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Todo era oscuro menos su vientre. La luz del mundo está en la barriga de las madres.
No hubo ninguna otra certeza a la que me pudiera agarrar en aquellos meses en los que todo se fundía a negro.
Había muerto mi hijo, otro nacía. ¿Cómo era posible que yo hubiera alentado en algún momento la guerra?
Tristes guerras, si no es amor la empresa , escribiría.
¿Cómo haberla creído una oportunidad para que a España llegara al fin la justicia cuando tantas madres sufrirían?
Pasé algunos días más con Josefina, casi siempre abrazado a su barriga.
Le escribí mucho a la figura maternal, tal vez porque todas eran la mía, Concheta, todas la madre de mi hijo.
Todas las madres del mundo / ocultan el vientre, tiemblan, / y quisieran retirarse, / a virginidades ciegas.
A mi niño lo enterramos en Cox los íntimos, ella y yo y unos pocos, De aquí al cementerio, todo / es azul, dorado, límpido.
/ Cuatro pasos, y los muertos. / Cuatro pasos, y los vivos.
/ Límpido, azul y dorado, / se hace allí remoto el hijo, y poco a poco empezamos a despojar las cosas de mi chiquillo del espacio que había habitado, tan breve, flor de un instante, el tiempo, flor de la luz, el relámpago, eso fue él, una flor, Entre las flores te fuiste.
/ Entre las flores me quedo, o quizá fue nuestra elección pensarlo como una primavera, Siento que no quiso ser más allá de flor, tu vida, alguien que volverá algún día como se intuye en el campo yermo el agua, como se siente el recuerdo del mar cuando ha llovido.
—¡Josefina, estoy aquí!
Josefina salía de cuentas a finales de año.
Por nada del mundo me iba a perder el parto, y por ello le pedí al comandante Carlos que me diera aquella Navidad un permiso mayor que el que se les daba a los demás combatientes.
Él ya sabía por lo que habíamos pasado meses atrás y me lo concedió.
Pasé algo más de un mes en Cox, el periodo más largo junto a Josefina desde aquel del palacio de Jaén, y estuve con ella en el parto, le apreté la mano, avisté la cabellera de mi chiquillo en el origen del mundo, y me di cuenta, viéndola empujar bajo las directrices de la comadrona, ¡Ahora, Josefina, vamos!
, que no había guerra en el mundo que lucharan los hombres, ni batalla del Ebro, ni de Teruel ni de Belchite que se asemejara a cuánto sufría una mujer dando a luz.
Nunca tan parecida tu frente al primer cielo.
/ Todo lo abres, todo lo alegras, madre, aurora.
/ Vienen rodando el hijo y el sol. Arcos de anhelo / te impulsan. Eres madre. Sonríe. Ríe. Llora.
—¡Venga, Josefina, un último empujón!
Quizá lo que a los hombres nos falta es algo como eso, ver parir a las mujeres, apretarles la mano, abanicarlas, pedirles que empujen.
Quizá así entenderíamos al fin lo que duele que el hijo de una madre se quede en un campo de batalla, librando la guerra de otros, no la suya.
Quizá así comprendiéramos que todo es confuso y futuro fugaz y pasado baldío menos su vientre, el de una madre, el de Josefina, Todo inseguro, / todo postrero, / polvo sin rumbo, / menos tu vientre.
Manuel Miguel nació el 4 de enero de 1939.
Cuando la partera lo recibió entre sus manos, lo sostuvo un instante en el aire.
¡Es un niño!, nos anunció. Luego lo inclinó sobre una jofaina para dejar que de su boca y su nariz salieran los líquidos que habían estado en ese otro sitio todos esos largos meses.
Entonces volvió a alzarlo, le dio unas palmadas suaves en la espalda, esperando el llanto, y, tras un berreo enérgico, llanto sorprendentemente vivo y resuelto para un ser tan diminuto, lo acercó al pecho de su mamá.
Josefina sonreía, jadeando. Yo lloraba. Al comenzar a mamar se le tiñeron los labios de rosa, luego apareció el color en sus mejillas, en la barbilla, en la frente.
Manolillo chupaba como un cordero lechal.
—¡Cómo mama el niño! —exclamé.
Era la vida, tenaz, abriéndose paso.