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En diciembre me enviaron a Teruel. Las distintas milicias que defendían la República ya se habían agrupado en el llamado Ejército Popular, un intento de profesionalizar unas tropas que no tenían una dirección clara entre tanto mando intermedio.
Aquel ataque era una de las primeras actuaciones del ejército unificado.
La ciudad se había convertido en clave estratégica para el devenir de la guerra, al intentar los altos mandos del ejército republicano desviar la presión que Franco mantenía sobre Madrid, donde seguía sin poder pasar, como gritaban los rusos, y fue aquel un invierno helado, cómo olvidarlo, de los que parten los labios y entumecen los dedos, y tal vez por eso, cuando me dirigía a los soldados de la brigada subido a una pequeña tarima para volver a recitarles mis versos, ¡Cantando espero a la muerte, camaradas!
, o ¡Para la libertad, sangro, lucho, pervivo!
, aquellas rimas empezaron a sonarme extrañas en la garganta.
En Teruel combatimos a menos de veinte grados, los fusiles encasquillados, el cuerpo a cuerpo de los puñales, esa Nieve donde el caballo que impone sus pisadas / es una soledad de galopante luto, como escribiría.
El comandante Carlos me obligó a calzarme las botas, porque me negaba a quitarme las alpargatas de esparto aunque ya no sintiera los dedos de los pies.
Así llegó la Navidad. Josefina ya había dado a luz, me lo notificaron en un telegrama, Niño nacido ayer.
Sano. Josefina está bien, y con veinticinco ejemplares de Viento del pueblo , con las tres mil pesetas que me habían pagado por la edición y con ropa de abrigo para el chiquillo, me presenté en Cox un 24 de diciembre, la víspera de Nochebuena.
—¡Aquí estoy, Josefina! —grité de nuevo, llamando a la puerta.
Sus tías y algunos primos habían ido a recibirme porque vivían no muy lejos de aquella casa, Santa Teresa número 15, en el barrio que llamaban El Gurugú, cuesta arriba, con su acera de casitas bajas y al fondo la sierra, y al otro lado, con aquellas chumberas repletas de higos verdes, y me vieron llegar desde allí, con mi guerrera, mi abrigo de borrego, aquellas botas del comandante —que tanto alivio me supuso quitármelas—, la maleta con el equipaje.
La tía Gertrudis dice aún que nunca vio a nadie tan feliz. El corazón me ardía.
—¡Entra, Miguel, entra! —Me abrió una de sus primas.
Habías nacido, hijo mío, Manuel Ramón, seis días atrás.
No llegué a tiempo para el parto, pero sí para encontrarlo acurrucadito en sus brazos, en los de su madre, en paz, si acaso el lugar más puro que existe, y recuerdo sus manos al sostenerlo, el beso que nos dimos, ay, Josefina, la luz que dibujaste en mi rostro cuando asomé a tu carita, la luz del mundo.
Ay, qué bonito, mi niño, exclamé, temblando como un cachorrillo, y Josefina me pidió que lo cogiera.
—¿Sabes quién es, Manuel Ramón? ¡Es papá!
Lo cargué como quien en las manos sostiene una aurora, Así, Miguel, cuidado con la cabecita, ¿eh?
, y yo, que había cantado a tantos niños de España, a los yunteros, a los campesinos, a las niñas costureras, a los emigrados en Rusia incluso, ahora tenía al mío en brazos, y era como si el mundo retrocediera, como si la humanidad entera cupiese en aquel cuerpecito, como si resucitara con él. Como si hubiera esperanza.
—Tiene tus ojos, Miguel, míralo. ¿A que sí?
Ay, mi niño. Nunca dura una flor dos primaveras, dicen.
—¡Sí, tiene los míos! —Las pestañas largas y espesas, la mirada despierta, los ojos grandes y negros, mucho blanco en torno a las pupilas.
Se hizo de noche mientras Josefina me explicaba cómo había ido el parto, y habló mucho, seguido, atropellada, algo no habitual en ella, Le hemos pagado veinte pesetas a la comadrona, ¿sabes, Miguel?
Y era una mujer muy cariñosa, ¿te lo he dicho ya?
, pero yo solo podía mirarlo a él. Mientras me ponía al tanto de todos los detalles, yo escrudiñaba cada una de sus formas, los diez dedos diminutos como espigas en las manos, el nudo del cordón, sus piececillos. Josefina seguía desde la cama:
—La partera colocó ramas de laurel ahí y ahí y ahí, ¿sabes?
—Señaló a lo alto del armario y al dintel de la puerta—.
El laurel protege de lo malo, por lo visto.
Y me frotó la espalda con aguardiente para que se me hiciera menos nudo el dolor, dijo.
Y obligó a apagar todas las velas salvo una, un cirio bautismal de María que ella misma trajo.
Ah, y en una palangana le pidió a una de mis primas que hirviera los paños y los trapos con agua de romero.
Y cuando empecé a empujar, les dijo a la abuela y a la tía que rezaran el rosario, una y otra vez, hasta que el niño asomara la cabeza.
Me tumbé a su lado y coloqué a Manuel Ramón en mi regazo, su pecho acompasado con el mío.
—Pero ¿sabes qué fue lo mejor, Miguel? —continuó contándome.
—¿El qué? —Sonreíamos.
El número de sangres / que el mundo iluminó / en dos halló el principio: / tú y yo . Eso habría de escribir. Eso éramos, Josefina, nena, el principio de todo lo que habría de venir. El principio de todo. Te apreté. Miré al hijo.
—Pues que mientras dilataba, la comadrona me pidió que diera un paseo por la huerta para estimular al chiquillo, y salí, y entonces la vi ahí arriba, la luna tan llena, tan llena, Miguel, que parecía que se me echaba encima.
Volví a mirarla, ella, tan plena, tan llena de vida, y me la imaginé, su barriga a la intemperie, la fortuna sedienta, el corazón, el barro, y nos cogimos de la mano mientras yo sentía que no había poro de mi piel que no la amara a ella, a su arrojo de madre, a su cuerpo de mujer, a su vientre todavía hinchado.
—Ahí lo supe, que estabas conmigo, Miguel.
¿Acaso no es esta la definición del amor, esa que tanto había estado buscando?
—¿Yo?
—Sí, tú. —Me besó—. Mi perito en lunas.