Se lo digo yo.

—¿El qué?

Volvió a hacer reír a mi niño.

—Harina, un puñao bueno. Huevos, dos si los tiene, tres si pue . Y una garrafa de aceite, aunque sea pequeñica. Na ma .

Reí otra vez.

—¿Todo eso? —solté. Pero ella se inclinó un poco hacia mí y me explicó, bajando la voz, como si lo que fuera a decir no debiera oírlo nadie más.

—Con la harina se traza el camino. —Hizo el gesto con las manos de ir dejando un canalillo de harina por un sendero imaginario—.

Luego, con los huevos, se despierta la vida, se la pone en movimiento, que la vida siempre sabe volver a su sitio aunque la pisen.

Y por último, con el aceite, se liga topa que no se deshaga, pa que su marío se quede y no se le vuelva a ir.

—¿Y cómo lo hará? —pregunté, más por curiosidad que por convencimiento.

—Esta noche, con la luna llena. Yo misma me encargo. Se deja to en medio de la carretera, donde crucen los pasos. Los del marío y los de usté . Luego se encienden dos velas, una por cada uno. Y se espera.

—¿Y sale de la cárcel?

—Sale —respondió sin titubear—. No al día siguiente, no. Pero sí pronto. Siempre sale algo cuando se hace bien.

Si Miguel la hubiera escuchado, se habría partido de la risa.

O peor aún, la habría echado a patadas de casa, al grito de ¡bruja!

, ¡superchera! Pero yo no podía tratarla mal.

La mujer no me pedía dinero ni joyas, sino tal vez algo con lo que hacer pan.

O gachas. O migas. O tortilla francesa. La miré entonces con más atención.

De todo lo que había dicho, con su parafernalia y la magia de sus dos velas, lo único de verdad era el hambre que debía arrastrar, que se le entreveía en la mirada, en la boca seca, en la zalamería con la que me hablaba de aquel conjuro.

—La harina sí puedo dársela —le dije finalmente—. Los huevos también. Dos creo que tengo. Pero el aceite no. El aceite lo comparto con mi tía Gertrudis. Todas cocinamos con lo poco que nos queda. Es un bien común. No puedo dárselo.

Asintió despacio. Fui a la cocina con Manolillo, me asomé a la alacena y abrí el saco de harina.

Lo destapé, llené un trapo con varios puñados y luego lo anudé con la forma de un saquito.

Tras ello me acerqué a la repisa donde tenía la cesta de mimbre, junto a la ventana.

Dentro quedaban solo tres huevos, puestos el día anterior.

Cogí dos. Los envolví con cuidado en otro paño y volví al zaguán.

—Aquí tiene —se lo ofrecí.

La gitana me sonrió. El niño se removió en mi pecho y empezó a gimotear. Tenía hambre. Lo zarandeé suavemente para que se calmara. Ea a, ea a. La mujer le hizo un arrumaco.

—¡No llores, bebé! —Se guardó la harina y los huevos en una faltriquera que llevaba atada a la cintura—. Muchas gracias, señora —me dijo antes de despedirse—. Veré qué pueo hacé sin el aceite.

No la vi marchar. Cerré la puerta y Manolillo no tardó en buscarme la teta por debajo de la pechera del vestido.

Luego su gluglú. Era maravilloso verlo saciar su hambre, que, como escribió Miguel, era el primero de los conocimientos, Tener hambre es la cosa primera que se aprende.

Le di el derecho, y al poco el izquierdo también empezó a gotearme, pues estaban los dos rebosantes.

Los pechos no entienden de guerra ni de carestía, por suerte, y Manolillo succionaba con tanta ansia que no pocas veces se atoraba, tras lo que solía devolver la leche sin apenas haberle pasado por el estomaguito.

Mientras, ya hacía muchos meses que apenas teníamos qué comer.

Suerte que mi tía Gertrudis era experta en agudizar el ingenio.

Fue ella la que me enseñó a amasar el pan mezclando la harina con maíz o calabaza o boniatos, no sin antes pedirle a las vecinas el cedazo para cribar la harina del salvado, o incluso la creciente, porque una masa madre podía dar para todo el barrio.

Sí, cocinar entonces era un ejercicio de sustitución, la achicoria en lugar de café, las tagarninas o los cardillos en lugar de las verduras, la parte blanca de la monda de la naranja para hacer una tortilla que no tenía huevos ni tampoco patatas, como si solo le quedara el nombre y la memoria, y hay algo que he podido comprobar: que nunca se va del cuerpo el hambre, incluso cuando ya se disfruta de la abundancia.

Es como un reflejo. Sigo acompañando cualquier pieza de fruta con pan duro, y sigo besándolo antes de tirarlo, y guardando la piel de las naranjas o los huesos del aguacate, o aprovechando la sustancia que en la olla queda de un potaje para hacer otro.

Pocos días después de aquella extraña visita de la gitana, le escribí a Miguel que lo único que tenía para comer era pan y cebolla, con los que me hacía un guiso pobre que apenas podía acompañar con alguna patata.

En aquella carta, Miguelico, te envié esa foto de tu hijo que tanto me pediste.

Era principios de septiembre y acababa de salirle al niño su quinto dientecillo.

Ya tenía cinco azahares, como escribirías en tu poema.

Cinco diminutas ferocidades. Cómo olvidar esos versos.

Cómo olvidar aquel retrato: todos pasando hambre y el niño en el estudio de fotografía riendo como si viviera en el palacio de El Pardo y no en Cox.

Cómo se ríe el chiquillo, señora, se sorprendió el fotógrafo, a quien pude pagar tras haber vendido varios botones de nácar que había guardado de cuando falleció mamá.

Tú querías una fotografía de tu hijo —como también me la pediste de Manuel Ramón, que en paz descanse—, y cómo negártela, Miguelico.

He ido a buscarla en mi caja de galletas y la sostengo ahora en las manos.

Cuántas horas pasarías viéndola en lo que llamabas tu habitación de hotel, así como yo ahora, recreándote en cada uno de los detalles.

Tenía ocho meses el niño. Al octavo mes ríes / con cinco azahares , así era el verso completo.

Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación, cada día más difícil, me escribirías el 12 de septiembre en respuesta a aquella carta mía:

El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí, y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche. Para que lo consueles, te mando esas coplillas que le he hecho, amor mío, porque para mí no hay otro quehacer que el de escribiros a vosotros.

Vuelvo a esa noche. Acuno a Manolillo, que ya ha mamado.

Afuera en el huerto cacarean algunas de las gallinas que nos quedan.

Es de noche, hay una lluvia fina y huele la tierra.

Entonces se lo canto, La cebolla es escarcha / cerrada y pobre, improvisando el ritmo que habría de tener una nana con esa poesía, aunque él la llamara coplilla, Escarcha de tus días / y de mis noches, y mezo al niño mientras con la mano derecha la sostengo, la carta, con su trazo a lápiz, Hambre y cebolla: / hielo negro y escarcha / grande y redonda .

Es como si siguiéramos allí, el niño durmiéndose y yo, En la cuna del hambre / mi niño estaba.

/ Con sangre de cebolla / se amamantaba, cantándole en el silencio de la noche, Pero tu sangre / escarchada de azúcar, / cebolla y hambre , con los pechos goteándome por debajo de la camisola, Una mujer morena, / resuelta en luna, / se derrama hilo a hilo / sobre la cuna, haciéndole carantoñas mientras se le vencen los ojos, Ríete niño, / que te tragas la luna / cuando es preciso, y de pronto le busco la mirada y compruebo que ya se ha dormido, mi Manolillo, con esa sonrisa que en los versos de su padre es la luz del mundo y le hace libre y le pone alas, Ríete siempre.

/ Siempre en la cuna, / defendiendo la risa / pluma por pluma , le canto bajito, con la voz temblorosa, y suerte de que mi chiquitín ya duerme para que no me vea llorar al recitarle, Vuela niño en la doble / luna del pecho.

/ Él, triste de cebolla. / Tú, satisfecho, llorar mientras deseo que no despierte, que no despierte, al menos, No te derrumbes.

/ No sepas lo que pasa / ni lo que ocurre, hasta que pueda arrullarlo su papá.