38 #2
—Pero, Migué , yo no sé leer —dice Manuela, desdoblando el papelillo para asomar a esos versos que no es capaz de comprender.
Se miran. Se cuela ya el sol por el este.
Nadie de su familia ha ido a la escuela.
Sus hijos apenas saben garabatear su nombre, tal vez algo más la Rosaura, de la que la maestra le dijo que se le daba bien la escritura.
Pero ¿cómo iba a permitirse que su hija mayor perdiera el tiempo en el colegio, con la falta que le hacían sus dos manos?
—Guárdalo, Manuela. Alguien habrá en este pueblo que pueda leértela. Y que sepas que le di a tu marido mi dirección, para que, cuando esté libre, me escribáis a mi casa de Cox. Que me dará mucha alegría saber de vosotros.
Manuela asiente. Advierte cómo al poeta se le ha quebrado la voz, cómo se le humedecen los ojos. Le aprieta las manos esposadas y se inclina hacia él para hablarle al oído. Oye de pronto el primer ladrido de la mañana.
—No llores. No les des el gusto de que te vean llorar, ¿vale?
Miguel quiere decirle que sí. Le tiembla la mandíbula.
Tiene la mirada vidriosa y en sus labios otra palabra de gratitud que apenas deletrea porque se le ha agarrotado en la garganta.
Solo entonces los guardias civiles se le acercan, lo agarran del brazo y lo suben a la batea.
Manuela le grita, ¡Mucha suerte!, y el vehículo maniobra para darle la vuelta a la comandancia y perderse de nuevo en la carretera de Aroche.
Asomado a la baranda de la batea ve alejarse esas manos que dicen adiós.
Tarda algunos segundos en asentarse el polvo en la carretera, para entonces siente el vaivén del motor en los huesos, cada bache como una sacudida que le recuerda que habita un cuerpo.
Aún le duele el costado. Aún le arde el pecho al respirar.
Abre el hatillo. El olor del pan y el chorizo lo embriaga, lo transporta a recuerdos antiguos.
Hace el esfuerzo por contenerse, por no comérselo todo de una vez, por condurarlo.
No quita ojo al paisaje mientras da unos bocados.
Encinas, dehesas, lomas peladas. La sierra que cruzó de noche aparece ahí al fondo, en el horizonte, domesticada por la luz.
La reconoce. Cada piedra parece tener memoria.
Cierra los ojos un momento. Ve a Josefina.
Ve a Manolillo. Se promete escribirles en cuanto pueda.
Se promete muchas cosas. El sueño lo vencerá a ratos, pero no se abandona del todo.
Hay un miedo sordo que lo mantiene alerta.
Todo pasa deprisa y parece detenido al mismo tiempo.
La camioneta frena al fin en una estación pequeña, áspera, de muros gastados y andenes estrechos.
Baja escoltado. El tren en el que habrá de montarse en dirección a Huelva llega poco después, arrastrando su sombra.
Unos pocos viajeros suben, otros bajan. Nadie se mira demasiado, nadie pregunta.
—Llevamos un preso a Huelva.
Miguel se sienta junto a la ventanilla, acompañado del par de agentes, que no le hablan en todo el trayecto.
El convoy arranca con un silbido largo, casi un lamento.
De Huelva lo conducirán a Sevilla, pero no pasarán mucho tiempo allí.
El movimiento es continuo. Entradas y salidas.
Al poco, vuelve a estar de camino. Por suerte podrá escribir a Cox, Josefina, asegúrate de que mandan de Orihuela y Cox los informes mejores sobre mi conducta.
Ya te escribiré desde Madrid, adonde me trasladarán en breve.
Estoy tranquilo y debes estarlo tú también, cariño mío.
Otra vez en un tren, también vigilado. Cuando llega a Madrid es el día 15 de mayo.
La guerra no terminó hace mes y medio, sino un millón de años atrás.
Es de noche, por lo que no ha podido advertir la imponente fachada neomudéjar de la prisión de Torrijos, que fue antes hospital y asilo.
Atrás tiene el patio, que da a la calle que será la de Conde de Peñalver, y donde pasará la mayor parte del tiempo.
—¿Nombre?
El funcionario de la prisión no lo mira a la cara. En la sala de recepción de presidiarios lo registran y lo anotan como quien cataloga un bulto. No hay más palabras que transeúnte, sospechoso, recluso. Responde:
—Miguel Hernández Gilabert.
Le espera la cuarta galería, primera sala.
El cerrojo corre y tras él se cierra la puerta enrejada.
Los carceleros no se despiden de él. Miguel se queda de pie unos segundos sin saber dónde dejar el cuerpo.
Mira alrededor. Otros hombres. Otras sombras.
Un murmullo quedo que no llega a ser conversación.
Se sienta al fin. Apoya la espalda en el muro.
Respira hondo, como si tuviera que aprender de nuevo a hacerlo.
Madrid está ahí fuera, piensa. Terriblemente cerca.
Y, sin embargo, tan lejos como la libertad que se le escapó de las manos en una taberna portuguesa.
Mira por una de las ventanas hasta que una voz lo previene.
—Te aconsejo que no te acerques. No nos dejan asomarnos.
Se gira. No lo reconoce, pero de algo le suena.
Es Fernando Fernández Revuelta, capitán del Ejército de la República y corresponsal del periódico El Socialista .
Habrá de ser uno de sus amigos durante el tiempo que pase en el penal, como Luis Rodríguez Isern, como José Luis Villa, como Fidel Manzanares Muñoz.
—¿Ves aquel puesto de vigilancia de ahí?
—Le señala Fernando, en cuyo rostro afilado la tenue luz que viene del pasillo dibuja sombras ojivales—.
Pues uno de los vigilantes es un sádico al que le gusta probar su puntería con los reclusos que se atreven a mirar por los barrotes.
Hace unos días vimos cómo le volaba la cabeza a un preso en esta misma ventana.
Oímos la descarga y luego los gritos de júbilo de ese hijo de puta, que vociferaba, ¡El melón, le he reventado el melón!
, mientras daba saltos en la atalaya. Tuvimos nosotros que limpiarlo, la sangre, los sesos desparramados por toda la celda.
De hecho, si te fijas bien, todavía quedan restos.
Miguel asiente mientras pasa los dedos por la pared ahí donde le indica el recluso.
En una pequeña grieta advierte una mancha roja.