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La guerra ya había terminado y, sondeadas todas sus posibilidades, Miguel no tuvo más remedio que intentar buscar refugio en un lugar seguro.
Lo que no sabía es que había para él pocos lugares en España con ese adjetivo.
Yo lo intuía: eran los augurios de la abuela Josefa.
Por eso lo apremié a que se marchara pronto y lejos, por mucho que me doliera verlo coger un tren en la estación de Orihuela, otra vez un andén entre los dos, otra vez las promesas, otra vez las cartas.
También se despidió de Concheta, de sus hermanos, del Visenterre.
Había conseguido un salvoconducto para llegar a la capital hispalense.
Fue gracias a la ayuda de José Antonio Martínez Arenas, no sé si también de Luis Almarcha, aunque dudo que el canónigo moviera un músculo por Miguel.
—En cuanto te escriba, prepara la maleta y sal con Manolillo en el primer autocar o tren que vaya para Sevilla. —Removía la cabellera del niño mientras subía a la escalinata del vagón de tren—. Y de ahí a Lisboa.
Asentí, mirándolo a los ojos, e intenté esbozar una sonrisa para asegurar:
—A Lisboa que iremos, por supuesto.
El 23 de abril me escribió desde Alcázar de San Juan, donde hizo un alto, y firmó aquella carta como Manuel, por si era retenida por algún censor.
Luego partió a Sevilla, y ahí fue donde todo empezó a torcérsele, porque ninguno de los amigos con los que fue a encontrarse en tierras andaluzas pudo o quiso darle cobijo.
De Sevilla partió a Cádiz y de ahí a Huelva.
Entraba el viento del pueblo y todo el mundo cerraba la puerta, y también las ventanas, no fuesen a constiparse.
No supe de Miguel hasta dos semanas después de que nos despidiéramos, cuando ya lo habían detenido en Portugal, en una senda de contrabandistas.
Yo ordeñaba a Fina en el corral cuando oí los dos golpes en la puerta con los que solía llamar el cartero por la mañana.
Me había aprendido la cadencia, de tantas cartas recibidas, ese toctoc, y luego su voz, ¡Correo, señora!
Dejé a medias mi labor en las ubres de la cabra, le hice un gesto a Manolillo, que gateaba en el pajar, tan precoz mi niño, y corrí hacia la puerta confiando en recibir una carta de Miguel en la que me dijera que había alcanzado, al fin, su destino.
Pero lo habían detenido, y me pedía que fuera a hablar con su familia para que lo reclamaran a Orihuela.
Clamé al cielo, ay, por el amor de Dios, di algunos pasos perdidos en el corral y busqué el apoyo de uno de los pilares de la techumbre de paja para no caerme al suelo de bruces.
Releí la carta, que terminaba diciéndome que estaba bien y que confiaba en la justicia del Caudillo, que no era nada grave, una imprudencia nada más.
Pero yo, que había aprendido a leerle entre líneas, advertí enseguida que habría de estar ocurriéndole todo lo contrario a lo que decía, y que si de alguien desconfiaba él a aquellas alturas era de aquel general por cuya victoria había intentado huir de España por la puerta trasera.
No sería sino algún tiempo después cuando Miguel me diera algunos datos difusos de aquel cautiverio, que apenas me sirvieron para armar el puzle de la cadena de infortunios desde que un guardia civil de Callosa lo reconociera.
Ay, Miguelico, ¿cómo habías cometido semejante error?
Entonces alcé la vista de la carta y me encontré con Manolillo, que, con su torpe gateo, venía hacia mí.
Escondí la hoja y me enjugué las lágrimas.
No pasa nada, cariño, le dije, mientras lo aupaba para abrazarme a él, buscando encontrar entre los huecos rollizos de su cuerpo el aroma de su padre.
Luego lo zarandeé sobre mis rodillas para arrancarle una sonrisa.
Mi niño crecería viéndome fingir que el llanto era risa, que lo que me brotaba de los ojos era otra cosa, no lágrimas, que el suspiro era como un bostezo que se quedaba a medio camino.
Volví al corral, recogí el cubo de hojalata con la poca leche que había conseguido y cogí al niño para ir a casa de la tía Gertrudis, no muy lejos de la calle Santa Teresa, porque a ella solía dársele mejor tomar decisiones, aquellas que, sobre todo, requerían de una rápida respuesta como esa que me pedía Miguel: ir a Orihuela a buscar a su padre. Hablar con don Luis Almarcha.
Manolillo se revolvía, ¿No quieres ir a casa de la tita, tesoro?
, cuando oí otra vez dos toques en la puerta, más rudos, más secos, tanto que supe que no era el cartero, que tampoco era Gertrudis, ni la abuela ni una prima, y fue oír aquella voz, ¡Abra, Josefina!
, cuando me di cuenta de que no había sido la primera en leer la carta que Miguel había enviado desde Rosal de la Frontera.
—¿Quién es?
Oculté la misiva en un cajón de la cómoda de la entrada bajo algunas fotos de la familia y un pequeño altar a la Virgen, y tuve intención de dejar al niño en el suelo, pero él se agarró a mi cuello y amenazó con el llanto, y por ello al primero que vio aquel tipo al abrirle fue a Manolillo, el puchero que en sus labios se había interrumpido, y luego me miró a mí, tan rudo, tan seco como había llamado a la puerta, esperando a que fuera yo quien lo reconociera, a él, José Manuel, el Patagorda de Orihuela.
—Buenos días, Josefina. ¿Ibas a alguna parte?
Me quedé paralizada. El niño debió advertir mi rigidez porque tampoco movió un músculo el pobre mío. Junto al Patagorda había un empleado del Ayuntamiento de Cox a quien decían Tono, y que a mí me sonaba porque tenía la edad de uno de mis tíos. Los dos vestían una oportuna camisa azul.
—Dime, Josefina, ¿adónde ibas? —insistió.
El oriolano dio un paso al frente y amenazó con entrar en casa.
Le corté el paso con la mano que Manolillo me dejaba libre.
Se había dejado bigote y el pelo hacia atrás, lo que, junto al uniforme azul, le daban un aire de categoría, de nueva aristocracia española, aunque yo no dejaba de ver en él a aquel chico que cuatro años antes me había ofrecido un paraguas bajo una lluvia intensa.
Bajo el marco de la puerta miré a Tono, buscando, tal vez, la complicidad de mi vecino, pero apenas abrió la boca para corroborar lo que decía el Patagorda, que había ascendido a secretario judicial de Orihuela.
—A casa de mi tía, ¿por qué? —le respondí.
Seguía sin poder sacudirme el recuerdo del chico flacucho y espigado que aspiraba a ser abogado, y al que a punto estuve de decir que sí, abrazando la promesa de la estabilidad oriolana, la de misa y sacristía y verbenas, la que habría de ganar la guerra que se avecinaba a la vuelta de la esquina.
—¿Qué es lo que queréis? —les pregunté.
Manolillo empezó a sollozar en mis brazos. Volví a zarandearlo.
—Vengo desde Orihuela en busca de Miguel —me dijo el Patagorda, mirando por detrás de mí hacia el interior de la casa.
—No está —le respondí, sabiendo que mentían, que habían leído la carta—. Ha ido a Sevilla a ver a un amigo.
El Patagorda rio para sí.
—¡Vaya, qué casualidad! —exclamó.
Tras un silencio espeso, los dos hombres se miraron. Entonces el Patagorda avanzó un paso, con la seguridad de quien está acostumbrado a que se le obedezca, cuerpo erguido, mirada fija y, con una voz firme, me ordenó:
—Pues, en ese caso, entréganos su pistola, vamos.
Planté los pies en el suelo.
—Miguel no ha tenido nunca pistola, José Manuel —respondí enseguida.
—¡Venga ya! —Volvió a reír el Patagorda, irónico, mordaz—. ¿Me vas a decir que un comisario político, alguien que ha estado a las órdenes del Campesino, no tiene pistola?
Y luego se inclinó hacia mí para hablarme al oído mientras mi hijo le ocultaba la cara, asustado, la criatura.
—¿Sabes qué, Josefina? —Esa voz de galán de hace cuatro años, pero tan distinta a la de entonces—.
Esto lo podemos hacer de dos maneras. O nos dejas entrar por las buenas para buscar la pistola, o lo hacemos por las malas.
—Se acercó aún más, le olía el aliento a alcohol, el cuello a perfume—. ¿Me entiendes?
Luego recorrió con el dedo mi mejilla derecha hasta detenerse en los labios, y yo asentí, paralizada, apartándome para que no continuara allí adonde parecía querer dirigir la mano. Allí donde solo había tocado un hombre en el mundo.
—P-pasad —mascullé.
Atravesaron el zaguán y se internaron en casa para ponerlo todo patas arriba, las cómodas, los estantes, los muebles de la cocina, los armarios, la cama, buscando un arma dichosa que yo nunca le vi a Miguel porque, en caso de que la tuviera, la habría dejado siempre en el cuartel o en el puesto de mando, y quise decírselo, pero no me escucharon, ¡Aquí no hay ninguna pistola!
, y tal fue su obcecación por encontrarla que, mientras rebuscaban por todos los rincones y yo tragaba saliva y Manolillo lloraba, pasaron por alto aquello que por seguro habría condenado a mi marido mucho más rápido, mucho más que por cualquier arma de fuego en su casa familiar: sus poesías.
De hecho, abrieron el baúl de mi armario y removieron los fajos de cartas y papeles y fotografías sin comprender qué tenían entre manos.
Eso no les interesaba todavía, por suerte.