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Josefina, bésale a Manolillo los cuatro dientes que le han salido de mi parte, que pronto se los besaré yo con toda mi alma.
Aunque no van las cosas tan deprisa como yo y tú quisiéramos, confía en que saldré pronto.
Hay muchas personas de influencia interesadas en mi libertad y la conseguiré, no tengo duda.
Ya sabes que me ayuda el abogado Diego Romero, amigo de Cossío.
Al fin he recibido el certificado de don Luis Almarcha.
No es gran cosa lo que dice, pero junto al aval de Juan Bellod, que, como sabes, ha sido nombrado recientemente secretario de la Falange en Valencia, y el de Cossío, seguro que habrán de servir en la resolución de mi juicio.
Te quiere,
M IGUEL
Diego Romero tendría apenas unos veinte.
La cara redondeada e imberbe, gafas gruesas, gesto afable.
Fue Cossío el que le habló de mí, de un poeta que esperaba juicio sin que pesaran sobre él delitos de sangre.
Entonces acababa de incorporarse al Decanato de Defensores en los consejos de guerra y decidió ayudarme a preparar mi defensa.
En realidad, yo no era una excepción entre los reclusos que abarrotábamos Torrijos.
Ahí había más de tres mil presos —aunque la prisión, que en origen fue hospital de las hijas de la caridad, solo podía dar cabida a varios centenares—, y parte de nosotros aguardábamos a que nos juzgaran.
—Buenos días, Miguel. ¿Cómo estás hoy?
Venía a preparar la vista que el juez instructor había programado antes de que me juzgaran.
Era septiembre. Diego me había dicho que, una vez celebrado ese encuentro con el juez, habría de producirse el juicio en no menos de un mes, o eso se oía en los corrillos de los juzgados.
Le respondí que bien, que no podía quejarme, que seguía matando piojos, pero enseguida fuimos directos al grano, porque teníamos diez minutos —uno de los carceleros esperaba contando el tiempo tras las rejas de la celda— y ya había pasado uno.
Abrió el portafolios que llevaba y me enseñó unos documentos.
Eran una copia de los avales que Juan Bellod, José María de Cossío y don Luis Almarcha habían redactado para que se sumaran a la causa de mi defensa en el inminente juicio.
Cuando le hablé de ellos tres, en nuestro primer encuentro, el abogado sevillano se sorprendió por que tuviera esa clase de amigos. Yo, un preso.
—¡Puf! —bufé—. ¡Y muchos más!
Le hice ver que había tenido trato tanto con intelectuales de izquierdas —Alberti, Bergamín, Neruda— como de derechas, entre los que contaba a Gerardo Diego, Luis Rosales o José María de Cossío.
Siempre he pensado que aquello del mito de las dos Españas irreconciliables, de las dos Españas cainitas enfrentadas a garrotazos desde tiempos inmemoriales se desmontaba una tarde en La Ballena Alegre o en el Ateneo de Madrid, donde todos nos veíamos, discutíamos de política, Lorca con Primo de Rivera, Bergamín con Ridruejo, y luego recitábamos versos.
Se hizo el silencio. Por un instante volví a oír la melodía del piano de Lorca en casa de Raimundo de los Reyes.
—Bueno, ¿y qué es lo que dicen los avales? —insistí, señalando su portafolio.
Primero leyó el de mi amigo oriolano Juan Bellod. Fue uno de los últimos asiduos a la tahona de los Fenoll y secretario de El Gallo Crisis . Supe que, tras el final de la guerra, había ascendido rápidamente en puestos clave de la Falange.
Juan Bellod Salmerón, secretario de la Jefatura Provincial de la Milicia de FET de las JONS de Valencia, CERTIFICO :
Que conozco desde su niñez a Miguel Hernández, poeta y redactor de la revista católica El Gallo Crisis , dirigida por el inolvidable Ramón Sijé, constándome ser persona de inmejorables antecedentes, de honrada formación religiosa y humana, que se revela en la lectura de su magnífico auto sacramental, pero cuya excesiva sensibilidad y temperamento poético le han hecho actuar, bajo la influencia de la fala propaganda marxista, atendiendo más a los dictados del apasionamiento momentáneo que de una voluntad firme y severa.
No lo creo, pues, capaz de haber intervenido en hecho alguno delictivo ni de ser enemigo de nuestro Glorioso Movimiento, y para su constancia y los efectos que al interesado convengan, extiendo el presente certificado en Valencia bajo juramento por Dios y por mi honor.
En Valencia, año uno de la Victoria
Diego Romero levantó la vista del documento y se encontró con mi gesto de satisfacción. Sabía que no podían fallarme en Orihuela. A continuación, me leyó el aval de José María de Cossío. Quedaban siete minutos.
—Cossío dice que has tenido una conducta moral intachable durante la guerra y que te cree una persona de orden e inofensiva.
Sonreí. Tampoco iba a fallarme mi amigo, lo sabía.
—¿Y Almarcha?
El abogado sacó el documento. El canónigo había accedido a enviarlo tras la insistencia de mi hermano Vicente, que se personó varias veces en la vicaría. Dio una rápida ojeada y me explicó:
—No dice mucho; que eres un buen muchacho, pero que necesitas regenerarte.
Chasqueé la lengua.
—¿Regenerarme?
Él volvió los ojos al papel con el membrete de la diócesis de Orihuela. Seis minutos.
—Sí, dice regenerarte.
Dejé escapar un resuello y puse los brazos en jarra. Ser poeta es aprender a atisbar las puertas giratorias de las palabras. Exclamé:
—Es decir, que lo que dice es que soy un degenerado.
Y el joven abogado me miró tras sus lentes gruesas y no supo darme una respuesta.
—Suerte que tenemos el testimonio de Cossío y sobre todo el de Bellod.
Volvimos a leerlos. Entonces recordé a otro de mis amigos:
—Pablo Neruda también está intentando ayudarme desde París, ¿sabes?
No hacía mucho que había recibido una carta del chileno en respuesta a mi petición de auxilio.
En su misiva me ponía al corriente de las gestiones que junto a Alberti y María Teresa León —con los que vivía en una buhardilla del barrio parisino Quai del Horloge— habían comenzado a realizar.
Que fueron a hablar con un cardenal, un tal Baudrillart, para que escribiera preguntando por mí al ministro de Asuntos Exteriores del nuevo Estado español.
Cinco minutos.
—Todo eso está muy bien, Miguel, y sin duda los avales habrán de servir en tu defensa.
Pero lo importante es que pensemos ahora en cómo abordar la vista.
Te sugiero que, si quieres tener alguna posibilidad de que te dejen libre, tendrás que pensar en cambiar tu alegato con respecto a la primera comparecencia de julio...
Me miró. Supongo que así miran los abogados.
Me recordó brevemente a mi buen amigo Pepillo.
Se refería a aquel primer encuentro que tuve con el juez instructor algunas semanas después de llegar a la prisión de Torrijos, cuando me preguntó si reconocía haber estado al servicio del marxismo durante la guerra y le respondí que lo que reconocía eran mis ideales antifascistas, y entonces él torció el gesto y se aseguró de que su secretario apuntara todo cuanto yo decía y se quitó el cigarrillo de la boca para preguntarme otra vez, ¿Y qué opina de la causa nacional?
El juez Martínez Gargallo aguardaba. Yo miré brevemente a los retratos que colgaban de la pared tras él.
Eran Franco y José Antonio. Entre ellos un crucifijo.
Pensé en Josefina. Algunas milésimas de segundo dudé.
Milésimas, sí, Josefinica; déjame confesarlo ahora que me oyen muy pocos.
Que no puede hacer feliz a España, le contesté. Los hombres del estrado se miraron. Luego añadí, Pero que todo lo que he escrito y por lo que he actuado ha sido en beneficio del pueblo. Esa ha sido mi causa. No sé si también la de ustedes.
No había nadie más en aquella sala salvo el carcelero, que aguardaba detrás de mí. Aquí no se viene a dar mítines, me recriminó el juez. Volví a alzar la vista. Franco, con su gesto de padre magnánimo. Ahora, llévenselo.
Entonces, en aquel encuentro con el abogado sevillano del que ya solo quedaban cuatro minutos, negué con la cabeza y me justifiqué, diciendo:
—Si hay algo que tengo claro, Diego, es que no voy a mentir.
Sobre mí no pesa ningún delito grave, tú lo sabes bien, y el hecho de que vayan pasando los días y yo siga aquí —extendí las manos esposadas y le toqué el brazo, para recordarle que seguía aferrándome a la vida—, de que no me hayan sacado a una tapia para pegarme un tiro me convence cada vez más de que lo que no quieren conmigo es otro Lorca.
—Esbocé una sonrisa ladeada; volví a tocarlo—. ¿No crees?
Romero arqueó las cejas y me miró con sus ojillos diminutos. Otro Lorca, se dijo. Asintió. Luego se acarició el mentón.
—Miguel, si niegas todos los cargos, ganaremos algo de tiempo porque...
—No —lo interrumpí. Estaba convencido de que solo era cuestión de resistir.
—¿De verdad? —insistió.
Resistir: eso mismo que no dejaba de repetir en la celda o en los corrillos en el patio.
—Si lo que quieres es que diga que me arrepiento de todo lo que he hecho y de todo lo que he escrito, ya puedes salir por esa puerta. —Le señalé a la puerta enrejada tras la que el guardia contaba los minutos que le restaban a la entrevista.
Diego Romero no tardó en comprender que yo era un hombre tozudo. Removió sus papeles y se acomodó las gafas sobre el tabique de la nariz. Al poco tiempo el carcelero dio un grito y nos anunció que la visita estaba próxima a finalizar. Un minuto.
—Entonces, si vas a mantenerte firme, la clave es que centres tu alegato en lo que dicen los avales que vamos a presentar, ¿de acuerdo?
Otros dos toques del carcelero. Otro grito, ¡Se acabó! Nos despedimos.
Aquella noche cuando todos dormían, volví a escribir de forma clandestina.
Ya verás como estaremos juntos dentro de poco, Josefina.
Dicen que están agilizando la celebración de los juicios.
Espero estar contigo para el quinto aniversario de nuestro primer encuentro.
Cinco años, Josefina, desde que paseamos por primera vez.
¿Te acuerdas de la barca que te ofrecí para pasar el charco de la Plaza Nueva?
¿Quiere usted una barca para pasar?, le pregunté a aquella chiquilla, cuyo nombre no conocía aún. Ella rio. No tardaría en saber que se llamaba Josefina.
Confía en que nuestra vida mejorará pronto, porque todas las penas que hemos pasado nos traerán alguna gran alegría, nena.
Pronto nos iremos a descansar y a gozar de nuestro hijo, que tengo muchas ganas de verle crecer y hablar o hacer ruidos de todas clases más allá del Mamá que me dices que empezó a decir hace unos meses.
Supongo que ya hablará más que un loro. Si supieras qué ganas tengo de oír su voz: se me ríen los huesos solo de imaginarla.
Mi única preocupación sois vosotros, pero también sois mi más grande esperanza.
Mientras os tenga, no estoy perdido. Cuídalo mucho, Josefina, que Manolillo crezca fuerte y defendido contra toda enfermedad.
Hemos de defenderlo de todo lo malo de este mundo y hemos de luchar porque no se encuentre nunca tan indefenso como nosotros nos vemos en esta ocasión, tú, sin apenas qué comer, yo, en este hotel de Madrid.
No quiero que nuestro hijo herede el miedo que hoy nos rodea, sino la dignidad con la que lo estamos atravesando.
Nena: a velar por tu hijo y nada más. A mí solo dedícame el tiempo de leer y de escribir.
Así que por favor, no tardes en hacerlo.
Tus cartas son lo único que me hace volar.
Cuando el vocero del correo dice mi nombre, y me da tu carta, recuerdo que soy hombre y no solo un preso.
Muchos besos para todos, en especial para Manolillo y para ti.
Te quiere,
M IGUEL
No me había dado cuenta hasta entonces; entraba el amanecer por la ventana enrejada.
La respuesta de Josefina me llegó algunos días después junto a una foto de mi niño que no dejé de mirar durante horas.
Manolillo reía en el retrato, frente a los cortinones y encima del catafalco en el que estaba sentado.
Esa risa suya fue mi mejor compañía. Al niño le había salido el quinto diente, me dijiste en esa carta, nena.
Y que solo comías pan y cebolla. De pronto, el olor de la cebolla me llegó hasta la prisión.
Por ello, aquellos días me los pasé pensando en vosotros más si cabe.
En tu situación, la del hambre. En la nuestra, la de la ausencia.
Le escribí unas coplillas a Manolillo, La cebolla es escarcha / cerrada y pobre: / escarcha de tus días / y de mis noches.
Entonces oímos la sirena, y luego un ¡Todo el mundo arriba!
Antes de levantarme miré, como cada mañana, al pajarillo de papel que colgué de aquella hebra que deshilé de una de las mangas de mi camisa.
Se lo había visto hacer a tus manos de costurera decenas de veces, Josefina.
Trenzar con el suspiro de tus yemas un traje.
Me apoyé en la pared para levantarme. Estaban fríos los muros, húmedos.
Se me habían entumecido las piernas y di un par de saltitos.
Al hacerlo me di con el techo abuhardillado y se meneó el pajarillo.
Al verme, todavía desde su improvisado lecho, Fernando rio.
Muchas veces me he preguntado qué era lo que me hacía levantarme cada mañana, más allá del toque de diana.
No tardé en saberlo, era eso que he ido buscando siempre. El amor.
Tu risa me hace libre, / me pone alas. / Soledades me quita, / cárcel me arranca.