24
Caía la tarde en ese pueblo madrileño al que me habían destinado, Cubas. El cielo era gris. Yo hundía el pico en una zanja y a cada golpe que daba a la roca brotaba una raíz, o aparecía un gusanillo, o se descubría el hueco de una madriguera, y fue entonces cuando, empapado en sudor, lo oí.
—¿Miguel Hernández? ¿Eres tú?
Me giré, dejé a un lado la espiocha y no reconocí al hombre que tenía frente a mí. Me sequé el sudor con el envés de la mano.
—Pero ¿qué haces aquí? —me preguntó.
Miró a un lado y al otro, a la fila de combatientes que cavaban a derecha y a izquierda de nosotros. Era como si siguiera sin creérselo.
—¿Quién eres?
Se presentó como el periodista cubano Pablo de la Torriente, comisario de la Primera Brigada Móvil de Choque.
Al oír su nombre, recordé vagamente quién era él: que estaba exiliado en Francia por su oposición a la dictadura cubana de Gerardo Machado y que, en cuanto estalló la guerra en España, decidió cruzar los Pirineos para unirse a la revolución española.
—Te oí alguna vez en el Ateneo de Madrid o en La Ballena Alegre. Lo recuerdo bien. Y mírate aquí, muchacho. Qué sorpresa me ha dado verte... picando piedra.
Me señaló al pico. Lo miré. Era un hombre alto, ese Pablo, nariz aguileña, mirada intensa y un mar azul en la voz, oceánica, americana:
—Yo soy como cualquier otro soldado, Pablo. Si estoy aquí es para luchar por el pueblo, ¿comprendes?
Esa fue la razón por la que me alisté como mecanógrafo.
Ser uno más. Por eso fui destinado a una brigada de fortificaciones como un simple soldado, Quinto Regimiento, 3.
ª Sección, 2.ª Compañía, batallón de zapadores, y de todo ello le hablé a Pablo de la Torriente aquella tarde mientras oíamos la cadencia de las espiochas y me caía el sudor: que yo sentía que era más necesario con las manos que con la palabra, que la palabra de nada serviría para frenar a los facciosos, a la invasión extrajera, a Hitler, a Mussolini.
Pero él me rebatió poniéndome la mano en el hombro, una mano enorme:
—Te entiendo, Miguel. Y te honra. Pero tú eres un intelectual, y serías mucho más valioso para la lucha si te ocuparas en otros menesteres.
Claro que la palabra puede ayudar a contener el fascismo.
Es, de hecho, más necesaria que nunca. Las guerras se ganan con la moral alta, Miguel.
Buenos hombres para cavar trincheras hay a miles.
—Señaló a mis compañeros de la zanja, que, ajenos a la conversación de los dos poetas, no cejaban en su picoteo de la roca—.
Pero hombres capaces de escribir, de hablar como tú, solo hay un puñado. Lo sé bien.
Rio como si siguiera sin creérselo, y contuve el rubor, que no se le notara al Miguel soldado el ego del poeta.
Gracias por tus palabras, Pablo, dije. No mentía el cubano, he de confesar, no me estaba dando coba; por aquel entonces mi último poemario seguía congregando elogios, como el de Juan Ramón Jiménez en su crónica de El Sol , y había escrito en las más prestigiosas revistas literarias del país, desde la Revista de Occidente hasta Caballo verde para la poesía .
Caminábamos por la línea de trincheras que los zapadores habíamos cavado a las afueras de Cubas. Se oían obuses. Madrid, a lo lejos, estaba a oscuras. Aún quedaba mucho para que pasaran los fascistas. Entonces me propuso:
—¿Qué te parece si me ayudas a poner en marcha el periódico de la brigada y una biblioteca en el frente?
Creo que eres el ideal. Y, aparte de todo esto, estamos organizando recitales, como los de Alberti hace unos días, y dotando a cada compañía de un maestro para que todo el mundo sepa firmar el próximo pago.
Organizarlo sería labor del comisario político, y creo que tú serías magnífico en ese puesto, Miguel.
Sonreía, le brillaban los ojos bajo sus dos cejas frondosas, y terminé por comprender que tenía razón, que si tenía el don de la palabra, aquel que me dieron las cabras y los riscos de Orihuela y las lecturas en la biblioteca de Almarcha y las tertulias en la tahona de los Fenoll, aquel don había de ponerlo ahora al servicio del pueblo.
Por aquel entonces todos pensábamos que era posible la victoria, sí, que estaba en nuestras manos y que solo había que lucharla, cada uno asumiendo su papel.
—Está bien —le respondí.
Y no tardé en cambiar el pico por la pluma, las trincheras de Cubas o de Valdemoro, a treinta kilómetros de Madrid, por la Primera Brigada Móvil de Choque de la 11.
ª División del Quinto Regimiento al mando de Valentín González, al que decían el Campesino, y no tardé en comenzar a hacerme un nombre junto al de aquellos, Valentín, Pablo de la Torriente o el comandante Carlos, que desde el komintern del Partido Comunista intentaban hacerse con el control del ejército republicano y profesionalizar las milicias, tan distintas unas de otras, las socialistas, las anarquistas, y recabar el apoyo de la URSS y ganar la guerra para el pueblo español.
Pablo me palmoteó el hombro y soltó un chascarrillo.
Que con mi pluma íbamos a ganar la guerra, que no tuviera duda, dijo.
Yo sonreí. Así me hice comisario político, aunque a Josefina nunca se lo dijera en mis cartas porque quería mantenerla ajena a casi todo lo que ocurría en la guerra, a mi activismo, a las balas que me cercaron en Boadilla del Monte, hiriéndome en el hombro, al soldado al que no quise dejar morir y que gritaba, ¡No me dejéis solo, compañeros!
, al horror, al llanto que oía siempre a mi alrededor porque todos en algún momento llorábamos, por mucho que el cine o la literatura jamás muestre las lágrimas en una batalla, solo honor y hombría, pues en la guerra es raro el momento en que alguien no se siente solo y llora, que no tiene una herida y llora, que ve de cerca a la muerte y llora.
Sí, supe enseguida cuál era mi papel en la guerra: hablar, animar a los combatientes, que mi voz traspasara su dolor y la metralla y la pérdida, que fuera viento mi voz, porque los poetas, no tardé en darme cuenta, nacemos para pasar soplados, y así comencé a recitar, Vientos del pueblo me llevan, / vientos del pueblo me arrastran, / me esparcen el corazón / y me avientan la garganta, subido a una silla o en una pequeña poltrona, o en el capó de un coche, en una trinchera y luego en otra, ante decenas de soldados de una brigada hoy, de otra mañana, diciéndoles, ¡Oíd, juventud de España!
, para recitar poemas que quizá había terminado de escribir esa misma mañana, todos en forma de romances , La juventud siempre empuja, / la juventud siempre vence, / y la salvación de España / de su juventud depende, y era impresionante verlos, sus miradas arrebatadas y sus aplausos mientras yo les cantaba a sus madres, a los niños, al hambre, al sudor, a las manos, apartándome de mí mismo para ampararme en los demás, en su causa, que era la mía.
Y, ay, si los vierais, madre; ay, si pudierais haber estado ahí, padre, pensaba alguna vez.
Si vieras, Vicente, hermano, Josefina, cómo les brillan los ojos.
Si supierais que al final hacer versos sirve de algo, tal vez no para llenar los bolsillos ni para hacerse rico, como siempre me recriminó papá, pero sí para llenar corazones ajenos, para que todos entendieran que aquella guerra se luchaba no por un ideal, sino por la emancipación de los de abajo, que por mucho que dijeran que había dos Españas enfrentadas —aquellas dos cabezas de Jano de las que una vez me habló don Luis Almarcha—, lo que en realidad ocurría era que los de arriba intentaban recuperar el poder que les había arrebatado la República.
Y si todo eso no es algo loable, padre, tenga el valor de venir al frente a decírmelo.
Téngalo, venga, aquí lo espero: Primera Brigada Móvil de Choque, 11. ª División del Quinto Regimiento.
Pasamos el año nuevo con la familia, pero pronto la guerra nos llamaría.
Un día de finales de enero entré en la tienda del comandante Carlos para pedirle un permiso.
Llevábamos algunos días parados a la espera de instrucciones del jefe de la brigada, porque a veces la guerra entraba en pausa.
A mí estaban a punto de trasladarme al frente sur, con sede en Jaén.
Mientras, esas jornadas nos permitían alimentar la camaradería, a la lumbre se leían las cartas de quienes no sabían leer, se jugaba al mus, se seguía construyendo el futuro desde las quimeras: una España de justicia, la tierra para el que la trabaja, el pan, estar dispuesto a morir.
—¿Querías decirme algo, Miguel?
El comandante Carlos se llamaba en realidad Vittorio Vidali. Era italiano, de Trieste. Un hombre achaparrado, cuello grueso, pelo pobre. Me ofreció algo de beber y me pidió que me sentara a aquella mesa en la que vi algunos mapas topográficos y varias órdenes de mando.
—No, no quiero interrumpirle mucho, decliné. —Y entonces le solté, porque ni Josefina ni yo podíamos esperar más—: Quiero casarme, comandante. Y mi novia del pueblo está esperando a que al fin le dé una fecha.