Tu risa me hace libre 26
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Querida esposa: la tarde que tú te marchaste, subí a la habitación nuestra con la esperanza de encontrarte en ella todavía, y lo que salió a la puerta a recibirme no fuiste tú sino tu olor, que no se ha ido de mi olfato ni de nuestro cuarto, que parece que te espera con más ansia que yo, y aquí me tienes, echado sobre esta cama tan grande para mí solo, sufriendo por lo que le pueda suceder a tu madre mientras miro tu pañuelo, tus zapatos, tus cosas que te dejaste y que piden conmigo que vuelvas pronto.

Apenas dos días después fallecía Josefa.

Yo ya sabía que se iba a ir, he de confesarlo.

Me lo dijo un no sé qué en su mirada cuando el día de nuestra boda fuimos a visitarla a Cox y nos sirvió una tortilla y brindamos con una bota de vino.

Pagué su ataúd, cuarenta pesetas, y de pronto volví a verme a cargo de la familia Manresa, más consumida cada vez, mientras fuera de Cox hacía la guerra contra el fascismo.

A Manolo, el hermano de Josefina, me lo traje a Jaén para tenerlo ocupado en las labores de intendencia, y a las tres hermanas pequeñas logré colocarlas en un orfanato de Orihuela, tirando de las amistades que seguían quedándome en el pueblo, la de los Marín, la de los Fenoll.

Por aquel entonces participé en la toma del santuario de la Virgen de la Cabeza en lugar de un cerro y los muros ajados en los que resistían decenas de guardias civiles, a los que la mayor parte hicimos prisioneros o bien sucumbieron ante el fuego.

Es difícil olvidar el olor de un cadáver.

De pronto todos ellos tenían el rostro de mi suegro.

A veces vuelven a visitarme, sus miradas desencajadas y la putrefacción de sus cuerpos mientras paseaba por las ruinas del santuario.

Habré de escribir cómo ocurrió la toma en una crónica para El Altavoz del Frente Sur.

Escribir, como reportero, que «las balas se ahogaban en la tierra moviendo aire junto a las orejas de los soldados, salpicándolos de barro, haciéndolos escupir tierra».

Es curioso escribir sobre la guerra. Después de la tinta solo queda el rastro épico del sacrificio, del honor, pero nada del rostro desencajado de un camarada, del dolor, de la arena colándose por debajo de la camisa cuerpo a tierra.

A veces pienso que la guerra va de eso, de tierra.

La mayor parte de quienes me rodeaban eran campesinos, sabían horadarla para echar la semilla, pero entonces cavábamos para defenderla con la promesa noble de morir por una vida venidera.

Qué curiosa antítesis la nuestra, esa, la de la muerte y la vida, ir a los peligros como los ruiseñores, cantar esperando a la muerte, que sean los hijos los que con nuestro sacrificio logren al fin emanciparse.

Ese era entonces el único pensamiento que tenía en la cabeza: ganar aquella guerra para los hijos que tuviera con Josefina, dos, cuatro, seis, los que fueran, para los hijos bastardos de aquel cura de Iruelos, para todos los hijos del mundo.

¿Y los hijos de los cadáveres del santuario? ¿También hacía la guerra para ellos? A veces me sobrevenían las contradicciones.

Aquellos versos conformarían «Canción del esposo soldado», y no sé, es difícil decirlo, pero tal vez sea el mejor poema que haya escrito, o el más sentido.

Mi querida Josefina, acabo de recibir tu carta y estoy tan contento y nervioso escribiéndote que ya me he equivocado cuarenta veces y aún no llevo escritas dos líneas.

No sé cómo decirte la gran alegría que tengo con lo que me dices, que voy a ser padre, y tú, mamá, y, cuando lo he leído, te hubiera llenado de besos de arriba abajo, mujer, compañera, tormento mío.

Ya me parece que eres de cristal delicado, y que en cuanto te des un golpe, por pequeño que sea, te vas a romper, te vas a malograr, me voy a quedar sin ti.

Ya era hora de saber esta noticia y no sabes con qué impaciencia la aguardaba.

Yo, por mi parte, procuraré evitar todo lo posible los peligros a que pueda exponerme, ya que ahora pienso que hay un ser más amarrado a mi sangre, además de los que tengo, y principalmente a ti.

Ha llegado la hora de la alegría para nosotros, ¿no es verdad?

Yo ya no era yo, me di cuenta enseguida, yo era ya un eco de sangre.

Hasta entonces había hecho la guerra con la firme convicción de que, llegado el momento necesario, sería capaz de ofrecerme en sacrificio por la causa popular, Si me muero, que me muera / con la cabeza muy alta, y eso mismo escribí en tantas poesías de Viento del pueblo , el poemario que estaba componiendo, ¡Cantando espero a la muerte!

, pero no fue sino al recibir aquella carta de Josefina del 20 de abril, cuando me salió decirme que, vale, que bueno, que por qué no podía esperarme la muerte un tiempo más, hasta ver a mi hijo nacer, al menos.

Así fueron pasando las semanas, la barriga de Josefina, una luna creciente, crecía en la distancia, y yo, que seguía siendo un satélite de ella —como le escribí en aquel soneto primero, el del oficio de su pelo—, no dejé de tenerla presente durante el resto de 1937, ese año en el que fue todo primavera porque todavía estábamos convencidos de que íbamos a ganar la guerra.

Algunas semanas después de recibir la feliz noticia del embarazo, viajé a Valencia para asistir al II Congreso Internacional de Intelectuales Antifascistas junto a gran parte de los escritores que había conocido en Madrid: Neruda, Alberti, María Zambrano, María Teresa León o don Antonio Machado, que dio la ponencia de clausura.

A todos ellos los acompañaban escritores venidos de una veintena de países —americanos, noruegos, ingleses o soviéticos—, y todos tuvimos en el recuerdo a los que ya no estaban, a los ausentes, como Lorca.

Vicente Aleixandre, todavía convaleciente, no pudo asistir.

No hacía mucho tiempo me había contado por carta que había sufrido una recaída de su enfermedad del riñón, y que incluso se le había infectado en el brazo una inyección que le pusieron.

Cuando pude ir a Madrid, le llevé naranjas de Valencia y el recuerdo de tantos de sus amigos.

Algún tiempo después recibiría, al fin, su regalo de boda, aquel precioso reloj de oro suizo que dos años después intentaría malvender en Portugal.

Fue en ese mismo congreso, tras la representación de Mariana Pineda , obra de Federico —que tuve que ver sentado en las escalinatas del pasillo, tal había sido el éxito de aforo—, cuando me llegó una invitación relacionada precisamente con mi labor teatral.

Se me acercaron dos tipos que decían venir del Ministerio de Instrucción Pública. Todavía retumbaban los aplausos.

—¿Miguel Hernández?

Vestían gabán e iban con papeles en la mano.

—Sí, soy yo. ¿Qué desean?

—Venimos a proponerle algo. En julio se celebrará en Rusia un festival de teatro y desde el Gobierno soviético nos han sugerido que enviemos una delegación de dramaturgos.

Y hemos pensado en usted. Quieren autores jóvenes capaces de llevar aquello que vieran en Moscú o en Leningrado a todos los rincones de España.

Lo supe ya en territorio ruso porque se le escapó a uno de los delegados: que el primer nombre que barajaron fue el de Lorca, pero que luego fue el mío cuando al autor de Bodas de sangre o Yerma lo mataron en su Granada.

Lo cierto es que durante la guerra buena parte de mis ocupaciones como comisario político tuvieron que ver con el teatro.

Publiqué el libreto Teatro en la guerra , con varias obrillas para llevar al frente, La cola , El hombrecillo , El refugiado , y asumí el intento de reanudar la compañía La Barraca tras la muerte de Federico, aunque no llegáramos a hacer ninguna representación.

—¿Contamos con usted, Miguel?

El 28 de agosto salí de Valencia con rumbo a la URSS. Dos días después llegué a París y al día siguiente partimos hacia Estocolmo. En París se guisa con mantequilla y parece que come uno cirios fritos, le escribí a Josefina.

Ah, ¡y si vieras qué diferentes son de ti estas mujeres! Todas rubias, con los ojos azules, las piernas gordas de montar en bicicleta y la mayor parte de ellas, chatas. Les falta la luz y la sombra de los ojos que hay en España. Que hay en los tuyos, nena.