Tu risa me hace libre 23
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Yo fui la primera en saberlo. Y durante las primeras semanas, tal vez la única.

Y me lo pregunté muchas veces, qué demonios era lo que a Miguel lo había llevado a alistarse.

Él nunca me lo confesó así, a bocajarro.

Yo tampoco pregunté. Las preguntas que no he hecho en la vida siguen haciendo eco.

¿Qué se te había perdido en la guerra, Miguelico?

¿Acaso hasta ahí seguías buscando el amor?

Miguel luchaba en la guerra a favor de la República y al principio pretendió que ni sus padres ni sus hermanos lo supieran.

Así me lo dijo por carta, apenas unos días después de presentarse en el cuartel de reclutamiento del Quinto Regimiento, diciéndome, No digas a nadie, si vas a Orihuela, dónde estoy, que no lo sepa mi madre.

Si me hubiera sido posible ocultártelo a ti, también lo habría hecho, pero a ti no puede ser.

¿Y por qué con un regimiento comunista?, tampoco dejaba de preguntarme.

Hasta el inicio de la guerra, él no me había manifestado demasiado interés por el comunismo.

Eso sí, a partir de entonces, se esforzaría por hacer pedagogía conmigo.

Que el Quinto Regimiento era el único que de verdad estaba dispuesto a organizarse y defender la República desde la disciplina militar.

Y que si bien en los primeros días de guerra sintió cierta simpatía por los anarquistas —ya que, decía, fueron los primeros en echarse a la calle a combatir a los fascistas—, a medida que avanzó la guerra y sembraban el caos y, sobre todo, tras el cruel asesinato de mi padre, esa simpatía, sin duda, se le desvaneció.

Y sí, esa había sido su decisión, el Quinto Regimiento, pero le habría agradecido que me lo consultara, ¿Qué te parece, nena?

, porque ya teníamos un futuro en ciernes, tal vez el de una boda que paralizaba irremediablemente aquella causa del pueblo que él hizo suya.

Por ello, en cuanto leí aquella carta, sentí el deseo irrefrenable de romperla, dos, tres segundos, hasta que me contuve haciendo el esfuerzo por que no se me turbara el ánimo, por no llorar.

Recuerdo que mamá me lo vio en el rostro.

Venía del gallinero, ¿Qué pasa, hija?, de recoger lo que nos habían dejado las gallinas.

Yo me dirigía a ordeñar a Fina, la cabra vieja que ya apenas daba leche, pero que tantos ratos de juegos proporcionó a mis hermanas como si fuera una perrilla.

—Que Miguel se ha ido al frente, madre. Con el Quinto Regimiento. De miliciano.

Tenía cuatro huevos en la cesta. Con eso habría de darnos para comer ese día.

—¿Cómo?

Tragué saliva.

—Que dice que ese es su deber ahora. Y que espera que esté orgullosa de él.

Mamá me miró con el ceño fruncido y los labios apretados.

Sé que en la mirada seguía teniendo grabado el rostro desfigurado de papá, los agujeros en su camisa por los disparos a quemarropa, el crucifijo que seguía colgando de su cuello.

Si la vida fuese un reloj, la suya, ay, mamá, se habría parado en aquel depósito municipal en el que pudimos reconocer su cadáver por el tamaño de las manos o por el bordado de la ropa interior.

—En defensa de los que mataron a tu padre, ¿no? —me preguntó, furiosa—. En defensa de los que están quemando iglesias y atentando contra nuestra fe, ¿no, hija?

Suspiré, Ay, madre. Yo ya había oído a Miguel varias veces hablar de política, sobre todo, desde que un año antes había comenzado su viraje ideológico; oírle, por ejemplo, decir que una cosa eran los asesinos de mi padre y otra la democracia y la República, A los que, nena, no te olvides, el golpe de Estado y la amenaza del fascismo han convertido en indeseables compañeros de cama, y por ello le respondí a mamá quizá como habría hecho él, porque sabía cuánto había sentido Miguel la muerte de mi padre, de Manuel Manresa, un hombre bueno, como solía decirme, y que si por algo había decidido alistarse, o eso es lo que vino a contarme en aquella carta, era para que cesara el terror que asolaba todos los lugares de España, la represión política, la masacre de Badajoz, los bombardeos sobre Madrid.

—En defensa del orden, madre —le contesté; tal vez en la primera vez que a mamá le hablaba con aquella dureza en el rostro, la misma con la que ella me había hablado antes—.

Y que sepa que él no tiene nada en contra de la fe.

Lo sé bien. Su madre es devota. Yo también.

Créame, cuando ganen la guerra y todo vuelva a la normalidad, habrá de hacérsele justicia al crimen de papá.

No dijo nada, y no sé si pude convencerla porque, aunque terminó por decirme que sí, que vale, siempre me quedará la duda de que, si no vino a nuestra boda es porque seguía pensando que Miguel se había puesto del lado de los que asesinaron a mi padre.

—Anda, madre, deje que la ayude en el gallinero —le pedí, finalmente, quitándole la cesta de sus manos huesudas.

Un par de días más tarde, en otra carta que llegó con el membrete del Quinto Regimiento, Miguel habría de darme más detalles sobre su situación en el frente:

Mi muy querida nena Josefina, me encuentro en un pueblo que se llama Cubas con cerca de doscientos hombres más.

Hemos venido aquí a hacer fortificaciones para no dejar pasar a los fascistas que hay en Talavera de la Reina, y te reirás mucho si me vieras dormir en una fábrica de tapices, metido en un estante de los que hay para colocar la lana.

No hay camas para tantos hombres como hemos venido, y apenas he podido dormir.

Por pura casualidad me he acordado al despertar de la duermevela, que ha sido hacia las cinco, que hoy es el día veintisiete de septiembre y que hace dos años que tengo compromiso de amor contigo, guapa de mi corazón.

¿Cómo hemos podido vivir tanto, y tan intenso, desde aquel verano en que nos conocimos?

Mira, queridísima nena, ten por seguro que nos casaremos el año que viene, que es lo que los dos deseamos vivamente.

Hice una pausa en la lectura, pensando en aquel vestido del que tantas veces le había dicho que se me iba a acabar haciendo viejo. Luego continué:

Y a ti, ¿cómo te va por ahí, Josefina mía?

Ánimo, ánimo, nena de mi alma. Come con toda la boca y come mucho.

No seas la misma comiendo que cuando yo estaba en agosto.

Cuídate bien. Dime si trabajas algo y si has recibido las veinticinco pesetas que te envié el otro día.

Te quiero, te quiero y te quiero más de lo que te quiero de tanto que te quiero.

Muchos besos para todos, pero sobre todo, para ti, la mujer que me ha condenado a quererla siempre y no poder olvidarla nunca.

Fue terminar de leerla y llevármela al pecho como si sus letras pudieran sustituir el calor de un abrazo.

Lo hice con esa y con las demás, apretarlas contra mí, aquellas cartas que me mandaba cada dos o tres días desde algún lugar distinto del frente —Cubas, Alcalá de Henares, Valdemoro—, y en las que también solía decirme que comiera, porque entonces ya se me había cerrado el apetito, que creo no haber recuperado nunca.

Mamá también había dejado de comer tras la muerte de papá.

Supongo que a nosotras las angustias se nos han metido siempre en el estómago, o algo así, no sé muy bien cómo explicarlo.

Sea como sea, durante las primeras semanas después de su alistamiento dejé de comer y a veces lloraba por mucho que intentaba convencerme de que Miguel estaba haciendo lo correcto. Él, entonces, me decía:

Me da mucha rabia saber que sufres y lloras, pensando en que ahora, precisamente ahora, cuando tantas madres y tantas novias se están quedando sin sus hijos y sin sus compañeros, cuando debieras ser más fuerte que nunca.

Tienes que llegar a comprender que con la guerra que nos han traído no defendemos más que el porvenir de los hijos que hemos de tener.

Yo no quiero que esos hijos nuestros pasen penalidades, las humillaciones y las privaciones que nosotros hemos pasado, y no solamente nuestros hijos, sino todos los hijos del mundo que vengan, sin amos que los hagan sufrir con insultos y atropellos.

En cambio, te dedicas a las lágrimas, como si única y exclusivamente existiéramos tú y yo en el mundo.

Te tienes que dar cuenta de que hay más personas en la tierra que precisan, y hoy más, un consuelo mayor que el que tú necesitas.

Sufres porque quieres, Josefina querida.

Piensa en el futuro: tengo muchas ganas de casarnos, de tener hijos contigo.

Mi mayor alegría la voy a tener el día que tú me asegures que voy a ser padre, que vas a ser madre. Que seremos una familia.

Sí, yo también ansiaba ser madre, pero ¿que yo sufría porque quería?

Ay, Miguelico, hijo, ¿cómo es posible que mientras comenzabas a asumir como tuya la causa de los desamparados, tú, el poeta del pueblo, tan solidario, que tanto pensaba en los hijos de los demás, fueras a veces tan desatento conmigo? ¿Cómo?

Me ocultó también que durante meses luchó en primera línea de fuego y que estuvo a punto de quedarse en alguno de aquellos campos de batalla.

No sería hasta que se cruzara en su camino un tal Pablo de la Torriente cuando comenzó a cambiar su destino en aquella guerra.

Por aquel entonces ya hablaba de casarnos, hasta que un día de febrero de 1937 me escribió una postal desde el frente: No se te hará antiguo el vestido, nena...

Se refería al vestido de boda de mamá, que a su vez fue de la abuela, un vestido de crepé marfil con el cuello cerrado, las mangas largas con sus botones forrados, la cintura estrecha y una falda que caía recta, sin demasiado vuelo.

La postal concluía, diciendo: Nos casaremos en cuanto vuelva al pueblo.