39
Volver a Orihuela. Volver, con todo lo que conlleva.
Josefina sostiene la mano de Manolillo, que prefirió sentarse en el asiento junto a la ventanilla.
Ella lo observa con curiosidad porque el niño ha viajado pocas veces en autobús; el pelo revuelto, la sonrisilla, las manos inquietas, la forma en que va preguntándolo todo, ¿Qué es eso?
, señalando al risco que se entrevé en el horizonte. ¿Y eso otro?
El trayecto, que bordea la sierra de Callosa, apenas supera la hora, pero para Josefina dura casi quince años, quince, pues ya se sabe que el tiempo es a veces difuso, que no siempre va hacia adelante.
Volver a Orihuela es ir a cuando aún vivían sus padres y a cuando Miguel aún no llamaba a la lucha armada del pueblo, solo a la de los versos, aquellos con los que pretendía abrirse el camino de la fama.
No será sino cuando la Cruz de la Muela se atisbe más allá de la carretera cuando Josefina contenga el aliento.
Orihuela es Miguel. Lo es cada esquina, cada palmera, cada puente que atraviesa el Segura.
Pero también es quienes le hicieron daño.
Es el rumor. Es el seminario y todo lo que ocurrió ahí arriba.
Efrén Fenoll los espera en la estación. Se saludan.
—¿Qué tal, Josefina? ¿Cómo ha ido el viaje? ¿Se ha portado bien este granujilla? —Remueve la cabellera de Manolillo.
Josefina asiente. Luego observa sus pies caminar por el andén, bajar las escalinatas, pisar el asfalto.
De camino al despacho de José Martínez Arenas, Efrén se esfuerza por hacerle ver cómo ha cambiado Orihuela.
Josefina, que aprieta la mano de su hijo, fije escucharlo mientras no quita ojo a su alrededor.
Sí, Orihuela ha cambiado pero a la vez sigue siendo la misma.
—Ahí está el despacho de nuestro amigo, Josefina —le anuncia el panadero, minutos después.
Llaman al timbre. Quien fue alcalde de Orihuela y diputado en Cortes por Alicante, representando al Partido Conservador, ahora trabaja como abogado en su propio bufete, no muy lejos de la calle Mayor.
Josefina sintió alivio al saber que no pisaría la calle Mayor.
—Buenos días, don José —lo saludan al entrar en el despacho.
Martínez Arenas los invita a tomar asiento frente a su enorme escritorio.
Aunque el abogado ha medrado en el régimen como uno de los hombres eminentes de Orihuela, nunca ha dejado de recordar al poeta de la calle de Arriba.
Ese mismo que, de pronto, ve en la mirada curiosa de su hijo, que se mantiene detrás de las piernas de su madre.
—Yo también fui al Santo Domingo, como tu papá, ¿sabes? —se dirige a Manolillo.
El niño, timorato, no responde. Su madre lo ha ataviado con el traje de los domingos y de las fiestas de guardar, pantalón de pinza, camisa, chaleco, zapatitos negros.
El abogado señala a Efrén para dirigirse entonces a la mujer:
—Creo que mi paisano ya le ha puesto al corriente del ofrecimiento que le hace el colegio y cuya gestión he llevado a cabo con la Caja de Ahorros de Orihuela, ¿no es así?
—Josefina asiente—. Pues sepa usted que los jesuitas le darán a Manuel Miguel la educación que habría debido recibir su padre si no lo hubieran sacado de la escuela.
Sé que Miguel se lamentaba mucho por haber tenido que dejar de estudiar.
Tal vez, señora, habría sido muy diferente su vida de haber podido hacerlo, ¿no cree?
La mira despacio, sin parpadear, como si estuviera midiendo cada una de las reacciones de la mujer, deteniéndose un segundo de más en sus manos, en el gesto contenido de su boca.
No hay dureza abierta en sus ojos, pero sí una curiosidad fría, casi clínica, que la obliga a bajar la vista sin saber muy bien qué responder.
—Es posible, sí...
Tras un silencio, el abogado les ofrece ir a visitar el colegio, donde ha quedado con su director.
Josefina accede. Se pone de pie y coge la mano de su hijo.
Sabe que el convento de Santo Domingo no queda demasiado lejos del despacho de Arenas y que, para llegar hasta allí, habrán de pasar junto a la calle de Arriba.
A esta hora Concheta debería de estar preparándole el almuerzo al Visenterre.
Irá a visitarlos en cuanto salgan del convento, no fuera alguien a decirles que los han visto, a su nuera y a su nieto, caminando por Orihuela.
Al llegar al Santo Domingo, Manolillo esboza un gesto de sorpresa.
Josefina lo ha visto muchas veces, pero para su hijo es la primera; los muros altos, el campanario, el claustro porticado.
Su padre pasó junto a él cientos, miles de veces, primero como alumno, luego como cabrero.
De aquella época, de cuando Miguel estudiaba, no queda ningún docente.
No está ya don Ignacio, del que su marido le habló alguna vez.
El que se dirige a Manolillo es un tal don Sebastián, que examina al chiquillo en una de las aulas con algunos ejercicios de lengua y matemáticas, con preguntas y sonrisas breves.
Josefina espera fuera del aula, sentada, las manos unidas sobre el bolso, como si rezara.
A veces en lugar de rezarle a Dios le reza a su padre.
Ay, papá.
—Está algo atrasado en cuanto a conocimientos y habilidades —le dice don Sebastián tras entrevistar al chiquillo—, pero es inteligente. Y muy despierto.
Josefina sonríe. De vuelta al despacho de Arenas, va diciéndole a Manolillo que no habría podido pasarle nada mejor. Que ahí aprenderá y que de él harán un hombre de provecho como también lo hicieron de su padre aunque no pudiera terminar sus estudios. Ahí fue feliz, su padre.
Al volver a tomar asiento frente a la mesa de don José Arenas, Josefina mira las estanterías con libros y los tomos de derecho y abogacía con elegantes lomos.
A Manolillo no le gusta demasiado leer. A veces Miguel se lo recrimina en la duermevela, que no haya conseguido que el niño lea como él a su edad, a veces robándole horas al sueño y jugándose una reprimenda del Visenterre.
¿Lo conseguirán los jesuitas?
Don José Arenas se acomoda en la silla y pone los codos encima de la mesa.
Le queda corta la camisa, se fija Josefina; las mangas se le recogen más arriba de las muñecas, más de lo que habría de esperarse de un corte clásico como el que lleva, el cuello camisero cerrado con una pequeña trabilla interior.
—Me alegra ver que el chico ha sorprendido a los jesuitas —dice el abogado ante la mirada de Josefina, Manolillo y Efrén, que aguarda al fondo del despacho—. Pero hay una condición, señora. Algo necesario para garantizar que esto funcione.
Saca un documento de uno de los cajones del escritorio y se lo ofrece a Josefina.
—¿Qué es? —pregunta, asomando al papel.
Está redactado a máquina y bajo el mismo figuran las firmas del director de la Caja de Ahorros, del Santo Domingo y del propio Arenas. Hay un hueco para una última signatura. Ella supone que habrá de ser la suya.
—Verá, Josefina. Ha llegado a oídos de Orihuela que está usted pensando en publicar la obra de Miguel tanto fuera como dentro de España.
Sé bien que su marido escribió poesías preciosas, composiciones pastoriles, amorosas, e incluso un auto sacramental.
Cuántas veces me las dio a leer en el Casino del pueblo.
Pero también se equivocó. Usted lo sabrá bien si es mujer sensata y buena cristiana.
Se hace el silencio. Josefina piensa en Vicente Aleixandre, en las gestiones que el escritor sevillano está realizando para ayudarla con los derechos de autor de su marido, en que tiene pendiente decidir entre la proposición de la editorial española Aguilar, que editaría todo lo de Miguel, salvo la poesía de guerra, y la de la argentina Losada, a la que no le afectaría la censura.
En una de sus últimas cartas el poeta sevillano la apremió a que tomara una decisión, pero ella no deja de postergarla.
¿Cómo es posible que de todo se enteren en Orihuela? ¿Cómo?
—Lo que le pido es, básicamente —continúa el abogado, señalándole el documento—, que firme este compromiso por el que se impediría la publicación de Viento del pueblo no solo en América, sino aquí.
No le conviene al pueblo de Orihuela ni tampoco a usted.
Mucho menos a su hijo, Josefina. Si es usted inteligente y firma, no solo evitará que aquellos errores que Miguel cometió sigan mancillando el nombre de quienes lo querían, sino que le dará la oportunidad a Manolillo de labrarse un futuro digno con aquellos que nunca habrían debido de dejar de educar a Miguel.
Si ya con apenas diez años era su padre Emperador de Gramática, ¿adónde podrá llegar su hijo, eh?
Otro silencio. De pronto le vuelven a temblar las manos.
Deben tener memoria, sí. Acordarse de Viento del pueblo , del tacto de la cubierta, del gramaje del papel.
Es el libro del que Miguel se sentía más orgulloso, no tiene duda de eso.
Aquella Navidad en que nació Manuel Ramón llegó a Cox con veinticinco ejemplares, Mira, Josefina, qué fotos tan especiales, le dijo, enseñándole algunas páginas, y ella veía a un niño usando un arado o a un grupo de campesinos empuñando una hoz.
En el baúl con sus iniciales guarda aún varios ejemplares. Es lo que queda, ya no está Miguel ni tampoco Manuel Ramón ni por supuesto aquellas tres mil pesetas que le pagaron al poeta por la edición. Solo la palabra queda. Y el recuerdo.
—¿Qué opina entonces? —Se inquieta don José, incorporándose en la silla—.
Lo que le estamos pidiendo no es mucho en comparación con la vida que podrá ganar su hijo, Josefina.
Además, aquí podrá ser quien es, porque ya sabe que en Orihuela nos conocemos todos.
En el Santo Domingo podrá matricularlo como Manuel Miguel Hernández, y no como lo ha inscrito en la escuela de Elche, ¿no es así?
Se calla aguardando a que la propia Josefina se lo confirme.
Esta mira a su hijo, que juguetea, distraído, con el abrecartas sobre la mesa del abogado. Responde, Sí, es cierto, casi en un murmullo. Manolillo no sabe que consta en el colegio ilicitano como Manuel Miguel Manresa. Así fue como su madre intentó protegerlo para que no sufriera lo de Cox.
—¿Y bien? —se impacienta el abogado.
La mujer vuelve a mirar aquel estante con libros. Luego torna la vista a Manolillo y por último a Efrén, que habrá de decirle luego a Josefina que él no tenía ni idea de qué era lo que en realidad le iban a ofrecer en ese despacho.
Finalmente, coge la mano de Manuel Miguel y se la aprieta, fuerte, firme.
—Lo siento mucho, don José... —¿Habré de arrepentirme algún día de esta decisión?, se pregunta—. Pero no puedo ir en contra de lo que mi marido escribió. Ni de lo que fue. No puedo.
Arenas frunce el ceño. De pronto, algunas personas vienen a la memoria de Josefina.
Es un fogonazo: don Luis Almarcha y una proposición parecida que habría de hacerle en el despacho de la vicaría, o aquel tipo siniestro del Reformatorio de Adultos de Alicante, en el padre Vendrell.
Nombres que habitan un olvido deliberado.
—Reconsidérelo, Josefina, por favor —le insiste Martínez Arenas—. Piense en su hijo. ¿Qué futuro le espera ahí fuera siendo el hijo de un poeta rojo? ¿Acaso quiere que acabe como su padre? En el Santo Domingo lo cuidarán, no tenga duda...
Pero ella ya ha decidido. Mira a Manolillo y se afana por esbozar una sonrisa con la que tranquilizarlo. Entonces se pone de pie. Atrás, Efrén retuerce su sombrero.
—Además —le guiña un ojo a su hijo—, creo que a Manolillo no le ha entusiasmado demasiado ese colegio, por mucho que ahí pueda usar el apellido de su padre. Lo conozco bien como para saber que en ese lugar no será feliz.