29
No le hicimos una fotografía a Manuel Ramón hasta que cumplió los seis meses.
Me la había pedido su padre, para tenerla en el frente.
Era un niño inquieto y juguetón, y en Cox había un dicho: «Los niños de medio año, el culo en el suelo y el pan en la mano»; pero él no se quedaba sentado, zarandeaba, me buscaba la teta, hacía el intento de trepar hasta mis brazos, y aquel fotógrafo de Orihuela no parecía demasiado paciente con los niños.
—¿No se queda sentadito el chiquillo, señora?
Si no le gustan los niños, dedíquese a otra cosa, vamos, es lo que pienso yo.
Aquel hombre tenía el estudio en una buhardilla, abajo una tienda de muebles, no muy lejos de Tejidos Alhambra, la tienda de los padres de Ramón Sijé.
Me habían dicho que hacía fotografías al minuto, que no habría de esperar una o incluso dos semanas para el revelado.
Manuel Ramón se removía en mis brazos, inquieto.
Lo había vestido con una blusita clara, de hilo fino, cerrada por delante con tres o cuatro botones pequeños que le subían hasta el cuello, parecía una margarita con sus pétalos de tela.
En las piernas llevaba un pantaloncito a juego, también de la misma tela, que compré precisamente en la tienda de los Marín, no en Cox, porque hasta allí no llegaba el hilo fino.
Se le quedaban al aire los muslillos delgados, desnudos hasta toparse con los patuquitos de algodón blanco.
Estaba hermoso mi hombretón. No llevaba nada más para la foto, ni gorro, ni chaquetilla ni zapatos porque era verano, cumplía seis meses y Miguel me había insistido varias veces desde el frente que le enviara una estampa del chiquillo.
Cómo negarle aquella fotografía: había empezado a sufrir fatiga y dolores de cabeza, ay, Miguelico.
Incluso lo recluyeron durante unas semanas en un hotel de reposo para combatientes de Benicàssim, que bien falta le hacía algo de reposo, pues desde que volviera de Rusia no dejó de multiplicarse por los frentes, en todos lo reclamaban para que leyera sus poesías o escribiera sus crónicas, hoy aquí, mañana allá, en camioneta, a caballo, a pie, cada vez más exhausto, como si creyera, o eso me parecía a mí, que con su esfuerzo era suficiente para ganar la guerra, como si dependiera de quien más lo mereciera.
—No, no se queda sentado el granuja —le respondí al fotógrafo con una risa nerviosa—. Pero mire, si es usted rápido con la cámara, yo lo dejo ahí puestecito en el borde y aparto la mano cuando me diga, por si saliera.
Aceptó a regañadientes, me pidió que lo pusiera encima de la mesa y se colocó detrás de la cámara haciendo una señal con la mano izquierda. Uno, dos, tres, ¡foto! Pero el niño lloró, como si se hubiera activado un resorte en cuanto me separé de su lado. Era el segundo intento.
El fotógrafo chasqueó la lengua.
—La sesión de fotos da para tres disparos, señora. Si no colabora el niño en la siguiente, tendrá que pagar las fotos de más que se hagan aparte de las veinticinco pesetas.
Asentí. Le pedí que aguardara un momento, me aparté con el niño y empecé a cantarle porque mi voz lo tranquilizaba, ea a, ea a, ea, y recordé de pronto cómo Miguel se rio la primera vez que me oyó cantar en nuestra habitación de Cox, Manuel Ramón recién nacido, su llanto insistente y en mis labios la canción de Marianita Pineda, una de aquellas con cuya copla me había quedado tras pasar por la fábrica de la seda, tan mocita, Marianita, declara, declara, que si no morirás, morirás , y al oírme el bebé calló, Si declaro moriremos muchos y si no, moriré yo na más .
Miguel escuchaba tras la puerta, asomó su cabecilla pelona y me dijo con sorna, ¿Que estabas esperando a ser madre para cantar?
Y yo cerré la puerta oyendo cómo reía tras el madero.
—Señora, no tengo toda la mañana.
Manuel Ramón se había calmado en mis brazos.
Ya estaba enfermo el pobre mío. Volvimos a intentarlo, lo coloqué encima de aquella mesa, le puse en las manos el reborde de la tela de su camisilla, pues a él le gustaba toquetear las telas —e incluso llevárselas a la boca—, y me aparté justo cuando el fotógrafo me indicó.
Entonces sí, el niño se quedó sentado, dos, tres segundos, y el disparo sirvió.
De Manuel Ramón solo conservo esa fotografía.
Sus piernecillas al aire, sus manos amasando la blusa, su gesto espantado, tan poco natural, con lo hermoso que era mi chiquillo, con sus ojos enormes y sus pestañas.
Volveríamos a Cox en el autocar, Manuel Ramón en mis brazos, juguetón, la fotografía dentro del bolso.
A los Marín no les gustó demasiado el resultado, No le hace mucha justicia a este chiquillo tan guapo, me dijo la madre de Pepillo cuando entré en su tienda para despedirme, pero no tenía las veinticinco pesetas para una nueva sesión, en la que, tal vez, hubiéramos inmortalizado su sonrisa, esa de galán que tenía.
Podría habérselas pedido a Pura, pero no era yo de limosnas, me librase Dios.
—Dale recuerdos a Miguel, querida. Y salud. —Nos dijimos adiós.
Miro a menudo su fotografía, la de Manuel Ramón, la busco en la caja de galletas de las estampas, me recreo en su gesto amedrentado.
Tardé unos minutos en darme cuenta de que en el autobús hacia Cox una mujer me miraba.
Ya habíamos salido de Orihuela. Tenía el pelo blanco, la cara huesuda e iba de luto, como yo, como la mayor parte de las mujeres de entonces, si no todas: ¿a quién no se le había muerto alguien?
Era una vecina de mi tía Gertrudis, sentada en el asiento al otro lado del pasillo.
Le decían la Coneja. Yo le había comprado huevos alguna vez, sobre todo cuando tuvimos en horas bajas el corral, con aquel gallo que estresaba a las gallinas.
La mujer terminó por romper el silencio del autocar, solo se oía el traqueteo de la carretera, con sus resaltes y sus baches, para decirme:
—Estás encinta otra vé , ¿no, querida?
Me señaló al vientre. Todavía no se advertía nada bajo el vestido. ¿Cómo?, le pregunté, y miré a un lado y al otro por si alguien más la hubiera oído, porque lo sabía muy poca gente y yo lo intentaba ocultar. Ni siquiera lo sabía Miguel.
—¿Sabes cómo te lo he notao , muchacha? Por el brillo en tu mirá .
—Aparté la vista, todavía ruborizada, pero ella me cogió de la barbilla y me buscó los ojos, ese brillo del que hablaba—.
Y, a ver, déjame que mire la luz de tu cara.
Sí, ya sé. Vas a tener otro niño, ¿lo sabes, querida?
Sí, un machito. —Le escrudiñó la cabellera a mi hijo, buscándole los remolinos del pelo mientras le hacía carantoñas con la otra mano—.
Sí, va a ser otro niño. Mira, tiene un remolino solo.
Pero ¡ah! Espera, aquí tiene otro remolino.
Y está además invertido. Eso significa, muchacha, que la siguiente barriga que tengas será niña.
Y yo de barrigas entiendo, hazme caso, ¿eh?
No pude evitar sonreír, ruborizada. Así que la niña no vendría hasta el tercer embarazo, o eso me vaticinó la Coneja.
Si por Miguel hubiera sido, la habríamos tenido enseguida.
Cuando venía a Cox de permiso del frente, lo que más quería, tras acostar al niño y aguardar a que yo rezara mis oraciones, era despojarme de la ropa de luto y recorrer con sus manos la desnudez de mi cuerpo.
Era una tormenta Miguel. Un vendaval. Cuánto ansiaba mi cuerpo, ay, a veces incluso me incomodaba, y me hacía la esquiva, pero a él más le gustaba, o eso parecía, devorarme, poseerme, poblar mi vientre de sementera.
Miguel lo sabía desde algunos días atrás.
Era una noche calurosa aquella, la recuerdo.
Teníamos la ventana abierta y entraba la brisa.
Al otro lado de la cama dormía Manuel Ramón.
Había estado llorando buena parte del día por los cólicos, y por fin había logrado dormirse.
Nos abrazamos y yacimos con el ardor de las primeras veces, el de aquel hotel de Alicante frente al mar, el del lecho del palacio de Jaén. Entonces se lo dije:
—Estoy embarazada, Miguel. Otra vez.
Él comenzó a dar saltos de alegría.
—¡Va a ser una niña, ya verás! —Y me abrazó y me cubrió de besos.
A partir de entonces, por carta, no dejaría de hablarme de ella:
¿Cómo va la niña? ¿Se mueve tanto como se movía Manuel Ramón?
Debe de ser más parada que el niño, más tranquila.
¿Ves? Ya empieza a parecerse a ti en algo, Josefinilla.
Sacará tu pelo y tus ojos, y tus pies y tus manos, tan bonita como su madre.
La llamaremos Josefina, como su madre, como su abuela, como su bisabuela.
El autobús arribaba al apeadero de Cox cuando la Coneja volvió a preguntarme por el embarazo.
—Estás ya de doce semanas por lo menos, ¿a que sí? Y dime, ¿cuánto se van a llevá los hermanos? A ver, déjame que lo adivine...
Sin esperar a que yo le respondiera, comenzó a hacer cuentas con los dedos, diez, once, doce, y tras unos segundos se aventuró a dar una cantidad, Catorce meses, querida, dijo, y yo asentí asombrada, porque eran las mismas cuentas que había hecho con mi tía Gertrudis, partiendo, como solía hacerse entonces, de la última falta y de la luna llena, y que luego hubo de ratificar el médico de Callosa, que me habría dicho, Para finales de año o principios del que viene estará.
No en vano sabía la Coneja mucho de embarazos.
Tuvo siete hijos muy seguidos, uno detrás de otro, hasta que, me contó mi tía, la coz que le dio una burra le malogró la octava barriga y ya no volvió a concebir.
Manuel Ramón se movió, inquieto, en mi regazo.
Puse el pie derecho de puntillas y simulé el sube y baja de un caballito, que tranquilizó a la criatura. Ya estábamos llegando al pueblo.
—Pues si sigues a ese ritmo, chiquilla, vas a repoblar España tú sola. —Rio, dejando al descubierto el hueco de un par de dientes—. Que buena falta nos hace con esta guerra.
Reí con ella, ruborizada. No se hablaba mucho de la guerra en Cox, como si todo lo que pasaba fuera, y de lo que nos enterábamos por la radio o por lo que contaban los combatientes que llegaban del frente de higos a brevas, como Miguel, como el marido de la Filomena, no fuera con sus habitantes.
Tan ajena era Cox a las dinámicas de represión que se habían propagado por el país, como el mal endémico de una gripe aviar, o porcina, que cuando unos milicianos vinieron de Callosa a matar al cura, fueron los propios republicanos del pueblo los que arremetieron contra ellos, Anda, ya podéis coger de vuelta la carretera, venga.
A veces no sé ubicar bien los recuerdos, he de confesar.
Muchas veces he pensado que aquel vaticinio de la Coneja, el de que iba a tener un niño, ocurrió con la barriga de Manuel Ramón y no con la de Manuel Miguel, pero luego veo al niño sobre mis piernas, ella, con su pelo blanco y su sonrisa desdentada, sentada al otro lado del pasillo, y sí, ya me sitúo en aquella escena.
A veces no está Manuel Ramón en mis recuerdos, tengo que buscarlo de forma deliberada.
Tal vez sea por cuánto hubo de pasar los tres o cuatro meses que vinieron después de hacerle aquella fotografía.
Por eso de vez en cuando voy a la caja de galletas y rebusco hasta que doy con ella, y la miro, el gesto de sorpresa, las manos coqueteando con el bajo de la blusa, las piernecitas.
Ya estaba enfermo, decía, y a veces pienso que mis hijos fueron en realidad uno solo, que los dos partos ocurrieron una sola vez, que solo había un Manolillo, aunque hubiera dos, pero entonces me maldigo, A ver ¿qué dices, Josefina?
y me afano por buscar su foto en la caja de galletas y recordarlo, tienen ese poder, las fotografías, aseverar que existió mi Manuel Ramón aunque fuera un chispazo, un fogonazo de luz, que durante diez meses, y a pesar de sus dolencias y de que saliera como asustado en aquel retrato, fue la suya, su sonrisa, la más bonita del mundo.