Tu risa me hace libre 36 #2
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—¿Sabe a quién oí hablar de injusticias por primera vez?

—le pregunta—. A usted. Sí, porque fue Luis Almarcha la primera persona a la que vi comprometida con los trabajadores desde los sindicatos católicos.

Yo mismo lo vi recriminarles a los patrones que habían de pagar buenos salarios a sus empleados, ¿o no es verdad?

Se lo diré: todo lo que he hecho, don Luis, no ha sido más que para sacar al pueblo del hambre.

De la pobreza. Creer que había un futuro y que estaba ahí, a la mano de los hombres jóvenes que íbamos a la guerra.

Tened presente el hambre, recordad su pasado turbio de capataces que pagaban en plomo. Esto lo escribí en una de mis poesías.

Por un momento parece ser el Miguel del viento del pueblo —piensa Almarcha—, ese del que decían que era capaz de encender a las masas proletarias con sus lecturas y sus discursos.

Le habría encantado verlo a don Luis. Asomarse por el ojo de una cerradura a uno de esos discursos y recitales. Pero jamás se lo diría.

—¿Por qué he venido? —continúa Miguel—. Pues porque creo que todavía me quedan amigos en Orihuela. Amigos como usted. Y que tal vez puedan ayudarme, más allá de que nos separare la política.

Se miran. El vicario vuelve al escritorio y resopla mientras toma asiento.

—¿Me dejas que te cuente algo, Miguel?

El poeta asiente. Vuelve hacia la mesa y se sienta otra vez frente al canónigo. Mira brevemente el crucifijo sobre él. Don Luis se explica.

—Durante la guerra estuve en Barcelona, luego en Valencia y finalmente en Murcia, antes de salir hacia París.

En Murcia permanecí cinco meses escondido en el sótano de una familia cristiana.

Un día vino a comer un señor. Al padre de la familia le pareció lo más conveniente que yo comiera con ellos.

Así no habría oportunidad de levantar sospecha, me dijo.

Me presentó como un tío suyo del pueblo.

Y aquel visitante, ya en la mesa, comenzó a fijarse en mí.

Recuerdo su mirada en mi rostro, en mis manos, que partían el pan con el que acompañábamos el guiso que la señora de la casa había podido cocinar con lo poco que tenía.

Terminada la comida, tomamos café, que en realidad no era sino achicoria.

Di al señor su taza y advertí que hacía por quedarse a solas conmigo.

Empecé a temblar. ¿Y sabes qué fue lo que me dijo?

Que si yo era el canónigo de Orihuela. Que me había reconocido por la forma en que repartí el pan en la mesa.

Supongo que hay gestos que uno los tiene grabados en la sangre.

No dije nada. Luego comentó que era policía.

Sí, policía, como lo oyes, Miguel. Estaba delante de uno de los que tal vez había estado limpiando la ciudad de religiosos.

Tragué saliva y esperé a que me detuviera, a que de buenas a primeras me apuntara con un arma, pero no lo hizo.

Miguel no dice nada. Con los dedos tamborilea en la mesa, también con la suela de sus alpargatas en la moqueta del despacho, sobre sus motivos geométricos.

—No, porque el hombre se apresuró a tranquilizarme, diciéndome, No tema, buen hombre, soy católico.

Y lo que está pasando es una iniquidad. A continuación, me dijo que mi nombre y mi fotografía figuraban en la ficha policial de la comandancia.

Lo reclama el Frente Popular de Orihuela, ¿sabe?

Eso me dijo. Ese mismo Frente Popular al que apoyaba gente como tú quería mi cabeza.

Guarda silencio. Se miran. El poeta hace ademán de rebatirle:

—Yo, don Luis, quería decirle...

—No he terminado todavía. —El canónigo lo silencia con un gesto—.

Lo que el hombre estaba intentando decirme es que tenía que salir de Murcia, que la policía no tardaría en dar conmigo en los registros que se estaban haciendo por barrios.

Así que se ofreció a conseguirme un salvoconducto.

¿Y a que no sabes qué fue lo que me dijo cuando nos despedíamos?

Pues que en cuanto terminara la guerra me asegurara de que nadie olvidara jamás qué había hecho el terror rojo con toda España.

El terror de los anarquistas, de los comunistas, de todo el que apoyara esa República fallida.

—Vuelve a clavarle una mirada inmóvil y severa, los ojos fijos, endurecidos, sin un solo parpadeo—. Eso me dijo, Miguel, ¿sabes?

El poeta asiente. De pronto, se advierte en su rostro un gesto de impaciencia.

—Yo también he visto cosas terribles, ¿sabe, don Luis? ¿Acaso no le han contado qué hizo Yagüe en Badajoz? ¿O Queipo de Llano en Andalucía? ¿O la aviación nazi en Guernica?

Vuelven a mirarse. Tal vez esperaba de Almarcha otras palabras, otras que quizá buscaran aquel perdón del que tanto le había hablado el religioso en aquel pasado ausente que comparten. El perdón. La reconciliación. Poner la otra mejilla.

—Lo que quiero decirte, Miguel, es que ese terror del que me hablaba aquel policía no puede quedar impune. Ese terror del que no son solo culpables unos pocos, sino todos quienes de una forma u otra le disteis sustento.

—Yo no he dado sustento a ningún terror, don L...

Pero Almarcha lo acalla de nuevo.

—No empieces con tus mítines, Miguel. Solo dime a qué has venido.

Porque si vienes a pedirme auxilio, no puedes hacerlo sin arrepentirte de haber apoyado todo eso.

Te conozco desde que eras un crío. Sé que eres un buen chico, aunque apostaras por ideas de las que ahora tienes que renegar.

Poner a disposición del mal todo ese talento, hijo mío, te exigirá mucho sacrificio.

Yo podré ayudarte siempre que lo necesites, pero ya sabes qué es lo que debes hacer.

Miguel aprieta los puños.

—¡No soy un criminal, don Luis! —exclama, con la voz quebrada en algún punto entre la indignación y la necesidad de ser comprendido.

Al oírlo, con ese ademán casi infantil de quien se defiende sin saber muy bien de qué se le acusa, viene a la mente de Almarcha aquel chico que llegaba a este mismo despacho después de discutir con su padre, así, con el orgullo herido, la razón atropellada por la autoridad y la urgencia torpe de explicarse antes de ser condenado.

¡Que no me deja leer por las noches!, decía el muchacho, después del enésimo enfrentamiento con el Visenterre, tras el que a veces venía con algún hematoma en el cuello, en los muslos o en la parte baja de la espalda.

—Yo tampoco lo soy. Y tuve que huir de Orihuela en cuanto empezó la guerra.

Silencio. Miguel le clava los ojos.

—Si usted no se hubiera marchado, yo habría hecho lo posible por ayudarle, don Luis.

Es lo mismo que espero de usted. ¿Sabe? He decidido que iré a Sevilla, con su ayuda o sin ella, don Luis.

Allí tengo amistades. Desde allí quiero dirigirme a algún puerto y poner rumbo a América.

Josefina y Manolillo se reunirán conmigo antes o después.

—Es lo mejor que puedes hacer, muchacho. Marcharte inmediatamente...

Miguel asiente. No ha temido contarle sus planes al canónigo.

Sabe que Almarcha no traicionaría su confianza.

Pero podría llamar a la Benemérita y pedirles que detengan a ese joven por adhesión a la rebelión, que es el delito por el que en toda España están llevándose a decenas de miles de hombres, también mujeres.

Se levantan. Afuera empieza a caer la noche sobre Orihuela.

—Ahora tengo que dejarle, don Luis —le dice comprobando la hora en el reloj de muñeca que le regaló Vicente Aleixandre—. Adiós. Cuídese.

La petición de ayuda se ha quedado en el aire. También la respuesta ambigua del canónigo. El poeta da media vuelta y pisa fuerte hacia la salida. Ahora es el vicario el que se ha quedado sin palabras.

De sus labios cuelga un Adiós, Miguel, que deja en el religioso un profundo pesar.

Repiquetean las campanas de la catedral.

Luego el silencio. Ya en soledad, don Luis coge de nuevo Perito en lunas y lo abre al azar por alguna de sus octavas reales.

Lee, Aunque amargas, y solo por momentos, / tendremos palmas en las manos todos; / palmas, que las mayores en los vientos, / no han de alcanzar, ni ardiendo, los dos codos.

Suspira. Varios días después sabrá que han apresado a su autor cuando intentaba cruzar a Portugal.

Sigue leyendo. ¿Se vería ya en su poesía que acabaría siendo comunista?

¿Le habría enviado Dios alguna señal que él no había sabido interpretar?

Y lo que más lo martiriza: ¿podría él haberlo evitado?

Pero nada ve en esas rimas. Nada. Y se queda dormido contando cabras, de las que algunas recuerda su nombre. Son un eco:

Azucena, Mora, Linda, Lucera…