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En el mercado se oían muchas cosas. Más aún en la acequia, adonde íbamos a lavar las mujeres.
Y a la salida de misa, cómo no. Yo hacía tiempo que había decidido no participar en los corrillos, temerosa, tal vez, de que alguien dijera algo sobre ese poeta que hacía la guerra para el bando que todo el mundo sabía que perdía.
Fue una mañana, cuando volvía de hacer la compra —que era cada vez más escueta y más cara— cuando alguien dijo que lo había oído por la radio: «Franco entrará en Madrid en unos días».
¿Vivir en paz? Yo no lo tenía tan claro.
¿Cómo ibas a hacerlo, Miguelillo, alma de cántaro?
A veces no sé en qué mundo vivía. No en el que yo habitaba, desde luego.
Durante las siguientes semanas me escribió muy poco y, cuando lo hizo —un par de cartas más desde Madrid—, supe por la forma de su caligrafía que cuando me decía, Todo va bien, nena, en realidad no lo pensaba.
En la última me avisó de que volvía a Cox.
Ahí fue cuando oí a aquel tipo del mercado hablando de que Madrid esperaba a su nuevo caudillo.
Miguel, por supuesto, no me dijo nada de aquello en sus cartas.
Por ejemplo, de los días que pasó en la capital a la espera de que los franquistas pasaran, dormitando entre ruinas, en la ratonera de una ciudad entre dos fuegos, el de los casadistas, aquellos que, me explicó luego, pretendían arrebatar al Partido Comunista el liderazgo del bando republicano para pactar con Franco la rendición, y las tropas de este, que preparaban su entrada en la ciudad.
Tampoco me habló de las gestiones que hizo para que lo acogiera la Embajada de Chile, que no fructificaron, y no me contó todo aquello, pienso, porque en realidad él tenía muy claro a dónde quería ir y sabía que yo le habría dicho que estaba rematadamente loco.
Porque Miguel, seguro, habría de haberse hecho esta pregunta: ¿dónde podía esconderse un poeta comunista en una España que de pronto se cernía sobre él como un ave de presa?
Y se respondió lo siguiente: pues en su casa. Dónde sino en su casa.
El 29 de marzo atravesó el zaguán. Tenía barro en las alpargatas y el uniforme de comisario deshecho.
—Hola, Josefina —oí de pronto a mi espalda.
Yo le daba el pecho a Manolillo. Hacía más de una semana que no tenía noticias suyas y supuse que, o bien habían intervenido el correo, o bien le habían pegado un tiro en la nuca y yacía en alguna cuneta. Me giré.
—¿Miguel?
Estaba ahí plantado, el gesto cansado, las ojeras, la polvareda.
Y tal vez por eso, porque había temido por su vida, me fui hacia él y me cobijé en sus brazos antes de atiborrarlo con todas esas preguntas que no dejaba de hacerme, y que, en realidad, se resumían en una sola, una, la misma que le habrían de hacer, sabría yo luego, los pocos amigos que le quedaban, el embajador de Chile, Cossío: que no se le ocurriera volver al pueblo.
Que se procurara una salida para cuando terminara la guerra. Que huyera.
—Todavía tengo algo de tiempo, Josefina —me dijo con gesto seguro nada más abrazarnos—. Si vengo es para recabar ayuda.
Le di a Manolillo y lo acunó como aquella Navidad primera. Lo había encontrado, decía, más grande y sano, más hermoso. Le sonreía.
—¿Ayuda de quién, Miguel, por el amor de Dios? —le pregunté.
Su hijo lo miraba desde sus brazos con sus ojos despiertos, tal vez extrañado.
—De amigos de Orihuela, nena. A la guerra le deben quedar unas semanas. Es el tiempo suficiente para obtener un salvoconducto que me permita salir del país y luego proveeros de vuestra salida.
Quise creerle. Miguel siempre sonaba muy convincente, y aquellos días de calma que precedieron a la victoria franquista visitó a algunos amigos todavía influyentes, por si podían conseguirle ese salvoconducto que buscaba para cruzar la Península.
Y sé que también fue a ver a don Luis Almarcha —que no hacía mucho había vuelto a la vicaría de Orihuela—, aunque desconozco qué fue lo que hablaron porque Miguel también me ocultó aquel encuentro.
—Todo va bien, nena, no te preocupes —se limitaba a decirme.
Habías entrado en un callejón sin salida, ay, Miguelico.
A primeros de abril supimos que había terminado la guerra. Yo preparaba la comida cuando de pronto se oyeron campanas y luego cohetes y después vítores con los que los vencedores empezaron a celebrar en Cox y en Albatera y en Crevillente y por supuesto en Orihuela.
—¿Qué ha pasado, Miguel? —le pregunté. Él volvía del corral.
Estábamos los dos muy nerviosos y yo me hice un gran corte en un dedo.
—Que ha terminado la guerra, nena.
Aún hoy noto la cicatriz cuando paso los dedos por encima de aquella herida.