Tu risa me hace libre 41
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—Venga, dinos, ¿acaso eres tú poeta como él? —vociferó en el corro que habíamos formado la veintena de presos que abarrotábamos la celda—. ¿Acaso escribiste Viento del pueblo ?

Manuel Llorente cedió. Nada quedaba ya de mi grandeza pasada salvo el rincón de aquella celda, cuarta galería, primera sala de ese precioso edificio neomudéjar que fue hospital antes que cárcel, y donde aprovechaba las noches para incorporarme sobre las mantas y disponerme a escribir.

Siempre me he preguntado por qué escribo.

En aquel penal aprendí que uno también lo hace para trazar un camino de vuelta.

Un sendero de migas de pan hasta el hogar. Continué:

Aquí se aprende a querer más de lo que ya se quiere a los seres queridos, y yo he aprendido mucho en estos cuatro meses que llevamos separados.

Aquí se aprende, entre otras cosas, a no olvidar nunca al hijo y a la mujer, y se sabe todo lo que valen en la vida.

He comprendido que mientras pueda amaros, nada de lo que me rodea puede vaciarme del todo, y mi satisfacción más grande es verte a ti, Josefina, llena de nuestro hijo, más madre que todas las madres del mundo.

No te querría como te quiero si hubiera visto en ti, si hubiera encontrado en ti una compañera que no fuera capaz de los sufrimientos y los sacrificios de los que has sido tú capaz, además, de la manera más pura y sencilla.

Veo a mi hijo velado y amamantado por ti, y me lleno de serenidad y de alegría.

—¿Escribes a Josefina, Miguel?

Levanté la vista del papel. Asentí, mirándolo por encima del papel. Era la voz de Fernando, que dormitaba a mi lado sobre su petate, que le hacía de improvisada almohada.

—¿Quieres que te lea algo?

Fernando tenía a Fidel Manzanares a un lado; y este, al otro, a Manuel Llorente.

Todos dormían sobre sus petates, solo los veteranos yacían en un jergón de paja.

Ninguno se había despertado salvo mi amigo.

Hice a un lado el lápiz con el que escribía y me dispuse a leerle entre susurros, porque a él le gustaba escucharme recitar, también a Luis, a Fidel Manzanares, a José Luis Villa, a Gerardo González.

Todos ellos formaban parte de mi camarilla, y no tardé en darme cuenta de que incluso en aquella prisión había clases, a pesar de que quienes estábamos ahí defendiéramos en mayor o menor medida la sociedad igualitaria contra la que se habían levantado los militares.

—Eres Miguel Hernández, ¿verdad? —me preguntó el poeta Germán Bleiberg la primera vez que nos vimos en aquel patio—. Si te vienes con nosotros, no tendrás que cumplir ningún servicio en la prisión.

Me ofreció la mano en saludo. Yo sabía quién era.

Bleiberg, de ascendencia germana, había participado en La Barraca con Lorca y publicado algunos sonetos en la Revista de Occidente , pero no habíamos tenido el gusto de conocernos.

Gracias, me limité a decirle, y corrí a Fernando a preguntarle por qué aquel poeta y quienes lo rodeaban no estaban obligados a participar de los oficios.

—Nadie lo sabe, Miguel —me respondió, dando una calada a su cigarrillo—. Algún contacto debe tener ahí afuera. Alguno gordo. Porque, ¿sabes?, él y su pandilla pueden enviar correo las veces que quieran.

Chasqueé la lengua mientras los miraba, a ese grupo de reclusos.

¿Todos los días?, le pregunté a Fernando.

Él asintió. Eso parece. Y dije, Prefiero quedarme con vosotros, no sin antes fantasear con escribirle a Josefina todo cuanto me dieran aquellas noches de desvelo.

Continué escribiendo mientras Fernando salía y entraba del sueño, y yo le recitaba .

Verdaderamente, Josefina, no sé de dónde sacas esa fortaleza que tienes teniendo en cuenta por todo lo que hemos pasado.

Esto para mí tiene un valor muy grande y cada día es más grande mi deseo de conseguirte una felicidad que mereces como ninguna criatura.

Aquí uno descubre que el dolor solo vence cuando consigue que olvidemos por quién seguimos viviendo.

Te pido una vez más ánimo para esperar, para seguir criando a nuestro Manolillo.

Cuando me dices que es más guapo y hermoso cada día, te abrazaría muy fuerte porque eso es obra de tu hermosa sangre, y nada más, querida.

Sí, escribía de noche, aun a riesgo de que me descubrieran, pues lo teníamos prohibido, mientras que durante el día, tras el toque de diana, el desayuno, los cánticos y las misas, me abonaba al estado general de apatía en el que vivíamos allí los reclusos.

La mayor parte del tiempo deambulábamos por el patio.

Éramos todos hombres que veníamos de la actividad frenética de la guerra, del continuo trasiego, Jaén, Badajoz, Guadalajara, Teruel, el Ebro, del frente a casa, de casa al frente, del amor de la mujer y del beso de los hijos a coger de vuelta el tren o la camioneta.

Incluso llegué a pensar que no sabía hacer otra cosa más que eso, escribir a vuelapluma, en la trinchera o en el pequeño puesto de radio de El Altavoz del Frente Sur , hasta que de repente nos tiraron a aquel agujero y nos sumieron en la más absoluta desidia: Las cárceles se arrastran por la humedad del mundo, / van por la tenebrosa vía de los juzgados; / buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen / lo absorben, se lo tragan .

—Como te pillen, te van a volver a castigar —me previno Fidel, que se había desvelado al oírme.

Reí, Anda ya. Tras varios meses de cautiverio ya no temía ninguno de los castigos que habrían de infligirme los carceleros.

De hecho, como una de las sanciones habituales era la de pelarnos la cabeza, decidí llevarla siempre rapada, para adelantarme, aun a sabiendas de que a Josefina no le gustaba cómo me quedaba, que parecía una canica, solía decirme, la cabeza toda redonda de pelao .

El primer castigo que me infringieron fue por jugar al ajedrez con unas piezas de jabón que confeccionó mi amigo Luis Rodríguez Isern, un joven imberbe combatiente casi como de la Quinta del Biberón.

El segundo por hablar cuando no debía. El tercero por esa ducha clandestina de aquella tarde tórrida, otra vez con el bueno de Luis.

¿Y el cuarto? Cómo olvidarlo. El cuarto lo recuerdo bien: había llegado un nuevo oficial a la prisión, uniforme, medallas y pecho palomo, tan erguido que no tardamos en bautizarlo así, el Palomo.

Aquella mañana el Palomo nos ordenó ponernos en fila en el patio.

—¡Reclusos! —gritó, plantado frente a todos nosotros—. Me llamo Javier Ramírez y soy el nuevo oficial al mando de la cuarta galería de la prisión.

Se paseó despacio ante la formación, disfrutando del crujir de botas y del silencio obediente, y luego alzó la voz con una cadencia aprendida, de mitin y sacristía. Entonces nos contó una historia de venganza:

—Habéis llegado aquí porque el nuevo Estado no tolera la escoria.

Porque España ha despertado de la pesadilla roja y ahora se limpia, se purga, se regenera.

La mayor parte de vosotros está a la espera de juicio.

No olvidéis ni un segundo, ¡ni uno!, que ese juicio llegará, y que, mientras tanto, vuestra obligación es arrepentiros, rezar y dar gracias al Caudillo, que con magnanimidad os permite respirar el aire de una patria que no merecéis.

Se detuvo ante un preso de rostro hundido.

Luego ante otro. Les buscaba las miradas, su reverencia, sentirse un sheriff en medio de sus enemigos.

Era curioso ver cómo hinchaban el pecho al hablar de patria.

Yo también había luchado por la patria. Todos los que estábamos presos lo habíamos hecho.

Pero la nuestra era una patria muy distinta, no de banderas ni desfiles ni de coronas ni de fortunas.

La nuestra era una patria de libros, de música, de maestros, de campesinos, de madres.

Sí, era sobre todo la patria de las madres.

En las casas no hay hijos, juventud, viento fuerte, solo madres paradas, arrinconadas, majadas, esperando una carta.

Cuando uno comprende eso, adquiere la guerra otro sentido.

Nosotros habíamos hecho la guerra para no tener que hacerla nunca más.

Alcanzar el oxímoron. Y por eso nuestra patria no era la del tigre devastador, sino la del martillo que crea.

No es una patria de venganza, tampoco de revancha.

Es una patria de alegría, y esa misma idea la escribí en algunos de mis artículos:

Se ha de extirpar de la voluntad popular la mala hierba del espíritu revanchista y vengativo.

No podemos ser víctimas de nuestro rencor.

No debe caber en nuestra patria. No permitiremos que se mire al enemigo con los ojos del rencor, y tendremos que poner en marcha una política previsora, reguladora, moderadora y encauzadora de la alegría popular, que no puede desperdigarse en excesos sangrientos que corrompan su integridad humana.

Moderación: esta es la consigna y la bandera de todos nuestros actos.

Esa era nuestra patria, que, aunque ya no habitaba un territorio, al menos estaba dentro de los que seguíamos con vida. De los que estábamos ahí, en formación. Enfrente estaba la otra:

—¿Lo habéis oído, escoria? Por lo tanto, el camino que habréis de seguir es uno solo: Dios, España y Franco.

Misa diaria. Rosario. Cara al sol con el pecho abierto y la voz firme.

—Escupió a un lado, como si apartara una impureza de su boca—.

Así que dad gracias al Caudillo por la victoria; a la Iglesia por la guía, y a la patria, que es Una, que es Grande y que es Libre. ¿Lo ha entendido todo el mundo?

Gritamos un ¡sí! y luego alzamos el brazo, rígido, enhiesto, como un ciprés.

—¡Arriba España!

Tan arriba que muchos iban a empezar a caer por el precipicio.

—¡Arriba!

El eco del patio devolvió el saludo en un murmullo desigual. Luego empezó a entonar el Cara al sol , y fue él el primer oficial que se dio cuenta de que, al cantar el himno falangista, yo me limitaba a mover los labios.

—¿Y por qué no canta usted?

Hacía zigzag entre los presos cuando se paró junto a mí. Lo miré.

—¿Yo? Claro que canto.

Esbozó una media sonrisa.

—¿Se cree muy listo?

Entonces levantó el brazo y me abofeteó.

—¿Cree que no me he dado cuenta?

No me tiró al suelo: no tenía la fuerza de María Teresa León.

Nos aguantamos la mirada. Sentí que todo el patio ponía sus ojos en nosotros dos.

Todos ellos me habían escuchado ya alentarlos sobre que lo que teníamos que hacer en aquella prisión: no ceder al desánimo.

Y resistir. Esa era la consigna que nos llegaba a los comunistas desde el komintern en el exilio.

Tenemos que resistir, señores, solía decir en el corrillo que se formaba en torno a la acacia del patio, ¡Que no decaiga el ánimo, que es lo que quieren!

El escenario de la guerra no iba a tardar en saltar a suelo europeo, eso nos decían.

La clave era aguardar a que se removiera el avispero, aunque era fácil proclamarlo desde París, Résistez, démocrates espagnols!

, o desde Chile, más difícil hacerlo ahí dentro, con las descargas de fusil que cada amanecer oíamos en el cementerio de La Almudena.

Pero lo intentamos. Vaya si lo hicimos. Cada uno buscando sus alas donde podía; las mías, en las noches de escritura y en los encuentros en el patio con los demás presos.

Tal vez por eso empecé a notar su admiración.

Y la amistad de Fernando, de Luis, de Fidel.

Yo, que venía del frente, pregonando, Cantando espero a la muerte / que hay ruiseñores que cantan / encima de los fusiles / y en medio de las batallas , pasé a dejar pasar el aire de mis pulmones entonando el Cara al sol . Hasta que me descubrió aquel palomo.

—¡Una semana barriendo el patio! ¡Usted solo!

Ese fue mi castigo. Luego volvió a las primeras estrofas del himno y se aseguró de que las seguía mi voz, ¡Volverán banderas victoriosas, al paso alegre de la paz!

, y mientras las entonaba, comprendí que habría de ser la noche, entre el piar de gorriones y el ulular de algún que otro búho, cuando me ponía a escribir, la única patria que aún no me habían arrebatado.

Josefina, está a punto de despuntar el alba y debo dejar de escribirte. Dale a Manolillo todos los besos que no puede darle su padre. Y también a la familia.

Te quiero, te añoro, te deseo, mi nena, mi Josefinilla de mi alma,

M IGUEL