Tu risa me hace libre 27
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El animalito no pataleaba. Otros sí que lo hacían al verse bocabajo, como si ya los hubieran advertido, Cuando te cojan así es que te van a matar, pero aquel conejo se mantuvo quieto, confiado, como quien no sabe qué es morir; lo agarré de las patas traseras y lo sostuve unos instantes mientras con la otra mano hurgaba por debajo del pelaje en busca de la última vértebra.

Ese era el eslabón. Había aprendido a encontrarla ahí con el pulgar, esa pequeña protuberancia justo por debajo del cráneo, viendo a la abuela Josefa, también a mamá.

Que el conejo no sufra, Josefinica, me decían, con el conejo por las patas, y yo asentía porque sabía que había otras formas de hacerlo más rudas, aturdirlo con un golpe en la nuca, degollarlo, y que con la sangría dejara de mover las patitas o aplastarle la cabeza contra una piedra de molino.

Que no sufra, Josefina. Así se hace, mira.

Para ellas era como cascar una nuez, coger al animal y con un movimiento rápido y seco de la muñeca arrancarle la vida, y yo me esforzaba por ver cómo lo hacían, ese gesto de torsión.

Aquel día venía Miguel del frente y tuve la disposición de matar un conejo para hacerle arroz.

Sabía que era una de sus recetas favoritas, que Concheta se lo preparaba con la maestría de las madres, o de las monjas, y que yo apenas le había cocinado aún como su mujer.

Le apreté el cuello al conejo, decía, y apliqué la presión que me enseñaron la abuela y mamá hasta notar ese crac.

Después el animal ya no estaba en ese cuerpo mullido.

La primera vez que lo hice, a mis once años, quizá a los doce, casi me desmayé de la impresión.

Había cometido el error de ponerle nombre, Tizón, porque era gris oscuro, casi negro, y eso mismo me dijo mamá, Ya no les pongas nombre, cariño, porque nombrar algo es una forma de que te pertenezca, y luego vinieron muchos a los que también les partí el cuello, porque a Tizón lo mataría luego cientos de veces.

Entré en la cocina con el conejo bocabajo, el cuerpo moviéndose con mi vaivén.

La abuela y la tía Gertrudis cocinaban en el hogaril.

Las saludé. Ellas ya sabían que Miguel venía aquel día y por eso bromearon al verme más adecentada que de costumbre, con el pelo recogido y algo de colorete en las mejillas.

Era el único color que podía permitirme, por el luto de mi padre y luego el de mamá.

Miguel me dijo una vez que el único que necesitaba era el de mi sonrisa, aunque no pocas veces me pidió que me quitara el negro.

—Se nota que viene Miguel, ¿eh, Josefina? —me dijo la tía con sorna.

Yo me disponía a despellejar al animal sobre el pretil que daba a la huerta, donde correteaban los tres conejos que manteníamos con vida y alguna que otra gallina.

Cuando venía Miguel del frente, en sus permisos, con su maleta de cuero al hombro, no solo era yo la que me alegraba, sino también buena parte de las vecinas.

Apenas alguien lo veía, al grito de ¡Miguel viene!

, salían de sus casas a encontrarse con él, que descansaba la maleta en el suelo y saludaba a todas como si en medio de Cox hubiera aparecido Clark Gable y no el hijo del Visenterre oriolano.

—¿Un arroz vas a hacerle a tu maridito, Josefina? —me preguntó la abuela, señalando los ingredientes que había dispuesto junto a la trébede sobre la que iba a cocinarlo todo.

Asentí. Yo sabía gobernarme a la hora de hacer el arroz, trocear el conejo despellejado tras separarle los cuartos, el lomo y el higadito, sofreírlo luego con un chorreón de aceite y un diente de ajo picadito; todo eso sí lo dominaba, el arroz, el pimentón, el azafrán, los pimientos que había ido a comprar al mercado, pero, he de confesar, era llegar al momento del agua y empezar a dudar.

¿Cuánta admitiría el arroz? Ay, si mamá estuviera aquí, me dije; ella me enseñó muchas recetas, sí, muchas, pero a veces pienso que no todas, el guiso de pelotas, el ajoblanco, las migas ruleras, que te fuiste demasiado pronto, madre, porque si no, ¿cómo no habría de saber tu hija cuánta agua precisa el arroz?

—¿Todo bien, querida? —me preguntó la abuela.

Cómo te echaba de menos, mamá.

—Sí, claro. —Y continué con el guiso.

Sí, lo sé, lo más natural es que les hubiera preguntado a ellas, a la abuela y a la tía, pero temía que bromearan con aquel dicho de Cox: «Moza me llamo, casarme quiero», y que luego rieran diciéndome que cómo es que no sabía guisar.

Guardé silencio, calibré el agua lo mejor que pude, procurando que hubiera poco caldo para ir añadiendo si era preciso, y aguardé hasta que ellas terminaron de prepararse el almuerzo, yo esperaría a Miguel, para cocinar sin miedo a los cuchicheos.

Volví a pensar en mamá. Me acaricié la barriga, en la que ya empezaba a notarse la hinchazón del bajo vientre, mi niño o quizá mi niña ahí a refugio, Tan chiquitito, me decía la abuela, como una habichuela; pero ¡buena guerra que daba, mi pequeña haba!

, con las arcadas o las náuseas que me acompañaron los tres meses primeros o con ese cansancio repentino, sobre todo después de trajinar con la cabra o de escamondar la casa, y fue aquella barriga lo que me ayudó a sobrellevar las faltas que arrastraba, mamá, papá, mientras crecía la habichuelilla y yo empezaba a oler tan intensamente —el humo del hogaril, el sudor en el mercado, el estiércol— como nunca antes.

Entonces, él llegó por sorpresa.

—¡Josefina! —me gritó Miguel, nada más cruzar la puerta.

Entró en la cocina y me abrazó por detrás, y me cubrió el bajo vientre con sus manos callosas, redondeando la curva y diciendo, ¿Y mi niño, cómo está mi niño ahí dentro?

Olía a perfume, ese con el que siempre se rociaba la guerrera cuando venía a verme.

Me aparté y lo regañé, riendo, ¡No seas tan empalagoso, Miguelico!

, mientras le pedía con un gesto que tomara asiento a la mesa donde iba a servir la comida.

Yo, a su lado, lo observaba meterse en la boca la primera cucharada, ¡Qué bueno!

, exclamó, y le pregunté, ¿Y no está blando, ni crudo?

, a lo que él respondió que no, que en absoluto.

Sonreí. Y eso que el caldo había llegado a consumirse antes de que el arroz se cocinara del todo y tuve que añadirle varias veces agua hasta que al fin salí de los apuros, temiendo que quedara blando.

—Pues para la próxima vez que vuelvas, mato a otro conejo —le anuncié.

Era de buen comer, Miguel, creo que lo he dicho ya alguna vez.

—¿Y tú no pruebas bocado, nena? —me preguntó tras dar un trago al vaso de vino.

—Ya lo hice antes de que llegaras —le dije.

No le mentía, había picoteado un poco de pan y en un desayuno tardío, unas pocas migas.

A Miguel también le preocupaba mi apetito.

En una carta de aquellos días me llegó a decir que le prometía a mi madre que, algún día, me cuidaría como ella y que sería un marido de lo más fino conmigo.

Me besó otra vez y logró arrancarme una risotada mientras volvía a acariciarme el vientre.

—¿Sabes? El niño está cantando, lo noto.

—¿Qué dices, Miguel? —exclamé sonriendo.

—Que sí. En serio, está cantando este niño.

A ver, deja que lo oiga. —Se agachó para poner el oído pegado a mi barriga—.

¡Sí, ya comprendo! ¿Quieres saber lo que canta?

A ver, hijo mío, deja que se lo diga a tu madre: De uno en uno nacemos, lo quiere Dios, ya lo sabéis, pero prefiere que nos amemos, ¡de seis en seis!

Lanzó una risotada que yo me apresuré a acallar, ruborizada, ¡Bueno, Miguel!

, mientras él bromeaba con que el niño no iba a ser comunista ni socialista, sino ácrata, y yo volví a reprobarlo, Anda, come y calla.

Luego hicimos silencio. Hablábamos poco de la guerra, ni él se esforzaba por contarme, ni yo hacía preguntas.

Creo que Cox era su refugio, no solo por lo lejos que el frente quedaba, sino porque ahí nos librábamos, por el momento, de los bombardeos y de las trincheras, del fuego de ametralladora y sí, incluso de las sacas, porque no quedaban en el pueblo muchos elementos derechistas tras el golpe de Estado de los facciosos —así llamaba Miguel a Franco, a Queipo y compañía—, ya que todos se habían ido una vez que las milicias se hicieron con el control del consistorio.

Bueno, todos no, miento: se quedó el cura, al que nadie osó en Cox sacar de la sacristía.

Terminó de apurar el plato de arroz y volvió a alabar mis dotes culinarias, a las que, si soy sincera a estas alturas, no me he prodigado mucho.

Lo mío era la costura, no la cocina. Quién sabe si habría sido incluso alta costura si hubiera nacido en otra casa, quién sabe si de veras habría cosido en París.

No obstante, lo cierto es que poco a poco aprendería a cocinar otros guisos, y que también quedarían muy ricos, como si mamá siguiera conmigo a través de los fogones; y así venía Miguel cada mes, mes y medio, siempre celebrado por las vecinas, siempre con hambre, y yo lo recibía con arroz con conejo, estofado, migas, gazpacho manchego, y fue aquel verano cuando me anunció que le habían ofrecido ir a Rusia a un festival de teatro.

Me acariciaba el vientre mientras me lo decía:

—Nena, tengo que contarte algo. —Me miraba el ombligo, que amenazaba ya con darse la vuelta.

—¿El qué, Miguel?

Que se iba a Rusia, me dijo, nada menos, en representación del teatro español, que no podía desaprovechar la oportunidad.

Por aquel entonces buscaba prodigarse más en la escritura dramática que en la poesía, como Lorca, como Lope antes, y que sus obras de teatro de guerra eran un éxito en el frente republicano.

—¿A Rusia, Miguel? ¡Por el amor de Dios! —exclamé, temblándome la voz.

Él me sonrió.

—Todo irá bien, nena, Josefinica mía de mi corazón —me dijo zalamero, y empezó a besarme las mejillas rosadas.

Esa noche hicimos el amor y a mí me atravesó un augurio mientras él llegaba al placer.

Si me había dado miedo la guerra, imaginármelo en el frente, fusil en mano, las balas silbando sobre su cabellera, más miedo me daba lo que a veces se oía de Rusia, que eran salvajes los rusos, que la revolución comunista a la que Miguel se adhería desde España no había dejado ninguna cabeza ilustre sobre sus hombros.

Partió de Valencia y llegó a la capital soviética a comienzos de septiembre. He vuelto a buscar sus cartas en el baúl, aquellas que me enviaba con membretes de los distintos hoteles por los que pasaba, el Astoria, el Nacional, el Alexander.

Mi querida nenita, anteayer por la tarde he llegado a Moscú, y hasta este momento me ha sido imposible escribirte. Es muy bonito Moscú, pero no tanto como Cox. No te rías cuando leas esto, morenica de mis entrañas, que es pura verdad. ¡Ay, qué lejos de ti, nena mía!

Y durante aquellas semanas, mientras llegaban noticias de Rusia, sus cartas era de lo poco con lo que yo me entretenía tras todos los quehaceres, a los que hube de sumar la gestión de la pensión que nos había quedado por la muerte de papá.

—Buenos días, Josefina. ¿Cómo va el embarazo?

La viuda de uno de los caídos de la Benemérita, el cabo Marcos, solía acompañarme a la comandancia de Alicante a cobrar la pensión.

Iba siempre con su manto de luto, que le cubría la cara y le arrastraba hasta los pies, y no tenía muchas palabras, solo aquellas, el buenos días, el cómo va todo.

Aquella compensación, mientras nos llegaba, era el único ingreso que tenía la familia Manresa más allá de lo que Manolo cobraba como aprendiz de barbero y lo que Miguel traía del frente, y por eso, a pesar de mi estado de gestación, con la panza hecha un mundo y los tobillos hinchados y el ombligo amenazando con darse la vuelta, no dejé de dirigirme a cobrarla.

—Pues bien, doña Amada. El bebé no deja de moverse aquí dentro, ¿sabe? —le respondía, acomodándome en el asiento del autobús con las manos sobre el vientre.

Cogíamos el autocar que entonces se conocía como El Albaterense, pues comenzaba la ronda en Albatera y cruzaba buena parte de la Vega Baja hasta Alicante. Fue al llegar a la estación de la ciudad cuando la mujer llamó mi atención para preguntarme:

—¿Sabes lo que he oído, Josefina?

Habíamos visto el mar a lo lejos, por la carretera que conducía a la ciudad.

—¿El qué?

El autobús aparcó en la dársena y con el zarandeo del estacionamiento eché mano a la barriga, no fuese a enturbiar la paz de mi criatura ahí dentro. La mujer aguardó a que nos bajáramos —yo, con mis pasos torpes de mujer encita—, para responderme:

—Que pronto dejaremos de cobrar la pensión. Eso me han dicho. Que nos la va a quitar el Gobierno mientras despilfarra el dinero en la guerra o manda el oro a Moscú.

Habíamos empezado a caminar hacia la comandancia, que estaba al menos a media hora de camino, cuarenta minutos a paso de embarazada.

No supe qué decir, salvo un ¿en serio?, tras el que ella asintió por detrás del velo enlutado, donde se le bosquejaba una expresión sombría, la misma que había llevado todo el viaje en autobús.

—Lo que oyes, Josefina...

Y no me esperó por la calle San Vicente, en dirección al casco urbano de la ciudad, como había hecho siempre.

Dio un par de pasos rápidos y me dejó atrás, pero luego giró la cabeza y me dijo algo que, supuse luego, habría tenido guardado muy adentro, al menos desde que empezáramos a coincidir en El Albaterense para cobrar la pensión de nuestros muertos.

—Es imperdonable, ¿sabes?

Nadie me había mirado nunca así.

—¿El qué? —pregunté, con los pies plantados, las manos por debajo de la barriga.

No volvería a coincidir con ella nunca más.

Supongo que cogería otra línea de autobús, al menos el par de veces más que pudimos cobrar la pensión hasta que dejamos de hacerlo, y tras aquel encuentro empecé a hacerme una pregunta que nunca me atreví a enunciarle a Miguel, a él, que seguía luchando contra el fascismo: ¿y si a fin de cuentas no estábamos en el lugar correcto de la historia?

Fue la primera vez que lo pensé, decía. ¿Y si te has equivocado, Miguel, luchando por la causa que habrá de ser la perdedora y por tanto la equivocada?

Lo pensé ante doña Amada, y no olvido su mirada porque a veces siguen visitándome sus ojos:

—Que tengas un marido rojo cuando han sido estos los que han matado a tu padre y a mi esposo. ¿Acaso no sabe qué es lo que están haciendo por toda España? ¿Las tropelías, los asesinatos, los robos? —Yo seguía acariciándome el vientre—. Eso es imperdonable, Josefina.