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— In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen .
Era un domingo de primeros de mayo. Había entrado decenas, quizá cientos de veces en aquella catedral, pero entonces era muy distinto, otra Orihuela, una Orihuela nacional, y por eso ya nunca pisé el pueblo de la misma forma, porque yo ya no era yo, Josefina, la hija del Manresa, la del taller de la Calabacica: yo era la mujer del poeta.
— Introibo ad altare Dei .
No conocía al cura que vislumbré a lo lejos, de espaldas, ante el retablo que milagrosamente había sobrevivido a la guerra. Sí que reconocí al otro sentado a su lado; don Luis Almarcha, al que habían restituido como vicario de la diócesis.
— Ad Deum qui lætificat juventutem meam —respondió el monaguillo.
Me persigné con el agua fría de la pila y caminé de puntillas hacia una de las últimas bancadas. Algunas caras se giraron al oírme llegar, pero no pudieron reconocerme por el velo negro que me cubría el cabello y buena parte del rostro.
— Judica me, Deus, et discerne causam meam de gente non sancta ...
Hacía frío y olía a incienso y a la humedad de la piedra, por las lluvias con las que había amanecido el pueblo y que me habían sorprendido llegando a la estación en el primer autobús de La Albaterense que salía aquella mañana.
Mientras nos arrodillábamos, y con el puño nos golpeábamos el pecho diciendo que todo era culpa nuestra, Mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa , miré hacia los feligreses que me rodeaban.
Había familias pudientes y uniformes de Guardia Civil y camisas azules y vestidos negros y alguna mantilla.
No vi a ningún familiar de Miguel, sabía que no iban a misa a la catedral sino al convento de Santo Domingo.
Al terminar la eucaristía me aseguré de que el velo no se me hubiera movido y me dirigí, cabeza gacha, por el pasillo central hacia el presbiterio, donde los sacerdotes habían comenzado a hablar con algunas de las familias que, sabía, solían sentarse en las primeras filas, porque en las cosas del Señor también había distinciones de clase.
Esa frase no es mía, sino de Miguel.
—¿Adónde va? —me frenó una voz.
Me giré hacia aquel sacerdote joven que con firmeza me sujetaba el brazo. Entonces se me movió el velo. Respondí:
—Quiero decirle algo al vicario. Déjeme, por favor.
Yo sabía quién era él, el tal Julio Gutiérrez, pero nunca habíamos hablado. El secretario de la vicaría miró hacia Almarcha, que continuaba en el presbiterio, y luego buscó reconocerme entre los claroscuros de mi rostro. Me preguntó:
—¿Y quién es usted?
Yo no podía mentir en el templo.
—Josefina Manresa.
Supo enseguida quién era al oír mi nombre.
—El vicario ahora no puede atenderla, Josefina. Pida cita en la diócesis.
Miramos los dos hacia Almarcha, que se despedía de los feligreses con los que charlaba para dirigirse con los demás religiosos a la puerta que conducía a la sacristía. Quise zafarme de la mano de Julio, pero no cedía.
—Sí, pero me gustaría decirle que...
Hasta que me cortó el paso con su cuerpo y, con voz tajante, me señaló hacia una de las salidas laterales de la nave, allí por donde poco a poco se había ido marchando el rebaño.
—Don Luis no puede atenderla ahora —me dijo, cortante.
Y yo insistí un par de veces más.
—¡Será solo un momento! —Pero no logré hacerle cambiar de opinión. Con el zarandeo, se me volvió a mover el velo. Y Almarcha ya se había ido.
—Venga, que tenga un buen día.
Salí de la catedral agachando la cabeza y crucé la plaza del Salvador evitando a cualquier oriolano que pudiera distinguirme en esa silueta negra que bordeaba la torre de la catedral en dirección a la plaza de la Anunciación.
No cogí la calle Mayor, sino que serpenteé dando un rodeo para dirigirme a la calle de Arriba.
Junto al palacio del Marqués de Rafal noté que alguien me miraba, tal vez había reconocido mis andares.
Crucé a prisa la plaza de Santa Lucía y subí a la calle de Arriba sin detenerme en la tahona de los Fenoll, de donde seguía viniendo el olor del obrador.
Tampoco levanté la vista en toda la calle, ni tan siquiera al pasar bajo el arco de la Monserrate, aquella que anunciaba que la casa de Miguel quedaba a mano izquierda, entre la Virgen y el convento de Santo Domingo. Llamé a la puerta.
—¿Concheta? —pregunté, pero quien me abrió no fue la mamá, sino el Visenterre—. Hola, don Miguel.
El padre se detuvo durante unos segundos en el umbral, mirándome como si necesitara comprobar que era real.
—¿Josefina? —Y solo entonces se apartó para dejarme pasar—. Entra, mujer.
En la cocina Concheta preparaba el almuerzo.
La saludé quitándome el velo. Había verduras y legumbres en su cocina, un tarro de miel, higos, achicoria como sucedáneo del café.
Era mucho más de lo que teníamos en Cox, de lo que daba nuestro pequeño huerto y las gallinas y la cabra Fina, pero jamás me habría atrevido a pedirle nada a los padres de Miguel, antes me quitaba de comer yo misma.
—Josefina, hija, ¿cómo tú por aquí? —me preguntó Concheta.
Hacía varios meses que no veía a mis suegros. La guerra los había desmejorado, como a tanta gente. Como a mí. Pero yo entonces no tenía la costumbre de buscarme en los espejos. Prefería mirar las fotos.
—¿Y Manuel Miguel? —me preguntó mi suegra, que había dejado de cortar vegetales sobre la pequeña encimera bajo la cual quedaba el horno de leña.
—Lo he dejado en Cox, con mi tía Gertrudis. Prometo que os lo traeré pronto.
Con un gesto me invitó a que tomara asiento a la mesa, pero preferí quedarme de pie, y solo cuando advertí que Vicente cerraba la puerta, eché mano al bolso que llevaba al hombro y saqué la carta que había recibido de Rosal de la Frontera, con aquella letra apresurada, escrita a lápiz e inclinada hacia el margen derecho.
Les dije, con un repentino nudo en la garganta:
—H-ha llegado carta de Miguel. Está detenido.
Concheta soltó un lamento, un ¡ay!, y puso a Dios en sus labios mientras su marido se apresuró a quitarme la misiva de las manos.
—¿Qué dices, hija?
Entonces apareció Vicente, el hermano de Miguel, que habría oído mi llegada desde el huerto, atrás de la casa. Se sacudía las manos en las perneras del pantalón. Al ver el gesto espantado de su madre, ni siquiera me saludó.
—¿Qué ocurre, padre?
—¡Que tu hermano está detenido! —bramó Concheta.
—¿Detenido? ¿Cómo?
Vicente corrió a ver la carta que su padre sostenía, aunque apenas supiera leer.
—En un pueblo de Huelva que hace frontera con Portugal —me apresuré a contestar—. Por lo visto intentaba pasar al país vecino sin documentación.
Concheta volvió a lamentarse, ¡Ay, mi Miguel!, mientras se acercaba a mí y me cogía de las manos como si en ellas pudiera encontrar consuelo. Se las apreté. A pesar de que Miguel fuera ya padre de familia, en aquella casa de la calle de Arriba seguía siendo el hijo mediano de una madre.
—Dice que no nos preocupemos —intenté tranquilizarla, con sus manos todavía entrelazadas a las mías—. Que lo trasladarán a Huelva, pero que no tienen nada grave contra él. Que solo ha sido una imprudencia suya, ya sabéis como es, tan loco a veces.
Entonces don Miguel levantó la vista de la carta y negó con la cabeza mientras clavaba en mis ojos su mirada arrugada.
—Eso es lo que quiere que pienses, Josefina. ¿Acaso no lo conoces ya?
No supe qué responder. Mi única reacción fue apretar aún más las manos de Concheta, como si fuera yo quien la necesitara a ella tras las palabras del padre.
—¿Cómo?
—Fíjate en lo que dice, chiquilla. —Chasqueó la lengua—.
Miguel está pidiendo ayuda. Que se hable con don Luis Almarcha y con quien sea necesario, nos pide.
Pues, ¿sabes qué? Que con Almarcha justamente no ha terminado del todo bien.
Que ha discutido con él, o eso me han dicho.
Y conozco lo suficiente a mi hijo como para saber que no se rebajaría a suplicarle al vicario si no entendiera que no es grave su situación. —Me miró—. ¿Comprendes, Josefina?
Asentí. Cómo no había podido apreciarlo. Siempre había que leer entre líneas a Miguel. En sus cartas y en sus poesías.
—Precisamente vengo de la catedral y he intentado hablar con el vicario, pero no he podido... o no me han dejado —puntualicé.
De pronto Concheta se dirigió a su marido.
—Tienes que ir a verlo, Miguel. A don Luis.
El padre dejó la carta en la mesa y dio un par de pasos mientras refunfuñaba.
—¿A decirle qué? —El gesto duro, el ceño fruncido—.
¿Que me saque de prisión al hijo que se pasó media vida llevándome la contraria?
¿Al que se juntó con gentes que quemaban iglesias y atacaban a los curas?
Eso no se olvida así como así. —Concheta no me soltaba, y a medida que la voz de su marido más se encendía, ella se apretaba más a mí—.
Tú no sabes lo que ha sido para mí ese muchacho.
Siempre con la cabeza llena de pájaros, siempre escribiendo, siempre mirando más allá, como si esta casa se le quedara pequeña.
Y luego vino la República, y las amistades, y las ideas...
Y yo callando, tragando porque era mi hijo. Pero ahora, ¿sabéis lo que os digo?
Pero no dio respuesta a su pregunta. Se detuvo ante la ventana, de espaldas a nosotros, con los hombros tensos, como si la calle, donde había empezado a llover, pudiera darle la clave que no encontraba dentro.
Desde la ventana se veía el convento de Santo Domingo.
Catorce años antes había sacado a su hijo de aquella escuela a pesar del interés de don Ignacio, su maestro, de que siguiera estudiando. A pesar de cuánto lloró Miguelico.
—¿El qué, padre? —rompió el silencio Vicente, que, como todos, seguía aguardando a que don Miguel se manifestara. No será él sino su hijo mayor el que irá al despacho de la vicaría.
Don Miguel se giró y solo entonces comprendí por qué su hijo mediano le había tenido tanto miedo; el miedo de un niño que leía por las noches, el de un estudiante que se resignaba al futuro de las cabras, el de un poeta en familia ganadera. El miedo que yo sentí al oírle gritar:
—¡Que si está detenido es porque se lo ha buscado! ¡Y punto!