Tu risa me hace libre 33
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Miguel pasó el mes de enero con nosotros.

Recuerdo verlo acunar a Manolillo, la deriva de sus pasos acercándolo a la luz del quinqué, las sombras chinescas que aquella lucecilla dibujaban sobre la pared encalada, el vaivén de su cuerpo como una marea.

En sus brazos, arrullado por su papá, el niño se callaba.

La nana que cantaba la habría heredado de su madre Concheta, porque yo no la entonaba así, Duérmete, vida mía, duerme sin pena, porque al pie de la cuna tu madre vela , y ahí estaba yo, la mamá, mirándolos junto a la cuna de madera, esperando a que el sueño le viniera a nuestro Manolillo, Duérmete, niño mío, duerme sin miedo, aunque silben los aires o gruñan los perros .

Iba a escribir mucho Miguel, mucho, embriagado de aquellas emociones, y también compondría alguna canción de cuna como aquella, que a veces me descubro cantándolas, esas nanas viejas, mientras hago las camas o tiendo la ropa, y en el recuerdo no hay desconsuelo sino una tristeza suave, no muerde, calienta, no enfría el recuerdo, solo humedece con dulzura los ojos.

—Mira la cabra en su aposento. ¿Qué estará pensando? Qué lástima que la cabra sea cabra, ¿no, Miguel?

Él tenía al niño en brazos. Lanzó una carcajada.

—A lo mejor ella se compadece de ti por lo mismo, ¿no? Diciendo, qué lástima que Josefina sea persona.

Reí con él, pero Fina no lo hizo. Fina siguió rumiando. A Miguel le gustaba ordeñarla y sacarla de pastoreo, decía que le evocaba su niñez. Creo que fue en una de aquellas conversaciones cuando Miguel me habló por primera vez de salir. De salir de España, me refiero.

—No te preocupes por mí, Josefina. Creo que no durará mucho la guerra, y cuando vuelva a casa, será para vivir en paz y siempre con vosotros.

—Pero entonces torció el gesto—. Y si la cosa se pone fea, nena, nos iremos a América con Manolillo y allí me dedicaré por entero al teatro.

Ahí es donde está el futuro de los escritores, ¿sabes?

El primero que lo supo ver fue Lorca. Pero él no pudo irse. —Y suspiró—. Ay, Federico.

—Anda, dame al niño, que quiere teta —le dije, en un intento de cambiar de tema.

Porque no me atrevía a decirle que tenía miedo, contarle qué oía cuando iba a lavar a la alberca y escuchaba lo que contaban las mujeres, que tras la caída de la Cataluña republicana en manos del ejército franquista se respiraba la derrota de la República, y, con ello, el final de la guerra, y que sabe Dios qué era lo que iba a pasar luego, sobre todo con él.

Miguel se había señalado demasiado, yo no era tonta, con todos esos poemas que llevó al frente y publicó en las revistas, pero no, no me atreví a decírselo, como tampoco lo miré a los ojos para pedirle que no se fuera otra vez, que desertara, que esperase en el pueblo a que la guerra terminara.

Decirle: Quédate aquí, cariño mío.

Decirle: No te montes en ese tren, Miguelico.

¿Por qué no le cogiste de la mano al despedirlo y se lo rogaste, eh, Josefina? ¿Por qué? Ay, qué fácil es hacer esas preguntas ahora.

Él sabía que ya habían perdido para entonces, pero, aun así, seguía luchando.

Se marcharía a Madrid a mediados de febrero.

Franco tomaría la ciudad solo semanas después.

Advertí que él había perdido ya la esperanza por cómo volvimos a yacer la noche antes de su partida.

Nos pudo la urgencia, no esperamos a que pasara el puerperio.

Nunca me hizo el amor como aquella vez, tan tierno, tan atento a cada gesto, y yo me aferré a su espalda y volví a preguntarme por qué no le decía que se quedara, que haríamos el amor cada noche, que tendríamos diez hijos en aquel refugio de Cox ajeno a la guerra.

Se quedó dormido con la mano en mi vientre.

Menos tu vientre, / todo es futuro / fugaz, pasado / baldío, turbio.