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El cabrero llevaba una soga de cáñamo enrollada en la mano. Apenas me saludó al dejarlo pasar hasta el corral.
—¿Es usted Josefina? —me habría preguntado, al otro lado de la puerta, sin mediar saludo siquiera.
Era un tipo al que en Cox decían el Choto. Me había puesto en contacto con él mi tía Gertrudis, que lo conocía porque mi prima y la hija del cabrero iban juntas a los Oficios. El Choto tenía una treintena de cabras. Dicen que antes de la guerra eran tan solo un puñado.
—¿Dónde está el animal?
Le señalé la puerta que conducía al corral.
Olía a sudor rancio, un hedor espeso que lo seguía al pasar por las estancias de la casa en dirección al patio trasero.
Tenía las uñas negras y la dentadura amarilla y llena de huecos.
Igualito que mi suegro, pensé. Don Miguel jamás habría ido a comprar una cabra con aquel aspecto descuidado.
Él iba siempre de punta en blanco, traje, sombrero, zapatos.
Se le podían reprochar muchas cosas, no así el aspecto.
—Está escuálida, mujer. No me dijeron eso.
Habría podido vendérsela a él, a don Miguel, pero eso habría sido aceptar ante la familia de mi marido que en Cox apenas tenía para dar de comer a Manolillo, y mucho menos para alimentarme yo.
Miguel solía decirme que no fuera tonta y que no podía seguir así, con aquella hambre.
En una carta de mediados de agosto me había escrito:
Tú eres más tonta que yo, y es una desgracia más grande haberse juntado a casarse dos tontos que casarse un tonto y una avispada, o viceversa.
Josefina, tontica mía, acuérdate de tu hijo y no tengas reparos para nada.
Ve a Orihuela, haz comprender a mi familia tu situación, enséñale a mi madre esta carta y dile que le exijo que te ayude en cuanto pueda.
Pide dinero en casa de Pepito, yo se lo devolveré a los Marín algún día.
Pero no fui a Orihuela ni por supuesto iba a plantarme en Tejidos Alhambra para pedirle dinero a aquel matrimonio que bastante tenía ya con lo suyo. Por eso fue mi tía la que me dio la idea: que a la cabra la teníamos ya vieja y que tal vez sacara por ella algo de dinero.
—Está un poco mayor pero da buena leche, señor —le respondí.
Fina dormitaba en su lecho de paja. Tenía el pelaje ralo y opaco y las ubres flojas, marcadas de venas azules.
Siempre había sido mansa. Miguel decía que le recordaba a Lucera, su cabra favorita del rebaño que cada mañana sacaba a pastar a los montes de Orihuela o al palmeral.
Al oírnos, abrió un ojo y movió apenas una oreja, sin levantarse.
El Choto se acercó a Fina y le pasó la mano por el lomo.
Luego le apretó las ubres con brusquedad, sacándole un chorrito de leche que cayó sobre la paja.
La olió, se limpió los dedos en el pantalón y le palpó las patas, levantándoselas una a una para revisar las pezuñas.
Por último, le miró los dientes separándole el labio con el pulgar negro. La cabra no rechistó.
—Cuarenta te doy por ella.
Bufé. Antes de la guerra, Miguel se la compró a un cabrero de Callosa por ciento ochenta pesetas. Tampoco quiso hacer negocios con su padre.
—Usted sabe que esta cabra no vale eso... —Fruncí el ceño.
Claro que lo sabía, pero aquellas cuarenta pesetas que me ofreció aquel tipo —que seguía inspeccionando al animal por si de verdad tuviera razones para pagarme algo más— no era el valor de la cabra, sino el precio de mi necesidad.
—A cincuenta pesetas puedo subir —dijo tras levantarle el morro—. Siendo usted la mujer de quien es, mucho le estoy dando.
Si algo sabía todo el mundo en aquella época era de quién era esposa toda mujer.
Sobre todo, si esa mujer era cónyuge de Miguel Hernández.
Mi marido llevaba ya varios meses en una prisión madrileña y nadie en Cox desconocía que aquel chico risueño que volvía de la guerra entre vítores y palmas era en realidad un traidor.
Mientras, yo me limitaba a agachar la cabeza cuando oía los cuchicheos y a esperar sus cartas.
Al principio me permitía enviarle en un paquete algo de alimentos que aguantaran el viaje en buen estado —pan duro, legumbres, higos secos—, o alguna prenda de ropa, hasta que llegó un momento en que ni siquiera tuve para eso.
Suerte que a Miguel también lo ayudaban los familiares de algunos de sus amigos reclusos.
Eso me contaba en sus cartas. Que junto a su hermana Elvira también lo auxiliaba la madre de un tal Luis Rodríguez Isern, que le llevaba ropa limpia y comida, y que a veces, los días de comunicación o de correo, entre lo que recibía uno y lo que recibía otro, organizaban un pequeño banquete.
No sufras por mí, nena. Mira, hoy he comido de primera, cocido, croquetas, queso, mucho pan blanco y uva y peras.
Tampoco me mandes ropa. Elvira y la madre de Luisito me la lavan e incluso me la remiendan.
Así y todo procuro conservarla y uso más la vieja y todo son cosidos y descosidos y ventanas por todas partes.
El pijama se me ha roto y le he puesto un remiendo que es media camisa, porque se me veía toda la parte de atrás y era una verdadera vergüenza.
A mí me daba risa imaginármelo, ay, pobrecillo: el esposo de una costurera lleno de parches en la ropa.
Aquellas cartas suyas en prisión eran, o eso me parecía a mí, casi como una ficción, o esa sensación tenía al leerlo, Lo paso muy bien, Josefina, estoy aquí como en un hotel de primera, con esas anécdotas de opereta, tan burlonas, tan de Miguel, ¿Sabes que aquí me puedo enamorar?
Porque el patio de mi casa da a unos balcones por los que se asoman algunas muchachas que están de muy buen ver, y yo sonreía, porque a ese juego habíamos jugado muchas veces.
También me decía, Me paso el día cantando y riéndome de todo aquello que pueda atacar mi salud y desgastar mis energías, que quiero conservar para luchar por que a vosotros no os falte lo que hoy apenas podéis tener: la felicidad y el pan.
La felicidad y el pan: ay, Miguel. En eso había consistido tu revolución.
—Sesenta —le ofrecí al cabrero.
El hombre rio. Yo también sabía quién era él, ese tal Choto, un donnadie que había sabido arrimar el ascua a su sardina y estaba haciendo una pequeña fortuna a costa de saber a qué familiares de vencidos dirigirse.
Sobre todo, a aquellas mujeres a las que nos había tocado gobernar una casa en ausencia del marido, del marido preso o bajo una zanja.
—Cincuenta y cinco —contraofertó.
Me tendió la mano. Cincuenta y cinco seguía siendo una miseria.
Era, más que un precio, una imposición, pero no tenía otra alternativa.
Bueno, sí la tenía, siempre podía pedírselo a Concheta, decirle, Suegra, tu nieto no tiene nada que comer.
Pero yo me negaba a coger un autobús a Orihuela y mendigarles a los padres de mi marido.
—¿Y bien?
Aquellas cincuenta y cinco pesetas nos darían para algunos meses de supervivencia.
Podría comprar varios kilos de harina para pan y gachas, aceite, legumbres o algún trozo de tocino o hueso de porcino para darle sustancia al arroz.
También podría pagar las deudas —dos pesetas por aquí, otras tres por allá— que había ido contrayendo con los únicos negocios que me fiaban, el obrador del pan de don Marcial, el boticario, don Justino, al que le compré ungüentos para los sarpullidos que le salieron a Manolillo por el sudor y el calor, o la tienda de ultramarinos de doña Inés.
—Trato hecho —accedí, estrechándole la mano—. Puede llevársela.
Le di permiso al cabrero para que anudara al cuello de la cabra aquella cuerda que llevaba enredada en la mano.
Observé cómo lo hacía, el poco o ningún tacto con el que amarraba a Fina.
Entonces oímos el llanto de Manolillo en su cunita.
Tras haberle dado el pecho, el niño dormía la siesta.
Tal vez lo había despertado el bochorno.
En Cox el sol aprieta como si se hubiera estropeado.
Me apresuré a ir a calmar a mi chiquillo mientras el cabrero me dejaba sobre la mesa del comedor un saquillo con monedas de a duro.
Minutos después, con el niño en brazos, hice visera con la mano y los vi marchar desde el zaguán.
No se había despedido. Si Fina fuera una persona, habría mirado atrás y, supongo, me habría dicho adiós como quien se despide de una amiga.
Decirme: Adiós, Josefina. Siempre me ordeñaste con delicadeza.
Pero la cabra no se giró. Suerte tenía de ser cabra. No existe la guerra en el mundo de las cabras, ni el dinero ni las cárceles. A veces envidio a los animales.