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Volví a España a mediados de octubre. De Moscú volamos a París y de la capital francesa salimos en tren hacia Barcelona.
En Valencia hice un alto para visitar la imprenta Durá, que acababa de imprimir mi poemario Viento del pueblo , que publicaba la editorial del Socorro Rojo en una preciosa edición: las hojas de espigas sopladas por detrás del título, la dedicatoria a mi amigo Aleixandre, los veinticinco poemas y las fotografías de Tina Modotti, la pareja del comandante Carlos.
Hice un alto en Cox de apenas unas horas para visitar a Josefina, para abrazar su vientre y besar a la familia, y luego regresé a esa guerra que seguía su curso inexorable, implacable, como el pez que retorna al río de donde procede, como si ya no hubiera otro lugar para mí que ese por mucho que en Cox creciera una barriga.
A Madrid llegué con un saco de esparto cargado de naranjas para Vicente Aleixandre. Fue ahí cuando, tras ponerle al corriente de mi viaje a Rusia y del estado de Josefina, mi amigo me dijo:
—Neruda anda buscando a alguien que lo ayude a transportar todos los libros y los enseres de valor de su casa, ¿sabes, Miguelillo?
Asentí. Aquella misma tarde hablé con el comandante Carlos para pedirle una camioneta y un mozo que me acompañara a Chamberí a echarle una mano al chileno, y al día siguiente, bien temprano, nos plantamos en la Casa de las Flores.
No fue ninguna sorpresa: se le habían marchitado todas.
Neruda dejó de vivir ahí desde que empezó la guerra, ante la proximidad del frente, a apenas unos kilómetros.
Nos paramos unos segundos en la acera de enfrente, donde habían levantado una barricada, tan cerca que estaba aquella casa del frente de la Ciudad Universitaria, los agujeros, los socavones, la metralla, el olor de la tierra seca y la pólvora, el rumor de los obuses; y miramos hacia arriba, a la balconada derruida, viendo sin ver los geranios, sin ver las buganvillas pero viéndolas, sin oír el rumor de las voces pero oyéndolos, las risas, el jazz , dónde te has quedado, Maruja, pensé, dónde estás, Delia, dónde, Benjamín.
Subimos al quinto piso, donde estaba su residencia.
Luego abrimos con cierta emoción la puerta.
La metralla había derribado ventanas y trozos de pared, y los libros se habían caído de las estanterías.
Era imposible orientarse entre los anaqueles tumbados, con los cientos, tal vez miles de ejemplares ajados que habían conformado la biblioteca del poeta durante su residencia en la capital.
Recogí algunos originales suyos, y quise hacer acopio de todo aquello mientras abajo aguardaba el mozo con el furgón, a la espera de instrucciones.
Pero Neruda me miró con los ojos vidriosos y dijo:
—No quiero llevarme nada.
Levanté la vista sorprendido, en mis manos papeles y libros sin orden ni concierto.
—¿Nada? —Le enseñé una primera edición de su Residencia en la tierra . Otra de La destrucción o el amor de Aleixandre. Otra de Lorca—. ¿Ni un libro siquiera?
Yo no era capaz de entenderlo. Aquel desorden era una puerta que se cerraba definitivamente en su vida, si acaso, sabiendo, presuponiendo que a donde fuera no iba a necesitar nada de aquello, que terminaría la guerra y la perderíamos.
—Ni siquiera un libro, Miguel.
Bajamos a la calle y regresamos al hotel en el que se alojaba con el furgón vacío.
Recuerdo que, sentados en la batea, me preguntó por mi viaje a la Unión Soviética.
Yo le hablé de la magnificencia de Moscú, de la catedral de San Basilio, ante la que me fotografié, del Teatro Bolshói, de las fábricas de tractores de Járkov, de los niños españoles evacuados o del «No pasarán» con el que nos recibían en las representaciones teatrales, Ana Karenina , Otelo o el ballet clásico de Chaikovski.
A cada momento, junto a la comitiva española, estaba la intérprete, a la que decíamos La Peribochi y de la que nunca pudimos separarnos.
Así pasamos un mes en la tierra de los sóviets, deslumbrados, cómo no estarlo, por el modelo que en todo momento nos dibujaba para España un futuro posible, tan perfecto, tan sonriente, tan ajeno a la miseria, a cuanto solía decirse por aquel entonces del régimen de Stalin, de su aparato propagandístico, de las deportaciones al Archipiélago Gulag, de la censura.
Hube de escribir mucho sobre Rusia, por ejemplo, algunos de aquellos poemas que compilé en El hombre acecha , el nuevo poemario en el que trabajaba tras Viento del pueblo , De la extensión de Rusia, de sus tiernas ventanas, / sale una voz profunda de máquinas y manos, / que indica entre mujeres: Aquí están tus hermanas, / y prorrumpe entre hombres: Estos son tus hermanos .
Pero hubo cosas, sí, claro que las hubo, lo que pasa es que no supe verlas, tal vez porque no llamaron mi atención, tal vez porque no se me habría ocurrido sospechar que tenía grietas aquella utopía por la que luchábamos en España.
No sé, pienso en aquel hombre al que vi tambalearse en la Plaza Roja, y me pregunto, ¿estaba borracho a las once de la mañana?
, o, recordando a aquellos agricultores de las tierras comunales, ¿por qué iban con esparteras —tan parecidas, por cierto, a las que yo solía llevar— congelándose los pies de frío?
¿Acaso el lujo del Bolshói no daba para unas botas para los campesinos?
¿Y aquel silencio de La Peribochi con el que a veces se paraba cuando me traducía, como si pensara unos segundos de más, acaso era porque no sabía decir en ruso una palabra mía?
Me callé. La Casa de las Flores ya había quedado atrás. La batea de la camioneta dio un brinco y mi amigo tuvo que agarrarse al portón trasero. Yo, acostumbrado a aquel vaivén, lo solventé haciendo equilibrio sobre mi trasero. Entonces Pablo me preguntó:
—¿Ocurre algo, Miguel? ¿Es sobre Rusia?
Le respondí con un nudo en la garganta. Había algo que me perturbaba, y él, con mi silencio, había sabido identificarlo:
—En Rusia están con nosotros, Pablo. Pero ¿y el resto de Europa?
Antes de volver a España pasé por Londres y París.
En la capital francesa estuve un par de días con Octavio Paz y con Alejo Carpentier, con quienes había coincidido en el Congreso de Intelectuales.
Pude hablar con ellos lejos del bullicio con el que se desenvolvió aquel encuentro, con aquellas llamadas ardientes a defender la patria, a luchar por el pueblo español.
Y me hicieron la misma pregunta que tú, pues decían encontrarme cambiado con respecto al Miguel que conocieron en Valencia.
Pues que salir de España y atravesar Europa, les dije, me había hecho comprender qué papel jugaba la República en el tablero internacional.
Porque todo era una partida de ajedrez, añadí, y ellos asintieron.
Que estaba absolutamente indignado por la indiferencia que en el Reino Unido se tenía por el devenir de nuestra democracia, que se lamentaban, eso sí, mientras leían las noticias que llegaban de los corresponsales de Madrid, pero que nadie allí hacía nada, nadie quería mancharse con nuestra sangre, ni oír siquiera el clamor de los pueblos atropellados, Guernica, Badajoz o Málaga, y que en París, donde estábamos, tampoco había encontrado un escenario diferente, con los periódicos franceses refiriéndose a la República de España con un desapego casi elegante, como si fuéramos una tragedia lejana, un peón sacrificado ante el avance del fascismo alemán e italiano.
—Guardé silencio y miré a Pablo a los ojos, que me oía con gesto serio, quieto, la mirada entornada—.
¿Y sabes qué fue lo que me respondieron?
—¿El qué?
La camioneta tomó una curva, obligándonos a asir la barandilla y a volver a hacer equilibrio con el cuerpo. A unos metros estaba el hotel de Neruda.
—Que todo el mundo en París lo sabía. Y en Londres.
Y en Moscú, por mucho que a mí me aseguraran que Stalin hacía todo lo posible por ayudarnos.
Que estábamos solos, Pablo, eso me dijeron.
Que por mucho que Hitler y Mussolini hayan roto el Pacto de No Intervención, ni Francia ni el Reino Unido se atreverán a salir en favor de la República, por muchas promesas que alguien le hiciera al pobre de Azaña, por mucho que los diplomáticos republicanos trabajaran para movilizar a los europeos aludiendo al carácter democrático de su República. Por mucho que tuviéramos la razón.
Pablo calló. Tal vez sabía que no estaban equivocados sus amigos de París.
—Que estamos solos —repetí—. Que estamos solos.
El solos hizo eco.
Entonces Pablo intervino:
—Te entiendo. —A pesar del vaivén de la camioneta, extendió el brazo y me estrechó la mano—. Hay una especie de tristeza que surge cuando se sabe demasiado. Eso lo escribió Virginia Woolf. Y ahora tú sabes demasiado, Miguel.
No dije nada. Poco después el vehículo paró delante del hotel.
Lo ayudé a bajar. Algunos días más tarde se iría a Francia y luego a su país, Chile, donde fundaría la Alianza de Intelectuales chilena a imitación de la española, que dejaba atrás.
Nos dimos un abrazo. Nos deseamos salud y suerte y nos emplazamos a encontrarnos pronto, cuando todo mejorara.
Pero ya no hemos vuelto a vernos.