38
Es la noche todavía. En la única celda de la comandancia de la Guardia Civil de Rosal apenas entra la luz de la farola de la calle.
Dentro, Miguel le habla a Paco. Al otro lado de la pared, tras las rejas del ventanuco, la esposa de su compañero de prisión también participa de la conversación.
Mientras relata su periplo, el poeta manosea un papel que ha cogido de la comandancia.
De pequeño siempre le gustaba hacer papiroflexia.
Quizá ser poeta es una forma de ser artesano.
Tal vez ser ebanista o lutier u orfebre es también una forma de rimar.
Lo de las figurillas de papel le viene de su padre.
Mira, Miguelillo, ahora un caballo, le decía, y el niño intentaba aprender la secuencia tan solo viendo esas manos callosas doblegar aquella hoja.
Y ahora una oveja. Y aquí tienes, un pajarillo.
Venga, inténtalo tú. Todos los recuerdos como ese son de antes de que el Visenterre lo sacara del Santo Domingo.
Su relación con él ya nunca fue la misma.
—En Sevilla esperaba encontrarme primero con el poeta Jorge Guillén y luego con el escritor Joaquín Romero Murube, pero este me pidió que me marchara de la ciudad, que no era seguro, y me puso en la pista de varios amigos suyos que podrían socorrerme, primero en Cádiz, luego en Valverde del Camino, pero ninguno parecía estar en su casa, por mucho que llamara o preguntara por ellos a sus vecinos.
Mi única opción fue pasar a pie a Portugal.
Y así fue como en Moura, Paco, intenté vender mi reloj, ¿comprendes?
No llevaba conmigo demasiadas cosas de valor.
Solo un traje que me había traído de Rusia, un par de libros y ese reloj de oro con el que pretendía pagar el billete a Lisboa.
Miguel levanta la vista del papel que dobla cuidadosamente mientras habla. Oye al otro lado de la pequeña ventana cómo la voz de esa mujer esboza un ¡pobrecito! Paco lo observa con atención desde el catre en el que no ha podido quedarse dormido con el relato del muchacho.
— ¿Y qué pasó luego, Migué ? —Es la voz de Manuela al otro lado.
—En Lisboa buscaba refugio en la Embajada de Chile. Allí esperaría a mi mujer y a mi hijo y los tres embarcaríamos a América. Y estuve muy cerca. Muy cerca. Se me escapó de las manos, la libertad. Ay, si no hubiera sido por aquel tipo de la estación...
Se calla. Ya no podrá olvidar a ese hombre. Su rostro afilado, de cuchillo, la sonrisa desdentada, el brillo de sus ojos de cuervo al ver el reloj. Y el ofrecimiento, Cento e cinquenta escudos , antes de consumar la traición.
—Ay, zagal. —Paco suspira.
Entonces se da cuenta de que el poeta se ha quedado dormido.
El rosaleño se pone en pie y avisa a su mujer para que se vuelva a casa, ¡Hasta mañana, Manuela!
, le grita. Luego se incorpora para arropar al muchacho.
Curioso, coge el papel que el poeta ha estado manipulando.
Tiene el membrete de la Guardia Civil. El día siguiente habrá de escribirle a su esposa, Josefina, con una hoja como esa.
La sostiene en la palma de la mano elevándola para advertir qué forma tiene al trasluz de la ventana.
Es un barquito.
Paco nunca ha visto el mar. Solo el río.
Finalmente vuelve a recostarse en su cama. Ojalá pudiera venirle el sueño también, y navegar como los marineros que en el Chanza echan la red en busca de sustento para su familia. Él no lo encontró en el fondo del río, ese sustento, sino cruzándolo, mochila a cuestas. Esa ha sido su guerra.
El silencio de la noche trae los pasos perdidos del sereno.
Horas después llega el día y el comandante del puesto, Antonio Bueno, ha tenido a bien darle al joven escritor papel para que escriba.
Desde el ventanuco oyen cómo Rosal también despierta.
El poeta redacta su carta sentado sobre el catre, usando la palma de la mano izquierda como improvisado soporte.
Tal vez por eso le salga la letra torcida, o eso ve desde su cama, letras que no sabe interpretar porque nunca ha aprendido a leer.
Qué necesidad tendría de hacerlo un agricultor metido a contrabandista.
—Tengo amigos en Orihuela que podrán interceder por mí, ¿sabes, Paco? —le explica Miguel mientras escribe—. Incluso un alto cargo de la diócesis. He tenido mis más y mis menos con él, pero confío en su ayuda.
El hombre asiente. Al terminar de redactar su misiva, le lanza un silbido al guardia y se la cede por los barrotes.
El día pasará con esa lenta letanía de las prisiones.
Hablarán mucho, callarán también. Esa noche llegará Manuela y ahí, oyéndola por el ventanuco estrecho, recibiendo la comida y la ropa limpia, sentirán que son libres un rato.
Tras cinco días de cautiverio, alguien le confiesa a Manuela que a la mañana del día siguiente habrán de llevarse a uno de los presos de la comandancia al penal de Huelva, y ella teme que sea su marido.
Por eso se plantará ante aquel guardia que hace la ronda de madrugada para preguntarle si es a Francisco Guapo a quien se llevarán al amanecer.
—¿Se llevan a mi marido?
Su gran temor es que Paco acabe en aquella prisión, ahí de donde dicen que no vuelven muchos de los que salen esposados de los pueblos de ribera, porque por mucho que digan en misa o en la comandancia, ella sabe que la guerra continúa aunque por otros medios.
Miran a la penumbra de la calle. El guardia calla.
—¿Sabes algo? Venga, dime —lo apremia, alzando la voz—. Sabes que Paco es un buen hombre. Lo sabes.
El guardia vuelve a mirar en derredor. Da una calada al cigarrillo. El humo espeso bambolea ante su rostro ancho, de facciones gruesas. Entonces cede:
—A Paco lo dejarán en la celda de momento, a la espera de las órdenes que el comandante reciba sobre los presos comunes. Es a ese poeta al que se llevan mañana.
—¿Se llevan al escritor a Huelva?
El guardia chista.
—Ya te he dicho que sí. ¡Venga, vete!
La aparta, ¡Fuera!, y Manuela vuelve sobre sus pasos en el espesor de la noche.
No dormirá hasta el amanecer pensando en el muchacho, ese joven poeta del que Paco habla a través del ventanuco como si fuera ya de la familia.
Dice que dibuja barcos y cabras en la pared con un trozo de tiza, que escribe versos como quien reza sin saber del todo a quién.
Cabrero, se repite Manuela. Cabrero como tantos de por aquí.
Y lo oye reír, a ese chico de cuyos alaridos nadie fue ajeno aquel día en que llegó al puesto fronterizo.
Saldrá de casa al amanecer, decidida a hacer algo por él.
Afuera Rosal duerme todavía. Algún gallo canta, pero no ladran los perros.
Manuela camina despacio, arrecida, el mantón bien sujeto y un hatillo en las manos.
Se detiene junto a la esquina del puesto fronterizo y pone el oído bajo el ventanuco de la celda para oír la respiración de los presos.
La de Paco la reconoce enseguida, cómo no hacerlo, tantas noches dormidas a su lado.
La del poeta la escucha algo después. Espera.
El tiempo se estira como una enredadera.
Entonces oye el motor. La camioneta viene por la carretera que conduce a Aroche, con un traqueteo con el que parece que está a punto de griparse.
Se asoma con el manto cubriéndole la cabellera y observa cómo frena junto al puesto fronterizo.
Luego se bajan un par de guardias civiles, fusil al hombro.
Uno de ellos bosteza. El otro fuma. A recibirlos sale el mismo guardia que le dio a ella el chivatazo.
Se saludan brevemente, Buenos días, el uno; Buenos días, los otros.
Después se disponen a entrar. Manuela da algunos pasos laterales, recorriendo la fachada hasta volver a poner la oreja debajo de la ventana angosta de la celda, donde oye cómo lo despiertan, ¡Venga, Miguel, arriba, que te vienes con nosotros!
Después lo ve. El chico sale entre los dos guardias, las manos atadas, el cuerpo encorvado como una alcayata.
Antes de subirlo a la batea, aguardan. Se encienden otro cigarro.
Esperan a que el guardia rosaleño salga con unos papeles en la mano.
Les ofrece café, pero lo rechazan. Que tienen prisa, dicen, y mientras los agentes firman en unos papeles, Manuela se atreve al fin.
— ¿Migué?
El chico, desde la acera, levanta la cabeza.
—¿Manuela, es usted? —Sonríe al verla—. La reconozco por la voz.
Ella asiente. Sí, soy yo. Tiene razón Paco. Es casi un niño.
Solo entonces advierten su presencia los guardias civiles.
Los dos que han llegado en la camioneta se ponen en alerta, echando mano al fusil.
Pero el guardia rosaleño los frena, diciéndoles, Solo viene a despedirse, mientras con una mirada cómplice le da permiso a Manuela, a quien no le hacen falta palabras para comprender que solo le han dado unos segundos.
Le alarga el hatillo al muchacho. Para que comas algo por el camino, le anuncia. En su interior hay una hogaza de pan y medio chorizo, ese que le había prometido a sus hijos que les daría de comer en cuanto su padre saliera de prisión. Al menos les ha dejado la mitad, se dice.
Miguel duda unos segundos. Tiene la sangre todavía reseca en las mejillas, un meandro bajándole de la comisura, contusiones. Lo coge.
—Gracias, de verdad. —Le brillan los ojos.
Todavía no ladran los perros.
—No tienes que dármelas. Soy yo quien tendría que agradecerte la compañía que le has dado a Paco. No sé yo si ahí solo se habría vuelto majareta.
El joven ríe. Luego miran a los guardias civiles. Uno de ellos apura el cigarrillo. Los otros dos charlan. Entonces Miguel rebusca en su bolsillo y extrae un papel doblado. Se lo ofrece a la mujer ocultándoselo a sus carceleros. Hace unos días tenía la forma de un barco velero.
—Te he escrito una poesía de agradecimiento, Manuela, por todos estos días en que me has atendido sin necesidad alguna, como una madre. Es lo único que puedo darte.
Sostiene el papel. Se rozan las manos de ambos, manos pobres.