Tu risa me hace libre 34
52%

34

Madrid era una ciudad en ruinas. Suerte que una de esas ruinas no era la del edificio de Espasa-Calpe, adonde me dirigía para visitar a José María de Cossío.

Llamé al timbre y aguardé a que abrieran.

Me sorprendió comprobar que fue el propio editor el que me recibió.

Que ya no había conserje, ni secretarias, me dijo, cabizbajo.

Nos abrazamos. Y ya ves, todo aquí es un alborote, continuó, con su retahíla de lamentos, señalando su mesa repleta de papeles, el desorden de los estantes.

Hacía algunos meses que no veía a mi amigo.

Había adelgazado, pero quién no entonces.

Luego me invitó a sentarme ante su escritorio, donde lo había hecho tantas veces antes para hablar de toreros muertos, y me preguntó por la familia, por Josefina, por el niño recién nacido.

Cossío tuvo el detalle de enviarnos una corona de flores para Manuel Ramón, y unas sentidas palabras que hube de agradecerle repetidas veces. Luego, cuando le dije que otro bebé venía en camino, se alegró mucho.

—Pues todo bien, José María —le respondí—. Manuel Miguel tiene ya casi dos meses y un hambre inmensa de vida.

Sí, era vivaz mi niño, reía como su hermano antes de las desdichas, engordaba y requería toda la leche que de los pechos de Josefina saliera, o de las ubres de la cabra Fina, ya a punto de quedarse seca. Era el sol, mi niño, y nosotros girasoles.

Cossío me sonrió mientras se encendía un tabaco de picadura porque el negro, el que él fumaba, hacía mucho que se había dejado de ver por Madrid. Luego preguntó:

—Y el libro nuevo de poemas, ¿cómo va?

Ya le había hablado de él la última vez que nos vimos.

—Se está imprimiendo, José María —respondí—.

En Valencia. Se titula El hombre acecha y sacarán cincuenta mil ejemplares, ahí es nada.

Hace unos días estuve allí revisando con Rafael Pérez las pruebas de imprenta.

En esta ocasión no he querido demasiados artificios, ni que acompañaran al texto imágenes ni ilustraciones.

Ahora prefiero algo más sobrio que Viento del pueblo , presentar la poesía a cuerpo limpio.

Le pediré al impresor que le envíe una copia, ¿de acuerdo?

El escritor asintió. Nunca he podido saber si le llegó.

Algunas semanas más tarde, en cuanto las tropas franquistas entraron en Valencia, supe que una comisión depuradora había ordenado incautar y luego destruir aquellos miles de ejemplares, que habrían de convertirse en pasta de papel.

Cossío dio una calada a su cigarrillo de liar.

—Pues aquí todo es un sálvese quien pueda, ya sabes. Da miedo incluso caminar por la calle, aunque todo parezca muy tranquilo. Están las ratas huyendo y dicen que de un momento a otro la República estallará por los aires. Que hay ruido de sables contra vosotros, los comunistas.

No dije nada. Sí, yo también lo había oído, aunque los mandos del ejército con los que todavía me codeaba, próximos al buró político del partido, el comandante Carlos, el general Líster, todavía se negaban a dar pábulo a los rumores.

Y sí, muchos habían salido ya de España, como Antonio Machado, del que Vicente me había dicho algunos días atrás que había muerto en Collioure, enfermo, triste y solo.

Se habían ido también las Brigadas Internacionales, los corresponsales de guerra y muchos de los poetas extranjeros, como Neruda, pero todavía quedábamos la mayor parte.

Recordé de pronto alguna de esas arengas mías a las milicias, subido a una silla o en el capó de un coche: ¡Hasta el último hombre lucharemos, camaradas!

—Si algo ha podido mantener a la República en guerra, José María, es el Partido Comunista. Eso habrá que debérselo, digo yo —le respondí.

Cossío guardó silencio. Hacía mucho que no hablaba con él y no sabía lo que pensaba entonces.

Tres años de guerra habían dado para que todos cambiáramos de opinión un millón de veces.

Lo cierto es que él nunca abandonó su posición política; era un hombre de derechas, conservador, pero curiosamente respetado por las milicias que tomaron el control de la capital e impusieron lo que vino a llamarse luego el Terror Rojo.

Nunca hubo una saca para él, nunca una checa, y ahí estaba, a punto de terminar la guerra y fumándose lo poco que en Madrid podía fumarse entonces.

Tras algunos segundos, esbocé una sonrisa y me revolví en el asiento, dispuesto a decirle aquello por lo que estaba allí.

—Sé que Josefina me reprochará que le vaya a decir lo siguiente, pero yo confío en usted porque ya nos ayudó una vez, ¿recuerda?

, cuando mataron a mi suegro. Si por algo he querido verlo, José María, es para pedirle que tenga a bien recordar que en Cox se han quedado mi mujer y mi hijo y yo estoy aquí, en Madrid, y que mientras todo esto se aclare y pueda volver a incorporarme a la Espasa, no tendré mayor sustento que el que puedan darme las buenas personas que me rodean, como Vicente, como usted.

Se mantuvo callado Cossío. Suspiró. Advertí cómo se le ablandó la mirada, como si intuyera que yo no iba a poder volver como si nada, como si supiera más de lo que yo sabía. Me dijo, clavándome la mirada:

—Haré lo que pueda, Miguel. Pero si algo puedo recomendarte es que pienses la forma de salir de aquí. No hay nadie que pueda garantizar aquello que se dice, lo de que Franco va a respetar a quienes no tengan delitos de sangre. Si es que no los tienes tú...

Tensé el gesto.

—Claro que no los tengo, José María. ¿Acaso lo duda? Yo lo único que he sido es un soldado. Uno más. ¿O es que va Franco a matar al casi millón de combatientes del Ejército Popular?

Volvió a callarse. Cómo íbamos a saberlo: que en cuanto se vio vencedor de la guerra, el Caudillo promulgó su Ley de Responsabilidades Políticas:

Artículo 1. Se declara la responsabilidad política de las personas, tanto jurídicas como físicas, que desde primero de octubre de mil novecientos treinta y cuatro y antes de dieciocho de julio de mil novecientos treinta y seis contribuyeron a crear o a agravar la subversión de todo orden de que se hizo víctima a España y de aquellas otras que, a partir de la segunda de dichas fechas, se hayan opuesto o se opongan al Movimiento Nacional con actos concretos o con pasividad grave.

Cossío dio una calada más a su cigarrillo, la última, apurando hasta el filtro.

—¿Por qué no vas a hablar con tus amigos de la Alianza de Intelectuales Antifranquistas? —me preguntó de pronto apagando la colilla en un cenicero atestado—. Por lo que sé, Rafael Alberti y María Teresa León siguen aquí todavía.

Asentí. Sí, quizá fuese una buena idea. Hacía mucho también que no me pasaba por aquel palacio, el de los Heredia Spínola. Ahí habrían de tener noticias, alguien que pudiera aclararme algo, un informe de derrumbe al menos. Me puse en pie y le di la mano a Cossío para despedirme.

—Recuerde lo que le he pedido, José María, por favor —le dije.

Él respondió que sí con una breve inclinación de cabeza, tras la que se le resbalaron las gafas por la nariz. Me acompañó a la puerta y nos dijimos adiós.

—Ten cuidado, Miguel, por el amor de Dios.

La próxima vez que nos veríamos yo estaría en prisión.

Me dirigí al palacio de Heredia Spínola, situado en la calle Marqués del Duero, entre la Puerta de Alcalá y la Cibeles.

Para mí era un recorrido habitual, buena parte de la correspondencia que había recibido durante la guerra me llegaba a la sede de la Alianza, aquel edificio que, en los tres años de contienda, había sido residencia de aquellos intelectuales, escritores y artistas que tenían en común la lucha antifascista y la defensa de la República.

Llamé a la puerta y me sacudí el polvo de las perneras y la guerrera del uniforme.

Caía la noche y suspiré. Todavía no se había producido el golpe de Casado, pero ya se barruntaba. Estaba cansado.

—¡Soy Miguel!

En aquel palacio los aliancistas habían editado la revista El Mono Azul , con la que colaboré activamente, habían organizado el congreso de intelectuales de Valencia y ofrecido recitales y conferencias en el frente.

María Teresa León, alma y motor de aquel núcleo de trabajo, había logrado exprimir al máximo los pocos medios disponibles; volcó toda su inventiva y su energía en recaudar fondos para la causa antifascista y, por encima de todo, asumió con rigor la tarea que Josep Renau le había confiado: preservar las obras del Museo del Prado.

—¿Miguel? Qué alegría verte. —Me abrió la puerta Rafael.

El palacio era un enorme caserón de estilo neogótico de medio centenar de habitaciones, con cuadros de Goya y el Greco, tapices antiguos, enormes jarrones de porcelana, sillas originales Luis XV y una biblioteca que ya la hubiera querido Luis Almarcha para sí, quizá la más completa de Madrid, con manuscritos de Lope y Quevedo que sé que mantuvieron en éxtasis a aquellos aliancistas a los que se les dejó husmear entre los volúmenes.

—Pasa, hombre, no te quedes ahí.

Nada más cruzar el vestíbulo, bajo una lámpara de araña y frente a la escalera de mármol que conducía al primer piso, con suelo ajedrezado y un par de armaduras medievales apoyadas en sus pedestales, comencé a oír las voces que venían del salón.

Le señalé a Alberti las dobles puertas de madera noble y le pregunté:

—¿Se celebra algo?

Porque aquella sede, ya lo sabía yo, no solo había sido espacio de cultura durante la guerra, sino también de diversión, ocio y agasajo, recepciones oficiales y fiestas, bailes de máscaras venecianas, vestidos barrocos o trajes de toreros y sevillanas; todo aquello que habían podido encontrar en los armarios de los condes no solo Rafael y María Teresa, sino León Felipe o incluso aquel brabucón de Hemingway.

—Bueno, no hemos empezado todavía, pero ya sabes que lo más divertido de las fiestas son, a veces, los preparativos. —El poeta gaditano rio, buscándome la mirada.

Abrió la puerta del salón. Se acrecentaron las voces.

—¿Cómo que una fiesta?

Habían colocado guirnaldas y tiaras con flores, una larga mesa con canapés, botellas de vino y perdices asadas, que el personal de servicio dejaba sobre el mantel, y buena parte de los asistentes charlaba ya con una copa en la mano.

Había un corrillo de mujeres en torno a María Teresa, que daba órdenes a algunas de ellas con bandejas en las manos, para ultimar los preparativos.

En una pizarra colocada junto a la balconada del salón se podía leer cuál era el motivo de aquella reunión, que el propio Alberti se apresuró a aclararme:

—María Teresa ha preparado un homenaje a la mujer antifascista, Miguel. —Y hubo de notar mi gesto de indignación porque continuó, diciendo—. Es una fiesta pequeña, con lo poco que ha podido reunir.

Guardé silencio. Algunos de los asistentes me saludaron tras reparar en mi presencia. Advertí a José Bergamín entre ellos, pero apenas le correspondí levantando la mano. Yo era el único que vestía uniforme de soldado, los demás, trajes y atuendos de fiesta. De pronto me llevé a Alberti.

—Esto es una vergüenza, Rafael —vociferé en otro de los salones del palacio. Le apretaba el brazo. Él se retiró.

—Pero ¿qué mosca te ha picado?

—¿No os dais cuenta de lo que está pasando, Rafael? —le advertí, visiblemente alterado—. Vosotros con homenajes mientras ahí fuera están muriendo camaradas ¡y se está perdiendo la guerra!

—Pero ¿qué te crees, Miguel? —me respondió el gaditano, levantando la voz—. ¿Que eres el único que sufre por la derrota? Te has creído aquello de poeta del pueblo, ¿no? Aquí lo que hay es gente comprometida y antifascista, como tú. No dudes de nuestro compromiso, ¿eh?

Apreté los dientes.

—Aquí lo que hay, Rafael, es mucha puta y mucho hijo de puta.

Alberti rio para sí. Me señaló el salón:

—¿Cómo te atreves? Tú no sabes lo que María Teresa ha luchado para mantener intacta la moral republicana.

Todo lo que ha tenido que pasar para que a la mujer se la tomara en serio en esta guerra.

¿Y así se lo pagas? Venga —me arengó, zarandeándome del brazo—.

¿A que no tienes cojones de entrar ahí y repetirlo, eh?

Asentí, giré el pomo de la puerta y me dirigí haciendo ruido con las suelas de mis botas hacia aquella pizarra junto al balcón que daba a Marqués del Duero.

Pasé junto a un espejo y advertí brevemente que aquel reflejo no era yo, sino mi padre.

Luego percibí los gestos extrañados en torno a mí, los de los invitados a aquella celebración, el movimiento de sus copas de vino.

—¡Leed todos! —grité mientras cogía la tiza y con la manga de la guerrera borré eso de «Homenaje a la mujer antifascista» para escribir aquello que segundos atrás le había soltado al marinero en tierra .

«Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta».

Se hizo el silencio.

Apenas unas semanas después una parte de los asistentes a aquel homenaje salía de Madrid hacia Elda, no muy lejos de mi Orihuela natal.

La ciudad fue la última capital republicana durante la guerra y ahí les cogió el golpe de Estado de Casado, la persecución anticomunista, el caos último.

Todo ello los empujó a irse de forma apresurada, a que se fletaran cuatro aviones en el pequeño aeródromo de Monóvar con destino a Orán.

Uno de ellos era un Dragón Rapide, pude saber, el mismo tipo de aeronave que trasladó a Franco de Canarias a Tetuán el 19 de julio de 1936.

Alberti y María Teresa iban en él. Junto a ellos también se exilió gran parte de las personalidades comunistas que quedaban en España: Dolores Ibárruri la Pasionaria, Juan Negrín, el ministro Vicente Uribe, el delegado del komintern Stoyán Stepanov, el general Líster. Yo no estaba entre los pasajeros.

—¿Quién ha escrito eso? —oí a mi espalda—. ¿Has sido tú, Miguel?

María Teresa se dirigía hacia mí hecha una furia. Tres años atrás yo había entrado en su casa de la calle Marqués de Urquijo para decirles, a ella y a su marido, que estaba con ellos. Que lo había comprendido todo.

—Pero ¿cómo te atreves?

Alzó el brazo y me propinó una bofetada que, bajo la atenta mirada de todos aquellos antifascistas, me tumbó al suelo.

Volvió a hacerse el silencio.

Ahí terminó la guerra para mí.