Tu risa me hace libre 25
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Cada generación de Josefas le había dado su toque al vestido de novia.

El mío fue teñirlo de negro. Antes lo había ajustado con un cinturón del mismo crepé, remendado por dentro y repasado uno a uno los botones de la espalda.

No tenía velo, solo una peineta sencilla con un pañito de tul que apenas me rozaba los hombros.

Soñé durante mucho tiempo cómo luciría en mi cuerpo, el mío, más alto que el de sus anteriores portadoras, la abuela, mamá, porque tuve a bien heredar la altura de papá, y me lo puse a menudo, Mira, madre, cómo me queda, le decía, Creo que le arreglaré la espalda, e imaginaba que iba con mi padre de la mano al altar, su traje de gala, la vaina de la espada colgando de la cintura, el tricornio.

Sonaba el órgano, que, puestos a fantasear, por qué no habría de ser el de la catedral de Orihuela, y había decenas de invitados, mis abuelos, mis primos de Cox, las costureras del taller de la Calabacica y algunas amigas que todavía conservaba de la fábrica de seda.

¡Qué guapa va la novia!, me gritarían.

Cuando supe que la iglesia de Santa Lucía había sido destruida al inicio de la guerra, pensé que quizá ya no quedaría templo en Orihuela donde casarme.

No tardé en saber que todas las iglesias de la diócesis habían sido cerradas por orden del Frente Popular, lo que no pudo evitar que fueran saqueadas y vandalizadas la mayoría, y el convento oriolano de Santo Domingo, y el seminario, y el palacio episcopal, con sus altares y sus imágenes siendo pasto de las llamas.

La carta de Miguel me llegó unos días antes de la boda, sí, tan poco tiempo tuvimos para preparar una ceremonia decente.

La mandaba desde Jaén, donde recientemente había fijado su residencia tras haber combatido en el frente de Madrid.

Con aquella tarjeta postal en la mano, me dirigí a mamá, que ya estaba enferma, y le dije a los pies de la cama donde descansaba:

—Miguel me ha dicho que por fin viene, madre. Que está en Jaén pero que el domingo o el lunes llegará a Orihuela. Y me dice que nos casemos.

La fecha la habíamos pospuesto repetidas veces desde que empezó la guerra, y para alguna de aquellas ocasiones, no recuerdo cuál, yo ya había enlutado el vestido de novia.

—Será en Orihuela, madre —le expliqué, con la tarjeta de mi novio todavía en la mano—. Algo sencillo. Miguel dice que cuando la guerra termine, podremos casarnos como es debido.

Reí, timorata, y mamá asintió sin demasiada emoción en el rostro, como yo esperaba.

Me agaché y le di un beso en la frente. Coincidían el médico de Cox y el curandero y las vecinas de la calle Santa Teresa que lo que ella tenía era un terrible mal de melancolía, que no había superado la muerte de papá, seis meses atrás, pero lo que ninguno suponía es que su cuerpo también se consumía, y a mí me tocó sacar adelante a todos mientras mamá convalecía.

La fecha del enlace quedó fijada para el 9 de marzo de 1937, martes.

¿Sabéis aquel refrán que dice que, en martes, ni te cases ni te embarques?

—Muy buenos días a todos, y en especial a los novios.

Eso sí, no era en una iglesia ni yo iba de blanco ni tampoco papá, que en paz descanse, me llevaba al altar, pero me había puesto muy guapa, y fue verlo a él y sentir que me derretía.

Supongo que eso es lo que deben sentir las novias, pero cuando una se casa en medio de la guerra, todo parece ser un poco de mentira, como el decorado de cartón piedra de una película.

No pude remediar una risita nerviosa al decirle, Hola, Miguel, y luego adelantarme a su piropo, Qué guapo estás, que él se apresuró a devolverme, Y tú, nena.

Iba con el uniforme del Quinto Regimiento, guerrera verde oscura, gorrilla, insignia de comisario político.

Hay algo que tienen los uniformes, un no sé qué.

—Hoy, en este Juzgado Civil de Orihuela, se personan, junto a los testigos del enlace, don Miguel Hernández Gilabert y doña Josefina Manresa Marhuenda para contraer matrimonio —comenzó el alcalde desde el estrado de la sala.

Estaban sus padres y sus hermanos y su cuñado Francisco Moreno, el marido de Elvira, que vivían por aquel entonces en Madrid. Fueron también algunos de sus amigos de Orihuela, los de la tertulia de la tahona o los del equipo de fútbol del barrio, La Repartiora, el Rosendo, el Mella, el Habichuela.

El alcalde leyó tras el atril:

—Debo dar constancia de los artículos 56, 47 y 58 del Código Civil, en su sección cuarta, donde dice que los cónyuges están obligados a vivir juntos, guardarse fidelidad y socorrerse mutuamente.

—Nos sonrió—. El marido debe proteger a la mujer, y esta, obedecer al marido.

La mujer está obligada a seguir a su marido donde quiera que fije su residencia.

Yo no prestaba atención a lo que decía, tan nerviosa estaba, las miradas sobre mí, mi vestido negro, mi maquillaje, Miguel sentado a mi lado jugueteando con mis dedos.

Las siguientes palabras del regidor fueron algo menos protocolarias.

Habló de amor y de compasión y nos pidió que nos besáramos, y cuando se nos juntaron los labios oímos el aplauso de los asistentes, ¡Vivan los novios!

, que me ruborizó las mejillas, ¡Viva!, escapándoseme una sonrisilla nerviosa.

Luego nos trasladamos a casa de Miguel. Sus hermanas, Elvira y Encarnación, habían ayudado a Concheta a preparar el patio para el convite al aire libre, bajo la parra.

Comimos arroz con costra. Suerte tuvimos de que el tiempo acompañara, porque en caso de que hubiera llovido no sé dónde nos habríamos metido todos, los Visenterre, los Fenoll, los padres y hermanos de Ramón Sijé o algunos de sus amigos del fútbol.

Lo recuerdo muy bien, su cara, cómo me apretaba la mano o me besaba, ya como mi marido.

A Miguel le brotaba la alegría. Yo, he de confesar, hacía el esfuerzo por que no se me notara cuánto echaba de menos a los míos; mamá, convaleciente, se había quedado en Cox, aunque habían podido venir mis hermanos, mis primas y alguna tía.

Carlos Fenoll trajo los postres, y mientras se servían junto al café —y antes del brindis que, como dictaba la tradición, enunció el padre del novio, el Visenterre—, Miguel se puso de pie para recitar algunos de los poemas que estaba componiendo desde que empezó la guerra, y que luego habrían de conformar Viento del pueblo .

Ahí la escuché por primera vez, su poesía de guerra, y a mí me encantaba verlo recitar.

No hubo demasiados regalos, a excepción de aquel convite, de algo para el ajuar y del reloj que Vicente Aleixandre le haría llegar a Miguel poco después.

Luego nos marchamos a Cox a visitar a mi madre, ya como marido y mujer.

Mamá nos recibió con ternura, nos había preparado la cena, y durante el breve encuentro que mantuvimos, Miguel consiguió hacerla reír.

Suele venírseme muchas veces esa imagen, ella con su luto, sentada a la mesa del comedor, sus piernas juntitas, la mano ocultándole la boca para que no se la viera sonreír, el brindis escueto, la bota de vino, de la que me pidió que también bebiera yo, aunque no había probado gota de alcohol en la vida.

—Bebe un poco, hija, que te irá bien.

La miré con el entrecejo fruncido.

—¿Cómo?

No tardé mucho en comprenderlo, ay, mamá, por qué me pediste que probara el vino aquella noche precisamente.

Nos despedimos de ella antes de coger el último autobús que del apeadero de Cox recorría la Vega Baja hacia Alicante, donde Miguel había reservado una noche en un hotel en la Explanada, mirando al mar. Era una de mis ilusiones, él lo sabía, conocer el mar.

—Buenas noches, teníamos una reserva para esta noche.

Era mi primera vez en un hotel. Al entrar miré hacia el techo de la recepción, de donde colgaba una lámpara de araña.

A un lado había un piano, pero nadie sentado en la banqueta, y un mueble bar donde charlaban y reían algunos clientes.

Y qué curioso es pisar una moqueta, pensé.

El recepcionista levantó la vista y se dirigió a Miguel:

—¿Nombre y profesión, por favor?

Nos cogíamos de la mano. Nos besábamos, presos del vino de la bota y del amor.

—Miguel Hernández Gilabert, escritor y poeta.

No recuerdo en qué piso estaba nuestra habitación, solo que él me cogió en volandas y me llevó al ascensor bajo la mirada curiosa de aquellos bebedores y del chico de recepción.

¡Ay, Miguel!, reí. Tenía el corazón desbocado y un ligero temblor en la mandíbula, ¡Que nos caemos, nene!

, todo mezclado, porque si yo había soñado tantos años con mi boda, como hacíamos todas las mocitas en la adolescencia, había un vacío en torno a lo que había de ocurrir esa misma noche, y él fue muy considerado, tengo que decirlo, mucho más que en aquellas cartas en las que me pidió que no llorara, que fuera fuerte, y abrió la puerta con la mano que le dejaba libre el peso de mi cuerpo, dio algunos pasos torpes por la habitación mientras nos moríamos de risa y caímos sobre la cama como se derriba un animal cazado.

Comenzó a desvestirme, entraba por la ventana una luna menguante, bajo la que se veía el reflejo del mar, o de la mar —así la llamaba Miguel, influencia de Alberti, apuntaba—, e intenté asomarme, pero no quise mirar mucho porque quería reservarlo para el día siguiente, diciéndome, Josefina, de una en una las emociones.

Él me desvestía, decía, hasta que descubrió mi ropa interior de encajes y yo respiré hondo y contuve el temblor de mis labios y le puse el dedo índice en los suyos para decirle:

—Sé delicado, ¿vale?

Asintió con una media sonrisa y nos miramos unos segundos hasta que volvió a besarme despacio, sin prisa, y yo me sentí orilla al vaivén de su marea, abandonándome a ese movimiento lento que me arrastraba.

Notaba el calor que emanaba de su cuerpo, el latido firme bajo la piel, la forma tersa de su espalda, a la que me aferraba mientras la luna de la ventana pasaba de menguante a creciente y todo parecía colocarse, por fin, en su sitio.