Tu risa me hace libre 25 #2
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25 #2

Al día siguiente, tras el desayuno, bajamos a la playa. Qué sensación tan curiosa era enterrar los pies en la arena. Y mirar al mar.

—Pero ¡no termina nunca! —exclamé, buscando el final de aquel horizonte con la brisa en el rostro y el olor a salitre en la nariz.

Miguel, a mi lado, reía. Él ya había estado en la playa varias veces, en Murcia y también en Cartagena, con sus amigos Antonio Oliver y Carmen Conde.

Volvimos a yacer esa mañana, tras el sendero de los besos que dibujamos desde el...

la mar hasta la habitación del hotel, y luego nos fuimos en autobús a Alcoy, y de ahí a Jaén, que es donde fijamos nuestra residencia conyugal.

Hay gente que ha escrito que en la ciudad jienense tuvimos nuestra luna de miel, y que duró más de un mes, pero es falso: cómo íbamos a tener la luna de miel de los marqueses, con tanto tiempo.

A Jaén fuimos porque ahí vivía Miguel desde no hacía mucho, y mi papel era, como me avisó el alcalde —y como lo habría dicho también un sacerdote en caso de habernos casado por la Iglesia—, seguirlo a él adonde fuera.

—No te vas a creer dónde viviremos, Josefina, nena —me avisó mientras dejábamos atrás la catedral, cuyas campanas oí cada mañana, aunque ya no llamaban a misa—. En un palacio, ahí al ladito.

¿En un palacio?, anda ya, tonto, respondí.

Pero no bromeaba, era el palacio de la calle Llana, que antes de la guerra había sido la casa de una marquesa, la de Blanco Hermoso, confiscado para dar cobijo a los que trabajaban en el periódico del frente o en la estación de radio.

Entramos en el vestíbulo, donde apenas había mobiliario, pues los republicanos lo habían saqueado casi todo, y recorrimos un largo pasillo con decenas de puertas hasta que dimos con aquella que sería nuestro dormitorio.

Era la primera vez que entraba en un palacio.

Si la guerra había de servir para algo, me dijo Miguel alguna vez, era para que al menos una costurera pobre como yo pudiera dormir en una cama con doseles de los que colgaban cortinas de satén y en un colchón de crin de caballo.

Yo de las proclamas políticas no entendía demasiado, pero no tardé en comprender que incluso en la revolución seguía habiendo jerarquías.

Por ejemplo, que el ama de llaves de aquel palacio, a la que decían la Lucía, seguía siéndolo, pues hacía y deshacía todo lo referido a la vivienda como si la hubiera heredado, aunque ya no existieran las herencias en la España revolucionaria.

La Lucía me obsequió con dos servilleteros de plata con las iniciales de la marquesa que preferí dejar allí cuando hube de salir de Jaén a toda prisa, porque no me sentía bien quedándome con cosas de otros, por mucho que se hubieran colectivizado hasta los servilleteros.

Fuimos felices en Jaén, sí, no tengo dudas en afirmarlo, por lo menos con esa felicidad que una puede sentir a pesar de los huecos del corazón, que una sabe que nunca puede llegar a ser completa, pero que se roza y estremece, y reímos, vaya si reímos, mientras paseábamos por la ciudad o íbamos de excursión a la partida de Jabalcuz, donde Miguel se bañaba en una alberca, o mientras tomábamos café en la terraza del palacio y él me enseñaba a escribir a máquina.

—Venga, Josefina, ahora escribe zangolotino —me retaba riendo.

—Ay, cómo voy a escribir eso, Miguelico.

—Ah, ya sé, ahora escribe perendengue .

Me trababa —no son las mismas manos las del escritor que las de la costurera— sobre todo cuando les tocaba presionar a los dedos anular y meñique, con los que apenas podía llegar a la uve doble o a la eñe.

—A ver, te voy a dictar estos versos que le he escrito a Jaén.

Venga, pasa la página. Así, para escribir un poco más abajo.

Perfecto. Ahí empieza. Venga. —Y comenzaba a recitarle al cielo jienense—.

Andaluces de Jaén, aceituneros altivos .

Altivos. Decidme en el alma, ¿quién? ¿Quién levantó los olivos?

¿Quién? Pero lo tienes que poner dos veces.

—¿Cómo? —le pregunté, deteniéndome.

—Que el ¿quién? va dos veces, nena.

Y así pasaron las semanas en aquella suerte de provisionalidad, su máquina Underwood, a la que llamaba la Paca, los cafés, el amor de madrugada y también al amanecer, y mientras Miguel escribía para Altavoz del Frente Sur y por radio recitaba sus poesías de guerra, «Aceituneros», «El sudor», «Jornaleros», «Campesino de España», «El niño yuntero», yo empecé a pensar que tal vez podríamos encontrar ahí una vida, la que fuera, en aquella ciudad que parecía ajena a la guerra y a la que tantos intelectuales venían, con los que mi marido se entregaba a la conversación hasta bien entrada la noche.

Ninguno de aquellos intelectuales, ni Andrés Martínez de León, ni Pedro Garfias, ni José Herrera Petere ni tampoco Miguel estaban conmigo el día primero de abril.

Él había salido al frente y llevaba ya un par de días fuera.

Cómo presagiarlo. Fue en torno a las cinco de la tarde, cuando volvía del mercado.

Llevaba en el cesto un manojo de espinacas, un par de hogazas de pan y un cartucho de garbanzos que usaría para la cena.

La calle Llana estaba tranquila y yo con ella, pues caminaba sin prisa, porque cuando Miguel no estaba, me parecía tener todo el tiempo del mundo.

Lo escuché a lo lejos. Primero pensé que sería un camión.

Luego que quizá fuera un toque de campanas, o un trueno, o algún carro desbocado.

Pero no era nada de eso, sino un gruñido, un bramido metálico que crecía, que crecía como si el cielo se tragara la tarde.

—¿Oís eso? —preguntó una mujer desde un balcón.

Yo levanté la vista. No supe qué contestar porque los vi más allá de los tejados, que en el callejero de Jaén se levantaban hasta dos y tres pisos del suelo.

Miguel habría de decírmelo luego: que eran quince, repartidos en cinco escuadrones, que los envió Queipo de Llano, seis bombarderos de fabricación alemana y nueve cazas italianos, Junker no sé qué, Fiat no sé cuántos, y fue tan fuerte el enjambre que se oía, y luego la primera explosión, que me tambaleé, la cesta resbalándose del antebrazo, los garbanzos en estampida, y corrí, no recuerdo adónde, no recuerdo haber decidido correr, de hecho, pero mis piernas arrancaron y después sonó otra explosión más cerca, porque tembló el suelo y el aire se volvió espeso.

—¡Aviones alemanes! —oí desde otro balcón—. ¡A cubierto!

Ahí estaba la guerra, arriba, y no había llamado a la puerta ni avisado de que venía.

Una nube gris ascendió más allá de la calle Maestra, y otra bomba cayó, y otra, mientras yo corría y se cubría el cielo de polvo y se quebraba el cristal de las ventanas por la onda expansiva, una tras otra.

¡A cubierto!, seguían gritando, pero nadie sabía adónde ir realmente, Jaén apenas tenía refugios, unos cuantos improvisados, ni tampoco sirenas ni sistema de alerta.

Aquella tarde la guerra cayó como una tromba que no habían presagiado ni las cabañuelas.

Vi caer un balcón entero en la calle Álamos.

Un niño, atrapado, llamaba a su mamá. No me dio tiempo a socorrerlo porque, a poco que me acerqué, ya había dejado de gritar.

Cayó otra bomba. Di media vuelta y callejeé entre escombros hacia la plaza de San Ildefonso.

Otra bomba. Gritos. ¡Aquí, chiquilla!, me llamó una señora de pronto desde el portal de su casa.

Corrí hacia ella. Un polvo espeso me nubló la vista.

Tosí. Escupí, con un sabor ferroso en la boca. ¡Aquí, venga!

Miguel me telefonearía aquella noche desde el frente, ¿Nena, nenita, dime, estás bien?, y también se enteraría mamá.

Ay, mamá, la pobre mía.

Sí, estamos bien, madre, gracias a Dios, le contesté.

Creo que no se recuperó de aquel susto. Varios días después recibiríamos al palacio de los marqueses un telegrama desde Cox. Madre muy enferma, ven urgente, decía . Los médicos dijeron que tenía cáncer, pero yo no sé si puede matar la melancolía.

Mamá fallecía el 22 de abril del año 37.

Miguel pagó el ataúd. Al menos a mí me quedó el consuelo de poder despedirme de ella, apretarle la mano, besarla y compartir algunos recuerdos que nos hicieron reír, como el de aquella vez en que íbamos a un bautizo y mi hermano Manolo se cayó a una acequia por mi culpa, con su traje recién estrenadito.

Y pude decírselo, lo que yo ya sabía desde el bombardeo de Jaén, días atrás, porque en cuanto entré en el zaguán de la casa de aquella mujer, ¿Estás bien, zagalica?

, y me puse a refugio de las bombas, de repente lo sentí —había heredado el don de los augurios de la abuela Josefa—, un ¡ay!

, una punzada en el bajo vientre, la mano en la ingle.

Sí, estoy bien, señora. ¿Seguro?, insistió.

Asentí. Estaba embarazada.