30
Hay veces que no responden las manos. Las manos tienen su propio entendimiento.
Es algo que distinguen por igual barberos, verdugos y costureras, lo sabe bien Josefina.
Quién sabe si, además, tienen memoria las manos.
Si se queda en la yema de los dedos el recuerdo de lo que tocaron, el mapa de las constelaciones de la piel, el pan que amasaron, los abrazos, el cuerpecillo que acunaron.
Si Josefina entera ha aprendido a vivir con la pérdida, cómo no lo habrán hecho también sus manos.
La mujer suspira. Inclina la cabeza sobre el patrón del traje de comunión de marinerito que debe entregar esta semana y contiene la respiración.
El papel está ahí, obediente, pero sus manos no.
Traza una línea y le sale torcida. Borra.
Vuelve a intentar. Nada encaja. Aprieta el lápiz como si pudiera forzarlo.
La cinta métrica se le escurre entre los dedos y cae al suelo.
Hay muchas cosas que la perturban: Manolillo ha vuelto a tener problemas en la escuela, las hermanas Valcárcel, a exigirle mayor rapidez en las entregas —aunque quedaran tan contentas con la última—, y luego está lo de aquel muchacho.
Lo del torero. No ha podido quitarse de la cabeza aquella amenaza a la puerta de casa hace unos días, aquella alusión a su marido, al poeta muerto, y desde entonces, cada vez que oye el timbre, piensa que va a volver a encontrárselo ahí, en el zaguán, con el porte de matador.
Por eso mismo, en cuanto oye que llaman a la puerta, traga saliva y pone a Dios en sus labios. Tiene que citar a Angelita para la última prueba del vestido, pero teme que entonces él venga con ella.
—¿Quién es?
Aguarda algunos segundos.
—¿Josefina? —oye al otro lado.
Se decide a abrir al comprobar que la voz no suena a Tomás Santamaría y se queda paralizada con la mano izquierda aferrada al pomo. La otra juguetea en el bolsillo del delantal con algún retal del traje de comunión. No, no es ese joven torero, el novio de Angelita. Es un fantasma del pasado.
—Hola, Josefina.
Tienen memoria las manos, sí. No por algo se le han agarrotado.
—Espero no molestarte mucho. ¿Puedo pasar?
Efrén Fenoll manosea con nerviosismo el sombrero frente al número 61 de la avenida de la Reina Victoria.
En la calle apenas hay transeúntes. Más allá debe de estar jugando Manolillo, en una de las callejuelas que salen de la avenida.
Mira al recién llegado. Lo escrudiña. Volver a ver a alguien años después es verlo en el hoy y en el ayer.
En el hoy, Efrén tiene la vista cansada y está perdiendo algo de pelo.
En el ayer es el muchacho flaco que iba y venía de la tahona de la calle de Arriba con las manos blancas de harina, aquel al que siempre se le permitía llegar tarde porque la responsabilidad recaía sobre su hermano Carlos.
No, no es un fantasma. Si lo fuera no se vería con la luz solar, esa que ilumina la avenida en este mediodía primaveral.
A los espectros solo se les advierte de noche, con los claroscuros. Ella de noche ve a Miguel.
—Eh, hola, Efrén.
Solo entonces reacciona. Saca la mano del delantal —esa que minutos atrás no le respondía del todo con la aguja y las tijeras— e invita al Fenoll a pasar, Claro, adelante.
Antes de hacerse a un lado, la costurera reprime ese gesto antiguo de acicalarse el pelo y pellizcarse las mejillas ante el espejo, porque no lo ha hecho antes de abrir, como suele.
Tenía la mente puesta en el trajecito, en la repentina torpeza con que estos días la están encontrando sus ocupaciones.
—¿Te apetece algo, Efrén? ¿Un té? ¿Un café? —le pregunta, guiándolo hasta el pequeño salón de la casa, al otro lado del pasillo que conduce al taller de costura.
—No te preocupes, no te robaré mucho tiempo —responde el menor de los Fenoll.
Toman asiento en los sofás del salón. Efrén es uno de los pocos que en Orihuela sabe —junto a su hermano y a la familia de Miguel, aunque quizá también la de Ramón Sijé— que ella ya no vive en Cox, que se mudó de aquel pueblo vendiendo la vieja propiedad que heredó de la abuela Gertrudis para comprar esta casa en Elche.
—Yo venía para hacerte una proposición, Josefina...
Fue precisamente en su casa de Cox, la de Santa Teresa 15, donde se vieron por última vez. Miguel ya no estaba, había muerto hacía solo unos meses. Josefina recuerda bien aquella escena, porque tenerlo delante ahora, a Efrén Fenoll, es volver a aquel encuentro en que supo que corría peligro.
¿Josefina?, también llamó él a la puerta, pero en aquella ocasión no iba solo, lo acompañaba Ramón Pérez Álvarez, uno de los últimos integrantes de aquella tertulia de la tahona de Orihuela, como Efrén, como Jesús Poveda, como Manuel Molina, y quien estuvo preso con Miguel en la última etapa carcelaria de su marido por haber pertenecido al sindicato anarquista de la CNT.
¿Podemos pasar? En este ayer Efrén Fenoll tiene algo más de pelo y mejor color en las mejillas.
La miraron durante algunos segundos hasta que ella reaccionó.
Desde el funeral no se veían. Josefina tenía en el cuerpo la ausencia, la mirada cansada posándose en ellos, Hola, Efrén, como si no estuvieran ahí del todo, sus gestos prestados de cortesía, Claro, adelante.
Finalmente, les permitió el paso y los hombres entraron en la casa hasta asomar al salón, donde Manuel Miguel jugaba con unos muñecos bajo unos estantes con varios tomos de la enciclopedia Sopena, y fotos, muchas fotos.
Ahí estaba Miguel, ahí estaba, en los silencios de esa casa que una vez habitó.
Entonces Ramón, que acababa de salir de prisión, se dirigió a Josefina:
Debes asegurarte de que todo lo de Miguel lo tienes convenientemente guardado, le dijo. Sé que hay mucha gente deseosa de que no vea la luz.
Hablaba con una voz ronca y apenas se le entreveían los ojos detrás de sus gruesas lentes y sobre su nariz judía.
Y había emoción en sus palabras, mucha. Conocía bien una parte de aquellos documentos de los que hablaba, los de la última etapa carcelaria de Miguel, pues él mismo se los hizo llegar a Josefina desde el Reformatorio de Adultos de Alicante.
Eran, por ejemplo, sus últimas poesías, Yo que creí que la luz era mía / precipitado en la sombra me veo ; algún texto, y las cartas de ella, que Miguel guardaba bajo la almohada, Miguel, esposo, ¿cómo estás? Aquí todos echándote de menos.
Josefina no supo muy bien qué responder. Por ello, tras un silencio, se limitó a pedirles que la acompañaran al dormitorio conyugal, no sin antes pedirle a Manolillo que los esperara ahí, con sus juegos, el muñeco de trapo bamboleándose, y luego el otro.
Ya en el dormitorio —una Virgen arriba del cabecero, un tocador, un ropero—, Josefina abrió el armario, apartó varios montones de ropa y sacó el viejo baúl que le regaló su madre, con las iniciales JM y donde supuestamente guardaba la ropa de cama, algo deteriorado, rota una de sus hebillas, desgastada la piel de su montura, pero lo que se encontraba dentro, lo que ocultaba, se mantenía intacto.
Josefina había decidido darle otro uso, lo abrió y le pidió a los dos hombres que se asomaran a lo que contenía.
Ahí estaban casi todas las cosas de Miguel, la mayoría de la correspondencia que cruzaron, aunque no las fotografías.
Apartó con cuidado el pañuelo que cubría el primer montón de cartas, sujeto en un haz que ella misma anudó con un cordón, y se lo ofreció a Ramón.
Ella misma bordó aquel pañuelo en la escuela, de pequeña.
Fue en la clase de Sus Labores y aquella confección le valió una reprimenda de sor Ignacia, pues a esta de nada le sirvieron las cenefas, las estrellas, el abecedario con las letras minúscula y mayúscula, ante el error que había cometido en la esquina inferior del paño, donde la niña escribió: «Lo hico Josefina Manresa en 1927».
Así decía, lo hico , y la monja se enfadó porque no quiso corregirlo.
Desde chiquita ya le hablaba así el tiempo a Josefina, la aguja arriba y abajo, con el sobrehilado, con los pespuntes.
¿Aquí está todo?, preguntó Ramón. La mujer asintió mientras sacaba de debajo de la cama la caja de galletas.
También aquí, dijo, abriendo la tapa para dejarles ver su contenido: varias decenas de fotografías.
Ramón ojeó algunas de ellas mientras Efrén le pedía permiso para curiosear en el baúl, cuyo contenido Josefina, por aquel entonces, no había reparado en ordenar demasiado.
El oriolano lo colocó sobre la cama y miró dentro.
Durante algunos minutos, Miguel les habló desde aquellos papeles.
Escúchame, Josefina..., Ramón levantó la vista del papel manuscrito que leía, Hay mucha gente interesada en que el recuerdo de Miguel desaparezca.
Ella no habrá de olvidar las palabras de aquel hombre que, junto a un puñado de presos, portó el féretro de Miguel a la salida de la cárcel de Alicante.
Cómo olvidar tampoco aquel sol.
Ni yo ni quienes le conocimos podremos olvidarlo jamás, continuó el expresidiario, Créeme, jamás.
Pero lo que pretenden es que ni la generación de tu hijo ni aquellas que hubiesen de venir después de él sepan quién fue Miguel Hernández.
Eso es lo que quieren. Yo he sido consciente desde la cárcel.
Esa es la forma en la que el régimen de Franco quiere construir el futuro.
Frente a todo eso, lo que tú tienes aquí es un tesoro.
Es su legado material. Guárdalo todo con mucho cuidado, algún día habremos de necesitarlo.
Y ante la más mínima sospecha, ten siempre a tu disposición algún lugar al que trasladarlo.
Josefina no respondió, no porque no supiera qué decirle al compañero de prisión de Miguel, sino porque miraba aquellos pétalos disecados y negruzcos que, de pronto, habían surgido de algunos de los sobres.
Guardó silencio. Los miraba. Solo ella sabía qué significaban.
¿Lo has comprendido, Josefina? Ser una guardiana: ese era su destino, Sí, asintió, y entonces supo que tendría que marcharse de Cox más pronto que tarde, vender su vieja casa de la calle Santa Teresa y mudarse tal vez a Alicante, a Elche o a Murcia.
Ahora, en la casa que desde unos meses habita en la ciudad ilicitana, donde finalmente decidió afincarse junto a su hijo, vuelve a tener delante a Efrén.
—¿Una proposición?
—Sí, Josefina. —Efrén Fenoll, sentado frente a ella, se cruza de piernas. Es como si lo viera con las manos llenas de harina todavía.
—¿Sobre qué?
—Lo que vengo a decirte lo hago por intermediación de José Martínez Arenas, que, como sabes, fue amigo de Miguel.
Al colegio Santo Domingo ha llegado el rumor de que a Manuel Miguel no le va demasiado bien en la escuela de aquí, de Elche.
Y ahí todavía guardan un recuerdo grato de su padre, Josefina.
De aquel chico que con apenas quince años era uno de los mejores estudiantes que habían pasado por sus aulas.
Por eso José ha hablado con la Caja de Ahorros de Nuestra Señora de Monserrate de Orihuela, con el señor García Roger, para que costeen los gastos del internamiento de tu hijo en el Santo Domingo.
Josefina tarda unos segundos en responder.
La noticia le entra por las manos y luego sube despacio, como un calor prudente, hasta el pecho.
Baja la vista, entrelaza los dedos, los separa.
Piensa en Manolillo, en los cuadernos mal cosidos, en las cuentas que se le atraviesan, en ese gesto suyo de bajar la cabeza cuando algo no le sale, en los reproches con los que llega siempre de la escuela.
Piensa también en Miguel. Que estudie el niño, Josefina.
Que haga carrera. Eso le decía en sus cartas.
—¿Internarlo en el Santo Domingo? —repite.
Efrén asiente.
—La Caja correría con los gastos. Todos.
Alojamiento, estudios, lo necesario. Arenas cree que es lo mejor para el niño.
Si quieres, puedo acompañarte a la entrevista con el director de la escuela.
—Sonríe, convencido quizá de que la proposición que lleva a Elche desde Orihuela hará feliz a la viuda de su viejo amigo—.
Allí tendría disciplina, Josefina, estudios, y ese futuro por el que sé que su padre luchó para él.
Para el hijo será la paz que estoy forjando , eso escribió Miguel en su «Canción del esposo soldado».
Ha venido a la memoria de Josefina ese poema después de mucho.
La mujer titubea. Nerviosa, se levanta y va hasta la ventana del salón.
En la calle ve pasar a una mujer con unas bolsas de la compra.
Entonces oye a lo lejos una pelota golpeando un muro.
Es el sonido que buscaba. Manolillo sigue jugando en alguna parte de la avenida.
Y al fin en océano de irremediables huesos / tu corazón y el mío naufragarán, quedando / una mujer y un hombre gastados por los besos. Así concluía aquella composición de su marido.
—Miguel quería que estudiara —dice al fin, casi para sí—. Siempre lo quiso.
No añade nada más, pero en su cabeza resuenan aquellas cartas escritas desde la cárcel, los futuros que su padre dibujaba para el niño como quien abre ventanas: diplomático, arquitecto, ingeniero.
Oficios limpios, le decía, lejos del hambre.
Se gira y mira a Efrén Fenoll, que continúa sentado en el sofá, ese mismo que se trajo de la casa de Cox en la camioneta de su primo Francisco.
—Está bien —accede, aunque hubo una vez en que se prometió que no volvería a pisar Orihuela—. Vayamos.