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Luego, ya afincado en Madrid, a Federico me lo encontré muchas veces; a cada acto que iba él, ahí pretendía estar yo.
Su presencia iluminaba, era una transfusión de esa sangre de poeta que dijo que yo tenía, pero que a veces sentía anémica.
En un recital suyo, yo estaba. En un homenaje, allá que iba, hasta que comencé a notar que me evitaba, no sé si por mi presencia campesina, mis alpargatas y la pana de mi traje, o mi tez tostada, o la forma en que también lograba congregar a los intelectuales en torno a mí, entre bromas y ocurrencias.
—No, no puede ser, Vicente. No... —Negué con la cabeza, enfurruñado—. Es un crimen lo que está pasando.
Tras el golpe de Estado Federico volvería a Granada, Vicente se iría a Miraflores y yo a Orihuela, y ninguno de los dos lo veríamos después del verano porque al poeta más grande de España se lo comió el lobo del fascismo.
Miré a mi amigo, recostado en su cama. Venían a mí algunos versos que luego daría forma en otra elegía, Federico García / hasta ayer se llamó: polvo se llama.
/ Ayer tuvo un espacio bajo el día / que hoy el hoyo le da bajo la grama.
Entonces lo supe. En realidad, ya lo sabía de antes, ya casi lo había decidido, pero me faltó tal vez algo con lo que dar el paso. Ese algo: la muerte de Federico. A veces tirarse al vacío pende de un leve empujón.
—No puedo quedarme mirando, Vicente. Cruzarme de brazos y esperar a que todo se desmorone.
Han ido a por Federico. Mañana tal vez vayan a por mí.
¿Qué harás cuando vayan a por ti, Vicente?
Creo que hay algo que debo hacer. Sé de dónde vengo.
Cuál es mi simiente. Mi madre, mis hermanos, Josefina.
—Apreté los labios al ponerlos en mi boca, como si los quisiera retener entre los dientes—. Y no puedo quedarme parado.
Los dos mirábamos por aquella ventana. Segundos antes se habían oído unos disparos en algún lugar alejado y rebotaba su eco. Tal vez venía de Granada, ese eco.
—¿Irte a la guerra, Miguel? —me preguntó, visiblemente conmovido, y luego negó con la cabeza, con el alma—. No, Miguel, por el amor de Dios. Ese no es tu lugar, sino otro. Tú eres un poeta. ¿Qué ganarás si te matan?
Lo miré, sus ojos encharcados, los míos humedecidos. La guerra avanzaba llevándose un poco de todos y yo debía hacer algo.
—Soy poeta, sí, pero cuando la palabra no alcanza, ahí es donde hay que dejar a un lado la pluma.
¿Sabes cuándo empecé a darme cuenta de esto?
Recorriendo España con las misiones. Ahora soy un joven español más.
Uno como aquellos maestros. Uno como los campesinos.
Eso es lo que soy, amigo. Uno de aquellos.
Vicente sabía que no podía convencerme. Se mantuvo en silencio, esbozó una media sonrisa y me puso la mano en el hombro.
Le seguían brillando los ojos. No hablamos más.
Poco después nos despediríamos. Yo habría querido decirle que la decisión que había tomado también era una forma de amor, otra manera de buscarlo, de pensar en Josefina, en mamá, en la familia, pero no me salieron las palabras.
Una hora después caminaba hacia la pensión de Vallehermoso con aquellas rimas de mi segunda elegía, ¡Tanto fue! ¡Tanto fuiste y ya no eres! , con la melodía del piano de Raimundo de los Reyes tocado por Lorca resonando en mis oídos. No dormí aquella noche. Nunca más dormiría como hasta entonces.
Al día siguiente, 23 de septiembre, me dirigí a la calle Francos Rodríguez, al Cuartel de las Milicias del Quinto Regimiento.
Soplaba el viento, el viento del pueblo, y un latido tremendo en el corazón, que amenazaba con salírseme del pecho.
El Quinto Regimiento era el cuerpo de élite republicano, conformado por las milicias del PCE —el Partido Comunista de España— y de las Juventudes Socialistas.
Su objetivo era el de formar un Ejército Popular que lograse aunar bajo una disciplina militar toda la amalgama de milicias, incluidas las anarquistas.
Éramos decenas, cientos de hombres los que aguardábamos en una cola que daba la vuelta a la calle, dando vivas a la República y abucheos al fascismo, y cánticos, y palmas, y en las bocas el regusto dulce de la esperanza.
Ninguno me reconoció. Tampoco lo quise, que supieran que yo era un poeta, que a Lorca lo había tratado en Murcia, a Aleixandre, a Neruda en Madrid.
Cuando llegó mi turno, el oficial de reclutamiento, bigote frondoso, cigarrillo colgando de los labios, solo me preguntó nombre y profesión, mientras en una ficha rellenaba: «Miguel Hernández Gilabert.
Alistamiento número 7590. Profesión mecanógrafo».
—Lea el juramento, Miguel.
Me dio un papel y me hizo recitar en voz alta:
—Yo, hijo del pueblo, ciudadano de la República Española, tomo libremente la condición de miliciano del Ejército del Pueblo.
Me comprometo ante el pueblo español y el Gobierno de la República a defender con mi vida las libertades democráticas, la causa del progreso y de la paz y a llevar con honor el título de miliciano.
Luego me dijo, Bienvenido al Quinto Regimiento, camarada, y yo le sonreí.
Así me hice soldado.