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—No han tocado nada, como ve, don Luis —le dice Julio, su secretario.
El canónigo ojea al azar algunos de los libros de su biblioteca, esa que sigue siendo todavía la más grande del pueblo.
Posa el dedo sobre Virgilio. Luego sobre san Juan de la Cruz, sobre Teresa de Ávila.
A nadie, ni del Frente Popular ni de los sindicatos obreros ni del komintern del Partido Comunista se le ha ocurrido irrumpir en este lugar durante los años de guerra para desacralizar sus anaqueles: coger por el lomo todos esos libros y sustituir el vacío dejado en los estantes por Marx, Engels o Bakunin.
—Ya veo, ya. Qué sorpresa.
Don Luis ha sobrevivido al dominio rojo y ya solo le aguarda la gloria.
—Entonces, ¿todo bien, no, don Luis?
La gloria: ser procurador en las primeras Cortes del nuevo Estado, tener un asiento como miembro del Consejo del Reino, lograr el obispado de León.
Pero ahora está en su biblioteca, lo está todavía, acaba de entrar y no esperaba que saliera ilesa, él, que ha sido testigo de tantos desmanes.
El orden de las estanterías, las revistas, la pila de papeles, la máquina de escribir Adler, el abrecartas, el tintero, las cabezas griegas y su biblia encuadernada en piel de ternero, todo, la cruz de madera...
Todo en su lugar a pesar de las incautaciones obreras de los saqueos y de la destrucción de los templos, todo igual a pesar de las decenas de religiosos que han perdido la vida en su diócesis, de los presos, de los trabajos forzados.
Fue abrir la puerta de su despacho y verse cinco, diez años atrás, notar menos graduación en su miopía, más pelo en la sienes y menos blanco, más apretada la sotana.
Para don Luis Almarcha, volver a entrar en este lugar es como si la España roja no hubiera sido más que un mal sueño.
—¿Le cogió la guerra en Barcelona, no? —le pregunta el secretario, a quien lo pilló en Albacete visitando a su familia.
—El 18 de julio paseábamos por la ciudad —responde don Luis, y no le es necesario hacer memoria, pues tiene los recuerdos a flor de piel—.
Subíamos al Tibidabo y la vimos desde ahí arriba.
¡Quién nos iba a decir que aquella era la última visita que le hacíamos a la España que al día siguiente habría de sucumbir al terror!
Todo aquello ya ha comenzado a escribirlo en sus memorias, las del cautiverio en lo que él llama dominio rojo y que publicará años después con gran éxito de ventas.
—No puedo olvidar aquellos días, Julio, viendo cómo Barcelona se degradaba desde la ventana del hotel.
Pero lo peor vino luego al conocer el alcance del terror.
A finales de julio tuvimos que abandonar el hospedaje.
Elementos anarquistas, de la FAI y de la CNT, habían comenzado a meter sus narices entre los huéspedes.
A exigir nuestra documentación. Y el destino no fue otro que el sureste, donde, según nos dijeron, todavía no habían comenzado las incautaciones ni los asesinatos.
Don Luis hace una pausa. Mientras habla, pasa las hojas de uno de los libros cuya lectura había dejado a medias aquel mes de julio de 1936. Continúa:
— En un principio pensé en volverme a Orihuela, pero las noticias que llegaban del pueblo eran desalentadoras, y enseguida me previnieron de que no lo hiciera.
Fue entonces cuando decidí ir a Murcia, donde pude encontrar refugio en la casa de una buena familia cristiana, como tantos otros religiosos, y estuve cinco meses escondido allí, en un sótano, celebrando la eucaristía en aquella angosta habitación para los trastos.
De Murcia pasó a Játiva y luego de vuelta a Barcelona, donde trabajó como obrero el tiempo suficiente para conseguir salir del país, adonde fuera, Rumanía, Grecia, Francia, eso sí, sin equipaje, solo un abrigo y el pasaporte, ya se lo dijo el capitán de aquel buque mercante, Nada en las manos, ¿eh?
, cuando lo aceptó como polizón a cambio de quinientas pesetas.
De todo ello hablará en sus memorias sí, y seguirá escribiéndolas en esa máquina Adler a la que a veces se le atascaba la ese y que si todavía no ha decidido cambiar es por la nostalgia.
Esa máquina en la que diez años atrás tecleaba el hijo del Visenterre.
—Por cierto, don Luis. He oído que Miguel Hernández está por Orihuela. Y que quiere verlo. Ha traído el recado a la vicaría José Antonio Martínez Arenas. Dice que le recomendó que hablara con usted porque temía por su vida y quería huir.
El canónigo se mantiene en silencio. Sabe que todos los que de alguna forma u otra se han visto relacionados con el ejército republicano se están proveyendo ya de una salida.
No recuerda la última vez que vio a su antiguo pupilo, a veces los recuerdos de preguerra se le emborronan.
¿Tenía dieciocho o veinticinco años? ¿Acababa de publicar Perito en lunas o el auto sacramental?
—Ya sabe lo que se dice de él en el pueblo, ¿no, don Luis?
Asiente. Claro que lo ha oído. Cómo iba a escapársele algo así.
—Que se alistó voluntario en el Ejército de la República. Que ha sido comisario político. —Hace una pausa—. Y comunista.
Se le agría la voz cada vez que pone al comunismo en sus labios. No puede evitarlo.
—También que se casó con la hija del guardia civil que mataron en Elda, con esa tal Josefina. Y que han tenido dos hijos, pero uno se les murió, que en paz descanse. ¿Querrá verlo, don Luis?
El canónigo recorre con la vista los rincones de la biblioteca como si buscara su presencia, la del chico.
Allí de pie, junto al estante de los tomos enciclopédicos, está él, el poeta pastor, con los ojos encendidos y las manos inquietas, de lomo en lomo.
Viste camisola, pantalón de pana y calza alpargatas.
¿Qué es lo que quieres leer ahora, Miguelico?
, le pregunta al muchacho. Miguel titubea.
Ha terminado con san Juan de la Cruz y con santa Teresa y ahora dice que algo de historia.
Que qué es eso de la Reforma protestante, don Luis, le habría preguntado, y por qué pasamos de un rey austríaco a un Borbón francés.
De pronto el chico tiene veinte y ha escrito un poemario.
Le pide ayuda para publicarlo. Lo ve, ahí frente a la Adler.
Luego vuelve la vista hacia el seminarista.
—Que venga esta tarde.
Julio se apresura a asentir.
—¿Desea algo más, don Luis? —le pregunta, pero Almarcha le pide que se retire.
Luego, ya en soledad, coge una biblia de los estantes y se decide a leer algunos pasajes de las Escrituras.
La tarde lo cogerá en el Levítico, del que ha saltado desde Reyes, también desde el Evangelio de Juan.
Entonces oye el toc, toc, toc en la puerta.
Sabe que es él. Esa llamada tiene la misma cadencia de cuando le venía a visitar Miguelillo.
—¡Adelante! —grita. Se pone en pie y mientras la puerta se abre da algunos pasos hacia el recibidor del despacho para encontrarse con él.
—¿Qué haces aquí, Miguel?
Repara en su gesto cansado, en el pelo corto, las mejillas huesudas, la boca seca. El apretón dura dos, tres segundos, es firme y conserva la fuerza de aquel chico cabrero de entonces. Pero le suda la palma, es firme pero húmedo y tiene miedo, ese apretón.
—¿Por qué no iba a estarlo, don Luis? Yo no tengo nada de lo que ocultarme.
Esboza una sonrisa ladeada mientras toma asiento. Mira a los anaqueles y se deja caer sobre la silla frente al escritorio del canónigo. La Adler le queda a un palmo, y por unos instantes parece tentado de toquetear las teclas, como hiciera entonces. Almarcha lo observa en silencio. Entonces dice:
—Siento mucho lo de tu hijo, que Dios lo tenga en su gloria. Por suerte os ha concedido otro, ¿no es así?
El oriolano asiente.
—Así es, don Luis. Nuestro Manuel Miguel crece sano y fuerte.
El religioso no se ha sentado aún. Bajo la mirada atenta del poeta se dirige a uno de los estantes y posa el dedo en los lomos de los volúmenes hasta dar con el libro que buscaba. Se lo enseña; es Perito en lunas .
—¿Cuánto hace desde que lo publicaste? —Lo hojea—. ¿Seis, siete años? Y parece que ha pasado un mundo, ¿eh, Miguel?
Él se levanta y con un par de tímidos pasos se acerca al vicario.
—Sí, ha pasado mucho tiempo, don Luis. —Mira el ejemplar, todavía en manos del canónigo, de quien costeó su publicación con quinientas pesetas que salieron de su bolsillo—. Estoy seguro de que usted, como yo, piensa en esos años con añoranza, ¿no es así, don Luis?
Le ha señalado el libro, aunque en realidad se refería a todo lo que se quedó en él: el Miguel soñador e ingenuo, el Miguel que no tenía reparos en ser el poeta pastor, el Miguel que iba a ser un gran dramaturgo católico. ¿Dónde están ahora esos Migueles?
Almarcha no responde. Da otro par de pasos y se aleja de Miguel hasta situarse junto al diván en el que tantos libros leyó antes de la guerra. El poeta lo mira delante de la estantería en la que queda el vacío de Perito en lunas .
—¿Sabes una cosa? —dice el canónigo, dejando en la mesilla auxiliar el poemario—.
Que no comprendo cómo se puede añorar el pasado y a la vez querer romper con él apoyando ideologías infames.
—Le clava la mirada, los ojos duros, acusadores—.
He de confesarte que durante este tiempo me he preocupado por saber de ti, y no he dejado de asombrarme sobre cómo era posible que te hubieras hecho comunista, tú, el chico de las poesías pastoriles.
De aquel auto sacramental. Tú. —Podría ordenar que lo detuvieran en ese instante.
Podría—. ¿A qué has venido, si puede saberse?
Miguel se acerca al diván.