Tu risa me hace libre 31
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Manuel Ramón se queda embelesado. Tiene las manitas cerradas sobre sí mismas, como caracolillos metidos en su concha, y los ojos clavados en la cuchara que va del platillo a su boca y vuelve, una y otra vez, como si el mundo fuera para él solo ese recorrido.

A veces vuelvo a ese recuerdo: había conseguido en el mercado de Cox un par de manzanas y le hice un puré que le encantó.

—¡Ta! —dice, y a mí se me escapa la sonrisa.

Tiene un par de puntitos en la encía de abajo, dos dientecillos que asoman en fila.

—¡Ta! —repito yo bajito.

Al decirlo es como si pudiera quedarme a vivir dentro de ese instante.

Y no puedo apartar la mirada de mi niño.

Me encantaba mirarlo, simplemente. Quedarme horas observándolo.

El mundo en su deriva, la guerra, la tempestad, y yo preguntándome ¿qué sentido tiene vivir ahí fuera si puedo quedarme en él?

Quedarme a vivir en sus orejas pequeñas, en la curva suave de sus cejas diminutas, en ese pelo oscuro que se le pega a la coronilla como si se lo hubieran pintado con un pincel.

Quedarme a vivir en la última vez que mi niño comió con esas ganitas.

—¡Ta!

El recuerdo sigue doliendo aunque pasen los años.

Es una herida recién abierta. Tenía seis mesecillos, pero al hacer siete empezó a sufrir cólicos y diarreas.

Como en Cox no había médico —solo un veterinario que a veces trataba la septicemia o los dolores intestinales de los vecinos—, lo llevamos a que lo vieran en Orihuela, lo llevamos incluso a Elche, a un pediatra y a otro, y nos dejamos todo el dinero que a Miguel le pagaron por Viento del pueblo hasta que me vi necesitada de pedirle a la tía Gertrudis, a la abuela.

—Todo lo que necesitéis, Josefina, por el amor de Dios.

Pero ninguna medicación lo aliviaba, no al menos aquella que apenas podíamos encontrar en el mercado negro. Solo la leche condensada. Solo el arroz. Pocas manzanas logré reunir a partir de entonces. Me preguntaba Miguel en sus cartas:

¿Le das leche de bote, de cabra o sustancia de arroz nada más? Voy contando los días del verano para que acabe pronto y verás cómo recobra la carne que ha perdido y mucha más. Dale lavativazos de los buenos, cuida mucho los biberones y no dejes que las moscas se le coman los ojos y la boca.

Los botes de leche condensada se los daban en el Socorro Rojo de Valencia.

A Manuel Ramón le gustaba mucho, hasta que a su padre no pudieron facilitárselos más.

Todo escaseaba ya en la zona roja, también los medicamentos.

Los pocos que había iban para el frente, como si a base de analgésicos y de calmantes y de sulfamidas y de sales de bismuto y de antisépticos se lograra paliar los estragos de una guerra que se perdía.

Me di cuenta enseguida: un combatiente valía más que un bebé cuando había que sostener la lucha.

—Y el niño, ¿cómo está, Josefina?

Miguel venía cada dos o tres semanas, a veces para pasar solo unas horas con nosotros e irse al amanecer del día siguiente en camioneta, o en tren, o incluso a pie hasta Orihuela, tan exigente que era con él la guerra, tanto lo requería.

—Todo lo que come lo echa.

La guerra pasó a ser para él la de nuestro hijo.

Ya nada apenas le importó: todo, los soldados, las trincheras, las balas, los obuses, las órdenes de mando de los comandantes quedaron reducidos a Manuel Ramón.

Y mientras la guerra era Manuel Ramón, yo empecé a suponer que la de ahí fuera, la guerra española, la de las banderas y la ideología y los privilegios de clase, la iban a perder.

En realidad, lo suponía desde finales del año pasado, quizá desde que Miguel volvió de Rusia y lo noté cambiado, tal vez desde que intensificara su producción de poesías de guerra en las distintas revistas del frente, en un intento, quién sabe, de que sus versos pudieran amortiguar la caída.

Nada de eso había ya en las composiciones de El hombre acecha , su nuevo libro, que pudo salvarse de milagro.

No le llegaron a terminar de salir los dientes al chiquillo, aunque se resentía de las encías y aquello agravaba su llanto, que empezó a ser tan desconsolado e insistente que comencé a pensar si no era más que culpa mía, si algo hacía yo mal.

Ay, si pudiera hablarle a la Josefina de entonces, decirle, Nena, claro que no es culpa tuya, pero entonces lo pensaba, tan joven que era, a mis veintiuno, y aquel remordimiento no dejaba de agravárseme a cada carta que recibía de Miguel.

Veo que Manuel Ramón sigue con sus diarreas, que le ha visto el médico y que tú sigues en el mismo estado de desgana, malhumor y vejez.

Josefinilla, mientras sigas empeñada en no comer, en pensar demasiado en todos nosotros, sin pensar en ti misma un poco más, te faltará la alegría y la salud, y a nuestro hijo también le faltarán.

Ea a, ea a, ea, a veces lo calmaba una nana, la cuna de mis brazos, mi vaivén.

Eran solo unos minutos, venirle el sueño, cerrar los ojillos, respirar.

Yo aprovechaba para acurrucarme con él y dejar que también se me vencieran los ojos, pero no tardaba en volver a llorar.

A menudo pienso que sigo en ese bucle, el llanto, el sueño, el hambre.

Al octavo mes se le marcaban las costillas.

Tenía el vientre abombado, la piel apagada, los párpados irritados.

Se quedó desnutrido por completo y se le infectaron las inyecciones que le administraba el practicante con unos bultos del grosor de una naranja.

El practicante se llamaba don Marcial. El niño lloraba cuando lo veía llegar, alejándolo con la mano y abrazándose a mí.

De practicante no tenía nada en realidad, pues era el barbero —ese del que aprendió mi hermano Manolo el oficio— y tenía muy poco trato con los niños.

Si no logra que se quede quieto, señora, será peor, me decía, y yo solo lo calmaba cantándole, como aquella vez ante el fotógrafo de Orihuela.

Luego, al terminar de pincharle, lo sobaba con el dedo pulgar.

Lo tenía negruzco por el tabaco que venía fumando sin importarle la higiene de sus manos.

—¡Límpiese las manos, hombre! —le reprochaba yo con el niño en brazos.

A veces, por las noches, se me vienen sus dedos negros, la jeringuilla, su nauseabundo olor. Aunque en los sueños no se pueda oler, me dijeron una vez, yo lo olía.

—No sea histérica, señora —me respondía él, que no hacía ni caso a lo que le decía, porque venía a los pocos días otra vez apurando su cigarrillo de liar.

Si le hubiera dicho a Miguel que aquel tipo me trataba con tanto desprecio, estoy segura de que lo habría echado de casa a empujones, tan brabucón que era siempre.

O quizá no, ahora que lo pienso, porque aquellos males del hijo lo volvieron tierno, le devolvieron, decía él, a su ser de chiquillo, indefenso, vulnerable.

El 18 de octubre salió a Orihuela a comprar unas inyecciones de Vitamina Lorenci.

Me besó, lo besó. Manuel Ramón falleció al día siguiente.

Cuando su padre volvió a Cox se lo encontró ya amortajado.

—Y el niño, ¿cómo está el niño?

No pudo verlo morir, como tampoco lo había visto nacer solo diez meses antes.

Nunca cumple un año una flor , escribiría.

Y lo cumple bajo tierra; y Miguel se sentó encima de mí y lloró como un niño, y lloramos juntos, las dos cabezas pegadas, su aliento, su calor, mi vientre entre los dos —donde ya crecía Manuel Miguel—, la mirada puesta en aquel cuerpecillo que la abuela Gertrudis había lavado y vestido con faldón blanco y maquillado con esmero para disimular su palidez.

Nuestro hijo estaba hecho de una parte suya y otra mía.

Lo hicimos juntos; lo enterraríamos juntos.

Es difícil pensar que ya no volverás a ver a alguien.

Siempre habrás de vivir en dos lugares al mismo tiempo: uno es aquel en el que se pisa el suelo y se va a la compra y se pagan facturas, y el otro es el lugar del recuerdo, el que devana el tiempo, el que lo recoge como un hilo y da marcha atrás a la rueca, todo con tal de deshacer la madeja de la muerte de Manuel Ramón hasta el momento en que su padre y yo lo concebimos, hasta que nació, hasta que empezó a enfermar.

¿Es posible encontrar el camino de regreso a aquellos momentos?

Lo enterramos en el cementerio del pueblo, la abuela, la tía, las primas, mis hermanos, Miguel y yo.

El niño yacía en una cajita de madera pequeña que el carpintero de Cox se apresuró a fabricarnos, pino, tal vez chopo, nada de herrajes ni ornamento ni barniz, tan solo cal; es a lo que le dio tiempo.

El cura dijo unas breves palabras. Entonces concluyó, diciendo:

—Dios lo ha querido con él.

Al oírlo, tuve el impulso de alzar la voz, decirle que Dios podía haber esperado, que yo lo necesitaba más que nadie en este mundo.

Pero no dije nada. No tenía ya fuerzas ni para eso.

Apreté la mano de Miguel. Oí cómo sollozaba.

Luego todo fue silencio. Nadie sabe muy bien qué decirle a una madre que ha perdido un hijo, para lo que ni siquiera existe una palabra en el diccionario, de la misma forma en que existe la de huérfano.

¿Por qué no te la inventaste, Miguelico?

Algo así como:

filérfano, na . adj. Dicho de una madre o de un padre que ha perdido un hijo y a quien se le ha quedado suspendido el mundo; que vive desde entonces entre lo que fue y lo que ya no puede ser, y arrastra una ausencia que ninguna palabra alcanza a nombrar.

El único consuelo que podíamos tener era que dentro de mí volvía a brotar la primavera, que ahí estaba Manolillo, creciendo en el hogar del hijo que, tal y como Miguel escribiría, había sido sol muerto, anochecido, ausente como la golondrina que esquiva, ay, hijo mío, vivir al pie del hielo.

Me he sentado en el borde de la cama y he abierto el baúl.

Cojo el cuaderno en el que Miguel escribió los poemas del Cancionero y romancero de ausencias .

Ahí está Manuel Ramón. Te has negado a cerrar los ojos, muerto mío, / abiertos ante el cielo como dos golondrinas: / su color coronado de junios, ya es rocío / alejándose a ciertas regiones matutinas.

Le compuso mucho a su hijo. Dicen que escribir es terapéutico.

Para Miguel fue también un diálogo. Tal vez por eso empezó a rimar de adolescente, porque era una forma de comprender el dolor.

Llegar a la simiente, decirle hola y, con suerte, después adiós.

Pero yo no tuve esa suerte. Yo no era poeta.

Lo mío era la costura. Miguel volvió a la guerra, escribió de nuevo para las revistas como El Mono Azul, Pasaremos o Frente Rojo , y yo me quedé con muy poco: sus ropitas, su cunita, su fotografía, esa pena tan grande.

También los recuerdos: Manuel Ramón clava la mirada en la cuchara que va del platillo a su boca y vuelve, una y otra vez, como si el mundo fuera para él solo ese recorrido. Le encanta el puré de manzana.

—¡Ta! —dice, y a mí se me escapa otra vez la sonrisa.